Carta de un autor a la redacción y al público

En respuesta a la carta editorial de la redacción, Federico Navarrete ofrece explicaciones sobre algunas de las entradas contenidas en el "Alfabeto racista mexicano".

| Réplica

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Antes de continuar con la presentación de mi “Alfabeto racista mexicano”, me parece indispensable responder a la carta editorial relativa a la primera entrega del mismo, presentada por la mesa de redacción de Horizontal el 6 de marzo.

En primer lugar no lamento que mi inclusión de un texto de Roger Bartra en la primera entrega generara polémica entre la redacción de este medio y entre los lectores. Mi intención al criticar abiertamente un texto de este connotado antropólogo era precisamente provocar la discusión. Trataba de reflexionar e invitar a la reflexión respecto a la facilidad con que muchos ejemplos del discurso público mexicano descalifican y menosprecian de la manera más tajante a amplios grupos de la sociedad, también quería criticar las retóricas que se utilizan para ello y que muchas veces tienen, y me sostengo en lo que planteo en mi artículo, raigambre en discursos racistas de añeja y nefasta tradición. Si critico las ideas expresadas por Bartra de una manera tan enfática, es porque estoy en un profundo e inquebrantable desacuerdo con ellas, y porque quiero dejar claras las connotaciones más peligrosas de la retórica que emplea.

Los estudiosos del racismo contemporáneo, como David Theo Goldberg, han propuesto que la retórica biologizante y descalificadora reproduce el discurso racista, aun cuando ya no exista una referencia abierta a las razas (que es considerada inaceptable en el discurso público actual). En este sentido se refuncionalizan los viejos tropos biológicos para referirse a “culturas” y “formas de comportamiento”, construyendo nuevas retóricas discriminatorias como la islamofobia o nuevas formas de clasismo abiertamente discriminatorio (Goldberg, David Theo, Are We All Postracial Yet, Cambridge, Polity Press, 2015).

Por ello no me convence la crítica de Abdiel Macías citada en la carta: la utilización de las metáforas biológicas de “decrepitud”, “decadencia” y “podredumbre” en el discurso de Bartra es suficiente para racializar de manera ineludible a los sindicalistas del CNTE, aun si quien utilice este lenguaje no haga referencia explícita a que sean una “raza”, pues los convierten en un grupo minusvalorado, descalificado y condenado a la muerte (social, cultural e incluso física). Además, al menos en los círculos en que yo me muevo, no es tan común el uso de categorías como “decadente”, “putrefacto” o “moribundo” para referirse a organizaciones humanas.

Por otro lado, como bien ha señalado Goldberg y otros autores, la crítica al racismo no trata de desentrañar intenciones individuales, ni de culpar a exponentes particulares de estos discursos, sino de señalar las maneras en que los discursos y las prácticas discriminatorios y descalificadores, basados en (falsas) metáforas biológicas, se reproducen y mantienen su vigencia en diversos ámbitos de nuestra vida pública y privada.

Por estas razones, en ningún momento pretendí “calumniar” ni “marcar” a Bartra, y menos incluirlo junto con Lorenzo Córdova en un diccionario de la “infamia racista”. Al achacarme tales cometidos, los redactores de la carta no responden a mis argumentos sino que distorsionan mis intenciones por doble partida. En primer lugar, en mi texto siempre fui cuidadoso de referirme a las palabras de Bartra, y exclusivamente a las de ese texto en particular, y nunca a su persona ni al total de su obra, aunque ahora veo en retrospectiva que debí ser más explícito en hacer este deslinde. No lo acuso a él de racista, ni acusaría a nadie más de serlo. Si me demuestran que este es el cariz del texto, pediré una disculpa y me declaro dispuesto a enmendarlo. Lamento que la brevedad de las entradas dentro del formato que elegí impidiera que argumentara mi postura con más detalle y cuidado.

El afán de mi “alfabeto” y de la más amplia reflexión pública que he realizado sobre el tema del racismo mexicano, no es de ninguna manera construir una galería de villanos o “infames” racistas, sino comprender las dinámicas sociales y culturales que permiten que se reproduzcan estas prácticas y discursos discriminatorios en los más diversos ámbitos de nuestra cultura y nuestra sociedad, incluso en aquellos que jamás se considerarían racistas.

En otras palabras, no se trata de señalar o denostar a nadie por ser “un racista”, sino de desmontar de manera polémica los prejuicios y retóricas “racistas” que a veces ni siquiera lo son conscientemente. Por otro lado, me parece que las figuras públicas como Bartra y Córdova, y como yo mismo, en cuanto autor de este “Alfabeto”, también estamos expuestos a que se critique y ataque nuestras palabras. En ese sentido en este texto estoy respondiendo a la acusación de que soy un “calumniador” con argumentos, de la misma manera en que esperaría que los defensores de un destacado intelectual mexicano pudieran desmentir con argumentos razonados el señalamiento de los elementos racistas presentes en su texto, y no sólo con acusaciones exageradas a quien realizó la crítica.

Por otro lado, creo que si vamos a discutir el tema del racismo en nuestra vida privada y pública, debemos evitar la demonización o la santificación de las posturas y de los críticos. Vivimos en un país donde las divisiones de clase y cultura, la desigualdad y el encono, las discriminaciones y el racismo han existido durante siglos y han marcado cada aspecto de nuestra vida social, política y cultural. Por ello, como señala la propia Mónica Moreno Figueroa, todas y todos los mexicanos hemos sido y somos a la vez víctimas y victimarios de racismo. Estoy seguro de que si continúo publicando mi “Alfabeto” y luego de publicar mi libro México racista, no faltarán los lectores críticos que me acusen a mí mismo de racista por hablar de estos temas. Y tal vez tengan razón y estaré dispuesto a enmendar mis palabras y clarificar mis ideas, sin que su descalificación me ofenda personalmente. Adelanto que, para demostrar este afán auto crítico cometeré la inmodestia de incluirme en el mismo alfabeto, en la F de Federico (pues no pretendería desplazar al polifacético término “naco” de la letra N).

Lamento que mi inclusión de Bartra en esta primera entrega de mi “Alfabeto” haya provocado tantas confusiones respecto a las intenciones de esta serie. Si mis críticos se molestaron en leer las otras dos entradas que presenté la semana pasada, quizá habrán sido capaces de detectar un cierto tono humorístico y mordaz. Y ese afán satírico perdurará a lo largo de las 28 entradas que pretendo realizar: no pretendo hacer una galería de “infamia” ni de “infames”, tampoco haré una sucesión de denuncias inflamatorias, sino un llamado a la reflexión (auto) crítica y a la (auto) ironía sobre el racismo que practicamos, sobre los hábitos y los prejuicios que todos compartimos en mayor o menor medida.

(Foto: Yon Garin.)

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