Alfabeto racista mexicano (VIII)

En la guerra contra el narcotráfico, el racismo ha naturalizado la muerte de muchísimas personas gracias a la invisibilidad que ya las hacía sufrir en vida.

| Diccionario Racismo

Print
Octava entrega de la serie.

Universal

“No, hombre, racismo, lo que se dice racismo, de ése no hay en México, mira nada más Estados Unidos, o Sudáfrica, o …”. Esta coartada que he escuchado tantas veces para menospreciar la discriminación en nuestro país solo merece ser respondida con un refrán igualmente trillado: “mal de muchos consuelo de… ”.

Algunos arguyen a continuación que aquí no hay un Ku Klux Klan ni hubo Apartheid o los crímenes de los nazis ni priva la intolerancia hacia los inmigrantes o la islamofobia (la lista puede extenderse de acuerdo a la voluntad o la cultura del interesado). No falta, incluso, quien presuma nuestra proverbial generosidad con los exiliados (más sobre el tema en X de eXilio).

Estos argumentos más específicos tienen algo de verdad. En nuestras latitudes no se ha constituido, todavía, un club de cobardes ignorantes que se disfracen con capuchas ridículas para linchar o intimidar a quienes tienen la piel más oscura. Más ampliamente, desde la Independencia, las constituciones de México no han hecho distinción legal entre las personas por su imaginaria “raza”, es decir por su origen continental y por su aspecto físico. Podríamos presumir, incluso, que abolimos la esclavitud 40 años antes que Estados Unidos y 60 antes que Brasil. Pero nuestro orgullo se desvanecería si reconocemos las leyes menores que sí han discriminado a quienes hablan una lengua indígena, practican una religión no católica o cometieron la gravísima falta de haber nacido en el extranjero. Además, todos sabemos para qué sirven las leyes en nuestro país.

En la práctica, nuestro racismo sí compite con los países supuestamente más racistas. Nuestra disparidad económica le gana de calle a la de Estados Unidos, puede compararse con la de Brasil y no está muy por detrás de Sudáfrica (ver Kapitalismo). De hecho, cuando un mexicano visita ese país, liberado del régimen racista más opresivo hace apenas 20 años, lo sorprendente es lo poco sorprendente que resulta: ahí también el color de la piel es un indicio casi infalible de la condición social (ver Pigmentocracia) y la discriminación ha creado una implacable geografía de injusticia y desigualdad. Los brutales paisajes urbanos de Cape Town o Johannesburgo no tienen nada que pedirle al de la Ciudad de México. Aunque, eso sí, en los anuncios de ese país hay mucho más modelos negros y de distintos tipos raciales que en México (ver Latino internacional). Además de parecerse también a Sudáfrica, Brasil comparte con nosotros una ideología racialista supuestamente incluyente, su “democracia racial” para nuestro “mestizaje”. Sin embargo, para desmentir esta supuesta igualdad basta con comparar el color mayoritariamente oscuro de los miles de jóvenes que son “ajusticiados” cada año por la policía militar con los rostros exclusivamente blancos de los ministros del gobierno golpista de Temer.

Con Estados Unidos la comparación se complica. Si bien en México no segregamos de la misma manera obsesiva en función del color de piel, no pocos compatriotas avecindados allá consideran que nuestra discriminación puede ser más insidiosa, pues no es tan explícita y, por eso, no permite medidas compensatorias. En tiempos de Trump se dificulta defender la inclusión y la tolerancia en su país, pero nadie puede negar las conquistas de los movimientos negros, latinos e incluso indígenas en las últimas décadas. La acción afirmativa y la corrección política (pese al reiterado horror de nuestros intelectuales “liberales”) han logrado diversificar efectivamente las universidades, los medios de comunicación, las empresas y muchos otros ámbitos sociales, algo que ni siquiera se plantea en México (y aquí dejo que se persignen los timoratos para conjurar a este fantasma que tanto los desvela). Además, Estados Unidos puede presumir su (único) presidente africano americano con mucho más actualidad con la que nosotros pavoneamos nuestro (único) presidente indígena de hace ciento cincuenta años, que además llegó al poder precisamente porque había dejado de ser indio.

En suma, la comparación internacional, si la hacemos con honestidad, nos muestra que México es mucho más racista, y menos tolerante y mestizo de lo que se imagina.


Violencia

Eran secuestradores y asesinos… Vil basura, para que los querían vivos, para que los arrestaran y algún abogado corrupto los sacara de la cárcel falsificando papelería y volvieran a ser lo mismo, ni la vida de miles de estas lacras vale lo que una sola persona secuestrada…

Esta fue la reacción de un lector de Monterrey al reportaje publicado por la revista Esquire a fines del 2014 sobre cómo el ejército mexicano “ejecutó” a sangre fría a un grupo de supuestos criminales en Tlatlaya, Estado de México. Sin vacilación, esta persona justificó el asesinato de otros seres humanos a partir de la suposición no demostrada de que eran delincuentes y de la convicción de que su vida no valía ni la milésima parte de la de una persona secuestrada, es decir, de una “gente decente”. Sus palabras, para nada extraordinarias, muestran la manera en que se ha naturalizado en México un discurso de violencia y exterminio. La deshumanización de personas y grupos sociales a partir de sus imaginarios defectos morales (“son criminales”), la utilización de metáforas biológicas descalificatorias para referirse a ellos (“son ratas, pertenecen a un mundo putrefacto, están en decadencia”) y la justificación y celebración de su muerte son figuras propias de las peores retóricas racistas, como la de los nazis.

En efecto, la malhadada “guerra contra el narcotráfico” declarada por Felipe Calderón en 2006 introdujo en nuestra vida política un léxico mortífero que parece provenir directamente del pensamiento de Carl Schmitt, el teórico jurídico de Hitler: “estado de excepción”, “guerra permanente”, “enemigos”, “muertos justificados” y “muertos inocentes”. En diez años todos hemos sido presos de este régimen necropolítico que emplea la violencia como forma de gobierno y concibe la muerte como objetivo de la justicia (ver el artículo de Achille Mbembe sobre la necropolítica).

Al señalar esta filiación no pretendo demostrar que el racismo sea la causa de la violencia que nos aqueja, como tampoco lo es de la desigualdad (ver Pigmentocracia). Como en ese caso, sin embargo, me parece que el racismo naturaliza la muerte de tantas personas, gracias a la invisibilidad que ya las hacía sufrir en vida. Si las personas con pieles morenas, rasgos indígenas y con una condición social precaria no aparecen en los medios de comunicación es porque no corresponden a los ideales cromáticos de belleza y el privilegio (ver Colores), si estamos acostumbrados a pensar que todos son pobres y marginales (ver Kapitalismo), si no reconocemos su papel en la vida pública, acusándolos con tanta facilidad de estar del lado equivocado de la historia (ver Homogeneidad racial), esto hace que su vida nos importe menos y que, por lo tanto, su muerte nos parezca más aceptable.

En septiembre de 2014, tras los ataques realizados en Iguala y la desaparición forzada de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, muchos mexicanos nos confrontamos con la verdadera oscuridad de ese pozo de impunidad y silencio que entre todos hemos permitido crecer. Su profundidad se pudo medir en la cantidad de fosas clandestinas que se encontraron en la búsqueda de estos jóvenes: muertas y muertos sin nombre ni rostro, sin justicia ni memoria. Su dimensión se comprueba con la falta de respuestas sobre el destino de todos ellos, los 43 y los demás, casi dos años después.

A fines de ese año, Aurelio Nuño, entonces Jefe de la Oficina del Presidencia, declaró con grandilocuencia: “No vamos a ceder aunque la plaza pública pida sangre y espectáculo…” Llama la atención que dos meses después de que la sangre real de tantos mexicanos había sido derramada en las plazas de Iguala, este funcionario haya recurrido a una metáfora tan cruenta para referirse a la posible renuncia de algún funcionario del gobierno. Se me ocurre tal vez que para él, como para tantos mexicanos afortunados, su poder, sus prebendas y sus fueros son la única “sangre” que cuenta y valen más que los derechos, e incluso la vida de aquellos que no comparten su privilegio. Tal vez, en un rapto de honestidad, hubiera podido añadir: “Es México. ¿Captas, güey?”


Whiteness

He elegido titular esta entrada en inglés en homenaje al espíritu orgullosamente cosmopolita de la blancura mexicana, esa forma de privilegio social, económico, cultural y físico que mide su valor siempre en relación con ideales siempre importados de las naciones “civilizadas” y “bonitas”, es decir, de los países de Europa y Norteamérica. En los últimos años se ha convertido en el único ideal en el que todos creemos, es la meta de nuestras aspiraciones individuales, la culminación de nuestras pretensiones intelectuales y el objetivo de nuestras políticas públicas: ¿qué será un México de middle classes/clases medias sino un país finalmente whitened/blanqueado?

La whiteness/blancura funciona también como la confirmación, tan epidérmica como irrefutable, de los bien merecidos privilegios de nuestras élites y la demostración de las deficiencias y taras insuperables de quienes no logran dejar de ser brown/morenos (ver Güero y Naco).

Por ejemplo, cuando nuestros thinkers/intelectuales exhortan al resto de los mexicanos a subirse (por fin, una vez más, ahora sí de a de veras) al tren de la prosperidad, de la democracia, del liberalismo, o de la simple y llana “normalidad”, no se les ocurre ni por un segundo que los ejemplos de estos valores incuestionablemente universales puedan encontrarse entre personas que no sean western/occidentales y en latitudes que no sean las del north/norte. Cuando en el siglo XIX los liberales conminaban a México a unirse al “concierto de las naciones civilizadas”, soñaban con un país más parecido a Europa o Estados Unidos, de ninguna manera a África y ni siquiera a América Latina; hoy en día, cuando nos exhortan a ser “contemporáneos de todos los hombres” quieren que sincronicemos nuestros watches/relojes importados con la hora de New York, no con la de Delhi o São Paulo.

Nuestro ficticio mestizaje no es, en última instancia, más que una forma local, y ni siquiera tan original, del whitening/blanquemiento que se ha realizado en casi todas las naciones de nuestro continente; es decir, de la imposición del español como única lengua aceptable y de la cultura occidental como única forma de pensamiento y comportamiento. Para sus ideólogos, el resultado de la ficticia mezcla racial debía ser que los indios se hicieran más white/blancos como ellos lo pretendían ser, no que las élites se volvieran más native/indígenas. Como señala Yásnaya Agular, el día de hoy, cuando el secretario de Educación promete convertir al nuestro en un país “bilingüe”, da por sentado que todos aprenderemos english/inglés, no que tomaremos clases de ayuuk/mixe.

Los anuncios de Liverpool o incluso los de La Comer demuestran hasta qué punto la beauty/belleza se ha racializado en nuestro país y se asocia con todo lo que es imported/importado y, por ello, debe ser better/mejor (a menos que resulte chino, desde luego, ver Sinofobia). Y como las modelos que no tuvieron la fortuna de nacer blonde/rubias deben recurrir al peróxido y la ingeniería corporal para aproximarse al ideal de belleza único e innegociable (ver Televisión), los consumidores acudimos corriendo a los almacenes a comprar los productos que los volverán más cosmopolitan/glamurosos, y nuestros hombres de razón, siempre tan afanosos, presumen la education/cultura que adquieren gracias a sus lecturas tan sophisticated/sofisticadas y debaten si es mejor leer al último philosophe/filósofo galo o al más reciente writer/escritor norteamericano. Dios, que desde luego también es white/blanco, nos libre a todos nosotros de tener jamás una aspiración diferente o una idea original.

Artículos relacionados