Bob Dylan: el rock en el centro

¿La entrega del Nobel de Literatura al músico Bob Dylan anuncia el fin de las barreras entre los géneros?

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Bob Dylan ha ganado el Nobel de Literatura

Robert Allen Zimmerman nació en 1941 en el seno de una familia judía migrante afincada en Minnesota. En 1960 nació Bob Dylan, solo y en el camino. Naturalmente entre esas fechas hubo pivotes e inflexiones que prefiguran al artista, pero es mejor entender de una vez que Robert y Bob son dos individuos.

Aunque la adolescencia de Dylan, como la de Jesucristo (que es tres en uno y uno en tres), nos es vedada, ningún muerto en el clóset mancharía el sentido de sus palabras verdaderas. Además, Dylan es alguien que perfectamente podría suscribir lo dicho por Giovanni Papini, otro autor que a patadas de heterodoxia afincó su convención: “Jamás he sido niño. No he tenido infancia.”

¿Qué mueve a alguien a cambiarse de nombre? La reasignación sexual, el programa de testigos protegidos, la depresión, la impostura o la revelación de un destino principesco que trasciende a la tribu. En cualquier caso, siempre es un acto valiente que derrumba una dimensión del yo. “Puedes llamarme Bobby, puedes llamarme Zimmy (…) puedes llamarme como sea pero no importa lo que digas”, tararea Dylan desde 1979 con una sonrisa implícita.


La corona de laurel

“You’re no good”, primera canción de su debut, el homónimo Bob Dylan (1962), ensaya mi favorito entre sus temas dominantes: el rencor amoroso rayano en el absurdo. Siguió The freewheelin’, su primera obra maestra, que además es una cumbre del folk. Elegir una canción sobresaliente es negarle la categoría de álbum total, pero me detengo en los últimos versos de “Don’t think twice is alright”:

No estoy diciendo que me trataras malamente /

pudiste hacerlo mejor pero no me importa /

solo que de cierta forma desperdiciaste mi precioso tiempo /

pero no lo pienses dos veces está bien.

Primera tesis: las canciones de Dylan son universales porque las canta un inadaptado emocional.

En 1964 aparecieron The times they are a-changin’ y Another side of Bob Dylan para completar la trilogía de amor y protesta iniciada con The freewheelin’. Y siguió una trilogía psicodélica: Bringing it all back home (1965), Highway 61 revisited (1966) y Blonde on blonde (1966). Villamelones y futuros conversos: escuchen estos tres álbumes. Si se puede, de rodillas. Si se puede, echado en el piso, abrazados a un peluche y con los ojos llenos de lágrimas felices y tristes, como esas que provocan “Una bromita” de Anton Chéjov y algunas páginas de Dickens. Un seguidor de Dylan que se respete siempre volverá a esos discos, especialmente al proto-rap “Subterranean homesick blues”, a “Ballad of a thin man” (descripción naturalista de una sesión de LSD) y a “Just like a woman” (hábilmente ridiculizada por Woody Allen en Annie Hall), que contiene una petición de rompimiento que muchos hemos pensado pero nos la guardamos porque, bueno, queremos parecer fuertes e indiferentes a esas cosas:

Pero cuando nos encontremos de nuevo /

presentados por nuestros amigos /

por favor no salgas con que me conociste cuando /

tenía hambre y este era tu mundo.

Y también hay que volver a “Positively 4th street”, compuesta y grabada en el periodo, pero de aparición tardía en álbum, y que es la quintaesencia del resentimiento irracional y florido.

Los dylanianos ya pueden odiarme por las licencias de traductor, la lectura selectiva y personalista, y por pasar del folk al rock sin mencionar la reacción cismática que provocó en Newport que Dylan apareciera con una guitarra eléctrica. Pero si hago eso último, también tendría que hablar de sus giras. Y de ahí a su noviazgo con una Chica Factory, el accidente de motocicleta, el matrimonio y el retiro en una cabaña en Woodstock. La vida de Robert es un obstáculo en la cronología de un cancionero que se propuso nombrar las glorias y desgracias de su tiempo.

Segunda tesis: las canciones de Dylan son (o nos parecen) universales porque están cifradas en los lenguajes del amor y de la prensa.


Tiempos difíciles

El siguiente medio siglo de la discografía de Dylan no tiene una trayectoria invariablemente ascendente, sin embargo, están por aparecer sus mejores álbumes: Self portrait (1970) y Blood on the tracks (1975). Al final de la década Dylan se convirtió al cristianismo, y lo abandonó cuando concluyó su trilogía de álbumes evangélicos: Slow train coming (1979), Saved (1980) y Shot of love (1981). El primero es magistral, el segundo aceptable y el tercero más bien malo, sin embargo, contiene una canción en homenaje a Lenny Bruce que me agrada en su infantilismo:

Quizá tenía algunos problemas /

quizá algunas cosas que no podía resolver /

pero sin duda era gracioso y sin duda decía la verdad y sabía de lo que hablaba /

nunca robó iglesias, ni cortó cabezas de bebés.

¿Qué es esto? ¿Honestidad? ¿Embrutecimiento? ¿O una descripción tan certera que asusta?

Tercera tesis: puede que Dylan no sea un profeta, pero todas sus canciones, hasta las más bellamente ridículas, son una religión.


Empezar por el principio

El anuncio del Nobel de Literatura para Dylan ha planteado una pregunta de fondo: ¿se inclinará en el futuro la Academia Sueca a premiar manifestaciones literarias en formatos posteriores al libro o se trata precisamente de lo contrario: premiar la oralidad, la función social del poeta? En cualquier caso, falta un año para saber cuán viables serían las candidaturas de David Simon y Kanye West.

Lo que es cierto es que ninguno de ellos incidirá tanto como Dylan en la estética literaria de las generaciones futuras. Tan sólo entre los escritores que más me gustaría que fueran convocados por Estocolmo, no faltan herederos de temas, formas y argumentos de Dylan (Rodrigo Fresán o Jonathan Lethem).

Al recibir el Premio Juan Rulfo, Nicanor Parra admitió la representatividad sobreentendida:

Sé perfectamente /

Que este no es un premio para mí /

Sino un homenaje a la poesía chilena /

Y lo recibo con mucha humildad /

En nombre de todos los poetas anónimos.

Igualmente, el Nobel de Dylan sirve para reconocer la tradición poética vitalista y rapsódica de Estados Unidos que nace con Walt Whitman, y que no había sido reconsiderada por el jurado del Nobel desde que en 1971 premiaron a Pablo Neruda.

Y también es un premio para el rock, en general, y en especial para la generación titánica de letristas y músicos de los sesenta y setenta. Al menos por un año el rock, lengua franca, no tendrá nada que envidiarle a su hermanito fresa, el jazz, ni a su hermanita boba, el pop.

(Foto: cortesía de Simon Murphy.)

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