Alfabeto racista mexicano (V)

¿Sería una exageración decir que en la publicidad mexicana impera un auténtico régimen de apartheid?

| Diccionario Racismo

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Quinta entrega de la serie.

Latino internacional

Un amigo que lleva muchos años investigando sobre el racismo en la industria de la publicidad le preguntó recientemente a un “creativo” –hipster y alternativo como corresponde a su profesión– si él veía posible que un día los anuncios en México pudieran incluir algunas personas de piel morena. Tras cavilar, el otro respondió que lo veía difícil a corto plazo, pero que tal vez en el futuro si aparecerían “personas feas, como tú y como yo”.

El automatismo con que este ejecutivo denigró su propio aspecto físico e insultó a su entrevistador, dando por sentado que se tenía que sentir tan feo como él mismo se siente, nos habla más de prejuicios que de complejos personales. Nos demuestra la fortaleza del auténtico régimen de apartheid que impera en nuestros medios de comunicación. En ese paraíso artificial la inmensa mayoría de los modelos son güeros y de ojos claros, con tipos físicos nórdicos que serían la envidia de la propaganda de los partidos neo-fascistas de Europa (un ejemplo reciente: de La Comer, que para colmo utiliza una canción de Nina Simone, artista emblemática de la lucha de los afroamericanos por sus derechos civiles). El límite de la inclusión cromática en este coto privado está claramente marcado por el término “latino internacional” que se usa en incontables castings, o por eufemismos como “look Condesa” o “tipo Polanco”. Como contaba una modelo morena, la frase significa que buscan personas que parezcan italianas o criollas, pero no “latinos mexicanos” y mucho menos modelos “tipo Iztapalapa”.

Hace unos diez años, cuando el jabón Dove lanzó a nivel mundial una campaña para presentar mujeres con cuerpos que no mostraran los estragos de la anorexia avanzada, en México se incluyeron modelos curvilíneas y “llenitas”, altas y chaparras, pero ninguna morena y menos con rasgos indígenas. Cuando Sanicté Bastida, de la revista Expansión, le preguntó al “ejecutivo de cuenta” las razones de esta exclusión él respondió con total certidumbre: “No queremos llegar a extremos que sean poco representativos; ésta es una campaña inclusiva”.

Según su razonamiento, en el mundo de la publicidad mexicana incluir modelos que se parezcan al aspecto físico del 80% de la población mexicana sería una acción “extremista” y poco representativa; tan inconcebible como dejar ingresar a un negro a un espacio reservado para blancos en la Sudáfrica del apartheid. Esto, no obstante que la marca Dove, como señaló la reportera, realiza la mayor parte de sus ventas entre personas humildes que tienen precisamente en su mayoría ese tipo físico (ver Kapitalismo).

Cuenta la leyenda que hace 30 años una marca de bebidas dulces realizó una campaña con modelos morenos que fue un absoluto fracaso. Tal vez por eso ningún “creativo” se atreve a correr de nuevo ese riesgo. Tal vez los ejecutivos tienen en sus manos las encuestas y los estudios de “mercadeo” que demuestran de manera fehaciente que los consumidores morenos se niegan a comprar productos anunciados por gente que se parece a ellos. O tal vez, en ese medio el racismo se practica de manera tan automática que la gente morena es simplemente considerada “fea” y no merece la menor consideración. Si alguno de esos brillantes publicistas leyera este Alfabeto le agradecería mucho que me saque de dudas, mostrándome los números que sustentan sus prácticas discriminatorias o confirmándome sin más rodeos los prejuicios que lo llevan a excluir de manera sistemática a la mayor parte de los mexicanos.


Mestizo

Mauricio Tenorio contaba en un artículo sobre el mestizaje que en un día el antropólogo norteamericano Charles R. Hale, que trabaja en América Central, lo definió como un “intelectual mestizo”. Ante el evidente desconcierto del mexicano por ese calificativo, el padre de Hale, un destacado historiador mexicanista, le explicó que en nuestro país no “se habla así”. Tenorio comenta con ironía que para el joven Hale su propia reacción de sorpresa al ser definido como “mestizo” fue la prueba “irrefutable de que el mestizaje era y es una ideología de dominación racial tan poderosa que ni quienes la ejercemos nos damos cuenta”.

Más allá de que concuerdo con el análisis de Hale hijo respecto al poder de la leyenda del mestizaje creo también que la sorpresa de Tenorio señala una realidad incómoda: aunque los mexicanos nos proclamamos como mestizos, en realidad nadie quiere serlo realmente. En los medios de clase media y alta, ilustrados o no, llamar a alguien mestizo puede ser interpretado como un recordatorio grosero de un mal disimulado origen indígena o popular, un pasado “naco” por usar un término más brutal (ver Naco). En general, preferimos sacar a relucir nuestros orígenes extranjeros o exhibir nuestras medallas cosmopolitas. La mayoría de nuestros intelectuales y comentaristas (que no Tenorio) sacan a relucir su propio carácter mestizo únicamente en las ocasiones en que quieren aleccionar a otros mexicanos menos modernos y más morenos que ellos. En suma, como mestizos, los mexicanos solemos ocupar una posición molesta entre la vergüenza y el regaño, la jerarquía y el desprecio (ver Colores).

Por ello no sorprende que la sesuda literatura del siglo XX sobre las formas de ser de nuestra raza de bronce tuviera un tono abiertamente paternalista y regañón. Nuestros intelectuales criticaban sin piedad a sus objetos de estudio, a quienes consideraban soeces, pueriles, acomplejados, resentidos, hipócritas, solitarios, traumados y criminales. Según esta visión, los mexicanos, particularmente los más morenos, estaban literalmente “tarados” por sus orígenes. Por ello, los mestizos eran siempre sospechosos: la alquimia racial y cultural que habría de convertirlos en la raza cósmica, es decir hacerlos parecerse más a los propios intelectuales, estaba siempre en peligro de dejar aflorar unos orígenes indios nunca enteramente superados y siempre despreciados.

El drama del mestizo mexicano, en última instancia es que nunca quiso serlo en verdad. En su biblioteca y en su árbol genealógico, en su forma de vestir y de pensar aspiró siempre a adquirir todos los atributos idealizados de la blancura occidental (ver Whiteness/Blancura), asociados a la cultura moderna y al progreso, a la civilización y al buen gusto, al glamour y a la belleza. Aun en nuestro convulso siglo XXI algunos de nuestros intelectuales no han abandonado el sueño de blanquear (ahora culturalmente) a la población nacional a nombre de la democracia electoral, del neoliberalismo o de la competitividad mundial (ver Homogeneidad racial).

Afortunadamente podemos afirmar que esos mestizos tarados y traumados nunca existieron fuera de las fantasías de nuestras élites. La cacareada “mezcla biológica” que produjo la “raza de bronce” no se llevó a cabo ni en el siglo XVI, ni en el XIX o el XX. Desde luego que ha habido uniones entre personas de orígenes diferentes (incluidos más africanos y asiáticos de lo que nos gusta admitir) pero en total fueron mucho menos frecuentes de lo que hemos imaginado. La población mexicana ha sido siempre más diversa y menos homogénea de lo que pretendía la leyenda del mestizaje y nunca ha tendido a unificarse en una sola raza.

Lo que sí hay en el México de hoy es un alto grado de “indefinición racial”, es decir, que sectores muy amplios de la población no saben cuál es su origen étnico o han sido obligados a olvidarlo o hacerlo invisible (ver Razas, ¿qué carajo es eso?). El ejemplo más dramático de esta invisibilidad ha sido la manera en que hemos hecho desaparecer de nuestra conciencia a la población mexicana de origen africano (ver Chinos).

Hoy es hora de que los mexicanos nos demos cuenta que nunca hemos sido mestizos y de que inventemos nuevas maneras de definir nuestras identidades, siempre diversas y plurales, que no pasen por la raza y por las leyendas que la idea del mestizaje nos ha hecho creer (ver Pigmentocracia).


Naco

El carácter racista del calificativo “naco” es confirmado más allá de toda duda por la fuente de toda nuestra sabiduría contemporánea: el buscador de Google. Todas las fotos y memes que aparecen cuando se busca ese término son abiertamente denigratorios y presentan como “nacos” exclusivamente a personas con piel morena, rasgos indígenas y de extracción socioeconómica humilde.

La definición de la palabra en la Wikipedia en inglés confirma, con frialdad clínica, la indisoluble vinculación entre racismo, clasismo y pretensión:

Naco (fem. naca) is a pejorative word often used in Mexican Spanish to describe the bad-mannered, poorly educated people or those with bad taste. A naco is usually associated with lower socio-economic classes and/or the indigenous, but it also includes the nouveau riche.

Me disculpo por la “naquez” de citar en otro idioma, pero me dio pudor traducirlo al español y no pude dar con un artículo equivalente en la Wikipedia en nuestro idioma. Encontré, eso sí, que el Diccionario de Mejicanismos de 1959 de Francisco J. Santamaría ofrecía dos hipótesis respecto al origen de este vocablo que confirman su carácter racial: “En Tlaxcala, indio de calzones blancos” y “en Guerrero llaman así a los indígenas nativos del estado y, por extensión, al torpe, ignorante e iletrado”.

Como el término “shajato” usado solamente en México para menospreciar a los judíos de origen no europeo (ver Judíos), naco combina la referencia a un origen étnico particular con la “crítica” o burla a supuestos defectos personales y culturales: la fealdad, los malos modales, el mal gusto, la falta de educación, las pretensiones sociales. Así tiene una función doblemente discriminatoria: en principio todos los morenos pobres están en peligro de ser despreciados como nacos, pero los que mejoran de “condición” son objeto de renovado escarnio por “advenedizos”, es decir, por intentar escapar en vano del lugar de inferioridad que les corresponde en el imaginario de quienes se creen mejores que ellos.

En ese sentido, naco se parece al término “cholo”, usado en los países andinos para referirse a las personas de origen campesino e indígena que han emigrado a las ciudades y han prosperado económicamente, “escapando” de esta manera del lugar geográfico y social subordinado y marginal que les correspondía según la mentalidad de las élites blancas de ese país. Recuerdo todavía las palabras que escuché una vez de boca de un exponente nada brillante de ese grupo: “Yo no tengo problema con los cholos cuando viven en la sierra. Lo que me molesta es que vengan a Lima.”

Desde hace unas décadas, ciertos personajes de la televisión, ese semillero inagotable de discriminaciones, clasismos y sexismos, han pretendido imprimir un carácter didáctico a este insulto. Según ellos, el naco es aquel que no cumple las leyes, el que no respeta las reglas de convivencia social. Este hipócrita barniz no hace sino agravar el racismo, pues confirma el prejuicio ya de por sí muy difundido que atribuye a las personas más morenas y más humildes una supuesta falta de civismo y de “cultura” (ver ¿Y…la democracia qué? y Homogeneidad racial).

El moralismo ramplón de esta postura sirve para exhibir la posición del no-naco, es decir, de quien blande el término para despreciar y humillar a los demás. En el mejor de los casos el no-naco exhibe falta de generosidad y poca imaginación; en el peor, una propensión regañona digna de un prefecto de escuela primaria o de un maestro de catecismo. Así, la postura del no-naco se revela como desesperadamente vacía: tiene que recurrir al insulto y al desprecio para defender su superioridad tan precaria. En suma exhibe todos atributos morales dignos de una persona que merece ocupar la portada de la revista Hola o Quién (ver Quién).

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