Chapo, hazme un hijo

¿Cómo entender la admiración que la figura de El Chapo Guzmán despierta en un sector de la población mexicana? Un análisis de las razones detrás del entusiasmo.

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Unos días después de la espectacular recaptura de El Chapo Guzmán, en febrero de 2014, Sinaloa, como hoy, se dividió entre quienes apoyaron a los gobiernos y quienes apoyaron a El Chapo. Ambos bandos organizaron marchas en que expusieron sus ideas. Me impresionó que salieran a la calle cada cual por su lado con pancartas y consignas que mostraban su mutua aceptación del imperio de la ley y la defensa de los derechos humanos, en México y el mundo, a pesar de que tenían objetivos opuestos y que no se escucharan lo unos a los otros.

Quienes apoyaban al gobierno celebraron la aprehensión como un triunfo hacia la instauración del Estado de derecho y la pacificación de la guerra contra las drogas y el narcotráfico que tantas desgracias ha causado en México. Quienes apoyaron a El Chapo, por su lado, exigían que el gobierno respetara sus derechos humanos y garantizara su debido proceso, es decir, reconocían la necesidad de que la ley imperara en el ejercicio de un gobierno que históricamente se ha caracterizado por la corrupción y la arbitrariedad.

Como era de esperarse, los medios de comunicación se centraron en las marchas de los admiradores de El Chapo, porque proveyeron imágenes exóticas a la par de argumentos sofisticados para justificar su presencia y sus demandas. Entre la multitud de jóvenes bebiendo cerveza, fumando mota y escuchando a las cinco bandas que musicalizaron la marcha en apoyo a El Chapo, aquel 26 de febrero, hubo pancartas que pedían su liberación. Otros tantos vestían camisetas con el número 701 al frente —en referencia a su posición en la lista de las personas más ricas del mundo, según Forbes— y un “No a la extradición” pintado en la espalda.

Entre estas ricas imágenes, se me quedó grabada la fotografía de una guapa joven de Culiacán que sostenía una manta en que se leía “Chapo, hazme un hijo”. Supongo que la imagen me marcó tanto porque sintetiza la crítica vertebral y temeraria que la narcocultura, como sistema, impone al sistema político mexicano y a la desigualdad económica que sostiene. No era un hombre sino una mujer, lo que me recordó el culto sinaloense por la belleza femenina, especialmente de las reinas de concurso. Ofrecía su vientre a un ex campesino originario del municipio más pobre de Sinaloa, pero no al campesino más pobre o más desvalido que puebla los discursos agraristas e indigenistas mexicanos, sino a uno que, aun teniendo ese origen, se habla de tú con la plutocracia nacional y global. No lo hacía, pues, desde la sumisión y la pobreza o los reiterados discursos contra la desigualdad en México, sino con la gracia y dignidad de quien se apropió de una frase que —al igual que los fans de estrellas de rock— también gritaron las seguidoras del presidente de México patrocinado por Televisa, Enrique Peña Nieto, durante su campaña.

La imagen de esta chica, que de manera rebelde se divertía con sus amigas al apoyar a El Chapo, me pareció la ilustración perfecta para una especie de manifiesto que otra mujer empezó a repartir en fotocopias entre la multitud:

Ustedes que critican al Chapo y su organización, estoy segura no saben o han sufrido las carencias y falta de oportunidades en los medios rurales y urbanos también. La mayoría de las veces alguien se anima a entrarle a lo “ilegal”, porque no se pagan impuestos al gobierno en este negocio, impuestos caros y que pocas veces se hace algo bueno con ese dinero. Mucho trabajo y poco valor a él, falta de precios justos en alimentos y vestido que les permitan tener un mejor nivel de vida.

La pobreza alimentaria, de vestido y de vivienda OBLIGA a las personas a admirar a personajes y sujetos como el Chapo, ¿por qué?, porque el gobierno federal, estatal y municipal no ha sido verdadero, eficaz y eficiente en la promoción del bienestar de los que viven del campo y en la ciudad. Reflexionen también sobre el trato discriminador que se le da a las personas que no tienen dinero en relación a los ricos (por ejemplo en los hospitales).

El Chapo y el negocio del narcotráfico brindan OPORTUNIDADES de empleo mejor remuneradas; todo un sueño hecho realidad ante un gobierno que no da la mano (hay una que otra excepción). Y escribo narcotráfico, porque ese es el negocio del Chapo. Las extorsiones, secuestros, etc., son acciones por personal que ha desvirtuado el negocio. Pero bueno, ustedes que critican sólo deben tener conocimiento de lo que se informa en medios de comunicación comerciales, como Televisa. por ejemplo, que siempre publicarán lo que sea más atractivo: “LOS AJUSTES DE CUENTAS”, “HOMICIDIOS”. El narco no es la causa principal de muertes en el país, MUEREN MAS DE HAMBRE Y DE ENFERMEDADES CRÓNICO DEGENERATIVAS y son causadas en gran parte por el gobierno…

Difícilmente, algún mexicano medianamente informado aceptaría que la violencia y el dolor de sus víctimas que recorren el país es producto de un montaje mediático al amparo de Televisa y sus compinches. Difícilmente eximiríamos a El Chapo de responsabilidad. Sin embargo, con la evidencia que tenemos, también es difícil aceptar que las y los admiradores de El Chapo no tuvieran razón en más de una cosa.

En primer lugar, tenían razón en exigir que el gobierno mexicano garantizara un debido proceso a El Chapo. Como se comprobó durante el proceso jurídico, la aprehensión de El Chapo fue, en sentido estricto, arbitraria: un allanamiento de morada sin orden de cateo. Esta arbitrariedad se evidenció en los medios de comunicación cuando supimos que El Chapo consiguió un amparo en un tribunal que obligó a la Procuraduría a presentar, con exhaustividad y “congruencia”, una acusación por portación de armas y cartuchos. Pero esto no nos impresionó, porque estamos acostumbrados a las arbitrariedades de las instituciones castrenses y a la incapacidad ministerial de la Procuraduría, especialmente cuando reciben ayuda del gobierno de Estados Unidos. En honor a la justicia, las consecuencias de este amparo debieron incluir, por lo menos en el juicio público, al gobierno estadounidense, que, según las declaraciones de sus propios funcionarios, participó en la captura de El Chapo con inteligencia y equipo —incluido el sobrevuelo de drones en Sinaloa con el permiso de quién sabe de quién. Pero a todos se nos olvidó mencionarlo.

En segundo lugar, los y las admiradoras tenían razón en pedir que el gobierno de México no extraditara a El Chapo de manera inmediata. En 2015, en violación flagrante a los tratados y el derecho internacional, el gobierno de Estados Unidos intentó que lo extraditaran antes de que concluyeran sus juicios en México. Nos enteramos de la ilegal intentona del gobierno estadounidense por voz del mismo procurador Jesús Murillo Karam, en enero, ante lo que la defensa de El Chapo consiguió otro amparo. Ahora sabemos que el motivo de fondo era que la DEA se enteró de que el hijo del Chapo quería liberarlo a la brava. Pero de eso nadie informó nada en los medios hasta después de su fuga.

En tercer lugar, las y los admiradores de El Chapo tenían razón en solicitar que se respetaran sus derechos humanos. La confirmación nos llegó en marzo, cuando cerca de 140 reos de la cárcel federal, entre ellos, presuntamente, El Chapo y su hermano Miguel Ángel, enviaron una carta al presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), en la que le contaron que vivían hacinados, alimentados con productos en descomposición, sin acceso adecuado a atención médica y con innumerables irregularidades en su derecho a visitas familiares y conyugales. Ya no nos enteramos si la carta surtió algún efecto, hasta un día después de la fuga de El Chapo. La CNDH, al parecer, no encontró materia en sus visitas al penal y dio a entender que se trataba de alguna falsa alarma, porque El Chapo y otros reos negaron tener quejas o haber firmado carta alguna.

En cuarto lugar, los y las admiradoras del Chapo tenían razón en señalar que, por lo menos, en parte, su admirado personaje y el hecho de que tanta gente lo siga son un síntoma de la incapacidad de los diferentes ámbitos de gobierno para proveer de mejores opciones, sobre todo a sus jóvenes. Eso es algo que ya se ve con mayor claridad y frecuencia en los medios de comunicación, gracias al trabajo de politólogos, sociólogos y economistas mexicanos, como José Merino, Rossana Reguillo y Gerardo Esquivel. Eso es algo que corroboramos en nuestra vida cotidiana tanto en zonas urbanas como rurales en todo el país.

En ese sentido, la derrota del gobierno de México y sus aliados en el gobierno de Estados Unidos es también una derrota para los otros miembros de la plutocracia mexicana enlistada por Forbes. Carlos Slim, Germán Larrea, Alberto Baillères, Ricardo Salinas y el resto de los millonarios mexicanos no han tenido la capacidad de El Chapo para transmitir esperanza por la ascensión social en el sistema político y económico esclerótico, explotador y arbitrario que los sostiene. Y escribo esto, sin vergüenza ni miedo, mientras mis avisos de Facebook y Twitter me confirman que la emoción subyacente a aquel “Chapo, hazme un hijo” está adquiriendo alcance nacional con su fuga del penal del Altiplano.

Ya pasaron más de 48 horas desde que El Chapo emprendió la huida. Durante estas horas clave, la prensa ha reportado las reacciones de Peña Nieto y su gobierno. La procuradora Arely Gómez y el secretario de Gobernación Miguel Ángel Osorio Chong ofrecieron 60 millones a quien les ayude a recapturarlo. La Casa Blanca aseguró que seguirán y apoyarán las actividades de recaptura de El Chapo (al mismo tiempo que Obama conmutaba las penas de 46 reos estadounidense por delitos no violentos relacionados con drogas). La DEA ya dijo que tuvo informes del deseo de fuga de El Chapo desde hacía meses, pero ya nadie los pela. En los medios de comunicación alentamos una cobertura obsesiva de la épica del narco.

Mientras tanto, en las pláticas de café y las redes sociales pareciera que, en esta carrera, al margen de lo que pase, nos hemos convertido en un país que le va a El Chapo.

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