Cherán: una democracia posliberal bélica

Sin más armamento que la propia comunidad, hace seis años los pobladores de Cherán encendieron fogatas y se organizaron contra décadas de abandono, violencia y clientelismo. Luego vinieron las armas. Hoy viven un interesante experimento de democracia alternativa.

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Mucho se escucha en años recientes sobre procesos de innovación política: surgen proyectos, se construyen alianzas y se enuncian nuevas sensibilidades relativas a lo público. Sin embargo, son pocos los procesos que poseen una fuerza verdaderamente disruptiva y logran construir otra vida en este mundo, coexistiendo y sobrellevando la realidad en una oscilación entre la utopía y el pragmatismo. Se trata de fenómenos emergentes que derivan experimentos conscientes, pero sobre todo se trata de proyectos que no surgen de la filantropía biempensante que ve en sus beneficiarios víctimas a quienes dar la mano para lograr así la redención.

El pasado fin de semana pude asistir al municipio de Cherán Keri, Michoacán, y estar presente en el sexto aniversario de su levantamiento armado. Una población que vio en la deforestación de sus cerros, la colusión de los talamontes con el crimen organizado, y la inacción del gobierno —cuando no su absoluta complicidad— una oportunidad para construir un movimiento que bien podría ser una avanzada para el desarrollo de un modelo alternativo de democracia.

Eran alrededor de las nueve de la noche, las personas salían de la misa del Sábado de Gloria y se reagrupaban en la plaza central en torno a la flama que ardía en medio del poblado. Las silenciosas montañas y cerros de la sierra purépecha se colmaban de ruido, el sonido de las campanas de la iglesia cubría todo Cherán anunciando no la resurrección de Cristo, sino la resurrección de la esperanza y la dignidad, recordando no a quien murió en la cruz, sino a quienes murieron por las balas. Hace seis años las campanas también replicaban, un 15 de abril los pobladores de Cherán se reunieron en su plaza central y decidieron que nunca más los volverían a humillar, decidieron que otra forma de ser y estar era posible.


Pasan a mi lado un par de mujeres que no superan los treinta años, les pregunto si me puedo unir a ellas, me dicen que sí, caminamos hacia la fogata número dieciséis. En el trayecto una de ellas me dice: “durante dos años estuvimos día y noche, bajo la lluvia, el sol, el calor, el frío, teníamos miedo, y sufríamos cuando perdíamos a uno de los nuestros, sin embargo, puedo decir que fue la mejor época de mi vida, fue cuando conocí verdaderamente a mi familia, a mis vecinos, a mi gente”. Aunque algunos repiten constantemente que la fecha es ante todo un tributo a los caídos, a mí me parece una gran fiesta.

En el momento en que Cherán se levantó en armas toda la comunidad se organizó alrededor de fogatas, que, según algunos, eran cerca de setenta por todo el poblado. Las fogatas se convirtieron en el centro de la resistencia, el fuego permanente servía de barricada; no estaban equipados con más armamento que su propia comunidad, misma que decidió pensar el problema de la violencia como un problema común y cuya solución no podía ser otra que la de darle la mano al hermano, al vecino. Después de dos años de que Cherán estuviera sitiado por sus enemigos, sus familiares en Estados Unidos los ayudaron económicamente para poder suministrarse con algo más que simples machetes y palos, fue entonces cuando las fogatas se apagaron y comenzaron los patrullajes de la guardia comunitaria. Pero hoy las fogatas se mantienen como símbolo de lo que lograron, el fuego se convierte en el eje de la nueva cosmogonía, sincretismo entre la cristiandad, la identidad purépecha y el discurso autonomista. Es cada 15 de abril cuando las llamas de los barrios se encienden de nuevo, aunque esta vez son espacios de socialización: las personas salen a las calles y se sientan en torno a las flamas a conversar, a cenar, a reír, a beber, pero más que nada a recordar, no con llantos ni angustias, sino con alegría y dignidad.

En la fogata se basa también la forma de gobierno de Cherán, volviéndose el núcleo más pequeño de su nueva forma organizativa: las fogatas se agrupan en barrios, y cada barrio posee representantes en su órgano central de gobierno, el Consejo Mayor. En Cherán se vive la revolución, pero no una revolución complaciente con las aspiraciones de la clase media progresista. Es demasiado violenta para la socialdemocracia, no es lo suficientemente anticapitalista para los anarquistas y no necesitan la benevolencia de las ONG. Cherán es ante todo un laboratorio de experimentación política en el que no se requieren sujetos revolucionarios que se hayan leído a Marx o Holloway. El difunto subcomandante Marcos decía que detrás de la máscara estábamos todos, pero la verdad es que detrás de los pasamontañas hay un sujeto politizado muy específico, en cambio en Cherán, cuando veo a Julia, a Ricardo, a don José, me doy cuenta de que detrás de sus rostros caben mi padre o mi madre, caben mis amigos, mis maestros, mis compañeros de trabajo, en Cherán sí podemos estar todos.

Me atrevería a denominar su experiencia como una democracia posliberal bélica. Con posliberal hablo de la superación de los mitos liberales fundacionales, no solo como una crítica que cae en el lugar común de la falta de representatividad por parte de la clase política, como si la falta de legitimidad que vive el Estado fuera exclusivamente a raíz de quienes llegan a los puestos de elección popular. Lo que ha sucedido en Cherán va mucho más allá al desmantelar el diseño técnico consagrado por los Estados-nación modernos. Žižek, siguiendo a Lacan, habla de la negación permanente a quitarnos aquello que si bien sabemos que nos causa sufrimiento, a su vez nos causa un goce que no estamos dispuestos a perder. Pero qué sucede cuando el sufrimiento supera al goce, incluso cuando éste se ha perdido y las gafas ideológicas dejan de funcionar, ¿qué otra opción queda además de crear un nuevo mito? El capitalismo gore, como lo nombra Sayak Valencia, llevó a los habitantes de Cherán a desmantelar las instituciones políticas que a pesar de ser señaladas como ineficientes permiten la poca o nula implicación de los sujetos en lo público, pero cuando ese confort se desvanece, el sujeto politizado emerge.

Con bélico planteo que ese nuevo mito surge no del anhelo o la petición de más democracia, de mayor participación o incluso ante un reclamo a los partidos políticos, este discurso se fue articulando con el tiempo. El despertar comunitario de Cherán se debió a la necesidad de sobrevivir y resistir, pero también de atacar. Cherán es una democracia fundada no en el deseo de libertad, igualdad y justicia, sino en el simple anhelo de ver a sus familias vivir. Esto es fundamental, ya que la gran innovación en el municipio michoacano no es su sistema de gobierno, sino su sistema de combate, que cambia radicalmente la lógica militar por un belicismo cooperativo y asambleario. El gran cambio es que el uso legítimo de la violencia deja de ser del Estado y pasa a manos de la voluntad popular.

Cuando por la mañana las calles son tomadas por los niños de primaria en un enorme desfile que recorre varios barrios, resulta llamativo que una parte importante de sus escenificaciones sean ejercicios armamentísticos. A más de uno le podría parecer una acto atroz el de montar un espectáculo con niños armados, pero en Cherán naturalizar la guerra entre los más pequeños se vuelve un acto de supervivencia, como un proceso de defensa del proyecto político y no como un acto individual; ¿un acto de adoctrinamiento?, puede ser, pero uno que surge ante la necesidad de recuperar la dignidad y la gestión social del territorio, y no de buscar la custodia de una soberanía que reside en una clase social específica o en algún liderazgo particular.


Abdullah Öcalan en sus planteamientos sobre el confederalismo democrático describe a esta nueva forma de gobierno como un no-Estado, en el que la división entre lo administrativo y lo político debe ser explícita para de este modo generar instituciones democráticas. Por un lado, lo administrativo se encarga de la ejecución de aquellas acciones que son eminentemente técnicas, pero la toma de decisiones se lleva a cabo de manera deliberativa. Cherán está hermanada con Rojava; aún no lo saben, pero ambas comparten rasgos que las hacen las experiencias políticas más importantes de la década, y es que a diferencia de fenómenos como la Primavera árabe, las acampadas, Occupy, o cualquiera de las movilizaciones y reivindicaciones de la sociedad civil urbana, son solo estas dos experiencias las que permanecen y han construido una forma perdurable y funcional de gobierno alternativo; ambas como espacios de resistencia en contra de las amenazas a su existencia, en el caso de Rojava contra el Estado turco de Erdoğan y el Estado Islámico; en el caso de Cherán, contra el Estado de Calderón, de Peña Nieto y el narcotráfico.

Lo de Cherán es una revolución política, no económica; encuentras desde coca cola hasta comercios para jugar God of Wars, por lo que salta la pregunta: ¿hasta cuándo podrán resistir sin tener en mayor consideración el modelo económico en su conjunto? Porque si bien detuvieron a los talamontes, hay cerros que siguen siendo desmantelados para la extracción de arena; porque a pesar del discurso ecológico, sus ríos siguen siendo contaminados. Lo que se aprende en Cherán es que dentro del capitalismo todavía se pueden construir espacios de democracia, aunque cabría pensar si Cherán seguiría siendo un proyecto tan exitoso si fuera, de hecho, como muchos discursos, en especial de académicos ajenos a la población que ven el proyecto como la realización de sus propias aspiraciones sin aceptar que Cherán ni es autónomo ni rompe con las relaciones capitalistas, y, sobre todo, mantiene su relación institucional con los otros niveles de gobierno.

Ya en elcamino de regreso, a un compañero y a mí nos detuvo un hombre claramente ebrio. Nos invitó a pasar a su refaccionaria de llantas. Se presentó como un orgulloso priista y nos aseguró que nos revelaría la verdad detrás de Cherán. Afirma que el problema inició como una lucha de poder partidista, que después de veinte años de gobierno del PRD, el PRI por primera vez se había hecho con el municipio; esto no gustó nada a los miembros del Sol Azteca, por lo que decidieron tomar el Ayuntamiento a la fuerza. Menciona que el principal problema fue que la administración priista comenzó a cobrar el agua, algo impensable bajo los gobiernos del PRD, pero subraya que lo hicieron por la necesidad de fortalecer las finanzas municipales. Se quejó amargamente de que los medios solo hayan cubierto la opinión de los comuneros y menospreciado la visión de quienes fueron expulsados de la vida pública de la comunidad. En Cherán, el PRI es disidencia, y puede que sus argumentos de enojo e inconformidad, así como esa historia partidista que cuenta, tengan elementos de verdad, sin embargo, al ver la forma en la que vive la gente no puedo dejar de pensar que en Cherán hicieron lo correcto.

Para mí fue viajar a un espacio de política virtual, virtual no como antónimo de lo real ni sinónimo de digital, sino en el sentido deleuziano de lo posible, porque lo que ocurre en Cherán puede ocurrir en la inmensa mayoría de poblaciones de México. Su verdadera radicalidad e importancia se encuentra en lo que nos enseña: es una bifurcación posible para otras muchas comunidades, es un territorio futuro en el que los priistas no tienen de otra más que beber con amargura para recordar otros tiempos.

 


Fotos: Conrado Romo

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