17 de mayo: día internacional de la lucha contra la LGBTIQfobia

Hoy es un día para reflexionar sobre las conquistas históricas de la comunidad LGBTIQ+ –y las batallas que faltan.

| Discriminación

“Qué lindo nombre tu nombre,
para decirlo muy quedo,
en la quietud de la noche
y confesar que te quiero”.
Gabriel Ruíz, “Tu nombre” (1943).

 

“¿Alguna vez el lector se ha topado con algún puto por la calle?”, se preguntaba José Joaquín Blanco en su ya clásico ensayo “Ojos que da pánico soñar” (1979). Yo sí. Hay uno en especial al que me encuentro en cada espejo y en cada vitrina. Sus ojos me devuelven a un puto que me sigue por las calles, que me acompaña siempre y cuya sombra es, finalmente, la mía. Y, sin embargo, mucho me ha costado reconocerme allí dentro, habitando ese nombre, morando esa palabra. Yo soy él.

Hasta los nueve años yo fui un enfermo. Quizás lo fui hasta la edad de once años, no lo sé. Muy seguramente para algunos lo sigo siendo. Y no porque estuviese postrado en cama o tuviera muchos síntomas de alguna dolencia. Era un enfermo de nombre porque hasta 1990 la homosexualidad era reconocida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como una enfermedad. Y hasta 1992, con la publicación de la décima edición del Código Internacional de Enfermedades, no se contó con una clasificación internacional en la cual la homosexualidad no fuera considerada como enfermedad mental.

En realidad yo no sabía estas cosas. Me enteré de ello hasta que el mundo había transitado a un nuevo milenio. Lo curioso es que todos los demás parecían saberlo. Quizás no estaban al tanto de que su desprecio estaba legitimado por la OMS pero no importaba. Ellos me sabían enfermo, no solo distinto sino mucho peor que eso: fallido, degenerado. Y durante años así me lo hicieron saber. Y durante años mi único escape fue fantasear con un suicidio que, afortunadamente, jamás llegó.

Pero el 17 de mayo de 1990 mágicamente me curé. O, mejor dicho, el 17 de mayo de 1990 la OMS decretó que en realidad yo nunca había estado enfermo y que, por ende, no necesitaba de terapia alguna. Ese día millones de hombres y mujeres concluyeron una lucha cuyo primer triunfo se alcanzó en 1973 cuando la Asociación Psiquiátrica Americana (APA) removió a la homosexualidad de su propio manual. Nos llevó 17 años pero en aquel 17 de mayo se logró alcanzar un punto de inflexión en la lucha contra la homofobia, la lesbofobia y la bifobia; ese día se reconoció que no éramos una anomalía médica aguardando una solución.

Quizá les parezca poco pero les aseguro que no lo es. Imagínense lo que es vivir, lo que es vivirse, como si fueran un pecado hecho carne, como si fueran un crimen que camina, como si fueran, en el mejor de los mundos posibles, un misterio evolutivo y una pregunta andante. Imagínense que su propia existencia demande una explicación, cuando no una disculpa. Y, si eso no los lleva a sentir un escalofrío, es porque no se han dado cuenta de cómo la heterosexualidad (y la identidad de género concordante al sexo biológico) goza del privilegio de vivirse como natural, como un hecho bruto del mundo que nadie cuestiona y que a nadie sorprende.

Y estos términos no los uso a la ligera. La confluencia del pecado con el crimen, del misterio evolutivo con la patología, son todos ellos elementos de una forma de concebir y construir a aquellos que integramos ese acrónimo de lo LGBTIQ+. Las lesbianas, los gays, los y las bisexuales, los y las trans, los y las intersexuales, lxs queers y todxs aquellxs que no caben en estas letras, tienen –tenemos– una historia común en la cual hemos sido a la vez pecado, crimen, misterio evolutivo y patología. Por momentos, a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y en casi todo el siglo XX hemos caído dentro de términos paraguas que no nos distinguen y que nos colapsan en una sola categoría: lo abyecto, lo abyecto del puto, de la lencha, de la vestida y la marimacha. En fin, lo abyecto.

Hemos sido lo abyecto del pecado contranatura, del pecado nefando, del pecado de la sodomía. Fuimos acto y nos volvimos sujeto, dice Michel Foucault. Y pasamos de ser pecado y crimen, cuando la iglesia católica –o cristiana– era una con la Ley y el Estado, a ser un sujeto socialmente peligroso pues la homosexualidad se volvió justo eso: un indicador de peligrosidad social o, al menos, eso dirá la criminología de mitades del siglo XX. Pero, mientras nos metamorfoseábamos en sujeto, dejamos de ser pecado y nos volvimos enfermedad. Una enfermedad que se pensó como enfermedad endocrina o psiquiátrica; nuestra falla era un trastorno en el desarrollo, un desarrollo arrestado dirían algunos psicoanalistas de mediados del siglo XX, o un problema hormonal de falta o de exceso de algo, dirían los endocrinólogos. Eso les costó a algunos el cerebro, a otros les costó el sufrir electrochoques, a unos más les costó la vida.

Empero, una a una se cayeron esas hipótesis y se callaron aquellas voces que nos arrojaron a lo abyecto. Parecíamos ser, simplemente ser; inexplicables pero existentes. El comunismo cubano y soviético llegó a soñar que éramos el síntoma de la degeneración del capitalismo y este último nos leyó, bajo la implacable lógica de la Guerra Fría, como sujetos de riesgo; chantajeables, por habitar en el closet, peligrosos –dirán nuevamente los psicoanalistas de mediados del siglo XX– por compartir con los comunistas el infantilismo de aquel cuyo desarrollo psicológico está arrestado y no puede madurar y comprender el mundo.

Y así es que hoy seguimos siendo, simplemente siendo. Y por esa historia compartida que tenemos es que hoy somos también alianza y no mera sopa de letras. Alianza entre aquellos, aquellas y aquellxs que somos discordantes. Aquellos que, según una ciencia del sexo todavía moldeada por el prejuicio religioso, no debíamos estar aquí. Aquellos que la Selección Natural à la Darwin debió eliminar y, por alguna razón, no lo hizo.

Pero no creamos ni por un momento que esos discursos son del pasado. Las lógicas del pecado, el crimen, la enfermedad y el misterio no se desvanecen con la reforma de un código, una sociedad científica o el hallazgo de un dato empírico. La naturalidad de la fobia contra la alianza LGBTIQ+ viene justamente de su capacidad de seguir estructurando el pensamiento de grandes sectores de este mundo, de fungir como un habitus. Es una suerte de sustrato o andamiaje de las violencias e irracionalidades que se cometen. Ideológicamente, legitima esos actos porque nos arroja a esa posición de lo abyecto. Y, en tanto sujetos abyectos, nos volvemos merecedores de una violencia que a veces se disfraza de terapia, a veces de cariño, a veces de protección y a veces se expresa cínicamente en la desnudez de su salvajismo.

Esos discursos no se irán. De hecho parecen permanecer intactos en algunos espacios o ante algunas identidades. Esto último se nota en la forma en la cual la bisexualidad se invisibiliza como una orientación genuina pues se le lee como un estado transicional entre la dicotomía de la heterosexualidad y la homosexualidad. Pero ese pensamiento justamente es heredero de ese psicoanálisis que pensó que la diversidad sexo-genérica no podía ser más que un desarrollo psíquico arrestado. Hoy en día la bisexualidad se sigue viendo así, como un desarrollo arrestado entre el no saber de la infancia y la madurez de la hetero u homosexualidad.

Y, si este triste ejemplo nos muestra la vitalidad de estos discursos, qué decir de la proliferación de las “terapias reparativas” y el discurso religioso cristiano que se entremezcla con una falsa terapéutica psicológica. Allí no ha importado el triunfo de 1973 ni el de 1990. Allí, lo peor de la ciencia y lo peor de la religión se han fundido en una práctica que no solo culpabiliza al sujeto LGBTIQ+ sino que puede incluso llevarlo al suicidio.

Pero no nos equivoquemos. Estos discursos no son una ignorancia que habrá de retirarse como si fuera una oscuridad a la que la luz alumbra. A estos discursos los impulsan grupos globalizados que trafican con el odio y generan verdaderas redes de odio y amor. Redes de odio porque cancelan nuestro derecho a ser y redes de amor porque se fundan falsamente en el amor a Dios o la familia y, con ello, ejercen un chantaje profundamente violento.

No olvidemos la tenacidad propia pues son nuestros esos “[r]efulgentes ojos que da pánico soñar”. Y es que nuestros ojos han debido imaginar un futuro para irlo construyendo. Soñamos que podíamos dejar de ser misterio, enfermedad, pecado o crimen. Y nos hemos ido inventando un mundo –claro, con alianzas– en el cual hemos tenido que luchar por nuestros derechos. El más importante: el derecho a tener derechos o, lo que es lo mismo, a ser.

En ello el feminismo nos ha acompañado y de allí que una marcha como la del #24A nos fuera tan cercana. A unas les toca porque es también su lucha, a otros porque es la lucha de las compañeras con las cuales hemos aprendido a resistir y combatir, a unxs más nos toca porque una parte de nosotrxs también es ellas, también es una ella –después de todo, somos mariposas y nos metamorfoseamos–. Porque algunos de nosotros ya no nos encontramos con plenitud en los géneros del castellano.

Y por eso luchamos. Porque nuestros derechos no son menores ni de segunda. Porque nosotros no somos ciudadanos de segunda. Porque no es cierto que haya derechos más importantes que otros. No es cierto que primero venga el derecho de protesta o de acceso a la información y luego vengan los derechos a la autodeterminación sobre el cuerpo y la identidad. Finalmente, las que mueren por feminicidios y transfeminicidios no protestan, no trabajan, no nada… simplemente ya no están. Y los que mueren por crímenes de odio ya no están para exigir nada así que sugerir que primero habríamos de pelear por otras cosas es pasar por alto que para entonces algunos de nosotros no estaremos ya vivos. Pensar que nuestros derechos son menos importantes es pensar que nuestras vidas son prescindibles. Pensar que los derechos “rosas” se pelearán después es no entender el sentido mismo de la categoría de derechos humanos.

Pero se equivocan los que nos minimizan. Y si necesitan un argumento, aquí hay uno. Dice Martha Nussbaum dentro de su enfoque de las capacidades que todos los derechos son igualmente fundamentales porque todos ellos son necesarios para el desarrollo de un individuo pleno y feliz; cada derecho es a la vez condición de éxito de todo otro derecho, todos se necesitan e implican mutuamente porque el individuo es un todo complejo que no puede verse realizado por partes. Porque la ausencia de un derecho, sea éste económico o político o cultural o social o ecológico, etc., termina por volverse una discapacidad corrosiva que va restando capacidades a los individuos, que los va lesionando en su capacidad de vivir vidas plenas, autónomas y realizadas.

De lo anterior debiera seguirse que todos los derechos, no importa si son de primera, segunda o tercera generación, son igualmente importantes. Incluso si son de minorías o, mejor dicho, sobre todo si son de minorías, pues los derechos protegen de los prejuicios extendidos.

Este año el 17 de mayo conmemora esa lucha y, en particular, el derecho a la salud mental y el bienestar. Pero esa salud mental y ese bienestar demanda no olvidar que las fobias ante la alianza LGBTIQ+ no se restringen a un ámbito. Nos afectan en el trabajo, la escuela, la calle, los baños, los servicios de salud, el mercado, etc. Demandar bienestar y salud mental requiere demandar derechos laborales, derechos a la salud, a la educación, a una vida libre de violencia. Derechos que sean más que leyes, derechos que de facto se cristalicen en capacidades.

Requiere atender a todo lo que somos. A nuestros viejos LGBTIQ+ que están en el olvido. Y a nuestros niños que están en la calle. A nuestros niños y adolescentes trans cuyas infancias siguen regidas por una mirada médica. Y a nuestros enfermos y a nuestros migrantes que se ven vulnerados en su dignidad. A los que viven con VIH y que ven un creciente desinterés en su vida y su salud. A nuestros estudiantes que nos cuentan en las escuelas y universidades que ellos también son LGBTIQ+ pese a la indiferencia de algunos maestros que hablan de nosotros como si fuéramos un mero fenómeno de libro de texto.

Requiere igualmente atender a nuestros aliados y aliadas trans cuya lucha ha tomado más tiempo y que apenas han logrado dejar atrás el estigma de la enfermedad. A nuestros aliados intersexuales que resisten que sus cuerpos sean mutilados y normalizados por una medicina que no concibe que ellos puedan decidir sobre su vida y su cuerpo. A nuestros aliados en comunidades rurales e indígenas cuyas sexualidades e identidades de género se viven en otras condiciones y bajo lógicas distintas que demandan imaginar una diversidad sexo-genérica que también tiene diversidad étnica. Demandar bienestar y salud mental es demandar todo eso y más.

Y la tarea de mirar con esos ojos refulgentes y de construir ese mundo demanda de nosotros un compromiso. Dicho compromiso se aterrizará distinto en cada caso y en la medida de nuestras posibilidades. En el mío ha implicado, por lo menos, una salida del closet constante para recordarle a mis alumnos que no están solos, que pueden salir del closet, que haré lo que pueda para que la universidad les sea un espacio seguro. No más acoso, no más “Mi primer acoso”. Recordarles, finalmente, que les espera algo más que la desesperanza, la clandestinidad y la abyección.

Pero hoy, irónicamente y además de los enemigos externos, el triunfo de un grupo selecto de personas LGBTIQ+ perteneciente a las clases medias urbanas amenaza con romper esa alianza. Amenaza con volver a algunos un simple mercado mientras a otros los abandona en la abyección. Hoy tenemos que recordar que somos algo más que ese segmento DINK –double income, no kids–, que nuestras identidades son algo más que una etiqueta que nombra un sector de consumo supuestamente más pudiente. Nuestra pelea no fue nunca por el derecho a comprar productos rosas o con un arcoiris a modo de sello; nuestra lucha fue por el derecho a ser en plenitud, y esa fue una lucha que emprendimos como colectividad. Una lucha por el derecho a amar en libertad. De allí que nuestra lucha tenga que transversalizarse y ampliarse, extenderse para hacer ello posible. Hoy no puede darnos pánico el soñar.


A José Horacio Palacios,
tu silencio es de estrella,
tan lejano y sencillo.

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