Brexit: la izquierda ante la crisis de la democracia liberal

Después de la victoria del Brexit, la izquierda europea debe construir urgentemente una alternativa frente a los discursos xenófobos de la derecha populista.

| Internacional

El día de la votación transcurre tranquilo. Quizás, la mayor noticia es el mal tiempo (la eterna lluvia británica). Las últimas encuestas y las casas de apuesta dan una pequeña ventaja en favor del remain. El asesinato de la parlamentaria Jo Cox a manos de un ultra-nacionalista la semana pasada parece haber dado el último empuje que la campaña en contra del Brexit necesitaba. Comienza el programa especial de la BBC sobre la votación. A las 10 pm, cierran las casillas. Los presentadores muestran una sonrisa: la votación parece cerrada, pero los mercados confían en la permanencia del Reino Unido. En una esquina de la pantalla, la libra esterlina mantiene su tendencia a la alza. Nigel Farage, líder del UKIP, partido nacionalista y co-artífice del referéndum, acepta que el remain parece ser el ganador de la votación. Poco después de la medianoche anuncian los resultados en Newcastle: gana el remain, pero la diferencia de votos es de poco más de un punto porcentual. Poco después, se anuncian los resultados en Sunderland: gana el Brexit, como se esperaba, pero la diferencia es de más de veinte puntos. El Brexit va adelante por poco y el número de distritos contabilizados no alcanza ni cinco por ciento. Entonces, llegan los resultados de Glasgow, la ciudad escocesa con mayor población, con una abrumadora mayoría por el remain. Por unas horas, el in supera al leave. A las 2am, la brecha se empieza a cerrar. El out rebaza al remain. La libra comienza a caer, primero, poco, pero mientras más pasa el tiempo y la tendencia se mantiene la caída comienza a ser un desplome. Empieza a amanecer. A las 4am, la diferencia de votos comienza a crecer: 400 mil, 500 mil, un millón. Los presentadores con ojos cansados y rostros desencajados observan el desplome de la libra. Poco después, Farage saldrá a declarar que ese día será recordado como el día de la independencia del Reino Unido. El Brexit ha ganado.

El resultado del viernes no puede entenderse sin la crisis actual de la democracia representativa. Esta crisis varía según el país: en algunos, como sucede mayoritariamente en Europa, ha fomentado el surgimiento de populismos de derecha; en España rompió con el bipartidismo que imperaba desde 1977; en Estados Unidos produjo un Trump, pero también el esperanzador movimiento de Sanders. La crisis de la democracia liberal se explica por dos fuerzas internas, contradictorias, pero inseparables de ella. Por un lado, el orden institucional visto como un marco normativo, cuyo único fin es regular las interacciones dentro de la esfera pública y entre la sociedad y el Estado; esta fuerza no promueve de manera activa un ideal político particular, sino que defiende la intervención del Estado sólo para proteger la libertad negativa de los individuos y el orden constitucional. Por el otro lado, se encuentra el orden democrático como una fuerza transformadora, que persigue una concepción particular de la sociedad. En el contexto de la democracia es la igualdad moral como esencia de la vida pública: la idea de que todas las personas tienen los mismos derechos y que el ejercicio de los derechos requiere de cierta igualdad material.

Esta no es la primera crisis de la democracia representativa originada por esta contradicción. A finales del siglo XIX y principios del XX, la desgarradora desigualdad producto de la revolución industrial dio lugar al movimiento obrero. Éste transformó de manera drástica la democracia como hasta entonces se había concebido: como posesión exclusiva de hombres blancos y propietarios para dar lugar a una democracia más igualitaria con partidos de masas. Hoy, la nueva crisis de la democracia representativa es el fruto de una rampante desigualdad causada por tres décadas de neoliberalismo. Las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial dieron lugar a una revolución de derechos que continúa hasta la actualidad y que hasta la década de los setenta fue acompañada por el compromiso por un Estado de bienestar. Los artífices del neoliberalismo acabaron con el Estado de bienestar argumentando que la toma de decisiones en la economía no podía seguir consideraciones políticas (como si toda decisión de gobierno no fuera política): el Estado no debía defender una concepción de la igualdad, sino debía retraerse para defender la libertad como no-interferencia (del gobierno, de terceros). Así, mientras las Constituciones, los tratados internacionales y los discursos hablan de mayores derechos para las personas, en la realidad, gran parte de la población se ha visto privada de las condiciones materiales necesarias pare ejercerlos. La Gran Recesión ha hecho evidente esta contradicción. El Brexit se enmarca en este contexto: no es que todas las personas que votaron por el leave sean xenófobas (aunque muy probablemente las haya), sino que la Unión Europea se convirtió en el arquetipo del establishment: esa clase política tecnócrata, aislada de la gente.

En el Reino Unido, la revolución de los derechos después de la Segunda Guerra Mundial conllevó la construcción de un Estado de bienestar con miras universalistas. El Estado de bienestar se concibió no solo como una serie de políticas públicas para aliviar la desigualdad, sino como una fuerza para transformar las relaciones sociales y, cuando es diseñado como un derecho social universal, para fomentar lazos de solidaridad entre los distintos estratos sociales. Para la década de los setenta, el Estado de bienestar surgido del “Reporte Beveridge” mantuvo al Reino Unido con niveles de desigualdad parecidos a los de Alemania. El thatcherismo de la próxima década, sin embargo, destruyó esas relaciones de solidaridad e introdujo una nueva narrativa en la que no había otra alternativa más que el libre mercado con una intervención mínima del Estado. Thatcher confrontó directamente no tanto al Estado de bienestar, sino a los sindicatos y a las organizaciones de trabajadores. La destrucción de los sindicatos llevaría, a la larga, al debilitamiento sustancial del Estado de bienestar: sin el poder de negociación sindical, gobierno y empleadores podían promover fácilmente leyes que flexibilizaban el mercado laboral y disminuían los beneficios derivados del Estado de bienestar. Los resultados ahí están: según el reporte de la OCDE Divided We Stand: Why Inequality Keeps Rising, actualmente el Reino Unido es el país más desigual de Europa occidental, con niveles cercanos a los de Estados Unidos.

El thatcherismo inauguró un tipo de política de distribución que podría denominarse como “el ganador se lo lleva todo” (término acuñado por Hacker y Pierson), en la que una pequeña minoría captura la mayor parte del ingreso con la complacencia de los líderes políticos. Aunque el gobierno conservador inauguró esta política, el New Labour de Tony Blair fue uno de sus mayores promotores. Quizás, el mayor ejemplo de la complicidad entre el nuevo laborismo y el sector financiero fue el rescate de los bancos después de la crisis de 2008: el gobierno de Gordon Brown desperdició una oportunidad única para establecer reglas más estrictas en la regulación financiera. Para el siguiente año de la crisis, los mismos directivos bancarios que habían causado el derrumbe del sistema financiero seguían en su puesto.

La crisis de la democracia representativa es una realidad. El mayor riesgo es seguir ignorándola y pensar que las instituciones democráticas, incluyendo la Unión Europea, pueden funcionar como hasta ahora lo han hecho. Mientras los líderes políticos continúen con su actitud esnobista desdeñando a los movimientos anti-establishment como producto de masas ignorantes o sigan usando el concepto “populismo” como un término denigrante, la crisis seguirá profundizándose. Los partidarios conservadores del remain se paseaban por Gales diciendo que dejar la Unión Europea llevaría a la pérdida de empleos cuando muchas de esas comunidades perdieron su mayor fuente de empleos hace más de veinte años. No es casualidad que el Brexit suceda unos siete meses después del cierre de la última mina de carbón y que muchas de las antiguas comunidades mineras hayan votado por el leave. El mayor reto, tanto en el Reino Unido como en el resto de Europa, lo tiene la izquierda. El peligro de la campaña por el Brexit es que se centró en un discurso de odio y anti-migración. La batalla contra el establishment debe ser de la izquierda: es necesario y urgente construir una alternativa al discurso xenófobo de la derecha populista. Si la izquierda fracasa, los partidos ultra-nacionalistas y racistas seguirán creciendo con el riesgo de sembrar aún mayor odio. Como a principios del siglo XX, los partidos de izquierda deben plantearse un nuevo proyecto de democracia que integre a los sectores alienados por la globalización y los excesos del libre mercado. La izquierda hará bien en recordar que la democracia, sin igualdad sustantiva, termina siendo un discurso hueco.

(Foto: cortesía de Jeff Djevdet.)

Artículos relacionados