Burning Man: una semana de contracultura

El festival neohippie Burning Man festejó treinta años de vida. En uno de los desiertos más hostiles, entre música, drogas y creatividad, Burning Man recrea una utopía en la que todo es posible.

| Medio ambiente

“Bienvenido a casa”, me dijo un joven guardabosque vestido de blanco. Tiene el cabello largo y usa una lámpara en la frente; una máscara quirúrgica le cubre la nariz y trae una cantimplora de aluminio amarrada a la cintura. Una gruesa capa de polvo blanco lo cubre por completo. “Bienvenido a casa”, repite.

Son casi las cuatro de la mañana de este jueves 25 de agosto cuando atravieso la famosa puerta de Burning Man tras varias horas de espera. Esta entrada oficial separa la vida civilizada, moderna y conectada, la vida por default, como le dicen acá, de la otra vida. Una vida en comunidad, más natural y “generosa”. Es esa la que me preparo a vivir durante una semana junto a más de setenta mil personas.

Al pasar el check-point aparecen, entre ráfagas de polvo, miles de carpas blancas iluminadas por la noche estrellada. A lo lejos la luna alumbra las montañas negras; y aquí en la tierra, en este desierto sin agua ni electricidad, sin ruta, sin autos, casi sin vida, entiendo que ya no hay vuelta atrás de regreso a la “civilización”. Hay que pasar a un modo de “supervivencia”. Y vivirlo para creerlo. Una sola palabra viene a la cabeza, un sonido de instinto: “OUAAAAAHHH.”


Polvo en todos lados

El festival Burning Man se creó aquí, en el oeste estadounidense, hace treinta años; primero en California y luego, desde 1990, en Nevada.

Su filosofía neo-hippie se basa en una decena de principios simples, entre los cuales encontramos la donación y la gratuidad (casi no circula dinero); la ausencia de marcas y de comercialización de cualquier tipo; la expresión artística radical; un modo de vida autosuficiente (y parcialmente ecológico) e, inclusive, la vida en comunidad. Podemos sumar al contexto que no hay electricidad, agua potable y, obviamente, tampoco conexión a internet –en resumen, la de Burning Man es una experiencia espartana y (casi) de estado de naturaleza. (No obstante, hay baños por doquier y un tipo de vehículos quitanieves que aplanan los caminos y las calles.)

Pero algo predomina: the dust, el polvo. Esta es la verdadera particularidad de Burning Man. El polvo está en todos lados; invade todo; llega, poco a poco, durante el día, incluso a veces de golpe con ráfagas violentas. Impregna los trajes y la ropa interior; invade las tiendas de campaña; decolora el cabello; daña los pies, las manos y los labios; ciega y seca todo. Lo comemos; lo tragamos; lo respiramos; lo tenemos a plena vista.

El desierto de Black Rock, donde todos los años se lleva a cabo Burning Man, tiene un suelo muy alcalino: un polvo fino, blanco, que recuerda un poco al bicarbonato de sodio. No es un desierto de arena ni de roca; el más mínimo vendaval levanta la tierra por completo. Tras una tempestad, aunque sea modesta, las ráfagas se vuelven impresionantes; cuando hay tormentas, se vuelve un desastre lodoso.

Ningún burner (como se llama a los asistentes) se escapa del polvo. Ni los que van a Burning Man en caravanas de lujo o en un RV cuatro estrellas (estos vehículos recreativos bien acondicionados y grandes). Apenas se puede mantener el lujo en esta aventura, ¡aunque seas Paris Hilton!

¿Acaso tiene uno que estar loco para instalarse en este desierto hostil en uno de los festivales más grandes del mundo? Sin duda, es parte de la experiencia. Entonces, cada quien se organiza.


El agua es oro

Emma maneja bien las cuestiones logísticas. No es su primer Burning Man. Esta chica francesa no subestima su tarea. Se ocupa de la intendencia y la cocina de un de un campamentos de los cientos que hay en el festival. Mientras los asistentes de Burning Man se preguntan “¿Cuál es la mejor fiesta de la playa (así se llama la plaza central)? ¿Qué disfraz usaré? ¿A qué clase de yoga iré? O, incluso, a veces, ¿qué droga tomaré?”, Emma tiene otras urgencias y prioridades: debe alimentar a 60 personas en el desierto y eso es más que suficiente.

“Hay varios equipos en nuestro campamento. Yo acepté ocuparme de la cocina. Tenemos que alimentar a 60 personas durante diez días. Es un verdadero reto teniendo en cuenta las condiciones materiales en las que vivimos aquí en el desierto. Además, hay muchos vegetarianos, veganos, personas que no consumen gluten… ¡porque seguimos en Estados Unidos! Tengo que concebir todo tipo de menús y al mismo tiempo organizarme para no quedar corta en comida”, cuenta.

Emma es un early arrival, llegó una semana antes. Fue a comprar comida en los supermercados de Reno, el pueblo más cercano a la ciudad efímera de Black Rock City (y que, aun así, está a 200 kilómetros y tres horas de carretera). “Le dimos prioridad al agua de coco, los frutos secos, las proteínas, la leche de soya, las barras de cereal y los azúcares lentos. Sin olvidar el tequila, por supuesto, porque se necesita más sal que azúcar para luchar contra la deshidratación.”

El pequeño manual de supervivencia en Burning Man consta de cuatro elementos vitales. Para empezar, agua. Hay que beber por lo menos cuatro litros al día y transportarla en un camelbak (una especie de mochila con agua). Como no hay agua en el árido desierto, hay que traer lo suficiente consigo, para que baste durante una semana de festival, tomando en cuenta las necesidades de cocina y baño. Estamos hablando de mucha agua por persona. “El agua es oro aquí”, confirma Emma.

Después, la luz. Desde el atardecer, a las 19:30 esta semana, la noche invade Burning Man. Para desplazarse hay que traer una lámpara en la frente o una antorcha en la mano. Por último, dos “útiles” adicionales son indispensables para sobrevivir en este desierto desde que el viento se levanta: una máscara de buceo para proteger los ojos (porque los lentes de sol son insuficientes) y un tapabocas para cubrir la nariz y la boca y poder respirar tranquilamente a pesar del polvo. Hay variantes: algunos traen pañuelos que recuerdan a bellos piratas o a jóvenes palestinas; otros portan trajes especiales como si fueran a sumergirse enteros bajo el agua; algunos más usan locos disfraces para esconder su cara tras máscaras herméticas con una sola salida de sus camelbaks para poder tomar agua, como los animales.

Leave no trace

La metáfora animal es apenas relevante. En Burning Man nadie es Robinson Crusoe aislado en una isla, y tampoco se trata de una experiencia neo-roussoniana para regresar al estado de naturaleza. Por el contrario: es un proyecto posmoderno, new age, que vuelve a hechizar el mundo después de la muerte de Dios y el fin de las religiones.

Según el censo interno anual, el perfil promedio del burner es alguien maduro: 99% de los participantes tienen más de 19 años y la gran mayoría de ellos, entre 30 y 50 años. La mayor parte de los participantes en el festival estudiaron una carrera y son adinerados. Predominan los hombres (59%) y el porcentaje de gays y lesbianas (7.7%) y otros bicuriosos o bisexuales (respectivamente: 11% y 9.4%) es más elevado que en la vida “real” (solo el 66% de los participantes se declaran heterosexuales). La mayoría son estadounidenses (cerca del 80%), siguen los canadienses (6%) y, luego, los europeos. Hay pocos africanos, pocos asiáticos y finalmente poca diversidad étnica (vemos pocos negros en Burning Man, y casi ningún indio, aunque constituyen una parte significante de la población local en Nevada). Y bueno, el francés es el tercer idioma en Burning Man, después del inglés y el español.

Black Rock City es una ciudad temporal, una urbe del futuro. Se trata de superar la sociedad del consumo, de emanciparse del dinero y los intercambios comerciales. Inclusive el trueque está prohibido en Burning Man: no se puede intercambiar el agua por harina, por ejemplo (eso se regala). Solo las donaciones son legítimas, el arte de dar sin esperar nada a cambio.

En el corazón de Burning Man están las dimensiones ecológicas y contraculturales. El eslogan más escuchado en el festival es “Leave no trace”: ningún burner debe dejar rastros en el desierto: todos deben llevarse todo lo que trajeron consigo. No hay basureros, ni estaciones de reciclaje; inclusive no se puede tirar agua usada en el desierto para no contaminar la tierra. La única cosa autorizada: quemar los bienes de consumo usados, el papel, el cartón y todo tipo de burnables.

Entonces todo arde. Las obras de arte escupen fuego, como los art cars y los mutant vehicles –los vehículos artísticos son los únicos que pueden circulan en los campamentos y en la playa. Y el Man, que simboliza a la humanidad en el festival, también se quema: es una inmensa escultura de madera, inspirada en el Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci. El sábado en la noche, se le prende fuego colectivamente en un gran momento de comunión y fiesta.


Un festival de múltiples facetas

Hay muchas formas de vivir Burning Man. Se puede escoger el arte y concentrarse en la playa abierta, un verdadero desierto que se convierte en un gigante lugar de exposición al aire libre. Se puede privilegiar la música y los conciertos por la noche (la guía de música de Burning Man tiene cuarenta páginas). O, por el contrario, se pueden disfrutar los días meditando y yendo a clases de yoga. Inclusive coquetear con el movimiento hippie y preferir el naturismo o frecuentar los bares desnudos.

Lina es cineasta y es una asidua de Burning Man. “Este año he bailado mucho y he conocido a personas increíbles”, me dice. Ella pasa el tiempo explorando en bicicleta las obras de arte y los art cars colocados a través de kilómetros. “La cultura es increíble aquí. El hecho de estar en el polvo es una experiencia mágica. Estamos todos cubiertos de polvo blanco, encontramos nuestro verdadero ser al convertirnos en verdaderas criaturas. Las condiciones extremas, como hace mucho calor de día y mucho frío en la noche, también impactan nuestra creatividad.” Como muchos, ella nunca se pierde los amaneceres y los atardeceres; efectivamente espléndidos, el alba y la aurora son rituales que ningún burner debe perderse.

La casi ausencia de internet y de comunicaciones electrónicas ofrece una oportunidad de “desconexión” y abstinencia digital a las personas hiper-conectadas durante el año (entre las personalidades que ya han venido a la playa, encontramos los nombres de los confundadores de Google o a Mark Zuckerberg, el patrón de Facebok).

Durante todo el año, Jim Ball es un emprendedor de Boston con una start-up exitosa; el verano en Burning Man, es uno de los animadores de la Root Society. “Somos un campamento musical”, me dice, “en la noche, nuestro campamento propone un line up de los mejores DJs al público en general. Después, alrededor de la media noche, nuestro campamento movil circula con sus DJs por todo Burning Man, hasta el amanecer.” No deja de ser extraño ver a este hombre de negocios en el polvo, con sus toallitas para bebé Huggies, sus Zip Locs, con aloe vera hidratante, electrolitos y sales minerales de rehidratación. El también hace, como cada año, su sendero hippie.

Aquí, no hay relojes, no hay horas ni despertador: solo el cielo y el sol como marca –como en los tiempos de Leonardo Da Vinci. ¿Cuándo amanece? A las 6:25 de la mañana. ¿Cuándo anochece? A las 19:30

A Jim Ball le encanta. No ve ninguna contradicción con su vida familiar bien acomodada en Boston. Al contario

“Todo el año yo trabajo con mi cabeza, aquí trabajo con las manos. Todo el año estoy súper-conectado, dependo permanentemente de mi teléfono, del tiempo, pero aquí estoy desconectado en desintoxicación digital. Esto es revitalizante. Para mí, Burning Man es un momento de contemplación fuera de la realidad. Y luego los abrazos: aquí todo el mundo se abraza y se aprieta fuerte. ¡Hay más abrazos que en ningún otro lado!”

Un art car bautizado como BOJON (que leído al revé significa NO JOB) se decoró con unos inmensos tentáculos: los burners van subiendo a medida que pasa por la playa y bailan toda la noche al ritmo de una rápida música electrónica (deep house) pero también de una disco más lenta del tipo “I’ll be There”, y naturalmente también se escucha “Green Desert” de Tangerine Dream y “Desert Music” de Steve Reich. Aquí no hay VIPs, no hay boletos de entrada, lista de invitados especiales, ningún privilegio. Todo el mundo es igual: la arena polvosa es el árbitro de las vanidades.


Un festival new age y neohippie

Burning Man es, a fin de cuentas, un teatro de todo tipo de vivencias. Más allá de la música y el arte, hay campamentos que ofrecen clases de yoga, prácticas alimenticias innovadoras (por ejemplo, este año los “Flying Falafels”), momentos de meditación y propuestas new age. En el Naked Bar puedes beber sin límites, siempre y cuando estés desnudo. El campamento Suburbia, donde los hippies y los hipsters coinciden, es una crítica a la caricaturesca vida de los suburbios. Luego en el Altitude Lounge, la gente se viste con faldas escocesas, pero sin ropa interior (no undies under kilts). Entre las páginas de Piss Clear, que ahora es BRC Weekly, el periódico de Burning Man, uno descubre territorios desconocidos: “Get Weird! It’s OK!”. En la Anahasana Village, se ofrecen clases de yoga acrobático (un yoga aéreo en el que la pareja vuela) y besos de contacto; medicinas alternativas; consejos en naturismo (que no se debe confundir con el nudismo) y también sesiones de terapia en desnudo. En algún otro lugar explican cómo separar la basura entre reciclables, “quemables”, de “composta” (hecha de productos orgánicos que pueden servir como fertilizantes) y simples desechos.

Burning Man es evidentemente un festival de “izquierda”, si es que la palabra tiene sentido en este desierto poco politizado. No es una tierra a favor de Donal Trump, aunque estemos en un estado tradicionalmente de derecha. A mayor parte de los burners vota por los demócratas (cerca del 42%) mientras los republicanos son una verdadera minoría (6%). Ecologistas, independientes, libertarios y, sobre todo, los no afiliados políticamente son una buena mayoría (el 42% de los burners no se identifica ni a republicanos ni a demócratas).

En contra de lo que uno podría pensar, Burning Man no es solo poco politizado sino también poco religioso: 71% de los participantes se consideraron no creyentes en 2015. Con todo, las prácticas espirituales están presentes con influencias de extremo oriente, india, áfrica y hasta de los incas. Esta dimensión poli-espiritual, ecuménica, se puede encontrar en el Templo, una inmensa construcción no religiosa de madera que permite “sanar” a quienes van, meditar o reflexionar en silencio para rendir homenaje a los amigos o familiares fallecidos. El Templo se quema el domingo, al igual que la efigie de Burning en la víspera del día anterior.

A fin de cuentas, es la libertad que domina la experiencia de los burners. Cada quien es libre de hacer lo que quiera en este universo adulto sin restricciones ni límites. Y si hay una expresión a retener para resumir la filosofía de Burning Man, sería: sin prejuicios. Lejos etiquetas, identidades, reglas, normas, sin jerarquías ni autoridades, en el anarquismo campechano, cada uno es libre de hacer lo que quiera sin ser juzgado. Es el freewheeling de Bob Dylan, redescubierto en el siglo XXI.

Peace & Love.


Una ridícula huella de carbono

Burning Man recibe críticas. Algunos le reprochan el precio de entrada (casi 400 dólares), que es un buen precio para una semana en la que todo es gratis. Sin embargo, el boleto de avión para llegar a Nevada, las necesidades materiales (el camping y la alimentación), sin contar el agua que aquí es un producto de lujo, aumentan el gasto de manera inevitable.

El aburguesamiento y la comercialización del festival son también objeto de críticas recurrentes. Pero con todo, las difíciles condiciones materiales del desierto y la ausencia de marcas (incluso los coches en renta de Budget o U-Haul ven sus nombres caricaturizados en la playa) vuelven estas críticas poco pertinentes. Celebridades y desconocidos, P-DG y empleados de Walmart: todo el mudo se anonimiza en su bicicleta (aunque cuesta caro transportarlas hasta la playa). “La bicicleta es tu mejor amiga”, dice Emma, que adora el espíritu de libertad, igualdad y comunidad.

Hay otros puntos en los que Burning Man es más cuestionable. Para empezar, su filosofía ambientalista. Se piensa como una ciudad fuera de la sociedad de consumo, pero el festival deja una huella de carbono ridículamente alta tomando en cuenta los tragafuegos, los generadores eléctricos omnipresentes y las novedosas necesidades materiales que los burners necesitan para sobrevivir (toneladas de bolsas de plástico, máscaras, guantes, toallitas húmedas, empaques de comida, etc).

Luego están las drogas, de lo que no se habla en Burning Man (y la policía y los rangers cuidan que se quede así) pero que circula en todos lados, en todas formas, de carpa en carpa, de mano en mano y de jeringa en jeringa. Circula tanto y dado que los intercambios se basan en la donación, se ofrece gratis. Triste paradoja.

A pesar de los límites de la omnipresencia del polvo, que podría desalentar a quienes no están acostumbrados al camping rudo, hay suficiente belleza en Burning Man para compensar las condiciones espartanas. Si en el día, los campamentos se parecen a comunidades hippies, la noche ofrece un espectáculo distinto. La playa se convierte en magia: disfraces extravagantes; locas obras de arte; fiestas excéntricas y experimentaciones inimaginables. Desde que atardece cuando todos festejan aullando como lobos, la noche aparece bella. Tanto que deja sin aliento. Aquí es Los Angeles en modo de supervivencia. Aquí es Estados Unidos –grande, libre, un territorio que arde aún.


Este texto se publicó originalmente en Slate.fr.

Traducción del francés: Gisela Pérez de Acha.

Artículos relacionados