Ayotzinapa: antes y después

Ayotzinapa –como acontecimiento– supone una transformación en la manera en que los mexicanos entendemos el pacto social y la legitimidad del Estado, un cambio que puede ser ya irreversible.

| Ayotzinapa

Este ensayo es parte del esfuerzo colectivo por arribar a algún tipo de entendimiento de lo que llamaré aquí el acontecimiento de Ayotzinapa.[1] Por “acontecimiento” no me refiero solo a lo que ocurrió el 26 de septiembre de 2014 en Iguala, sino también al impacto que la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos ha tenido en México y alrededor del mundo. Lo que me interesa aquí, de hecho, es la forma en que “Ayotzinapa” ha cambiado la forma en que vemos el mundo –y por lo tanto la forma en que ha cambiado al mundo como tal. En palabras de Rosanna Reguillo, Ayotzinapa nombra “un antes y un después”.[2] ¿Un antes y un después de qué?

Como una modesta contribución a esta reflexión colectiva quiero proponer una paradoja. Por una parte, el nombre de Ayotzinapa se suma a la creciente conciencia de que el vocabulario político de la modernidad ha alcanzado un punto de inoperancia. Los conceptos fundamentales de la modernidad política no funcionan más, pero aún no han sido reemplazados por un nuevo orden conceptual. Parafraseando a Antonio Gramsci, estamos viviendo en un interregno, en una suerte de tiempo indeterminado en que el viejo orden está muriendo y el nuevo no termina de nacer. Así, lo que ahora sabemos de Ayotzinapa –la secuencia de hechos que rodean a las desapariciones– vuelve penosamente evidente que en México la forma del Estado ya no sirve ni para mediar entre lo global y lo local ni como garante de la ley y el orden bajo un pacto social. Ayotzinapa expone, de este modo, el fin de la política tal como la hemos conocido durante siglos –el fin de la política concebida como una lucha por la hegemonía en la que los distintos adversarios convergen bajo la idea compartida del Estado.

Por otra parte, quiero proponer una idea en apariencia contradictoria, la otra mitad de la paradoja: lo que llamamos política –que no debe ser confundido con los cálculos y las rutinas de los tecnócratas– solo tiene lugar cuando nos encontramos en terreno incierto, confrontando algo nuevo y extraño que se resiste a nuestra voluntad de conocer y comprender. La política solo puede ocurrir frente a lo desconocido, cuando nuestro conocimiento conceptual se encuentra con un límite insuperable que a la vez excede lo que creemos saber y llama a la acción. De lo contrario, en ausencia de ese límite, no estamos haciendo política sino apenas aplicando mecánicamente fórmulas y esquemas. Así, si por un lado Ayotzinapa es el nombre de la crisis de la modernidad en el México de hoy, por el otro también podría ser un umbral, una apertura hacia algo nuevo –aunque no pretendo saber lo que eso sería.

Permítanme decir algunas palabras más acerca de por qué creo que Ayotzinapa se ha convertido en un símbolo del agotamiento del vocabulario político de la modernidad. Max Weber describió célebremente al Estado como el cuerpo social que posee el monopolio del uso legítimo de la fuerza dentro de determinadas fronteras territoriales. Carl Schmitt, por su parte, definió la soberanía política como el derecho de autogobierno, como la autoridad para decidir cuándo el derecho constitucional está en efecto y cuándo se suspende. Desde la Paz de Westfalia de 1648 los Estados nacionales en el mundo occidental se han reconocido mutuamente como poseedores de autoridad soberana sobre su propio territorio y sobre sus propios asuntos internos. Pero las viejas estructuras del orden westfaliano están siendo erosionadas por la globalización. Hoy en día ningún Estado nacional puede afirmar que es plenamente capaz de regular los flujos y reflujos globales dentro de su propio territorio. El capital, la tecnología, el contrabando y los inmigrantes son los excesos imposibles de regular de la globalización. De la misma manera, la autonomía que alguna vez disfrutó el orden político ha sido subyugada por la lógica del mercado y las exigencias del sistema capitalista global. Si la política se refiere a un espacio en que se producen y debaten opciones que tienen que ver con las preocupaciones que afectan a todos, entonces tiene que haber una decisión primordial que determina lo que está abierto a debate y lo que no. Es justamente esa decisión primordial la que ha sido subyugada por una lógica extra-política: la ley del mercado. Pero el mercado no puede sustituir a la política porque los mercados no deciden de la misma forma en que los seres humanos o los dioses lo hacen –de hecho, es por ello que el liberalismo ve en el mercado el único árbitro legítimo para distribuir los limitados bienes y recursos. El sometimiento de la política al capital nos deja, así, en un estado de incertidumbre que he llamado interregno.

En México este interregno se ha visto agravado por la intensificación de las guerras del narco, que han hecho difícil mantener distinciones convencionales entre derecho y criminalidad, violencia legítima e ilegítima. Estudios sobre el México post-TLC sugieren que la violencia desatada por el narco-capitalismo está generando una nueva realidad social y nuevas estructuras que no pueden ser fácilmente entendidas con el vocabulario conceptual de la modernidad. Así, la antropóloga argentina Rita Segato describe “la expansión de un campo bélico de características nuevas, difuso, de difícil aprehensión” y concluye que “no hay un lenguaje jurídico para hablar de estas nuevas formas de la guerra (…) No están legisladas en ningún lugar”.[3] Reguillo, por su parte, afirma que “las aceleradas transformaciones en la escena social han desbordado las categorías y los conceptos para pensar el mundo”.[4]

La actividad criminal y su violencia en México ya no están contenidas hoy dentro de las fronteras nacionales, ni pueden ser reguladas por el Estado nacional y sus aparatos policiacos y militares. El creciente poder de los cárteles de la droga y de las bandas de trata de personas, tanto en México como Centroamérica, ha llenado, en las primeras décadas del nuevo milenio, un vacío dejado por la privatización del Estado regulador. En un momento en que las organizaciones criminales compiten entre sí y con el propio Estado por el control de territorios, o plazas, parece haber poco beneficio heurístico en categorizar la violencia que se infligen unos a otros –y a la población civil– empleando las distinciones modernas entre violencia legítima e ilegítima (o legal e ilegal). La lógica política de la soberanía está hoy en retirada en todo el mundo, y en pocos lugares más que en México. Lo mismo en México que en Centroamérica y en otras partes de América Latina esa retirada va dejando como rastro cuerpos torturados, violados, desmembrados y sin vida.

Si, como sugiere Reguillo, Ayotzinapa significa un “antes” y un “después”, esto es en parte –propongo– porque supone una transformación en la manera en que los mexicanos ven el pacto social y la legitimidad del Estado, un cambio que bien puede ser irreversible. Ayotzinapa expone un momento en que el vocabulario conceptual de nuestra modernidad política ha entrado en agonía (“después”) y en que un nuevo vocabulario conceptual tiene todavía que emerger (“antes”). Dicho de otro modo, Ayotzinapa marca un punto de no retorno donde ya no es posible seguir actuando como si el vocabulario conceptual y las coordenadas de referencia de la modernidad estuvieran aún en vigor.

Por un lado, el acontecimiento de Ayotzinapa es clara y singularmente mexicano: nada como él podría suceder en otro país. Desde luego que la corrupción policiaca y las atrocidades pueden ocurrir, y ocurren, en casi todas partes. Pero ninguna de esas atrocidades es “similar” a la de Ayotzinapa, porque el significado de Ayotzinapa es ya inseparable de los nombres y de los rostros de los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala, así como de la historia de resistencia local encarnada en la Escuela Normal y sus prácticas. Por otro lado, sin embargo, a la vez que reconocemos la singularidad de Ayotzinapa, no podemos ignorar los hilos comunes que vinculan lo que pasó en y alrededor de Iguala con otros contextos, tanto en América Latina como en distintas partes del mundo. Ayotzinapa no es un problema sencilla y exclusivamente mexicano, ni es un hecho aislado.

Desde septiembre de 2014 los movimientos de protesta en México y otros países han generado una serie de expresiones que han servido tanto para transmitir un sentimiento de solidaridad como de ira e indignación contra el Estado: “Todos Somos Ayotzinapa”, “Ya Me Cansé”, “Acción Global Por Ayotzinapa”. El título del foro en la Universidad de Indiana para el que esta pieza fue escrita originalmente proviene de uno de esos hashtags: “Fue el Estado”. A modo de conclusión quiero explorar brevemente esta frase y pensar qué nos dice sobre el impacto de Ayotzinapa.

“Fue el Estado” es, por supuesto, una refutación de la versión oficial sobre lo sucedido en Iguala. De acuerdo con la conferencia de prensa que el entonces procurador general de la República Jesús Murillo Karam ofreció en noviembre de 2014, el 26 de septiembre el presidente municipal de la ciudad habría ordenado a la policía local detener a los estudiantes que intentaban hacerse de autobuses, basado en la sospecha de que pretendían interrumpir un evento político de su esposa esa misma noche. Después de un intenso tiroteo en que resultaron muertos y heridos varios estudiantes, la policía habría entregado los estudiantes –o sus cuerpos– a una banda de narcotraficantes, cuyos miembros habrían matado a todos los sobrevivientes, incinerado los cuerpos en un basurero y arrojado sus restos en un río. La frase “Fue el Estado” simboliza, así, el rechazo a una versión de los hechos que convenientemente deposita toda la culpa en un siniestro alcalde que tenía lazos familiares con miembros de una violenta banda de narcotraficantes. Apunta hacia todo un sistema cuya corrupción vuelve imposible distinguir entre los aparatos del Estado, por una parte, y la sombría presencia del crimen organizado, por el otro. “Fue el Estado” señala así la aparición de un nuevo fenómeno, el narco-Estado, en el que las viejas distinciones entre ley y crimen, violencia legítima e ilegítima, se han vuelto insostenibles.

Pero no debemos concluir demasiado aprisa que esta expresión es completamente transparente. Si bien su intención contestataria es clara, me parece que también alberga un exceso –dice más de lo que parece querer decir. Por una parte, la frase “Fue el Estado” apunta hacia la aparición en el mundo de hoy de una nueva estructuración del poder, un nuevo orden que también es en cierto modo un desorden –aunque solo sea porque aún no hemos logrado explicar cómo funciona, cómo sus formas de violencia y destrucción se relacionan con sus formas de acumulación y producción. Por otra parte, “Fue el Estado” también dice: “Se fue el Estado”. Lo dice sin ser capaz de decirlo. Por supuesto, el Estado no ha simplemente desaparecido. Está aquí todavía, y en algunos casos tanto o más represivo que antes. Pero el Estado no es ya lo que fue, y no puede reclamar ya lo que alguna vez reclamó: su estatuto de autoridad soberana, de mediador de lo social cuya existencia era a todas luces evidente.

Es en este sentido que Ayotzinapa marca un punto de inflexión. Estas dos expresiones juntas, “Fue el Estado” y “Se fue el Estado”, describen una situación paradójica en la que las estrategias políticas tradicionales ya no son operativas y en la que, sin embargo, nada puede ser más necesario que la política –entendida como la confrontación con los límites de lo que creemos saber.

Traducción: Rafael Lemus.

Foto: cortesía de Jorge Mejía Peralta.


Notas y referencias

[1] Este texto fue escrito originalmente para ser leído en un foro público en la Universidad de Indiana, Bloomington, organizado por los estudiantes para coincidir con el primer aniversario de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa.

[2] Reguillo, Rosana. Ayotzinapa es un antes y un después en México. CLACSO TV, 16 octubre 2014. Web.

[3] Segato, Rita. “Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres”. Sociedade e Estado 29: 2 (mayo/agosto 2014): 341-71.

[4] Reguillo, Rosana. “La in-visibilidad resguardada: Violencia(s) y gestión de la paralegalidad en la era del colapso”. Diálogos transdisciplinarios en la sociedad de información II (2010): 33-43.

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