Alfabeto racista mexicano (VII)

¿El racismo es tan hegemónico que la televisión mexicana, en noticieros, telenovelas y barras de opinión, reproduce un régimen pigmentocrático?

| Diccionario Racismo

Séptima entrega de la serie.

¿Racismo al revés?

Anoche soñé que vivía en un país enteramente justo y democrático. La pobreza había disminuido radicalmente y todas las mexicanas y los mexicanos, independientemente de su origen, de su cultura y de su aspecto físico, tenían acceso a servicios públicos de la más alta calidad. El salario mínimo era más que suficiente para cubrir las necesidades de todas las familias y el desempleo había desaparecido, por lo que la mayoría de nuestras compatriotas se definían a justo título como pertenecientes a la “clase media”. Nuestra vida política era plenamente democrática y se respetaban los derechos, y las formas de organización de todos los distintos grupos sociales, sin descalificar a ninguna de ellas como “decadentes” o “clientelares”. En el debate público participaban las voces más variadas: al lado de las opiniones de los expertos calificados se escuchaban con respeto las de los activistas y las ciudadanas de a pie, sin importar si hablaban o no un español “correcto”. En el sistema de justicia privaba una cultura de pleno respeto a los derechos humanos y de castigo expedito a todos las violaciones a la ley, empezando por las que cometían los más poderosos. La corrupción y la violencia no eran más que malos recuerdos del antiguo régimen. Igualmente, México respetaba escrupulosamente los derechos de los migrantes que atravesaban su territorio, sin importar su estatus migratorio, y también la del creciente número de extranjeros de todos orígenes que se vivían en un país tan próspero y pacífico, tan tolerante y receptivo.

La televisión y la publicidad eran un arco iris de todo tipo de locutoras y modelos, con los más variados tipos físicos, con pieles claras y oscuras, rasgos africanos y asiáticos, que hablaban además las 70 lenguas nacionales, incluido el español. Todos los grupos sociales, culturales y sexuales podían hacer escuchar sus voces en los medios de comunicación gracias a las leyes de participación pública incluyente. En el mundo de la cultura, el Estado y la iniciativa privada fomentaban y financiaban las más variadas manifestaciones artísticas, dejando atrás la distinción entre cultura “popular” y “alta cultura”.

Por desgracia, en el país se practicaba aún una discriminación intolerable: algunos compatriotas trataban mal a la minoría de personas que tenían la piel blanca y los cabellos claros, o que tenían nombres extranjeros. Los antropólogos comentaban preocupados, y un poco burlones, que ese prejuicio pernicioso hacía incluso que los padres rubios consideraran mejores a sus hijos morenos.

Al reconocer la existencia de este racismo intolerable la sociedad en su conjunto emprendió un profundo examen de conciencia haciéndose las siguientes preguntas. ¿Acaso la discriminación contra los rubios los hace víctimas preferentes de la violencia policial o de la criminalidad? ¿Estamos tan acostumbrados a asociar la pobreza y la ignorancia con la piel blanca que por ello menospreciamos a los “pobres güeritos”? ¿Reciben estas ciudadanas y ciudadanos servicios públicos inferiores? ¿Se les dificulta el acceso a edificios y establecimientos privados por su aspecto físico? ¿Se les excluye de manera sistemática de los medios de comunicación porque su tipo racial no corresponde al ideal moreno de la belleza? ¿Cuándo una mujer de piel blanca pide trabajo se le niega por no tener “buena presentación”? Todas estas preguntas se decantaron en una sola interrogante clave: ¿acaso la discriminación contra las personas con aspecto europeo ha sido comparable a la que sufrieron históricamente los indígenas (ver Indígenas), los negros (ver Chinos), los chinos (ver Sinofobia)?

Los güeros discriminados respondieron con toda honestidad que no podían afirmar que así lo era y entonces el resto de los mexicanos les dijeron, quizá con excesiva impaciencia, las mismas frases que habían escuchado tantas veces de sus bocas en ese pasado remoto y ya casi olvidado en que eran ellos quienes ejercían el racismo: “estás exagerando”, “es sólo clasismo”, “ya supéralo”.


Sinofobia y otras fobias nacionales

Hace poco más de cien años, no contento con expulsar de México a los “chinos” (muchos de ellos ya nacidos en México) que vivían en la región noroeste, el gobierno de Porfirio Díaz internó durante nueve meses a sus mujeres mexicanas para asegurarse de que no estaban embarazadas. En los casos en que sí lo estaban, ellas también fueron enviadas a China con sus hijos recién nacidos, sin importar si hablaban el idioma o tenían manera de encontrar a sus esposos previamente deportados.

Este es tan solo uno, y tal vez ni siquiera el peor, de los múltiples atropellos contras los inmigrantes del país asiático y a los mexicanos de ese origen que por su aspecto físico siguen siendo considerados extranjeros, aunque lleven generaciones en nuestro país. Sin la menor justificación han sido privados de su ciudadanía, desterrados, perseguidos e incluso masacrados en múltiples ocasiones. Hay que decir, sin embargo, que el gobierno de Cárdenas reconoció las querellas de algunos de los mexicanos de origen chino expulsados décadas atrás y les restituyó la nacionalidad.

A la fecha el folklore mexicano está lleno de expresiones que les atribuyen a la vez mala leche y torpeza: “cobrarse a lo chino” y “cuentos chinos”, pero también “me engañaron como chino”. El diminutivo “chinito” es un ejemplo más de nuestra condescendencia agresiva. Los niños aprenden (o aprendían hace mucho tiempo, cuando yo lo era) a cantar, “Chino, chino, japonés…” Un columnista cultural escribió no hace mucho respecto a un conciudadano nacido en China:

[Su] único problema de identificación es el de cualquier chino: les pones un bisquet al lado y todos resultan igualitos.

Esta pésima broma, puede ser considerada un ejemplo más de la xenofobia que impera en nuestro país y que afecta a todos los inmigrantes, burlándose de su acento y sus costumbres. Pero en este terreno, como en otros, nuestro racismo está lleno de finas distinciones: sinceramente no me imagino a ningún columnista diciendo lo mismo de los franceses y los croissants, o de los ingleses y el té, ni siquiera de los “gringos” y las hamburguesas. Si hemos creado mexicanos de primera y de segunda, ¿por qué no habríamos de tener también extranjeros de las dos clases (ver X de Exiliados)?

Pero lo que no tiene nada de chistoso es la manera en que tratamos en el México actual a los nuevos extranjeros “de segunda”: los inmigrantes centroamericanos que atraviesan el país para llegar a Estados Unidos o que se han avecindado en varias regiones de nuestro país. Las fosas clandestinas halladas en San Fernando, Tamaulipas, son ejemplo de los peligros mortales que los acechan y de la indiferencia con que vemos su destino. En sus países de origen muchas mujeres que van a emprender este azaroso viaje se recetan la “inyección anti-México”, un anticonceptivo que las libra de quedar embarazadas en el caso de ser violadas por “agentes de la ley” u otros mexicanos, como le sucede hasta el 70% de ellas.

En Guatemala, los futuros migrantes acuden a presentar ofrendas de alcohol y de dólares a los santuarios de Machimón, dios tenebroso de las empresas turbias, un personaje vestido de hacendado catrín o de militar asesino, con sombrero, lentes oscuros de gota y puro en la boca. En su templo clandestino en Itzapa, recuerdo haber escuchado a un chamán maya recitar con solemnidad, entre bocanadas de puro y aspersiones de alcohol, los nombres de cada una de las localidades en el largo camino entre las fronteras: “Minatitlan, Coatzacoalcos, Alvarado, Orizaba”. Luego usó la sangre de un gallo sacrificado para obtener el favor de la poderosa deidad y así conjurar amenazas tan terribles como un “retén de la policía federal”.

Tal vez todos los mexicanos necesitamos una limpia de ese tipo para librarnos por fin de nuestra intolerancia contra aquellos extranjeros que no corresponden a los ideales de nuestro racismo.


Televisión

La composición exacta de la fórmula mágica es un secreto, desde luego, pero quienes no pertenecemos al Olimpo de nuestras pantallas televisivas alcanzamos a imaginar sus ingredientes. Nuestras motivaciones son la envidia, desde luego, y la desesperación de saber que no somos suficientemente blancos ni ricos ni bonitos para pertenecer a ese mundo encantado.

Para empezar la futura estrella, o el futuro galán, debe haber nacido con un color de piel y cabello, rasgos faciales y tipo corporal correspondientes a los ideales aspiracionales de la blancura (ver Aspiracional, Colores y Whiteness) o de lo contrario, estar dispuesto a someterse a las intervenciones cosméticas y quirúrgicas necesarias para obtenerlos. De hecho, los milagros del bisturí y de la silicona matan a la naturalidad y hay una clara predilección por los cuerpos neumáticos, inflados con una válvula de alta presión. Los aspirantes también deberán tomar unas cuantas lecciones para cultivar sus “talentos”, aunque en el mundo del apuntador y del playback las dotes histriónicas y musicales no son de ninguna manera requisitos para el éxito.

Solo así se puede iniciar una fulgurante carrera entre los extraterrestres que respiran la enrarecida atmósfera blanqueadora tras la escafandra de nuestras pantallas. Estas estrellas, privilegiadas de su propio privilegio, no hace muchos años presumían su artificial belleza y sus nombres famosos en una revista para adolescentes: “¡Yo soy Tal y Tal! Y tú, ¿quién eres?”, seguros de que la única respuesta posible del resto de nosotros sería “Yo no soy nadie”, o mejor aún “Yo sólo quiero ser como tú”.

Un poco de escándalo en las revistas de pornochismes, fotos que revelen lo más posible de sus anatomías, aún más infladas que sus talentos, convenientes promiscuidades con los productores claves, permitirán el ascenso a las cumbres del glamour, donde, según nos cuentan, el dinero, la fama y otras sustancias intoxicantes fluyen con más abundancia que la leche y la miel en el paraíso.

Pero el verdadero triunfo reservado a las Brunildas de ese Valhalla televisivo, más blancas aún que la diosa nórdica, es protagonizar un “romance de la vida real” con algún político prometedor y telegénico, otra mercancía mediática tan artificial como ellas mismas. Las uniones de conveniencia y de connivencia entre las empresas televisivas y los partidos políticos transforman a la nación entera en escenario de su ostentación. Fuera de la pantalla, las gentes bonitas se comportan como zombis que contagian su innato racismo hasta convertirlo en una calamidad pública. Sin asomo de autocrítica, el gobernador y su novia sintética posan acompañados por un grupo de mujeres indígenas recreando un cuadro de castas colonial para el siglo XXI. Nuestra reina no coronada vive su fantasía de princesa de Disney, estrenando vestidos para departir con los reyes y tiranos del mundo. En su mundo encantado, el tráfico de influencias se disimula tras cuentos de hadas que hacen llover las casas blancas. Ay de nosotros si somos tan envidiosos como para desconfiar de esos encantamientos. Ay de nosotros si somos tan “nacos” que no entendemos que ella está hecha de otra materia que no es la nuestra y que su blancura y su belleza sintética se lo permiten todo.

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