¿Cómo hacer del amor una práctica revolucionaria?

El amor puede ser una fuerza revolucionaria para cambiar las normas, promover prácticas feministas y rechazar el capitalismo.

| Emociones

La historia de amor monogámica y romántica es la más fatigosa antinomia de amor.

Esta historia te dice que el amor verdadero está fuera de tu control y que llega cuando menos lo esperas. Es el amor a primera vista. Eres, de repente, golpeado por una fantástica fuerza que susurra: “¡esto es genial!”

Pero la magia no es lo único que permitirá que esta unión permanezca: también tienes que trabajarla. Necesitas hacer compromisos, como renunciar a deseos egoístas y sexuales. Solo entonces el amor puede madurar a través de las etapas progresivas de compartir una casa, casarse y, finalmente, la perfecta fusión de dos individuos: un hijo.

Este mito todavía tiene fuerza en las actuales sociedades neoliberales de occidente. Su principal mensaje es que el amor es mágico y apolítico.

Sin embargo, viendo las cosas de cerca, es obvio que este tipo de amor actualmente sirve para mantener las estructuras hetero y cisnormativas, patriarcales, capitalistas y jerárquicas de la sociedad.

Pero el amor puede ser una fuerza revolucionaria para cambiar las normas, promover prácticas feministas y rechazar el capitalismo.


El amor como un desafío a las normas

En occidente, el lugar común dicta que el “amor libre” y “casarse por amor” son ideas extremadamente opuestas. Pero cuando uno empieza a examinar en las relaciones la clase, el privilegio, el género y las identidades sexuales, estas parecen remarcablemente como “matrimonios pactados”.

Examínate: escribe el género, la raza, la clase, el origen social, político, educacional y geográfico de todas las personas por las que has sentido atracción. ¿Ves algún patrón?

Si solamente te atraen las personas competentes, “mentalmente correctas”, exitosas (según los estándares de la sociedad), cisgénero, normativamente “bonitas”, delgadas y de clases privilegiadas, entonces, implícitamente, estás defendiendo un sistema de privilegios –un grupo de estándares que son una construcción social. Esto significa que no puedes declarar a la ligera que tus gustos amorosos y sexuales son exclusivamente una preferencia personal. No puedes salirte con un “no es mi tipo”, al menos que tu no-tipo sea un hombre cis-blanco-hetero (de cualquier manera, ya reciben demasiada admiración en nuestra sociedad).

En vez de aceptar pasivamente nuestros gustos, deberíamos resistir estas normas al cuestionarnos activamente quién o qué encontramos no-atractivo y no-interesante, y por qué. Este horizonte se puede abrir gracias al arte, la cultura y la pornografía, pero también, por supuesto, al variar el grupo de personas con el que interactuamos y la conformación de las comunidades a las que pertenecemos.

Si bien ninguno de nosotros, por supuesto, quiere ser un filántropo o un curioso de tiempo completo, hay que aceptar e internalizar que todo mundo merece poder desear y rechazar, poder ser deseado y ser rechazado. Necesitamos hacer posible que todos los cuerpos, aspectos y estilos e identidades sean representados y entendidos como sujetos amables, deseables y sexualmente atrayentes. Pero también como sujetos chistosos, complejos, desagradables y raros.

Como Jamie Herckert argumenta, el amor puede funcionar como una fuerza radical para el cambio social si conecta a personas de diferentes grupos, identidades y clases sociales. Aún nos falta discutir más ampliamente qué significa, en verdad, amar y ser atraídos por personas a través de toda la pirámide social.

Esto debería de incluir enfoques complejos que también permitan la agencia de grupos marginados. En vez de abolir las relaciones desiguales, necesitamos repensar cómo evitar que la distribución desigual de poder de la sociedad se cuele en nuestras relaciones. Esto aplica para relaciones entre cishombres y cismujeres, personas de color y personas blancas, así como entre todas las intersecciones de género, sexualidad y raza.


El amor como práctica feminista

En lugar de ver al amor como una cosa mística que sucede de repente, deberíamos seguir la idea que desarrolla bell hooks en su libro Todo sobre el amor y empezar a ver el amor como un verbo. El amor es una práctica que hacemos, y que hemos sido socializados a hacer de diferentes maneras en función del género.

hooks menciona que las sociedades capitalistas patriarcales promueven un tipo de amor dominante, competitivo y un tipo de relación posesiva. Con la historia en las espaldas, los hombres son, por supuesto, los mejores en practicar el amor de esta manera; pero hooks desarticula la noción de que la manipulación y la voluntad de dominar están estrictamente interrelacionados con la masculinidad y las dinámicas heterosexuales.

Estas ideas están relacionadas con vertientes más individualistas de relaciones, como las relaciones anárquicas y el poliamor, en las que sentimientos como los celos y la inseguridad se miran como defectos que los individuos deben enfrentar privadamente.

En cambio, deberíamos promover activamente prácticas amorosas más feministas, como entender y escuchar a los otros. Esto aplica para la práctica y la experiencia de “enamorarse” como para el proceso de continuar dando y recibiendo amor.

El experimento sociológico de las 36 preguntas para enamorar encapsula parte de este proceso. Este sugiere que enamorarse es sobre crear una oportunidad para que los implicados realmente se vean y se conozcan.

Seguir amando y seguir siendo amado de una manera feminista se trata, entonces, sobre sostener este intenso sentimiento de saberse comprendido, visto y reconocido. No se trata simplemente de “trabajar la relación”, al condimentarla con el uso de nuevos juguetes sexuales o escalar niveles en la “silla eléctrica de las relaciones”. Más que “trabajo”, se necesita creatividad. Es amar para ayudar al otro a ser y crecer, en vez de controlar al otro, adaptarlo a tu modelo de perfección. Esto requiere que todos aprendamos a hacer la tarea emocional de ver, en verdad, a los otros y aprender a revelar nuestras vulnerabilidades.

Para practicar el amor de esta manera, empero, es importante evitar tratar al amor como un verbo esencialista, que es la versión que hooks parece sugerir. Una práctica absoluta del amor podría transformarse fácilmente en el intento de “arreglar” y “liberar” a las personas, y esto es particularmente peligroso para las personas más vulnerables, como los queers, los trabajadores sexuales y las personas con problemas de salud mental.

Una práctica feminista del amor, en cambio, debe ser un proceso sin fin, más que un set definido de actividades o una perspectiva orientada a una meta. Esto requiere una compleja labor emocional que contemple que los problemas de salud mental, las inseguridades y las vulnerabilidades están distribuidas diferentemente alrededor del espectro de privilegios (incluyendo el género y otras identidades). Esto quiere decir que algunas personas necesitan más ayuda que otras, y que todos necesitamos tomar más responsabilidad de esto –particularmente aquellos de los grupos privilegiados.

En un mundo capitalista de competencia, dominación e individualismo, practicar el amor de esta manera es una forma de resistencia feminista. Se trata de crear un mundo donde el amor –en la forma que cada persona lo necesite– sea accesible para todos, y no un recurso escaso que solo los más privilegiados puedan adquirir.


El amor como rechazo al capitalismo

Lo que conserva las normas del capitalismo heteronormativo y blanco y las relaciones de poder no es solo la práctica y la distribución del amor, sino también la idea de cómo se obtiene y mantiene.

La institucionalización del amor en la sociedad a través de, por ejemplo, los contratos de matrimonio, refleja nuestras nociones normalizadas del deseo, un tipo único de naturaleza humana y el imaginario político del contrato capitalista. Como Laura Kipnis argumenta en el polémico ensayo Contra el amor, el amor puede ser fácilmente comparado con otros fenómenos que alteran la mente, como las drogas y el sexo, que nos permiten imaginar otras formas de ser y estar en el mundo. Burlándose de nuestras preocupaciones sobre las sustancias, escribe:

¿Qué importa si obstaculizan la productividad? Para hacerlas escasear, las cubrimos de prohibiciones, que refuerzan su peligro, junto con la justificación de los controles sociales. Claramente el amor está sujeto a tantas regulaciones como cualquier sustancia que induzca placer.

La ideología del capitalismo y la ética del trabajo nos dicen que los deseos humanos necesitan ser disciplinados a través de leyes, la rutina y el trabajo, y que el placer se tiene que ganar. Que necesitamos que estas estructuras nos protejan de nosotros mismos y de la incivilidad para asegurar que aprovechemos el lado bueno de la naturaleza humana.

Existen millones de reglas similares sobre cómo asegurar el amor. El contrato del matrimonio es un caso extremo de esto. La mayoría de estas reglas articulan que uno debe ser obediente y debe suprimir la inmadurez y los deseos egoístas, y que debe “trabajar” en la relación. Todo se trata de certidumbre, trayectorias claras que progresen y de ser una buena persona, alguien maduro. Esto, cómo decirlo, suena horriblemente parecido a la idea de ser un buen individuo patriótico en una sociedad neoliberal y capitalista.

Al rechazar las nociones tradicionalistas del amor –y sus reglas–, podemos ser mejores renegados sociales que los adúlteros de Jipnis, y luchar contra el dominio del capitalismo, el contrato social nacional y la ética laboral. A través de actitudes queer y relaciones no-monogámicas podemos desafiar la idea de que el amor tiene que ser un recurso escaso que puede ser puesto en trayectorias puras o cajas de categorías como “familiar”, “platónico”, “sexual” o “romántico”. En vez, el amor queer, indefinido y el deseo siempre cambiante pueden ayudar a destruir los rígidos bordes del género, las identidades nacionales y las relaciones.

Merecemos una sociedad que decida explorar más tanto la idea del amor “casual” como el amor sostenido que la idea del trabajo. No es una coincidencia que muchos de nosotros encontremos difícil enamorarnos, y, cuando lo hacemos, suele ser en lugares o tiempos en los que nos sentimos más relajados (en días festivos o en festivales, por ejemplo), cuando tenemos una agenda menos rígida y menos responsabilidades (en la escuela o la universidad), y cuando hemos consumido algún tipo de sustancia.

Deberíamos luchar por una sociedad en la que nos importe que las relaciones –y las diferentes conexiones que crean– prosperen, crezcan, pero que también fluctúen. En vez de ver la monogamia y al poliamor como términos opuestos, podemos borrar los límites imaginarios entre los individuos, las parejas y las familias, hasta que el amor no pueda ser entendido de una manera específica, que nos exija asignar recursos sociales y privilegios basándonos en el estatus de la relación.

Por lo anterior, el rechazar las nociones estandarizadas y tradicionales de amor va de la mano con el rechazo al capitalismo. Es una proclamación de que podemos vivir y ser de otra manera. Esta es una visión del amor que puede destruir y reimaginar los límites de lo que previamente creíamos que era posible.

Empecemos a buscar amor por el potencial revolucionario que tiene.


Este artículo fue publicado originalmente en openDemocracy.

Traducción del inglés: Jorge Cano.

Foto: cortesía de r2hox.

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