¿Ciudadanos vs. clientes? El espacio público en la ciudad de México

En la discusión pública mexicana se ha favorecido a la figura de un "ciudadano moderno" en contraste con un "cliente" corrupto y premoderno. Una oposición evidente en los conflictos alrededor del espacio público en la ciudad de México.

| Clientelismo

CIUDADANOSCLIENTES

“En México no hay ciudadanos.” Este lamento circula con regular frecuencia en la esfera pública del país. Suele ir acompañado de la afirmación de que “allá” (en Europa, en Estados Unidos) sí los hay. “Allá” funciona como un referente no solo espacial, sino también temporal: un espacio-tiempo imaginado en donde todo es ordenado, los ciudadanos participan de la vida pública y cumplen la ley. Si bien, como señaló Fernando Escalante en Ciudadanos imaginarios,[1] la obsesión con la (falta de) ciudadanía en México no es cosa nueva, esta ha adquirido una nueva centralidad desde finales de la década de los setenta del siglo pasado, es decir, en el contexto del resurgimiento de un discurso público liberal que paulatinamente se ha convertido en sentido común. El ciudadano idealizado de este discurso se delinea en contraposición a otras formas de participación política, aparentemente obsoletas, como el clientelismo y el corporativismo legados por el régimen posrevolucionario y personificados principalmente por los llamados “informales”.[2] De este modo un “nosotros” ciudadano —liberal y orientado hacia el futuro— se delimita frente a unos “otros” supuestamente arcaicos y residuales.

La obsesión por la (ausencia de) ciudadanía se manifiesta en los más diversos ámbitos de la vida pública (y privada) de la ciudad de México. Se hace presente, por ejemplo, en los proyectos de renovación urbana que en la última década se han propuesto “rescatar” el espacio público, desde el Centro Histórico, hasta las plazas de Coyoacán, el Bosque de Chapultepec o las calles de diversas zonas. En el contexto de dichos proyectos, tanto urbanistas como funcionarios públicos, empresarios y ciudadanos ilustres suelen afirmar que los espacios emblemáticos de la ciudad deben ser recuperados del desorden, la ilegalidad, el deterioro, así como de las multitudes que los han “secuestrado” para su beneficio particular, sobre todo los vendedores ambulantes y los franeleros. Los promotores de estos proyectos participan de imaginarios globales de lo urbano como un lugar cosmopolita y ordenado, socialmente denso pero domesticado, habitado por ciudadanos que respetan la ley y hacen un uso adecuado del espacio público.[3] De este modo, reproducen la aparente distinción entre ciudadanos y clientes, es decir, entre “individuos responsables y participativos”, por un lado, y “mafias que encarnan al clientelismo político”, por el otro. Las multitudes urbanas callejeras son entonces vistas no solo como residuos del antiguo régimen, sino también como la antítesis del ciudadano —moderno, liberal, cosmopolita— que se presenta como el habitante ideal de la ciudad renovada.

En mi trabajo de investigación antropológica en la ciudad de México me he interesado en entender la “vida social” de la obsesión contemporánea con la (ausencia de) ciudadanía mediante el estudio de varios proyectos de renovación urbana. He explorado etnográficamente la manera en que dicha obsesión se hace presente en la vida cotidiana de los sujetos involucrados en el rescate del espacio público, desde los planificadores hasta los funcionarios gubernamentales y diversos grupos de vecinos. Me he enfocado especialmente en aquellos sujetos para quienes los discursos liberales de la ciudadanía resultan no solo significativos, sino que son constitutivos de sus subjetividades políticas. Al mismo tiempo, he analizado las tensiones —y los deslices— entre la aspiración ciudadana de estos sujetos y su propia inserción en realidades cotidianas y relaciones sociales —el clientelismo incluido— supuestamente antagónicas al ideal liberal de la ciudadanía.

Consideremos, por ejemplo, a un joven profesionista de 27 años que ha llegado a vivir al Centro Histórico de la ciudad de México. El contexto es un proyecto de revitalización urbana que ha buscado, entre otras cosas, reactivar el carácter habitacional de la zona mediante una nueva oferta de vivienda dirigida a las clases medias. Como parte de la revitalización y rescate del espacio público miles de comerciantes ambulantes han sido retirados de calles y banquetas, aunque algunos regresan ocasionalmente. El mencionado joven vive en un departamento estilo “loft”, localizado en un antiguo edificio remodelado en el corazón de la zona. Una tarde este joven regresa de su trabajo y se encuentra un puesto ambulante bloqueando la entrada de su edificio. Acto seguido, llama a la policía para denunciar al vendedor, convencido no solo de la ilegalidad de su presencia, sino también de la importancia de la denuncia ciudadana para acabar con el problema del ambulantaje. Sin embargo, en lugar de marcar al número oficial para realizar denuncias, el joven utiliza el número privado que le ha proporcionado, “para lo que se ofrezca”, algún comandante o burócrata policial, a quien conoce personalmente gracias a una persona influyente en la zona. Si bien en el momento mismo de la denuncia ciudadana el joven profesionista se desliza hacia la posición de “cliente”, es decir, utiliza sus influencias personales para conseguir el retiro del vendedor, seguirá afirmando su identidad como “ciudadano”, en contraste con el “informal”. A este último lo describirá como parte del nocivo corporativismo que aún impera en el Centro Histórico. Lo llamará “corrupto”, “ilegal”, “aprovechado” —todo lo opuesto a un verdadero ciudadano que, como él, sí paga impuestos, intenta hacer las cosas bien y contribuye a la transformación del espacio público. En otras palabras, el profesionista sostendrá la existencia de una distinción absoluta entre ciudadanos y clientes —una distinción que, al ser observada “a ras del suelo”, resulta porosa e inestable.

Esto no quiere decir que el discurso liberal de la ciudadanía no sea significativo para el joven arriba mencionado. Tampoco quiere decir que sus aspiraciones ciudadanas resulten vacuas. Lo que la anécdota revela es una tensión constante entre el imaginario de un “allá” poblado por ciudadanos —al cual el joven profesionista aspira pertenecer— y su anclaje en un “aquí y ahora” de negociaciones, influencias y una alarmante —aunque naturalizada— desigualdad. Asimismo, la anécdota sugiere que, al identificar la presencia de trabajadores callejeros con la ausencia de ciudadanía y de cumplimiento de la ley, tanto el joven habitante del Centro Histórico como los promotores de diversos proyectos de renovación urbana pasan por alto otras explicaciones del fenómeno de la “informalidad”. No hablan, por ejemplo, de la falta de empleos o de su precariedad, mucho menos se plantean la pregunta sobre las condiciones laborales de los trabajadores callejeros —en primer lugar, porque tal actividad no es considerada como un trabajo. Visto de esa manera, el problema del desorden y el deterioro del espacio público no se percibe como lo que, en el fondo, realmente es: un efecto de la desigualdad. En esa perspectiva, el único problema son los “informales” y, en específico, solo aquellos que ocupan las calles y banquetas de la ciudad —nótese que el discurso de “la ciudadanía vs. la informalidad” nunca menciona a los trabajadores domésticos y a las relaciones clientelares que se establecen entre estos y sus patrones.

Las llamadas transformaciones “neoliberales” de las últimas décadas en México han traído entonces no solo una proliferación de actividades callejeras (en el contexto de una precarización del empleo) sino también una renovada obsesión con la ciudadanía y la legalidad.[4] Si bien la distinción entre el ciudadano y el cliente es porosa e inestable, en efecto desplaza a otras explicaciones sobre el desorden y la “informalidad” en el espacio público urbano. Otro ejemplo de este desplazamiento lo encontramos en la renovación urbana de la zona Roma-Condesa —un área de clase media alta situada en la Delegación Cuauhtémoc del D.F.—y más específicamente en la introducción de un programa del Gobierno del Distrito Federal que consiste en instalar parquímetros para regular el estacionamiento de automóviles en la calle. Hace un par de años el anuncio de la próxima instalación de parquímetros en la zona Roma-Condesa detonó intensas y acaloradas movilizaciones vecinales a favor y en contra de los aparatos. Sin embargo, a pesar de sus diferencias, la mayoría de los vecinos estaban de acuerdo en la necesidad de retirar a los franeleros, quienes eran vistos como el principal problema del desorden urbano de la zona.

Detengámonos en un video, producido por algunos grupos vecinales que estaban a favor de los parquímetros, que circuló en redes sociales antes de una consulta ciudadana mediante la cual se votó la introducción o no del programa. Este video ilustra de manera elocuente la aspiración de ciertos grupos a un orden y una ciudadanía liberal en la Ciudad de México, así como los deslices y los límites de la misma. El video comienza con las imágenes de un franelero asistiendo a un automovilista a salir de un espacio de estacionamiento. El franelero detiene el tráfico de la calle mientras grita la conocida tonada de “viene, viene, viene, viene, quiébrese, quiébrese, quiébrese”. Se escucha el ruido de múltiples cláxones sonando al mismo tiempo. El franelero —que es un hombre gordo, moreno y de aspecto desaliñado— lleva puestos unos pantalones visiblemente pequeños, una playera rasgada de color naranja que deja ver una abultada barriga, una franela roja al hombro y una desgastada cachucha de beisbol. Acto seguido vemos a una mujer de mediana edad al volante de otro vehículo maniobrando para ocupar el recién liberado espacio de estacionamiento, el cual es bloqueado rápidamente por una cubeta deslizada por el franelero, quien se detiene enfrente del vehículo. “Chingada madre, ni que fuera tuya la calle”, grita exasperada la mujer. Mirándola con actitud desafiante el franelero le responde “mejor sígale circulando”. Inmediatamente después, el franelero se voltea hacia un automóvil negro, marca BMW, que está en espera de estacionarse: “Güero,” le grita el franelero al conductor del BMW, al tiempo que retira la cubeta de plástico: “aquí está tu lugar, véngase, véngase, véngase, véngase, eso”. El conductor entonces le desliza discretamente, como si no quisiera ser descubierto, un billete de 100 pesos al franelero. Corte a la siguiente escena.

Dos conductores ubican un espacio de estacionamiento disponible. Con música de western de fondo, se preparan para pelearse por él, como si fuera un duelo. Un joven rubio, con pelo largo recogido hacia atrás, barba y bigote de tres días, playera de rayas negra con gris y aspecto clasemediero, supera a su contrincante y gana el codiciado espacio, solo para ser inmediatamente recibido por el franelero, quien aparece de pronto, como de la nada, para decir: “Güero, te tienes que echar más para atrás”. El conductor obedece de mala gana y mientras sale del auto ocurre la siguiente conversación:

— Aquí va a estar bien cuidado, ¿eh? Van a ser nomas cuarenta varitos, mano.

—¿Cuarenta? ¡Si nomás voy a media cuadra!

—Pero pos es la cuota, mano. Aquí yo te lo cuido, no le hacen ningún rasguñito.

—¿Cuota de qué? Además vuelvo en diez minutos.

—Por cuidarlo, ¿o qué estoy pintado o qué?

El joven conductor saca algunas monedas de su bolsa y se las da al franelero. “¿Quince varitos? ¿No quieres que también te dé para la gas? ¡Ya! ¡Quédate con tu dinero!”, reacciona enojado el franelero. Preocupado por su auto, el joven se apresura hacia su destino y sale de inmediato para encontrar la calle en estado de caos total: autos estacionados por todas partes, incluyendo las banquetas y los cruces peatonales, múltiples franeleros pidiendo “40 varitos” a conductores exasperados e indefensos, un embotellamiento masivo, el insoportable ruido de los cláxones. En medio del desorden el joven descubre que su auto ha recibido un rayón a todo lo ancho de la puerta del conductor. Mientras observa angustiado la puerta, una mujer franelera murmura al pasar: “¿No pagaste mi güero, verdad? ¡Pinche codo!”

Beep, beep, beep. El sonido de una alarma despierta al joven. ¿Todo fue un sueño? Sale apresuradamente y encuentra una calle ordenada y silenciosa. Los pájaros cantan, los árboles están tupidos de hojas y los automóviles estacionados en orden. Muchos espacios de estacionamiento aparecen vacíos. Al caminar felizmente por la calle, el joven saluda cortésmente a sus vecinos. Su auto está estacionado en donde lo dejó, brillante y sin ningún rasguño. Finalmente, el joven llega a donde se encuentra un parquímetro. El miedo lo asalta cuando el franelero emerge de atrás del aparato. Pero ahora no es un franelero, sino un trabajador uniformado de la compañía de parquímetros quien, con la barba afeitada y el pelo bien peinado, lo saluda amablemente: “¡Hola! ¡Buenos días! ¡Que tenga un excelente día!” El joven sonríe y da un beso al parquímetro. Sigue una pantalla en negro y el mensaje: “Para una mejor ciudad. Vota si el 20 de febrero”.

A lo largo del video, el franelero aparece como la antítesis de la ciudadanía. Es una figura grosera, vulgar, clientelar y potencialmente violenta que genera caos y aterroriza a los buenos habitantes del vecindario, quienes aparecen indefensos frente a su poder. Pero la llegada de los parquímetros establece un nuevo orden —un espacio habitado por ciudadanos, el franelero incluido. En efecto, el video concluye con la fantasía de la incorporación de este último a la economía y al orden “formales”: la superación de la detestada informalidad. Sin embargo, esta fantasía revela una ansiedad que en los “ciudadanos” provoca no sólo la figura del franelero, sino también la realidad material a la que este pertenece: la falta de empleos bien remunerados y la pobreza y marginalidad en la que viven cientos de miles de habitantes de la ciudad. Esta fantasía no quiere darse cuenta de que la presencia del franelero en las calles de la ciudad depende de relaciones sociales, negociaciones cotidianas y desigualdades violentas que han sido naturalizadas y en las cuales participan también los “ciudadanos”. De este modo, la figura del franelero desestabiliza las aspiraciones de estos últimos de habitar un espacio cosmopolita—ese “allá” arriba mencionado— porque los ancla en una realidad de relaciones de clase y codependencias jerárquicas basadas en la desigualdad. En esa realidad, la distinción entre el “ciudadano” y el “cliente” se torna ilegible.


Notas

[1] Fernando Escalante Gonzalbo, Ciudadanos imaginarios: memorial de los afanes y desventuras de la virtud y apología del vicio triunfante en la República Mexicana. Tratado de moral pública (México: El Colegio de México, 1992).

[2] El término “clientelismo” hace referencia a una relación jerárquica y a un intercambio desigual entre el Estado (a través de actores nacionales, regionales o locales) y grupos sociales particulares. El primero otorga recursos y/o protección a cambio de la lealtad de los segundos. El término “corporativismo”, por su parte, hace referencia a la organización política del Estado posrevolucionario, según la cual la sociedad estaba dividida en “sectores” (campesino, obrero, popular) vinculados al régimen. En la esfera pública de la Ciudad de México ambos términos suelen ser utilizados de manera intercambiable e imprecisa para hacer referencia a la corrupción y a formas de organización política supuestamente incompatibles con la democracia. Para un análisis del clientelismo y el corporativismo en la Ciudad de México ver: Emilio Duhau y Angela Giglia, Las reglas del desorden. Habitar la metrópoli (México: Siglo XXI, 2008).

[3] Alejandra Leal Martínez, “Deseo de ciudad, espacio público y fronteras sociales en el Centro Histórico de la Ciudad de México”, Cuaderno del Seminario Permanente del Centro Histórico de la Ciudad de México, 2012, 251-64.

[4] Ambas transformaciones, como han señalado Jean y John Comaroff, son en realidad parte de un mismo proceso. Ver: Jean Comaroff y John Comaroff, “Law and Disorder in the Postcolony: An Introduction”, en Law and Disorder in the Postcolony (Chicago: The University of Chicago Press, 2006), 1-56.

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