Animadversario de Ayotzinapa: ausencia de la política, política de la ausencia

Ayotzinapa, más que ser un evento, anunció un nuevo paradigma. En Ayotzinapa se manifestaron con mayor intensidad los lastres que ya eran comunes por todo el territorio mexicano.

| Momento Mexicano

A dos años de la tragedia del 26 de septiembre, no se sabe ni dónde están los normalistas ni por qué los desaparecieron. Ayotzinapa ha significado un acontecimiento que ha roto en dos el tiempo político mexicano. Después de Ayotzinapa, la relación entre la sociedad y el gobierno y el Estado se ha alterado radical, irremediablemente. Con este ensayo cerramos una serie de breves intervenciones que pretendió entender los contornos políticos de este "momento mexicano".

La práctica forense ha articulado la política de derechos humanos en México desde comienzos del siglo XXI. Sin duda, en el caso Ayotzinapa es donde esta se ha puesto a prueba con mayor rigor, por algunos factores insoslayables: por la tensa y dolorosa exposición pública de los hallazgos de la investigación que horrorizaron a México; por el malestar social que ha causado en el país y lo que ha logrado articular a lo largo y ancho de un mapa de infamias y vilezas; por el interés internacional que ha desplegado entre líderes, representantes de la Organización de las Naciones Unidas y otros organismos; y por el apoyo y solidaridad global que ha podido suscitar en innumerables expresiones venidas de lugares y ámbitos del mundo completamente inusitados.[1] En este sentido, el evento Ayotzinapa es único e inédito en nuestra historia.

La investigación fue dolorosa para la sociedad mexicana y para muchos a nivel global, porque en ella se exponía con toda su crudeza la crueldad e impunidad con la que fueron perseguidos, asesinados, desollados y desaparecidos 46 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa,[2] y por la tensa relación que el equipo de expertos y los grupos forenses internacionales tuvieron con el gobierno, a la vez invitados a realizar peritajes y diligencias, y atacados y denostados desde las esferas del poder hasta su expulsión. Se entendía que el caso de los normalistas era singular y, a la vez, ejemplar, un hecho repetido al menos en parte en miles de casos más en el país. La “verdad histórica” del ex–procurador Murillo Karam, que indicaba que habían sido quemados en la pira de un basurero llamado Cocula, fue rebatida por el GIEI en el Informe Ayotzinapa[3] y lo único que se puede comprobar es que Cocula no fue el destino final de los normalistas, al menos no de todos ellos.[4]

Es esta práctica forense empujada por equipos internacionales con reconocimiento mundial la que excava, procesa, identifica, archiva y relata la historia del subsuelo mexicano, y la que procura condiciones mínimas de justicia para las víctimas de un régimen de guerra y violencia contra la sociedad llevada a cabo por agentes del Estado tanto como por grupos criminales. Esta práctica no sería posible, no cabe la menor duda, si no fuera porque una ciudadanía forense integrada por deudos, familiares, activistas, periodistas, académicos y personas en todo el territorio han levantado la voz y han persistido en la búsqueda de sus seres queridos y en la demanda permanente por un México que se haga cargo del saldo mortal, sangriento y aborrecible de un sinnúmero de cuerpos sin volver, de partes, restos y cenizas sin identificar, de rostros, vidas e historias que reclaman una sobrevida más allá del archivo muerto de una procuraduría o de una fosa oculta en medio de la nada.

El evento Ayotzinapa más que un evento pareciera ser un paradigma, tal como lo piensa el filósofo italiano Giorgio Agamben para la figura jurídica del homo sacer o la producción de “vidas desnudas” en el campo de concentración[5]: por un lado, un fenómeno o evento que explica algo más que lo que es propiamente (de ahí el para), por el otro, una singularidad que está en lugar de otras singularidades. Ayotzinapa es ese para-digma que está en nombre de muchas otras singularidades, realidades y procesos. Nos muestra el funcionamiento íntimo de una máquina de exterminio humano y de borramiento de sus huellas del crimen, de una soberanía en busca de la popularidad telegénica y superficial a la vez que se muestra indolente, distante, fría e inepta en el trato con las víctimas de sus políticas y policías, y de un modo de acumulación por desaparición y despojo que de otra manera sería menos evidente. Muchos intelectuales a quienes admiro han hablado de Ayotzinapa como un evento,[6] un acontecimiento[7] y como un parteaguas.[8] Me interesa abonar a la discusión entendiendo Ayotzinapa como un paradigma del estado del Estado, de la excepción convertida en regla, y de la ruina de la justicia y la democracia en la fallida transición del siglo XXI.


La verdad incinerada

El Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) –dirigido por Mercedes Doretti, una de sus fundadoras[9]–, ha visitado México desde el año 2001, y ha trabajado casos de extrema sensibilidad: los desaparecidos y asesinados durante los años sesenta y setentas en México, los feminicidos en Juárez, las masacres de migrantes en San Fernando en 2010 y 2011 y en Cadereyta, Nuevo León, en 2012 y la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa el 26 de septiembre de 2014, junto con la localización de fosas comunes a lo largo de Guerrero en los meses siguientes. Los sucesivos informes que ha producido el EAAF sobre estos casos en los que ha trabajado en México[10] revelan de a poco las estructuras que determinan la gestión de la violencia y la inseguridad por parte de los gobiernos, las empresas y el crimen. Una de las primeras recomendaciones del EAAF, en su informe de 2002, es el de excavar en fosas ocultas en los cuarteles militares de Guerrero (por ejemplo, en la base militar de Atoyac de Juárez) para buscar a más de cuatrocientos desaparecidos que fueron plagiados desde los años sesenta, durante las campañas de contra-insurgencia contra el ejército de los pobres que lideraba Lucio Cabañas, un antiguo estudiante de la Normal Rural de Ayotzinapa. No es descabellado pensar, pues, que el destino de los normalistas no sea Cocula, sino uno de los cuarteles cercanos a Iguala, previsiblemente el cuartel donde reside el 27 batallón de infantería, como sospechan muchos. El subsuelo mexicano acumula la historia como un proceso de reciclamiento: hay una economía del rendimiento en el procedimiento de la desaparición, donde las mismas personas e instituciones trascienden entre horrores de distintas décadas[11].

La verdad fue primero incinerada, y luego cavada una fosa en el aire. Cocula se nos aparece como un basurero insólito, que se refleja en el basurero “el chile” de la novela 2666 de Bolaño, donde se hallan también los restos de las mujeres víctimas de feminicidio. Cocula y “el chile” como la figura de la desfiguración, la disfunción de toda defunción.[12] De la Ciudad Juárez de los noventa y principios de siglo a la Iguala del 2014 poco ha cambiado: hay cadáveres y hay basureros y los forenses siguen excavando y el subsuelo guarda la acumulación de nuestra destrucción, guarda restos que “no superamos”.[13] Restos que no interesa desenterrar del subsuelo, porque no tienen un rendimiento extractivo compatible con las reformas para la extracción y explotación que el gobierno pregona.


Inmundicia

¿Qué es, entonces, realmente Cocula? ¿Quién lo imaginó, con qué propósito? Cocula podría ser el basurero-coartada que incriminaría a una banda delincuencial (cualquiera) y exculparía a los cuerpos de seguridad del Estado, o incluso al ejército. Pero, ¿podría ser algo peor? ¿Cómo se explica Cocula? ¿Cómo se explica que un hecho tan delicado se haya querido ocultar con una “verdad histórica” tan insólita, tan indolente y repudiable? Es casi peor el invento que fabricaron que los hechos que podemos especular.

El basurero de Cocula es una metáfora concreta, aguda y pestilente del México de hoy. Una pila de desechos de lo real que encierra en sus residuos el secreto de la soberanía y acumulación, de la proximidad material y ontológica entre los cuerpos torturados y desaparecidos y los desechos triturados y descompuestos. El desperdicio como inmundicia de restos, crímenes, fabricaciones, quemas, inoperancia, canalladas, brutalidad policiaca y complicidad militar, omisión de la justicia, obstrucción de la búsqueda desesperada de la sociedad y grupos internacionales; la forma compacta y descomunal del plástico burocrático y el residuo tóxico de la política y el crimen que una aplanadora neoliberal y narco-estatal indistingue, entierra y arroja al subsuelo y al mar día tras día, hasta que estos desechos emergen dos años o diez años o décadas después para señalar que vivimos envueltos en una inmundicia insostenible, en un in-mundo que nos aplana. Solo gracias al trabajo paciente, doloroso, destructivo, digno y rebelde de las personas y grupos que desafían a la aplanadora de la política que nos tocó vivir, reconocemos de nuevo la “tormenta de mierda” que nos envuelve, aquella a la que se refería Bolaño en la última línea de unos de sus libros.

La escena de toda verdad forensis, de toda Forensis (en latín, verdad pública) es desocultar la excepción soberana y la acumulación por desposesión que estructuran y atraviesan suelos, capas, eventos, poblaciones, historias y todas sus cenizas.[14] Duele mucho aproximarse a este cinismo y a esta fabricación, duele mucho que el ejercicio de “verdad pública” exponga la bajeza y prepotencia soberana que nos gobierna.


#YafueelEstado

Cuando se dice “Fue el Estado” se puede o no estar de acuerdo. Uno puede decir, sí, pero ¿qué es el Estado? ¿Qué es hoy el Estado –cuando la narco acumulación, la voracidad del mercado, la “guerra global”, la securitarización y rearmamiento del mundo y la corrupción y la forma desvirtuada que toma el gobierno y la política atraviesan todas nuestras coyunturas, como “marcos de guerra” que imponen su fuerza de ley fuera de toda ley, en un gozne sanguinario, efectivo, implacable y soberano? Uno puede decir: el 26 y 27 de septiembre actuó algo más que el Estado, y eso que actuó es lo más importante que debemos comprender, para no alimentarlo, para mirarlo, palparlo, y tramar su desactivación. El gobierno nos entregó una “pira” funeraria donde hacer arder todas las pruebas, todos los indicios, todas las tramas, todas las implicaciones, toda la red de intereses, negocios, poderes, y círculos del infierno. Un fuego que quemó su propia llama. El incendio ya no alcanza a consumir las huellas del crimen que lo prendió.[15]

Como dice Patrick Dove en un artículo sobre el antes y después de Ayotzinapa y el Estado mexicano, “Ayotzinapa marca un punto de no retorno donde ya no es posible seguir actuando como si el vocabulario conceptual y las coordenadas de referencia de la modernidad estuvieran aún en vigor”.[16] El vocabulario conceptual ha sido tocado en su núcleo desde la guerra contra el narco, contra los migrantes, contra los estudiantes y maestros y contra la ciudadanía en su conjunto. Javier Sicilia, en un artículo sobre las fosas en Jojutla, Morelos y los peritajes de pacotilla, nos dice: “Lo que hay en ellas derrota el lenguaje: cuerpos y restos tirados en el piso y perros que merodean dentro del recinto; uno de ellos lleva en su hocico una pierna”.[17]  Cuerpos que son basura, inmundicia que es el resto de nuestra política por venir. Dice el filósofo Jean-Luc Nancy: “El cuerpo muerto de-limita lo inmundo y remite al mundo. Pero el cuerpo que se expulsa hunde lo inmundo en pleno mundo. Y nuestro mundo constituye los dos: doble suspenso del sentido”.[18]


Ausencia de la política, política de la ausencia: los desaparecidos del porvenir

Dos años ya, y habrá que hacer otro peritaje, o mejor, construir otro gobierno, otro Estado, otra relación con la soberanía y acumulación en la era de la desaparición histórica. Dos años de un crimen que continuó en las sucesivas declaraciones de los más altos mandos del gobierno. Ese otro crimen burocrático, jurídico, mediático es tan doloroso como el primero.

Recordar, hoy. Volver a los archivos del caso, a las conversaciones que sostuvimos en tantos lados sobre el tema, a la energía que desplegamos, a los foros que organizamos, las cartas que escribimos, las noticias que clasificamos, las palabras que buscamos, las imágenes que contemplamos, los sitios y memorias que construimos, las redes que tejimos. No pasó un año, sino que décadas se agolparon en las esquinas de Iguala durante esa noche. Lo que ocurre a diario en el país desde hace tanto ocurrió visiblemente ahí, y desde ahí lo seguimos viendo, y no nos deja de mirar. Es ese cruce de miradas enhorrorizadas lo que sostenemos sin apenas podernos sostener.


Notas

[1] Para entender el papel que jugaron las redes sociales en la expansión global del reclamo por Ayotzinapa, véase el interesante artículo de Bernardo Gutiérrez “Ayotzinapa: la expansión global de una causa”.

Para ver, por otro lado, la manipulación, el uso de propaganda y la censura a través de bots en redes sociales por parte del gobierno mexicano, léase el muy interesante artículo recientemente publicado por P. Suarez-Serrato, M.E. Roberts, C. Davis, y F. Menczer, “On the influence of social bots in online protests: Preliminary findings of a Mexican case study” en Archiv.Org.

[2] Sin duda alguna, el libro de John Gibler, Una historia oral de la infamia: los ataques contra los normalistas de Ayotzinapa (México: Surplus, 2016) es indispensable para entender los hechos fatídicos ocurridos en Iguala, a partir de testimonios de los sobrevivientes.

[3] El Informe Ayotzinapa completo se puede encontrar aquí.

[4] La prestigiosa revista Science publicó recientemente un artículo sobre la viabilidad empírica de quemar 43 cuerpos en una pira humana en menos de un día, que se puede revisar aquí.

[5] Para leer más sobre el concepto de paradigma en Giorgio Agamben, se puede leer su libro La comunidad que viene, o se puede buscar la charla What is a paradigm? que dio en 2002 en la European Graduate School, ya sea en su grabación en youtube o en su transcripción.

[6] Ver el artículo de Rafael Lemus, “Ayotzinapa, la multitud y el antiguo régimen” publicado en SinEmbargo el 5 de diciembre de 2014.

[7] Ver el artículo de Igor González “El momento mexicano: la noche del mundo” publicado en Horizontal el 29 de septiembre de 2016.

[8] Ver entrevista con Rosana Reguillo, “Ayotzinapa es un antes y un después en México”, CLACSO TV, 16 octubre 2014.

[9] Una reciente entrevista a Mercedes Doretti, en inglés, donde habla sobre el Proyecto Frontera que se desarrolla actualmente en México, puede verse en el recién publicado Special Issue Borders and the Politics of Mourning, del Social Research: An International Quarterly, vol. 83, no. 2 (Summer 2016), Alexandra Délano Alonso and Benjamin Nienass, Guest Editors Arien Mack, Journal Editor.

[10] Los reportes del EAAF de los años 2001-2009 se pueden encontrar en su página.

[11] Para pensar la relación entre acumulación y desaparición, recomiendo encarecidamente el preciso y teóricamente desgarrador texto del filósofo chileno Sergio Villalobos-Ruminott, Las edades del cadáver: dictadura guerra desaparición que aparece en su libro Heterografías de la violencia: Historia Nihilismo Destrucción (La cebra, 2016). Mucho de mi propio ensayo le debe mucho a su obra, y a las conversaciones que he podido mantener con él, con Gerardo Muñoz, Rossana Reguillo y Camila Morerias (entre otros) a lo largo de algunos años de amistad. El texto en cuestión puede consultarse aquí.

[12] En 2666 aparece la siguiente cita: “Según tengo entendido, dijo Sergio, las mujeres son secuestradas en un lugar, son llevadas a otro lugar, en donde se las viola y luego se las mata, y finalmente sus cuerpos son arrojados en un tercer lugar, en este caso la trasera del galpón de almacenaje. En ocasiones ocurre eso, le dijo Márquez, pero no todos los asesinatos siguen el mismo patrón [ . . . ] Cuando abandonaron el vestuario, el judicial le dijo que no intentara buscarles una explicación lógica a los crímenes” (700-1).

[13] El jueves 4 de diciembre, a más de dos meses de la desaparición de los normalistas, el presidente visitó finalmente Iguala de manera exprés, y pronunció, rodeado de militares el discurso en donde pidió infamemente “un esfuerzo colectivo para que vayamos hacía delante y podamos realmente superar este momento de dolor”. #Yasuperénelo se convirtió inmediatamente en hashtag y meme viralizado en redes.

[14] En el volumen Forensis del Forensic Architecture Project dirigido por Eyal Weizman, se dice lo siguiente en la introducción: “Forensis is Latin for “pertaining to the forum” and is the origin of the term forensics. The Roman forum to which forensics pertained was a multidimensional space of politics, law, and economy, but the word has since undergone a strong linguistic drift: the forum gradually came to refer exclusively to the court of law, and forensics to the use of medicine and science within it.1 This telescoping of the term meant that a critical dimension of the practice of forensics was lost in the process of its modernization—namely its potential as a political practice”. Forensic Architecture Project, Forensis: The Archive of Public Truth. Berlin: Sternberg Press, 2014.

[16] Patrick Dove, “Ayotzinapa: antes y después”, en Horizontal, enero 19, 2016.

[17] Javier Sicilia, “Las fosas de Jojutla: otro crimen pendiente”, en Proceso, 6 de agosto 2016.

[18] Nancy, Jean-Luc. Corpus. Madrid: Arena Libros, 2000.

Artículos relacionados