Alfabeto racista mexicano (IV)

En México la estratificación social está marcada por el color de piel, es decir, la discriminación practicada por los grupos privilegiados obstaculiza el ascenso social de las personas con piel morena.

| Diccionario Racismo

K2 (2)
Cuarta entrega de la serie.

Indígenas

En días recientes una diputada local priista del estado de Guanajuato, presidenta de la Comisión de Derechos Humanos y Atención a Grupos Vulnerables, respondió con estas palabras a un grupo de conciudadanas suyas, hablantes de pame y chichimeco jonás, que acudieron a solicitarle apoyo para el desarrollo de empresas propias y para tener acceso mejores oportunidades educativas (ver Kapitalismo):

No me las imagino en una fábrica, no me las imagino haciendo el aseo de un edificio, no me las imagino detrás de un escritorio, yo me las imagino en el campo, yo las creo en sus casas haciendo artesanías, yo las pienso y las visualizo haciendo el trabajo de sus comunidades indígenas. Y sé que eso es lo que ustedes quisieran realizar y hacer. […] Porque si ustedes deciden abandonar sus tierras y tradiciones, el pueblo mexicano nos quedamos sin nuestras raíces.

Esta cándida declaración muestra cómo amplios grupos de nuestra sociedad mantienen un imaginario colonial de castas en que los indios deben resignarse a ser felizmente la posición más humilde de la sociedad (ver este artículo sobre el gobernador de Chiapas y su esposa). Al mismo tiempo, la reacción generalizada de indignación en las redes sociales y en la prensa es un indicio alentador de la creciente conciencia social contra la discriminación que son objeto los pueblos indígenas de nuestro país. Tal vez sea esta una de las secuelas más duraderas y positivas del movimiento zapatista de hace dos décadas.

La explosión social, política y mediática de 1994 conquistó un lugar incuestionable para los indígenas en el panorama social mexicano, que ha sido mantenido y expandido por la movilización paralela y constante de centenares de grupos e iniciativas políticas y culturales procedentes de los más variados pueblos y animadas por agendas igualmente diversas.

Por ello, y no por ninguna generosidad de nuestra parte, muchos mexicanos hemos reconocido su existencia y sus derechos culturales –que se han incluido, incluso, en la Constitución. Esta es una posición infinitamente mejor a la que ocupaban hace cinco décadas, cuando el Estado propugnaba su integración racial y su etnocidio por medio del indigenismo. Hoy, grupos como los huicholes o los mayas de Chiapas disfrutan de un alto grado de “carisma étnico”: la sociedad mexicana y mundial valora en gran medida sus manifestaciones culturales, sus producciones artísticas y sus demandas políticas.

No obstante, los indígenas del siglo XXI siguen siendo asediados por las más variadas formas de racismo y discriminación.

Para empezar son el grupo social con menor ingreso, con menos acceso a los servicios públicos y a la justicia. Para mostrarlo presento un solo dato: el sueldo mensual promedio de los jornaleros agrícolas indígenas en México (una de las ocupaciones más frecuentes de las mujeres, los hombres y los niños de estos pueblos) es de apenas 900 pesos, la mitad exactamente de lo que ganan los que no son indígenas (Desigualdad Extrema en México, informe de Oxfam México).

En las ciudades de todo el país viven hoy millones de hablantes de lenguas indígenas que son objeto de discriminaciones muy diversas. Sus vestimentas tradicionales les pueden servir para vender “artesanías”, pero nunca para conseguir un trabajo o entrar a un establecimiento comercial. ¿Por qué en Estados Unidos, ese país que tanto nos gusta criticar por racista, los migrantes pueden tener una estación de radio en su idioma y no en la Ciudad de México, o en Sinaloa, o en Baja California?

Las mujeres indígenas padecen una auténtica constelación de discriminaciones: de género, raciales, lingüísticas, educativas, religiosas, políticas, muchas de ellas practicadas por sus propias familias y sus propias comunidades (si bien hay también excepciones como la comunidad de Guelatao en Oaxaca).

También me parece que existe en nuestro país otra forma de discriminación contra las mujeres y hombres indígenas, menos negativa desde luego, pero que también amenaza con privarlos de su autonomía y capacidad de acción (una de las consecuencias negativas de todo racismo). De manera pedestre, la cita de la diputada hacía eco de una visión idealizadora que coloca a los pueblos indígenas en una realidad “diferente” a la nuestra, que los quiere auténticos y ecologistas, cercanos a la tierra, místicos, custodios obligados de la tradición milenaria de un México profundo que no debe cambiar para que nosotros, los “mestizos” (ver Mestizo), sí podamos seguir cambiando.

Aun con la mejor de las voluntades, esta posición encasilla a los indígenas, les niega la posibilidad de cambiar e incorporar a sus culturas y a sus forma de vida los elementos modernos que nosotros tanto valoramos. Así lamentamos que “pierdan” su lengua, pero tampoco les damos chance de hablar “bien” español o inglés; nos quejamos de que ya no usen sus “trajes”, porque no concebimos que puedan ser punks. Tampoco concebimos que puedan programar computadoras, como los ciberactivistas mixes y zapotecos.

En suma, queremos que sigan diferentes, pero de acuerdo con la manera en que nosotros definimos la diferencia, que no cambien porque eso sería una traición a nuestro ideal de pureza.


Judíos

Hace unos años, una pareja de amigos me contaron la siguiente anécdota. Viajando en Israel, él conoció a un joven amigable y cuando le contó que venía de México, él le dijo con visible resentimiento: “Yo sé que a los judíos les va muy bien en México, que tienen mucho dinero. Pero no se confíen, algún día también ahí serán perseguidos y tendrán que huir, perdiéndolo todo.” Cuando mi amigo expresó su franco desconcierto ante esta ominosa predicción, su mujer, nacida en el Medio Oriente, asintió con fatalismo para darle la razón al desconocido. Sin embargo, añadió que por el momento los mexicanos no le parecían muy proclives a actuar violentamente a causa del odio, ni a los judíos ni a nadie.

A lo largo de los años he escuchado diversos comentarios antisemitas, de personas más o menos educadas en México. Unos extrapolaban una experiencia particular con una persona a una condena más general de su “grupo” o “raza”. En otros casos se trataba de prejuicios que fueron “confirmados”, casi inevitablemente como sucede con los estereotipos, en la interacción con las personas que ya habían sido encasilladas por ellos. Un ejemplo particularmente repulsivo del funcionamiento de este antisemitismo nacional lo encontramos en este oficio girado por un funcionario migratorio mexicano en 1934 para negarle la entrada al país a un refugiado judío:

[Debe evitarse] la colonización del territorio de Baja California, a base del elemento extranjero, y menos del elemento judío, cuya arrogancia y orgullo raciales son universalmente conocidos, y han provocado graves conflictos en otras naciones.

No solamente en época de crisis, sino en cualquier época normal, debe buscarse de preferencia la inmigración susceptible de asimilación a nuestro medio y la adaptación a nuestras costumbres y a nuestras leyes, y salta de manifiesto que en este caso no se encuentra la inmigración judía.

Según la mezquina visión de este burócrata los judíos eran culpables incluso de las persecuciones a las que los sometían los nazis y otros gobiernos intolerantes. Pese a ello México sí dejó entrar a otros muchos refugiados de este pueblo, aunque nunca dejó de observarlos con un cierto recelo. El antisemitismo, según nos dicen los académicos, no llegó a cuajar en un movimiento fuerte, ni ha desencadenado los programas vaticinados por la envidia de ese joven israelí (ver, por ejemplo, los textos de Pablo Yankelevich). En nuestro país, en general, el odio racial, puro y simple, no ha sido el motor de partidos o regímenes políticos. Toquemos madera, pero no olvidemos que la xenofobia (particularmente contra los chinos, ver Sinofobia) y la misoginia sí han desencadenado violencias más serias. Reconozcamos también que mientras no hagamos una autocrítica sincera de nuestras maneras de discriminar, la amenaza no dejará de estar latente.

Por otro lado, en mi larga convivencia con diversos miembros de la comunidad judía he aprendido las maneras sutiles y no tan sutiles como se dividen entre sí. Recuerdo todavía la manera en que un amigo ilustrado menospreció a una colega suyo con la frase: “seguro sus abuelos todavía comían cebollas en el gueto”. También aprendí la distinción entre “idish” y “shajatos”, en que los segundos son objeto frecuente de escarnio y desprecio por sus orígenes no tan europeos. El léxico judío latinoamericano define así este término:

“palabra degradante para shamis y halebis; alguien prepotente (MEX)”; frases ejemplares: “Es muy shajato gritar así al mesero”; Etimología: del árabe: “sandalia o chancla que llevaban los hombres en el mercado”.

 Como el término naco (ver artículo), este término combina de manera aviesa una designación relativa al origen, o “raza”, de una persona o grupo, con un defecto de carácter, la prepotencia. Por ello mis amigos que lo empleaban con un tono claramente despectivo, argumentaban, como quienes defienden el primer término, que no se referían a personas de cierta proveniencia sino a una “forma de ser”. Durante años pensé que esta clasificación era universal, pero colegas de otras latitudes me han aclarado que es endémica de la comunidad de nuestro país. Otra cereza en nuestro pastel tricolor de discriminaciones y prejuicios.


Kapitalismo

(Me atengo a los usos de Horizontal, y a la tradición de Eduardo del Río.)

Comienzo con la increíble y triste historia de la güerita limosnera. En octubre de 2012 un conductor de Guadalajara encontró en una esquina de esa ciudad a una niña rubia y de ojos claros que mendigaba entre otros chiquillos y adultos de piel más morena. Esto le produjo tal sorpresa que dedujo de inmediato que la güerita debía haber sido víctima de un secuestro. Sin vacilar, le tomó una foto con su celular y acudió a la policía para denunciar el presunto delito. Cuando las autoridades le informaron que solo podían atender una queja de los parientes de la menor, el preocupado automovilista “posteó” la foto en su página de Facebook para intentar localizar a la familia de la niña. En el texto explicaba su recelo de que ella fuera rubia y sus “papás” (así, entre comillas) fueran morenos y su sospecha o más bien certeza de que había sido “secuestrada, trasquilada y quién sabe qué otras cosas”. En un fin de semana la imagen se “viralizó”, siendo compartida más de sesenta mil veces. Otra mujer aventuró: “si lo pueden ver con lupa la niña se ve que tiene poco de haber sido raptada ya que su vestimenta y su apariencia es de una niña nutrida y de casa”. Según este razonamiento la evidencia misma de que la niña era bien atendida por sus familiares confirmaba que había sido víctima de un secuestro.

Orillados por esta pequeña tormenta en las redes sociales, las autoridades de la ciudad detuvieron a la “güerita” y a sus hermano, a su mamá y a su tía. La madre explicó que la niña tenía el cabello claro porque su padre era un turista de Estados Unidos y exhibió el acta de nacimiento que acreditaba legalmente su maternidad de sus dos hijos. Pese a ello, el DIF separó a la familia. Ni siquiera las pruebas forzosas de ADN que confirmaron la filiación fueron suficientes para que regresaran a los niños a la custodia legal de su madre. A esas alturas las autoridades argüían que ella era negligente porque los obligaba a pedir limosna; consideración que, sin embargo, no las ha conducido a detener a todos los padres de niños pordioseros la ciudad de Guadalajara. Solo al cabo de nueve meses de separación forzosa y arbitraria, la madre pudo recuperar la custodia de su hija.

Esta lamentable anécdota nos confirma lo que todos sabemos: en México la pobreza tiene piel morena. Los automovilistas que cada día pasan con naturalidad o indiferencia frente a decenas, si no es que centenares, de niños limosneros de piel morena y cabello oscuro, estallaron en una tormenta de preocupaciones al encontrar a una “güerita” en esa triste condición. Las historias de secuestro y abuso que tejieron para explicar tal imposibilidad dicen mucho también de la visión que tienen del sector más marginado de nuestra sociedad: no solo son pobres y prietos, sino también criminales y abusadores.

La racialización de la desigualdad económica de nuestro kapitalismo es confirmada por un estudio sociológico de Andrés Villarreal de 2010. El profesor de la Universidad de Maryland aprovechó la encuesta nacional de electores realizada por el IFE en 2005 para cruzar la información sobre su condición socioeconómica con el color de piel de los encuestados. La muestra es suficientemente amplia y representativa para darnos un panorama confiable de la sociedad mexicana, y los hallazgos de Villarreal son contundentes:

1) La distinción de los encuestados por su color de piel (20% fueron definidos como blancos, 50% como morenos claros y 30% como morenos oscuros) fue consistente a lo largo de las etapas de la encuesta. Esto confirma que los mexicanos estamos acostumbrados a clasificar a las personas por su aspecto físico. Significativamente, la distinción entre personas con piel blanca y morena es más consistente y tajante que la que existe entre personas con piel morena clara y morena oscura.

2) Hay una clara correlación clara entre el color de piel y el nivel educativo: las personas con piel morena clara tienen 30% menos probabilidad, según el estudio, de tener educación superior que las de piel blanca; las de piel morena oscura tienen 58% menos probabilidad.

3) Las mismas diferencias por color de piel se encuentran en el trabajo. 91% de los trabajadores manuales tienen piel morena (clara u obscura) y solo el 9% tienen piel blanca. En contraste, 28% de los profesionistas tienen la piel blanca. En la categoría más alta, personas que son dueñas de un negocio con más de 10 empleados, la muestra casi no encontró a personas con piel morena oscura, mientras que el 45% tenían la piel blanca.

4) También la pobreza y la riqueza se reparten de manera diferente por el color de piel. Las personas de piel morena oscura tienen 51% menos de probabilidad de ser ricas que las personas de piel blanca. Sin embargo, Villarreal no encontró evidencias de que las personas con piel morena en su conjunto (80% de la población) tengan más probabilidades de ser pobres, si tomamos en cuenta otros factores como su nivel educativo y su ocupación. Esto lo llevó a concluir que si bien las personas de piel más oscura pueden escapar de la pobreza (por medio de la educación y el avance profesional), tienen menos posibilidades de ser aceptados en los círculos más ricos de la sociedad. En otras palabras, la discriminación practicada por los grupos privilegiados del país puede ser un obstáculo al ascenso social de las personas con piel morena (ver Whiteness/Blancura).

5) El estudio de Villarreal sugiere que la diferencia de nivel socioeconómico entre personas con piel más blanca y más morena tiene como factor principal, pero no único, la diferencia en su acceso a la educación, es decir, a un servicio público. En este caso (como en el de Ayotzinapa, a mi juicio) podemos afirmar entonces que sí “Fue el Estado”: pues es él quien discrimina de manera generalizada a las personas más pobres (que tienen en general la piel más oscura) limitando su acceso a la educación y otros servicios de calidad. Tal vez nuestro Estado no sea estructuralmente racista, pero la única defensa que le queda es que es irremediablemente inepto (aunque las declaraciones, por ejemplo, que hizo Rosario Robles, antes encargada de los programas sociales del país, sobre las familias indígenas con más de tres hijos sí rayan en el terreno del racismo abierto).

6) Las conclusiones de Villarreal merecen ser citadas:

Las diferencias en la condición socioeconómica entre los mexicanos con diferente color de piel son realmente grandes […] comparables a las que existen entre los africanoamericanos y los blancos en Estados Unidos.

Volviendo a nuestra increíble y triste historia: el automovilista que desató el escándalo que condujo al brutal atropello de los derechos de la niña limosnera y de su familia negó en todo momento haber sido impulsado por el racismo. No tengo ninguna razón para dudarlo. Después de todo el hecho de que la pobreza en nuestro país tenga la piel morena no es un asunto de prejuicios privados, ni de sesgos cognitivos de personas resentidas, sino es una realidad social innegable, producto de siglos y décadas de desigualdades y explotación, perpetuada por prácticas discriminatorias, acentuada por políticas públicas fallidas. Reconocer esto debería hacer dudar a quienes disculpan nuestro racismo alegando que no es tan grave como el de Estados Unidos o Sudáfrica (ver U de Universal).

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