Alfabeto racista mexicano (VI)

Este es el nocivo objetivo de la pigmentocracia: la invisibilización de los marginados y la naturalización de la desigualdad.

| Diccionario Racismo

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Sexta entrega de la serie.

Octavio Paz y la Malinche

Esta es la historia de un parentesco marcado por el resentimiento y la violencia. El hijo no es otro que nuestro máximo poeta e intelectual, erigido en portavoz de todo su pueblo, o más bien del reducido sector que, según él, “tienen consciencia de su ser en tanto que mexicanos” (aquellos que no viven “paralizados” en el pasado, como los indios bárbaros, o que no han sido expulsados de la historia, como los otomíes). Su madre imaginaria es una mujer que vivió cuatro siglos antes que él, pero a quien transformó en paradigma de toda su raza y de todo su género. La filiación entre ambos nunca existió fuera de las páginas de El laberinto de la soledad, pero desde ahí se transformó en un mito fundador de nuestra raza mestiza.

La relación familiar estuvo marcada desde su origen por la fatalidad, uno de los fantasmas perniciosos que rondan las páginas del libro de Paz. A sus ojos, el pueblo mexicano apenas consigue sobrevivir bajo la sombra de trágicas herencias históricas y raciales. Así, los pachucos que observó en California ya no pueden ser realmente mexicanos, pues han sido separados de la raíz de su cultura, de su lengua, de su religión, pero tampoco conseguirán jamás transformarse en norteamericanos. Por ello, su vida es un simulacro grotesco, una provocación huera y solo logran existir plenamente cuando su descaro provoca la agresión racista de los blancos:

Entonces, en la persecución alcanza su verdadero ser, su desnudez suprema de paria, de hombre que no pertenece a parte alguna.

Desde la atalaya de su prosa, Paz no disimula su desprecio por esos despatriados y los despoja de cualquier posibilidad de escapar a los sinos que los oprimen, de defender su dignidad, de inventar nuevos formas de ser.

Las mujeres en su conjunto merecen un tratamiento análogo. Ellas no son más que:

[…] seres inferiores que al entregarse, se abren. Su inferioridad es constitucional y radica en su sexo, en su “rajada”.

El poeta describe con minucia, y sin asomo de distanciamiento ni crítica, el vocabulario y la práctica del sometimiento de las mujeres mexicanas a los ojos y al poder masculinos. Solo en una ocasión plantea la posibilidad de preguntarles a ellas su opinión, de reconocer su posible rebeldía, pero la clausura de inmediato:

¿Cómo vamos a consentir que ellas se expresen, si toda nuestra vida tiende aparalizarse en una máscara que oculta nuestra intimidad?

Así, las aprisiona en el laberinto que él mismo les construye. De todo ese sexo doblegado, sin embargo, nadie peor que la Chingada:

Su pasividad es abyecta: no ofrece resistencia a la violencia, es un montón inerte de sangre, huesos y polvo. Su mancha es constitucional [¡otra vez!] y reside [¡siempre!] en su sexo. Se confunde con la nada, es la Nada. [Los comentarios son míos]

 Y la Chingada por excelencia es la Malinche, a quien Paz designa como su propia madre y la de todos los mexicanos.

Si la Chingada es una representación de la Madre violada, no me parece forzado asociarla a la conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino también en la carne misma de las indias. El símbolo de la entrega es doña Malinche, la amante de Cortés. Es verdad que ella se da voluntariamente al conquistador, pero éste, apenas deja de serle útil, la olvida. Doña Marina se ha convertido en una figura que representa a las indias fascinadas, violadas o seducidas por los españoles. Y del mismo modo que el niño no perdona a su madre que la abandone para ir en busca de su padre, el pueblo mexicano no perdona su traición a la Malinche.

La ira del hijo ultrajado aniquila sin miramientos la voluntad de todas las mujeres indígenas: nada importa lo que hayan sentido o deseado; no pueden, no deben, ser más que víctimas y traidoras, cuerpos violados y desechables. La violencia de estas líneas no proviene de su descripción, por demás vaga, de las acciones de los conquistadores, sino del encono con que mancillan a las mujeres indígenas, las reducen a abyectas chingadas.

Frente a estas mujeres que ha hecho deleznables, Paz solo nos puede ofrecer la evanescente figura masculina de Cuauhtémoc, el joven abuelo, demasiado vencido para ser nuestro padre, demasiado perdido para prometernos algo más que una vaga redención viril:

Encontrar [su tumba] significa nada menos que volver a nuestro origen, reanudar nuestra filiación, romper la soledad. Resucitar.

Abandonados con la madre a la que no pueden dejar de despreciar y violentar, el sino del escritor, y de aquellos que reconoce como mexicanos, es peor que el de los negros en Estados Unidos:

[Ellos] entablan un combate con una realidad concreta. Nosotros, en cambio, luchamos con entidades imaginarias, vestigios del pasado o fantasmas engendrados por nosotros mismos.

En este rapto de lucidez Paz señala, sin saberlo tal vez, la salida de su laberinto. La relación rencorosa entre el hijo y la madre traidora no es más que otro de los espectros raciales inventados por la leyenda del mestizaje, como el del indio resentido y taimado, el de las masas irredentas, el del pelado (ver Mestizo).

Si nos liberamos de estos engendros nacionalistas, las mexicanas y los mexicanos ya no tenemos por qué creernos vástagos de ningún ultraje imaginario, ni cargar sobre nuestras cabezas un ficticio “trauma de la conquista”. Así podemos reconocer con toda claridad el racismo y el sexismo que apuntalaban esas fantasías: la necesidad de perpetuar en la retórica y en la práctica la humillación de las mujeres indígenas para así someter a toda la “raza” india; el imperativo de confirmar a punta de infundios la precaria supremacía de los varones no indios y de los intelectuales mestizos.


Pigmentocracia

Hace ya mucho una amiga me contaba, con ironía autocrítica, que su familia había emigrado a México porque en este país basta con ser blanco y tener un apellido europeo para pertenecer a la clase media. Así tenían acceso a círculos sociales y escuelas a las que no hubiera podido entrar en otras partes del mundo. Más recientemente, un científico universitario con doctorado y una destacada carrera internacional me relató indignado que debido a su color de piel moreno es frecuente que los burócratas le hablen “lentito”, como si fuera tonto, y que algunos le han preguntado si puede usar una computadora o incluso si sabe leer y escribir.

Estas estampas contrastantes reiteran lo que todos sabemos: en el mapa social de México la blancura suele ser una ventaja mientras que la piel morena se convierte fácilmente en un obstáculo (ver Colores, Kapitalismo).

En las últimas décadas diversas sociólogas han acuñado el término “pigmentocracia”  para referirse a la discriminación por el color de piel prevalente en nuestro país y en toda América Latina. El atractivo de la palabra es que engloba y vincula de manera contundente todas las pequeñas humillaciones y los vergonzantes prejuicios que marcan nuestra vida cotidiana con las abismales desigualdades sociales y las diferencias de poder a nivel nacional (ver Aspiracional, Latino internacional).

Con un poco de paranoia, el concepto nos puede llevar a imaginarnos a los “güeros” apoltronados en sus sofás, vedando a todos los “nacos” el paso a sus jardines de privilegio. Esta pesadilla digna de Sudáfrica me hace recordar otra anécdota de mi amigo regiomontano. Un empleado de origen humilde y piel oscura ascendió por sus propios méritos hasta las posiciones de mando medio de una empresa nacional de primera línea. Sin embargo, tanto talento y lealtad no bastaron para que fuera promovido a un puesto directivo; en privado, la mujer del presidente de la compañía se jactaba de que su marido era tan considerado que nunca le haría a ella la descortesía de forzarla a cenar y convivir, en los eventos de la empresa y en su club social, con un empleado como ese y con su familia.

Esta discriminación es tan feroz como frívola, pero no constituye una auténtica pigmentocracia, es decir, un poder racial. Me parece más exacto definir al régimen que padecemos como una oligarquía autoritaria, una orden social brutalmente clasista y desigual regido por el malsano contubernio entre una clase política corrupta y una burguesía inepta que solo saben medrar de las canonjías del estado; como estas castas privilegiadas no tienen la menor intención de compartir su poder y su riqueza con el resto de los mexicanos, la necropolítica se ha convertido en la única alternativa a una verdadera democracia.

El racismo (y las otras formas de discriminación) no son la causa de esta tiranía venal y asesina, pero sí un serio agravante de todas las injusticias que genera (ver Discriminación). Cuando el gobierno, por comisión y por omisión, provoca o ignora la muerte de millares, cientos de miles de mexicanas y mexicanos, su color de piel más oscuro resta resonancia a estos crímenes: el racismo los hizo invisibles en vida y así los ha vuelto también asesinables y olvidables (ver Violencia). Cuando todos contemplamos indiferentes cada día a centenares, decenas de millones de nuestros conciudadanos hundidos en la miseria, su aspecto físico diferente hace que ésta marginación nos parezca ajena, inevitable y más aceptable (ver Kapitalismo). Cuando todos los días, en las calles y en las pantallas, en las revistas y en la publicidad, unos cuantos miles de miembros de nuestras élites presumen su privilegio con desparpajo, el halo importado de prestigio de su blancura provoca que la riqueza y el poder que usurpan les parezcan y nos parezcan tan naturales como la estulta prepotencia de los mirreyes y las ladies.

Este es el verdadero y nocivo poder de la pigmentocracia: naturalizar la desigualdad, hacer invisibles a los marginados y volverlos exterminables, convencernos de que lo que debería ser inaceptable es inevitable, acostumbrarnos a la iniquidad.


¿Quién es respetable?

En un artículo titulado “¿Quién no es quién?” Mario Arriagada realizó una mordaz y precisa radiografía del régimen de apartheid que impera en las revistas de sociales de nuestro país, idéntico al que impera en nuestra publicidad y nuestros medios de comunicación (ver Latino internacional). Por medio de un improvisado pero eficaz Conteo de Blancura Editorial demostró que en esos paraísos fotográficos del privilegio por cada 100 personas blancas aparece en promedio solo una morena, y estas últimas son generalmente ayudantes, meseros u otro tipo de personal de servicio, cuyos nombres casi nunca son mencionados. Un fotógrafo de sociales le describió, un tanto apenado, la discriminación que practicaba:

Entonces, te voy a ser honesto, yo como fotógrafo también selecciono a la persona, es decir, si yo veo alguien gordito, chaparrito, morenito, quizá es el director del centro Banamex pero yo no sé, y si estética y visualmente no persigue el perfil que nosotros estamos trabajando, pues lo desprecias, lo quito […].

El “target” de estas revistas, como explicó una editora usando el lenguaje racista de la publicidad o el lenguaje publicitario del racismo (ya no conozco la distinción), son personas blancas, o que se imaginan blancas, y que solo quieren ver a quienes correspondan a sus ideales aspiracionales.

Más allá de estas frivolidades, lo peligroso es que la asociación entre privilegio y color de piel se extiende también a las cualidades morales. En 2013, la socióloga Rosario Aguilar del CIDE realizó una encuesta experimental en universidades públicas y privadas de la Ciudad de México. En ella mostraba fotografías y perfiles políticos de candidatos electorales ficticios con rasgos europeos, “mestizos” e indígenas. Cuando preguntó a los estudiantes cuál aspirante les parecía más capacitado, más confiable y más digno de su voto, la mayoría se inclinó por los de piel clara, aun cuando la información asociada a las fotos fuera la misma. También atribuyeron a los más blancos una posición social elevada y, por lo tanto, una postura más conservadora, y a los más morenos, una más humilde y una proclividad izquierdista. Según Aguilar, este resultado demuestra que el clasismo y el racismo van de la mano en nuestro país.

En otro experimento social, la antropóloga Eugenia Iturriaga de la UADY mostró a los alumnos de una preparatoria privada de Mérida fotos de personas blancas y de personas con apariencia indígena y les pidió que imaginaran sus biografías, sin contarles quiénes eran en realidad. Invariablemente, los muchachos atribuyeron a los “güeros” vidas exitosas, llenas de felicidad, con familias funcionales, mascotas y viajes al extranjero (perfectamente consonantes con sus fantasías aspiracionales). A los morenos, en cambio, los convirtieron en protagonistas de trágicas historias de alcoholismo y violencia, miseria, criminalidad e infelicidad familiar (acordes a las representaciones dominantes de las personas de piel más oscura en la nota roja de los periódicos locales); en el mejor de los casos, los transformaron en abnegados empleados domésticos. Cuando la antropóloga les reveló que en la vida real los blancos eran personas modestas que padecían todo tipo de problemas familiares y de adicciones, y que los morenos eran artistas exitosos o profesionistas de clase media, la reacción de los chicos de la élite yucateca fue de abierta sorpresa.

A la luz de estas asociaciones pertinaces entre ser blanco y ser “decente” podemos entender mejor el mandamiento social que desde hace siglos obliga a los mexicanos y mexicanas en ascenso social a “mejorar la raza”, es decir a buscar parejas con piel más clara para procrear vástagos “güeros”. Blanquearse implica acumular prestigio y conquistar respeto, portar en la piel la demostración del éxito y la certeza de la moralidad. Como las madres y padres indígenas que no enseñan su lengua a sus hijos para ahorrarles el peso de la discriminación que ellos mismos han padecido, los morenos que buscan tener hijos más blancos les quieren ahorrar las incontables humillaciones, las perpetuas desconfianzas, las constantes expresiones de incredulidad que acarrea tener la piel más oscura en los círculos privilegiados de nuestra sociedad. No quieren que ellos sean también “el prietito en el arroz”, para recordar uno más de nuestros refranes racistas.

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