2 de julio: a quince años

Se cumplen 15 años de una fecha icónica de nuestra democracia: la alternancia presidencial. ¿Qué significa hoy aquel 2 de julio?

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La jornada electoral del domingo 2 de julio del año 2000 transcurrió con una tranquilidad que rayaba en lo burocrático. Como si la alternancia presidencial fuera un mero trámite de rutina, sin mayores imprevistos ni sobresaltos. Todo fue de una “normalidad” muy rara: las cosas estaban saliendo como tenían que salir. Las casillas se instalaron, la gente salió a votar, los votos se contaron. Anochecía cuando los resultados preliminares comenzaron a conocerse. Entonces apareció en las pantallas de televisión José Woldenberg. Y luego Ernesto Zedillo. El primero dio a conocer las tendencias que anticipaba el conteo rápido del Instituto Federal Electoral: “el primer lugar lo tiene la coalición Alianza por el Cambio que postuló a Vicente Fox, con una estimación de votos emitidos entre el 39 y el 45 por ciento”. Inmediatamente después el segundo dirigió un mensaje a la nación en el que, tras un preámbulo de mucho suspenso, reiteró: “justo ahora el propio IFE nos ha comunicado a todos los mexicanos que cuenta ya con información ciertamente preliminar pero suficiente y confiable para saber que el próximo presidente de la República será el licenciado Vicente Fox Quezada”.

Los rostros anticlimáticos de Woldenberg y Zedillo contrastaban con lo eufórico del hecho que anunciaban: había perdido el PRI. El del fraude patriótico, el de la dictadura perfecta, el de a balazos llegamos y sólo a balazos nos sacarán, el de los setenta y un años. Ese PRI que, a pesar de sus orígenes revolucionarios, terminó representando el papel de antiguo régimen en el libreto de la transición a la democracia. Ese PRI que supo sobrevivir a la transición demográfica, a todas las crisis y devaluaciones, al cambio de modelo económico, a la decadencia del nacionalismo revolucionario, al fraude del 88, al fin de la Guerra Fría. Ese PRI de malas artes electorales y probada capacidad de adaptación, cuya longeva hegemonía conspiraba con mucho éxito contra el ejercicio de la imaginación política, haciendo francamente impensable su derrota pacífica en las urnas.

Con todo, el PRI había perdido. Y su caída constituía un evento genuinamente histórico, que redefinía las fronteras de lo posible. Pero también constituía un desenlace irónico, pues, como lo advirtió en su momento Adolfo Gilly, “fue, al mismo tiempo, una derrota electoral del PRD y del movimiento cardenista, a cuyos embates opositores durante dos sexenios se debe buena parte de esa caída, y una victoria del PAN, el partido conservador que fue un leal puntal del mismo régimen”.[1]

La alternancia democrática llegaba, pues, por la derecha. Era, en más de un sentido, una alternancia rematada con la rúbrica de la continuidad. La mayoría de los electores votó por un cambio, sí… pero por un cambio conservador. Cambió el partido en el poder, cambiaron el personal que gobernaba, pero ese gobierno del cambio no rompió nunca con el PRI ni tampoco con el proyecto de modernización neoliberal que emprendieron los últimos presidentes emanados de sus filas.

Tampoco la oposición de izquierda rompió del todo con el PRI. No solo en términos ideológicos, pues siguió reivindicando buena parte del nacionalismo revolucionario, sino también en términos de sus cuadros: de 17 gubernaturas que ganó el PRD entre 1997 y 2015, en nueve de ellas lo hizo con candidatos provenientes del PRI, en seis con cuadros propios, en una con un candidato de extracción panista y en otra con un candidato sin militancia. Más aún, de las siete ocasiones en que “ganó” una gubernatura en coalición con el PAN, en cinco su candidato fue también expriista y en dos panista.

¿Qué significa hoy aquel 2 de julio? Que el PRI perdió pero nunca se fue. La culminación de una esperanza, el principio de una desilusión.


Nota

[1] Adolfo Gilly, “La modernización conservadora. México 2001”, La Jornada, viernes 12 de enero de 2001.

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