Berghain: la filosofía política del techno

Desde su origen, el techno representa una estética que rechaza las reglas de producción y la comercialización masiva del ruido, un género electrónico que cuestiona las nociones mercantilizadas del tiempo y el espacio.

| Música

Son las siete de la mañana un domingo en Berlín. En una antigua planta de luz de la era comunista, un público peculiar baila al ritmo de Ben Klock, quien para entonces lleva tres horas mezclando vinilos. Las luces se mueven al ritmo de la música. Un par de mujeres bailan topless con los ojos cerrados; el resto dibuja jeroglíficos invisibles en el aire. Hombres de aspecto femenino sudan con cada movimiento musical; no traen playera pero sí arneses de cuero amarrados al pecho. Llevan días ahí.

Las drogas ya me habían hecho efecto. Todo era energía y éxtasis.

Berghain abre cada viernes en la noche, y cierra hasta el lunes a mediodía. Se trata del club post-industrial que hoy es la capital mundial del techno, el género musical de sonidos abstractos que interpreta los grooves del funk y se inspira en visiones futuristas, circuitos eléctricos y laberintos mentales. El término “techno” se suele usar para hacer referencia a cualquier tipo de música electrónica, pero esto es equivocado. A diferencia de otros géneros de música electrónica, como el house o el trance, el techno siempre ha tenido una connotación política, y ahí está su diferencia. Es disidente en sus sonidos y anticapitalista en su filosofía. Rechaza las reglas de producción y la comercialización masiva del ruido; cuestiona las nociones mercantilizadas del tiempo y el espacio y, sobre todo, predica un mensaje universal que trasciende sexualidades, países y culturas.

Podcast del productor de techno italiano Giorgio Gigli.

El techno surgió en Detroit a mediados de los ochenta cuando tres músicos negros conocidos como los “Bellville Three” –Juan Atkins, Kevin Saunderson y Derrick May– sintetizaron melodías del funk, el electro, el jazz, y las combinaron con el sonido tecnológico de artistas como Kraftwerk y Giorgio Moroder. Era música inicialmente producida y consumida por las clases bajas. Y aunque era música negra en su esencia y en sus ritmos, su contenido promovía la igualdad de razas: era panfletario y activista.

El género se llama techno por la inspiración que sus creadores tomaron de La tercera ola, el libro futurista que Alvin Toffler escribió en 1979. En el libro, Toffler habla de los “tecnorebeldes”, es decir, aquellos que “…no se preguntan sobre la tecnología, sino por qué clase de sociedad futura deseamos; [los que] sostienen que, o controlamos nosotros la tecnología, o la tecnología nos controlará a nosotros.” El techno es una respuesta a esa encrucijada: representa, desde la música, una rebelión contra el absolutismo técnico, pero sin renunciar al uso de los dispositivos tecnológicos.

El vínculo entre Detroit y la música electrónica se forma a partir del grupo alemán Kraftwerk. “Son tan tiesos, que suenan funky”, decía sobre ellos Carl Craig –otro pionero de esa ciudad–, lo que era prácticamente como decir: “son tan blancos que parecen negros”

En los ochenta, Detroit vivía el declive de la industria automotriz y del fordismo, el sistema de producción industrial en serie que recibe su nombre por Henry Ford, creador de la línea de ensamble. Del esplendor capitalista de antaño, apenas quedaba una ciudad fantasma en la que sobrevivían letreros derrumbados y las sombras de bodegas industriales. En este contexto de desolación, los Bellville Three compusieron sus primeras canciones.

A la par, en Chicago surgía el house como un género melódico reservado a las clases privilegiadas. Si el house fue moda y diseño hipster, el techno fue producto industrial, lleno de sudor y funk, sin barreras de clase, al que cualquiera podía entrar. Después de la crisis del capitalismo industrial, en el techno de Detroit los conceptos de clase se diluían.

Pero, aunque Detroit fue la cuna de un techno utópico, ha sido en Berlín donde la utopía se ha hecho realidad y perdurado, precisamente en un lugar como Berghain. En Alemania, la caída del Muro de Berlín trajo consigo un choque ideológico –una crisis similar a la del fordismo norteamericano– que se convertiría en el terreno ideal para los sonidos del techno. En términos de la ciudad, los espacios urbanos aledaños al muro que había separado el “este” del “oeste” se quedaron vacíos. Artistas y estudiantes ocuparon estos espacios: antiguos búnkers, departamentos, casas y edificios. Eran una especie de tierra de nadie. Los restos del muro se cubrieron de graffiti y las paredes de la ciudad pronto se llenaron de colores. Kunsthaus Tacheles, un espacio radical de arte colectivo, fue fundado en esa época.

unnamed

Ajeno a cualquier noción de nacionalismo, el techno fue el sonido que marcó el proceso de reunificación alemana en su escenario berlinés. Así, lo que alguna vez había sido el edificio de un banco, se convirtió en el legendario club Tresor; un antiguo salón de belleza, en Friseur, y, años después, una planta de luz abandonada, en Berghain. Bailar sin fin y consumir drogas en espacios donde antes se les hubieran disparado tenía, para los berlineses, un efecto liberador. Diluidas las tensiones entre el este y el oeste, en estos clubs un público nuevo bailaba con los ojos cerrados, predicando la filosofía rave de “paz”, “amor”, “unión” y “respeto”. Eran paraísos post-apocalípticos donde expresiones de género y sexualidades –predominantemente gay– se manifestaban a través de la música.

Berghain es el continuador actual de ese ambiente y esa filosofía. Antes de establecerse, fue una fiesta gay itinerante llamada Ostgut, organizada en distintos búnkers para abrir las puertas a las exploraciones colectivas. Finalmente se instaló en la frontera entre dos barrios de Berlín antes divididos por el muro: Kreuzberg y Friedrichschain. De ahí su nombre, símbolo de la unificación.

La música que se escucha en Berghain, una artesanía de vinilos y anhelos de igualdad, es distinta de la que se puede encontrar en iTunes o en Spotify. Es un tipo de música sin vocales, que rompe con los moldes clásicos del pop y el rock’n’roll, con el culto a los ídolos, con el marketing. En oposición a los sonidos enteramente sintéticos generados por softwares en computadoras, la calidez de los sintetizadores análogos como el Roland 303 o 909 son intrínsecos al techno.

Una sesión desde Berlín de Líneas de Nazca, el productor de techno mexicano.

La edificación que acoge a Berghain impone: es un enorme monolito, cuadrado y gris. Los fines de semana, la fila para entrar al local se extiende, en hora pico, al menos por un kilómetro, pero solo una de cada diez personas logra entrar (cuenta la leyenda que han sido rechazadas incluso Paris Hilton y Britney Spears). Pero Berghain es el club underground por excelencia no tanto por ser secreto, sino por la mentalidad que lo anima. Ahí se va, exclusivamente, a bailar: no hay áreas VIP, ni servicio de botellas, ni listas especiales. Es el opuesto absoluto de una filosofía pretenciosa. Ir en tacones o ropa elegante garantiza, de hecho, ser bateado en la entrada.

Hay quienes interpretan la cadena de Berghain como una forma de elitismo basado en políticas de exclusión. Pero lo que sucede ahí se trata de otra cosa. Sus políticas de acceso dependen, en realidad, de lo que se podría llamar un criterio de identificación grupal o una forma de “tribalismo selectivo”: una interpretación contemporánea de la determinación colectiva propia del fenómeno rave.

Pasando el umbral de los guardianes que cuidan la entrada, hay una antesala de madera en donde el público se divide en dos. Un ser flaco y andrógino revisa a las mujeres. No busca drogas. Pide los iPhones y Androids en vez. Toma dos stickers azules, pequeñas y circulares, para cubrir las cámaras del celular, incluyendo la de selfies. Berghain es un espacio de libertad con reglas colectivas, y en ese momento se entiende la primera de ellas: la prohibición de tomar fotografías.

Una vez dentro, pasando el guardarropa, el techno empieza a sentirse en el estómago. El galerón de techos enormes succiona el alma haciendo un efecto de vacío. Las bocinas Funktion One cuelgan soberbiamente de la marquesina; son el mejor sistema de sonido del mundo. Quienes ahí bailan no parecen ser humanos, solo figuras: sombras sin rostro, con los ojos huecos llenos de placer. Entre el humo y luces rojas, hay algo que recuerda a algún círculo del infierno.

La experiencia temporal se sublima por la inmersión en la intensidad de la música, en la repetición de los beats, en el efecto desorientador de las luces. De repente, es como si el flujo normal del tiempo se interrumpiera y fuera reducido a un eterno y repetitivo loop en el presente. Para la mentalidad neo-hippie, se trata de un trance parecido a meditar. El infinito, el origen del universo y la ruptura de límites se entienden a través de la música.

A esta disolución temporal se suma el consumo de MDMA (éxtasis, “tachas” o cristales), LSD (ácidos o papeles) y ketamina. Con dosis responsables y un manejo ético de las percepciones alteradas, estas sustancias incrementan los niveles de consciencia.

Entonces llega un momento en que la música y los cuerpos se disuelven, la individualidad y el ego se disipan. El paso de las horas no importa. Con buena disposición y muchas ganas de fiesta, alguien podría pasar en Berghain días enteros, pues está abierto de viernes a lunes ininterrumpidamente. En los niveles superiores hay incluso una barra de helados, café y comida, para quien lo necesite. Richie Hawtin –fundador de las disqueras Plus 8 y Minus– dice, por ejemplo, que en la explosión colectiva de la fiesta “te olvidas de quién eres, de dónde estás y por qué estás ahí. Todo se reduce al beat y al ambiente. Horas más tarde, sin saber cómo ha pasado el tiempo, regresas a casa”.

Imagen 5_James-Dennes Flickr (2)

Berghain.

Esta relatividad temporal no es la única. Siguiendo la tradición tolerante de Berlín, con la apertura del techno y con el pasado orgiástico de las fiestas de Ostgut, en Berghain las sexualidades “deconstruidas” tienen un papel central. En el club no solo hay “cuartos oscuros” donde se tiene sexo abiertamente (en pareja o en colectivo) sino que, además, la lógica erótica es otra. Los personajes más notables son los gays de cuerpos musculosos, ataviados con tirantes y arneses en el pecho. Bailan sin camisa al ritmo de robóticos pasos femeninos. Ellos revierten la lógica del género: en Berghain, los cuerpos sexuados son los de ellos, no los de las mujeres. La liberación subsecuente para las mujeres es inmediata en un ambiente libre de acoso.

Bajo el cristal de una de las barras que separa a los clientes del barman, hay figuras de cera que se hacen sexo oral unas a otras, penes erectos que parecen de juguete pero que sirven para decorar el lugar. Los baños son unisex. Todos, hombres, mujeres, trans, bugas, lesbianas y gays esperan en una misma fila. El ambiente es de silencio, respeto y paciencia. En esos baños se oyen gemidos orgásmicos, aspiraciones de cocaína y risas colectivas. Todo es permitido mientras se haga con discreción y prisa.

En el segundo piso de Berghain, tras unas escaleras metálicas, está Panorama Bar: el área donde se toca un house más melódico, con letras y tarolas. A las dos de la tarde, el joven DJ alemán conocido como Motor City Drum Ensemble estaba tras las tornamesas. El sol iluminaba Berlín, pero al interior de la vieja planta de luz el día no existe.

En la obscuridad, las luces se mueven al ritmo de la música, mientras las mujeres topless siguen bailando con los ojos cerrados. La energía y el éxtasis se incrementan, y junto con ellas la sensación de libertad. Hace horas que se detuvo el tiempo. No hay vuelta atrás: la utopía parece posible.

(Fotos: cortesía de Resident Advisor, DonJames Dennes.)

Artículos relacionados