Bacanal democrática

| Democracia

Desencanto mexicano, dicen que estamos crudos de democracia. Que despertamos de nuestros breves años de transición para darnos cuenta de que el dinosaurio todavía estaba ahí: violencia, corrupción, dispendio electoral, parálisis legislativa, presidencialismo antipresidencial, apatía de los jóvenes y mesías tropicales. Argumentan que quisimos ver a la democracia como un bálsamo que no alivió nada. Si de verdad estuviéramos crudos de democracia, sería porque probablemente nos hayamos excedido; nada más lejos de la verdad. La quinceañera democracia mexicana tomó un caballito de tequila y se mareó, no llegó ni al vals. México vive hoy un déficit democrático.

Definiciones de democracia hay muchas, desde criterios minimalistas básicos de procedimiento hasta los que ven a la democracia como forma de vida (sorprendentemente esa es la visión plasmada en la Constitución mexicana, basta con ver el artículo 3°). Para el teórico y politólogo Adam Przeworski hay tres criterios mínimos para determinar si un país es democrático: incertidumbre ex ante, irreversibilidad ex post y repetición. La democracia, para Przeworski, es incertidumbre institucionalizada y en México eso es cierto, los partidos pierden elecciones. Por fortuna han quedado muy atrás los tiempos en los que un levantamiento armado quitaba y ponía presidentes. También quedó atrás la etapa en la que de antemano se sabía el ganador de la elección, al grado en que llegó a haber un solo candidato presidencial. Hoy el ciclo electoral se repite y los actores aceptan los resultados. Lo que no significa que en una democracia no puedan cuestionarse las elecciones, aún más cuando existen dudas sobre algún tipo de fraude. Aunque suene extraño para muchos, gritar «fraude!» es parte natural de la vida democrática; porque asegura el respeto al proceso, es una manera de reafirmar que se puede volver a competir y quizá ganar en la siguiente ocasión. Esto solo se logra cuando las condiciones estén dadas para ello.

Para hacer honor a la memoria histórica, es cierto, no fue fácil llegar hasta aquí. Tanto Enrique Krauze como Héctor Aguilar Camín tienen razón en este punto, la transición fue paulatina y producto de sucesivas reformas políticas, siendo las más importantes la de 1977 y 1996; la última con los efectos de haber acelerado los cambios debido a las crisis de 1994 y 1995. Sin embargo, muchas de las instituciones del régimen del PRI siguen hoy vigentes; o en su caso, las nuevas surgieron en oposición a este, enmendando ciertos defectos del régimen anterior. Existe una continuidad no solo en las formas, sino en el proceso de toma de decisión entre el régimen del PRI y nuestra naciente democracia.

Infancia es destino, dicen. Las autocracias no están exentas de generar mecanismos para asegurar la cooperación, y es por eso que producen instituciones que les permitan, en un espacio controlado, dialogar y revelar preferencias con distintos actores. Esa es la razón para que en un régimen autocrático existan instituciones como los parlamentos o congresos. Su función va más allá de la ornamentación: permiten incorporar distintas voces a la coalición gobernante y negociar con la oposición. El PRI lograba eso no nada más con el Congreso, pensemos en su propia estructura mediante sectores: el campesino, el obrero y el popular. En pocas palabras, el PRI tenía su propio sistema de rendición de cuentas que funcionaba en un contexto autocrático, pero que es insuficiente hoy. El déficit democrático se encuentra justamente en este punto.

La realidad mexicana lo comprueba, una democracia electoral no es suficiente para generar ni representación ni una adecuada rendición de cuentas. Para que funcione, tanto mecanismos horizontales como verticales de rendición de cuentas deben operar en conjunto.

En México no opera ninguno de forma adecuada.

Creemos que la alternancia es suficiente castigo para un mal gobierno. Perder un estado, una alcaldía o un escaño puede dolerle al partido, pero ciertamente no le duele al representante que ocupó su puesto. Menos cuando esa persona sabía desde el momento en que ocupó el cargo que estaría ahí por un periodo determinado y finito. Le dimos un cheque en blanco y decía desprecio. Nunca estuvo en su mejor interés representarnos, pues su estancia en el poder no dependía de nosotros. Como tampoco dependerá de los términos en que se aprobó la reelección, sujetándolos todavía al partido que los postuló. Es un mecanismo vertical, sí, pero entre el partido y el candidato, sin los ciudadanos. Votamos, pero el círculo no está completo, no hay retrospección. Si se van no es porque yo quiero que se vayan, ni a la hora que yo quiero los detengo.

Los mecanismos horizontales de rendición de cuentas son necesarios para que, en palabras de Madison ‒uno de los arquitectos de la Constitución estadounidense‒, «la ambición contrarreste a la ambición». Para su funcionamiento se requieren ciertos supuestos institucionales que en México están ausentes. Es necesario garantizar que las instancias de poder se vigilen entre sí para evitar abusos y asegurar una rendición de cuentas efectiva. No es que en México se culpe al presidente de todo, es que no hay una clara asignación de responsabilidades, son contados los casos en los que renuncia un funcionario. No se puede remover del poder a un mal gobernante, pregúntenle a Veracruz. Además, cuando se ha pensado en el tema de revocación de mandato, no se piensa de manera distinta a una reelección a la mitad del periodo de encargo. Lo que eso genera es la previsión de parte del funcionario sin los efectos que generaría una revocación en un periodo no esperado.

La oposición no monitorea ni informa, asómense a ver cómo se trató el tema de La Casa Blanca en el Congreso o cómo aprueba el Presupuesto de Egresos. Debería estar en el mejor interés de la oposición denunciar y vigilar al poder en turno, puesto que ellos quisieran estar ahí, pero no es el caso. Contrario a lo que opina Krauze, no hay plena libertad de prensa, aunque ya no sean los días del «soldado del PRI». En México los periodistas son asesinados, amenazados o amordazados mediante las armas o, en el mejor de los casos, con cantidades industriales de publicidad gubernamental para mantener sus diarios. Tampoco hay mecanismos judiciales de castigo, es importante que exista una sanción penal más allá de asumir los costos políticos.

La política es conflicto, es disenso y eso en México asusta. Al viejo estilo de quien se mueve no sale en la foto, hasta la oposición prefiere mantenerse en su lugar.

¿Qué pasaría en un contexto en el que la democracia tendría que ser la mejor (y quizá la única) arma que tienen las personas comunes para mejorar sus vidas? Es un contexto en el que, además, los mecanismos que operan tanto vertical como horizontalmente para hacer de esa democracia una que sea representativa y en la que se rindan cuentas no funcionan. Quizá se deba entonces a que en México hay mexicanos más iguales que otros. O mejor dicho: hay mexicanos mucho más desiguales que otros. No, el problema no es la pobreza que lastima a millones de mexicanos como les gustaría pensar a Luis Rubio y Salinas Pliego, el problema son los sesgos que identifica el mismo Rubio. El problema es la desigualdad. Desigualdad económica protegida, mantenida y muchas veces generada por medios políticos. Privatizaciones a modo, política fiscal regresiva, mala provisión de bienes públicos, y por ende una mala redistribución. Una desigualdad en ingreso que se traduce en desigualdad de derechos. Quienes están en los niveles más bajos son incapaces de poder traducir sus talentos en capacidades, se les niega la posibilidad de ejercer sus derechos porque la vía para tener cierta injerencia en la política no les funciona.

Cubrir el déficit democrático tendría como consecuencia acabar con este régimen de privilegios y garantizar instituciones que redistribuyan el poder de manera equitativa. Es decir, hacia una igualdad en el acceso a lo público. Que cada persona, sin importar quién sea, pueda defender la titularidad de sus derechos, que sus voces se escuchen. Y eso se logra haciendo a la democracia mexicana más representativa y buscando que sea una democracia en la que se rindan cuentas.

Las reformas a la democracia mexicana no deben enfocarse, por lo tanto, en construir mayorías artificiales, ni en hacer una revisión al sistema de financiamiento de partidos. Es mucho más profundo, es garantizar un igual acceso al Estado, para vincular el acceso y la permanencia en el poder a la voluntad de cada uno de los mexicanos. Y lograr que las distintas ramas del poder público trabajen en beneficio de ellos y no en beneficio propio. Cumpliendo así la antigua promesa de la democracia: una persona un voto. Un voto que pueda ratificar, remover, defender, cambiar el estatus quo. Un voto por el que sí se pelearían los partidos. Y quizá eso sí sea excesivo, embriagante como una bacanal.

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