¿Ahora qué dijo? Sobre el habla de Enrique Peña Nieto

Está claro que Enrique Peña Nieto no es un ejemplo de elocuencia ni de corrección verbal. Ahora bien: ¿qué implica eso con respecto a las funciones de su cargo, al rumbo de su administración y a la comprensión que los ciudadanos tenemos de una y otra cosa?

| Intervención

Hay una dificultad técnica para examinar el habla de Enrique Peña Nieto, y es que esa habla no está a nuestro alcance. Quiero decir: los espectadores de sus alocuciones públicas o de sus escasas entrevistas televisadas conocemos apenas a un personaje tortuosamente apegado a guiones fabricados con todo cálculo y al que le está negada cualquier improvisación. (Negada no solo porque no se le dé, sino también porque sus guionistas deben de tenerlo bien avisado de que no lo intente.) Desde la campaña electoral quedó claro cómo sería un problema de seguridad nacional dejarle un micrófono cerca cuando no tuviera el teleprompter a la vista, y a partir de la boruca inolvidable de los tres libros nos vimos prácticamente privados de escucharlo: a cambio de su habla real hemos debido padecer su pésima interpretación de lo que él y su equipo entienden que debe ser el papel de un presidente (un ideal de determinación, firmeza, claridad, vigor, optimismo y carisma). Más que hablar, su función es leer en voz alta lo que le ponen enfrente, o bien esforzarse en hacer coincidir su voz con lo que se espera que diga –y no siempre lo consigue: tan atareado está en cumplir con su representación que a menudo olvida la necesidad de que sus palabras tengan algún sentido.[1]

Aunque tampoco interesa gran cosa saber cómo hablará en realidad:[2] en tanto no concluya su mandato, lo que importa es cuanto tenemos a la vista, y qué implica su desempeño lingüístico con respecto a las funciones de su cargo, al rumbo de su administración y a la comprensión que sus gobernados tenemos de una y otra cosa. Esto último es lo que me parece más grave. Si el presidente de la República es sobre todo un actor al servicio de la restauración de un régimen que no solo ha vuelto para cobrárselas todas, sino también para asegurarse de que ya no volverá a irse, es evidente que su discurso –por más mal que lo pronuncie– está orientado por la necesidad que el PRI tiene de regresarle a la institución presidencial la solidez que fueron quitándole las gansadas de Vicente Fox y las bravuconerías y los sarcasmos de Felipe Calderón. Tan proclive como fue el primero a trocar la solemnidad por la campechanada, y tan displicente y altanero como fue el segundo, el cometido de Peña Nieto es que los mexicanos volvamos a tener al presidente como una figura respetabilísima, venerable y hasta temible.

Quizás desde Luis Echeverría, no obstante, esa aspiración ha sido un poco ilusoria: el último mandatario que inspiraba pavor fue Gustavo Díaz Ordaz, por razones obvias; Echeverría, con tal de granjearse el aprecio, habría sido capaz de vestirse de tehuana, mientras que José López Portillo incluso se gozaba en pegar alguna carrerita salaz sobre Rosa Luz Alegría, o en gimotear durante la lacrimógena exhibición de su último informe; en una ocasión Ernesto Zedillo alzó la voz para acallar a un manifestante recordándole que él era el presidente de la República… De la grisura de Miguel de la Madrid hasta trabajo cuesta acordarse, y en cuanto a Carlos Salinas, habría podido pasar por el ideal del presidente priista, de no ser por lo que ocurrió inmediatamente después de su salida de Los Pinos, incluida la noche de “huelga de hambre” que se fue a hacer a Monterrey cuando cayó en el bote su hermanito.

Pero el efecto es contrario: entre más se busca que Peña Nieto sea digno de respeto, más expuesto queda a la sorna e incluso a la tirria de sus gobernados. Y esto tendrá que ver, probablemente, con la incongruencia manifiesta entre el personaje como fue concebido (un político joven, guapetón, con la ropa y el peinado siempre bien planchaditos, esposa mona y también bien vestidita, dinámico, pronto para hacerse selfies con las multitudes de señoras que lo apapachan en los mítines) y el personaje que ha resultado ser y que sencillamente no sabe hablar. Pasmado, como está dicho, por el temor de contravenir las indicaciones de sus guionistas y escenógrafos, por más precauciones que se tomen para cuidarlo el hombre consigue mostrarse siempre poco apto para la más elemental sintaxis. Sí, sabe tensar la quijada y mostrar los incisivos inferiores mientras su mano repite el ademán de puntualizar (la diestra con el pulgar y el índice tocándose y los otros dedos extendidos) y sus cejas enfatizan los términos que, ha de suponer, son los más tajantes: “determinación”, “responsabilidad”, “firme convicción”, “prioridad”, “reformas estructurales”. Pero cuando se ve orillado a arreglárselas a solas con su propia elocución (por ejemplo para que responda en una entrevista, por más que se vigile que esta no lo ponga en aprietos), su léxico es muy limitado, todo el tiempo le falla la concordancia de género y número, frecuentemente se despista en anacolutos y sus rodeos le meten zancadilla, equivoca de continuo los conectores, introduce sintagmas fijos de los que se vale para retomar el hilo, baraja un repertorio breve de adjetivos (“puntual”, “enérgico”, “particular”) y va llenándolo todo de adverbios en –mente, impedido para alcanzar ninguna espontaneidad y anhelante de que los minutos transcurran rápido y al fin pueda callarse. Así, al oírlo es inevitable estar al pendiente de los tropiezos que vaya a dar, y por eso se diluye toda atención que pudiera prestarse a sus palabras. Y eso por no mencionar su absoluta inoperancia cuando ha tratado de expresarse en inglés. ¿Qué dijo? Da lo mismo: nos quedamos solo con lo que dijo mal.

Si lo dejamos en los términos frívolos a que suele conducir la consideración del cuidado de la imagen de quienes detentan nominalmente el poder, tenemos a la mano varias comparaciones fáciles: Barack Obama llega bailando a las conferencias de prensa y está en absoluto dominio de su encanto; a Nicolás Maduro los pajaritos parlanchines le acarrean ovaciones sinceras y su histrionismo es eficaz y, a su modo, natural; François Hollande podrá no ser el estadista contemporáneo soñado, pero cómo debimos envidiar a los franceses cuando pronunció el discurso luego de la matanza de Charlie Hebdo. A lo más que puede llegar Peña Nieto al dirigirse a la nación en una situación de emergencia, por ejemplo en los breves, inoportunos y desafortunados mensajes a los que hubo de resignarse luego de la atrocidad de Ayotzinapa, es a traslucir lo incómodo que se encuentra. Pero es una rigidez, la suya, que no se explica por el estado descompuesto del presente, sino por la frustración de que las circunstancias sean reacias a ajustarse a su programa y por la contrariedad constante de que nada parezca suficiente para lograr que lo tomemos en serio. Podría pensarse que, de tan envarado que va, tan tenso, vive aterrado por no parecer lo bastante fuerte, por no dar más razones para que nos burlemos de él: lo más probable es que, blindada como está su percepción de la realidad mexicana, ni siquiera sospeche que es una fábrica inagotable de memes.

Y es que, a fin de cuentas, lo que se reproduce en la voz del presidente es el licuado de los refunfuños de Pedro Joaquín Coldwell o del defenestrado José Murillo Karam, los siseos y los cuchicheos de Luis Videgaray y los ronroneos de Agustín Carstens, los hipos de Miguel Ángel Osorio Chong, los silencios adustos del general Salvador Cienfuegos, las risitas insidiosas de Manlio Fabio Beltrones o de Emilio Gamboa Patrón, etcétera. La voz de Peña Nieto es el conducto por el que podemos tener un atisbo de lo que todos estos individuos tienen que decir. Pero lo más singular es que esa voz se dirige principalmente a todos ellos y al pleno de su partido, y a los dirigentes empresariales y a los miembros del cuerpo diplomático y a la prensa que sí trabaja (o sea la extranjera: la mayor parte de la autóctona se limita a reproducir sus declaraciones, y no es problema), y también al foro en la semipenumbra de todos cuantos allanaron el camino para que él llegara ahí, incluida la multitud de espectros que desde el inframundo han de habitar sus pesadillas (me lo imagino despertando sudoroso luego de haber soñado con Carlos Hank González al frente de una procesión de zombis que vienen a darle pamba). Las palabras del presidente no parecen tener como destinatario al ciudadano común más que de modo secundario, como si fuera lo de menos que lleguemos o no a tomarlas en cuenta, y por ello da la impresión de que no hacen falta una mayor elocuencia, algo más de decoro en la expresión –y no digamos gracia–, menos artificio retórico y más sensibilidad para que esas palabras no suenen continuamente desentendidas de lo que creemos entender quienes no tenemos boleto para ir a aplaudirlas en Palacio Nacional.

Pero seamos honestos: en una democracia como la mexicana, donde el más desastrado puede prosperar a despecho de lo incompetente o grotesco que sea, con una “oposición” como la que nos emperramos en suponer que existe, con un Legislativo integrado por los más depurados ejemplares de la fauna nociva que es la clase política, con una prensa más agobiada por sobrevivir que por orientar a la opinión pública, con la televisión que ya sabemos y el grueso de la población bebiéndose lo que esa televisión derrama sobre ella, entre el pánico, el hambre, la ignorancia, el infierno de la burocracia, la podredumbre del sistema judicial, los escombros del Estado de Derecho y el inveterado fracaso de la Selección Nacional, ¿tiene alguna relevancia el hecho de que el presidente sea o no articulado? En todo caso, el oportuno, sensible, pertinente, claro y con buena ortografía debería ser el que le redacta los tuits a Peña Nieto. No parece necesario nada más. Sí, algunos querríamos creer en que la solvencia en la expresión se corresponde con la claridad de las ideas (por no hablar de la claridad moral), y que no proponerse siquiera dicha solvencia es un indicio de irresponsabilidad o de llana ineptitud. Y es posible que otro gallo nos cantara si el deficiente desempeño oral del presidente bastara para algo más que para lograr que el sexenio transcurra sin demasiados contratiempos, lleno de los discursos hueros y las afirmaciones consabidas que es de esperarse que provengan de él (la promoción constante de sus reformas, de sus acciones de gobierno, del ideario priista en pro de su propia perpetuación). Pero es lo que tenemos.

Y tenemos, además, un peligro: de seguir repitiéndonos que el problema estriba en el habla del presidente, estamos admitiendo –como el mismo gobierno lo quiere: así lo “reconoció” Peña Nieto en la entrevista al Financial Times– que el problema es de imagen. Ese es un efecto perverso de la indignación que podamos sentir: detrás de la imagen (mala, regular, ridícula, como sea) que da un funcionario están la corrupción, la impunidad, la connivencia con el crimen, su responsabilidad, en suma. Y eso no habría de remediarse mandando al presidente de regreso a la escuela para que distinga entre enunciados bimembres y unimembres. Seguramente habrá un aprovechamiento calculado de la atención que estamos poniéndole a los traspiés, los tartamudeos, los lapsus linguæ de Peña Nieto: tanta como para que convenientemente nos distraigamos de las tropelías omnipresentes en todos los niveles de gobierno.


Notas

[1] En cuanto a las palabras suyas que recogen los medios cuando ha debido comparecer en conferencias de prensa o en interrogatorios periodísticos –como el que respondió para el Financial Times–, los redactores deben vérselas negras a la hora de transcribirlas. Claro: a cualquier entrevistado hace falta siempre ayudarlo un poco, pero en el caso de Peña Nieto es necesaria una cirugía mayúscula si se quiere entender qué diablos quiso decir… aunque lo más probable es que no haya querido decir nada. Un ejemplo de transcripciónverbatim de la respuesta a la segunda pregunta de la entrevista que le hizo recientemente el periodista Diego Petersen, de El Informador, en una visita a Guadalajara, a propósito de un proyecto de los llamados “estratégicos” conocido como Ciudad Creativa Digital:

Ciudad Creativa, Ciudad Creativa Digital precisamente es aprovechar esta vocación que tiene la industria digital que se ha asentado particularmente aquí en Guadalajaora, en Guadalajara y su Zona Metropolitana y, eh, y, aprovechando esta vocación de no sólo tener ya esta industria asentada, que ha generado además un desarrollo de proveedores importantes y además, eh, cuenta esta, esta zona metropolitana con importantes instituciones educativas de educación superior, eh, me comentaba uno de los rectores que además, eh, un dato que yo no tenía tan presente pero que es aquí percápitamente en términos per capita Jalisco tiene mayor número de universidades por alumnos que potencialmente estén demandando estos estudios. Esta condición particularmente sin duda la hace, le da características muy especiales que permitan crear este espacio que ha sido Ciudad Creativa Digital, en donde el Gobierno de la República tiene un compromiso de apoyar este proyecto. Lamentablemente hay que decir que la inversión prevista para un proyecto de esta naturaleza, que además es de mediano y largo plazo se, fue parte del ajuste presupuestal, sin embargo hay más de trescientos millones destinados para este año dedicados a esta….

Aquí el periodista lo interrumpió. Sí, dijo “percápitamente”.

[2] Pero ¿cómo hablará en realidad el presidente? El novelista Juan Pablo Villalobos se dio a la agradecible labor de imaginar las conversaciones de Peña Nieto con su círculo más cercano, incluida su esposa, a propósito de los apuros que debía de estar pasando por el “tema” Ayotzinapa. Esos diálogos están en el perfil de Facebook de Villalobos. Aquí una probadita:

—A ver, repítelo de nuevo.

—Todos somos Tantonzinapa.

—Ayotzinapa, A-yot-zi-na-pa.

—Todos somos Ayonzintapa.

—¡Ayotzinapa!

—Todos somos Atontinzapa.

—Concéntrate, Enrique, no trates de decirlo rápido, es peor.

—Oye, Eduardo, ¿no tienes una formulita?

—¿Una formulita?

—Sí, para aprender a decirlo bien. ¿Te acuerdas cuando no podía decir Tayatla y me dijiste que pensara en una tlayuda?

—Se dice Tlatlaya.

—Eso, pues.

Ring, ring, ring.

—Espera… Dígame… Ajá… Que pase.

—¿Quién es?

—Manlio Fabio.

—Apúrate, nos quedan nada más veinte minutos. «Todos somos Ayotzinapa».

—Todos somos Zayotintapa.

—Órale, ¿qué me perdí?, los dejo cinco minutos solos y se ponen del lado de los revoltosos.

—Buenos días, Manlio.

—Buenos. ¿Se van a subir a la ola ayotzinapista? ¿Qué estrategia es ésa, Eduardo?

—Es para que la sociedad no perciba que existe un «ellos» y un «nosotros», que vean que estamos todos juntos, que no se den cuenta de que al fin y al cabo todo esto no es más que un nuevo capítulo de la vieja lucha de clases.

—«Que la sociedad no perciba que al fin y al cabo todo esto no es más que un nuevo capítulo de la vieja lucha de clases».

—¡No!, ¡eso no lo repitas!

—Pensé que era parte del discurso, ¡no me hagas bolas!

—¿Están listos?

—Casi, estamos repasando.

—Bien, los veo afuera, ya está todo mundo esperando. Sólo vine a darte un abrazo, Enrique. Fuerza, presidente, el país necesita a su líder.

—Gracias, Manlio, siempre hablas muy bonito.

—De acuerdo, Manlio, de acuerdo, ahora déjanos por favor que estamos afinando detalles. A ver, Enrique, repite: «Todos somos Ayotzinapa».

—Todos somos Yatonzinapa.

—«Todos somos Ayotzinapa».

—Todos somos Tatoyinzapa.

—«Todos somos Ayotzinapa».

—Oye, Eduardo.

—Dime.

—Pero no somos, ¿verdad?

—No, ¡cómo crees! No todos somos Ayotzinapa.

—No todos somos Ayotzinapa.

—¡Eso! ¡Muy bien! ¿Lo ves?, lo único que tienes que hacer es eso: imagínate que vas a decir que «No todos somos Ayotzinapa» pero le quitas el «no», ¿puedes?

—No todos somos Ayotzinapa.

—Ahora quítale el «no».

—«Todos somos Ayotzinapa».

—Eres un crack, Enrique.

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