¿Cómo narrar la guerra?

Una conversación con Alfonso Armada, autor Sarajevo: diarios de la guerra de bosnia (Malpaso, 2015), sobre su obra, la escritura y los conflictos armados y el presente de la crónica.

| Periodismo

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“Primer requisito de una obra maestra: pasar inadvertida.”[1] Si se acepta el dictum del Chileno Universal, An Afghanistan picture show, or how I saved the world (1992), primer libro de crónicas de William T. Vollmann, es una obra maestra. El libro (que no gozó la misma atención crítica que las ficciones que lo preceden) se nutre de bibliografía especializada, citas del Corán, mapas, entrevistas en el terreno, collages, una cronología (1734-1989), el sello sobre una cartilla de racionamiento, la foto de un médico desaparecido, fragmentos de un poema épico y dibujos del autor (un bolígrafo pistola, refugiados, un herido de bala, niños, muyahidines). A pesar de la admiración que despierta su composición sofisticada, debe más su distinción en el panorama de la crónica posmoderna a la moral nítida de su eje: el reconocimiento que hace Vollmann de su fracaso para ayudar a insurgentes y desplazados.

El comunismo había muerto, el Nuevo Periodismo había muerto (Tom Wolfe escribía novelas y sus epígonos extinguían la pirotecnia de su influencia), pero los talibanes estaban vivos, y en el horizonte canónico despuntaba el globo aerostático en el que Nelly Bly había dado la vuelta al mundo, para después contarlo sin maquillar la ingenuidad americana de sus opiniones; también era visible el joven Stephen Crane, indemne de su naufragio, de la sordidez del Bowery y la hemorragia pulmonar que acabó con su vida; y encima de ellos, como espíritu salvador de la trinidad, el vitalista Jack London, que entendió que un relato de la pobreza londinense (The people of the abyss, 1903) no podía narrarse al margen de los temblores morales que suscitaban en él. Desde la última década del siglo pasado, esta triada se convirtió en una influencia secreta (o indirecta) de los cronistas.

Alfonso Armada no ha leído An Afghanistan picture show,[2] pero no le ha hecho falta para saber que la narración de un conflicto bélico resulta debilitada sin la conciencia del autor. En su último libro, Sarajevo: diarios de la guerra de bosnia (Malpaso, 2015), Armada recopila los reportajes que escribió como corresponsal de El País en Bosnia, y entre ellos aparecen las entradas de su diario del periodo. Esta intersección de dos formas de escritura en principio antitéticas (el periodismo es escritura pública y el cuaderno privada), se erige como una reflexión profunda sobre la guerra y sus efectos éticos y escriturales.

El entusiasmo de la lectura me movió a enviarle a Armada este cuestionario; sus respuestas, amplias y por encima de mis expectativas, atienden temas de actualidad crucial para los lectores y escritores de crónica.


1. [VS] Desde el primero de los cuadernos que componen Sarajevo aparece uno de los temas fundamentales del libro: ¿cómo escribir? Una pregunta central que desarrolla variantes: ¿cómo escribir la guerra?, ¿cómo escribir después de esa experiencia?, ¿cómo escribir desde ese escenario? Este eje me resulta especialmente interesante porque, me parece, encuentra respuesta en la estructura misma del libro. Me gustaría que me contaras sobre el proceso de organización de tus diarios y las crónicas que se intercalan.

[AA] Me cogió por sorpresa la propuesta del redactor jefe de Internacional del diario El País cuando en 1992, al regreso de un larguísimo viaje de casi cuarenta días por Estados Unidos (de vacaciones, aunque aproveché para entrevistar a Henry Roth y a Richard Ford), me dijo si quería ir a Sarajevo. Sentí una especie de vértigo, de miedo a morir. Pero me pudo la curiosidad. Quería saber cómo era una guerra, y averiguar si podría manejar mi propio miedo, y si era capaz de contarla. Esas dudas afloran en los diarios íntimos, no en las crónicas que enviaba al periódico.

Al combinar las dos escrituras y plasmarlas en las páginas de Sarajevo, el lector puede apreciar la doble mirada: el que observa la realidad, el que experimenta, el que cuenta, es el mismo. Pero cuando escribes para el periódico una crónica de guerra tienes que desaparecer. Al menos era lo que se esperaba de ti en un diario con un libro de estilo estricto como el que se usaba, e imagino que se sigue usando, en El País.

La primera persona era un elemento distorsionador. Con el paso del tiempo mis ideas al respecto han cambiado. Cierto que en el libro hay una excepción, que además se publicó como reportaje en las páginas de Internacional de El País en dos entregas: el incidente del robo del coche a punta de fusil en Vitez pensé que podría servir para explicar cómo era la vida en un enclave croata en medio de Bosnia, y cómo trabajábamos los periodistas. Creo que hay ocasiones que justifican, e incluso exigen, la primera persona. Pero no se puede abusar de la figura, sobre todo si es para potenciar el narcisismo. Siempre escribes desde tu sensibilidad, tu estilo, tu experiencia, pero tienes que evitar que el filtro se interponga, que la ideología corrija lo que ves, omita lo que te incomoda. No siempre es fácil.

Comparto con Arcadi Espada la idea de que la objetividad es ser fiel a los hechos al margen de las propias opiniones. Todos esos criterios no son aplicables al diario íntimo. Ahí si puedes dar rienda suelta a tus sentimientos, y cuestionarte lo que haces, cómo lo haces, y desnudarte emocional y políticamente. No he retocado los diarios (salvo algún detalle sintáctico y alguna referencia geográfica, erratas y errores), porque trataba de reflejar lo que fueron aquellos días sin actualizaciones. Lo que yo era entonces, y lo que vi y sentí.

Este libro, aunque está formado con crónicas y páginas de diario, se escribió entre 1992 y 1993. Pero no se ha publicado hasta 2015. Antes se publicaron los Cuadernos africanos, que van de 1994 a 1998, pero aparecieron en 1999 y con una estructura semejante: crónicas enviadas al periódico intercaladas con páginas de mis diarios íntimos. Me pareció que esa doble mirada funcionaba. Por eso repetí la estructura en Sarajevo. La organización es cronológica, porque lo pide la propia naturaleza de las crónicas y las páginas de un diario, con sus entradas cotidianas, como un dietario para no olvidar.

2. Por momentos Sarajevo me recordó otros libros de crónica en que la reflexión en torno a la escritura y la misión ética del reportero es tan importante. Específicamente An Afghanistan picture show (1992) de William T. Vollmann, un escritor norteamericano de tu generación que comparte contigo que el periodismo es solo una de las caras más visibles de una obra que tiene otros cauces. ¿Qué opinión te merece la situación actual de la crónica y qué líneas te resultan más afines?

Conozco a Vollmann, pero no le he leído todo lo que debiera. En un viaje a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos, en una librería de Marfa, Texas, encontré y compré el estuche con los siete tomos (algunos son en realidad tomazos) del macroensayo de Vollmann sobre la violencia: Rising up and rising down, que empieza con tres meditaciones sobre la muerte. Todavía figura entre mis muchas lecturas pendientes. Como la que dicen que es su mejor novela, Europa Central.

Creo que la crónica está mucho más viva en América Latina que en España, y desde luego para mí son constante fuente de inspiración revistas como El Faro, El Malpensante o Etiqueta negra, y periodistas como Leila Guerriero, los reporteros de El Faro (como Óscar Martínez y su libro Los migrantes que no importan), Alberto Salcedo Ramos o Sergio González Rodríguez. Y la francesa XXI, un ejemplo a imitar.

En España empieza a haber una nueva generación de cronistas impecables, cada vez más exigentes y brillantes, como Ander Izagirre, Íñigo Domínguez, Mònica Bernabé o Nacho Carretero. Los periódicos se están quedando demasiado flacos. Por eso ellos lucen mucho más en los libros, donde el reportaje de largo aliento respira mucho mejor, y en algunas revistas, pero más fuera de España.

The New Yorker y The New York Times (compro siempre que puedo la edición de fin de semana del International New York Times) y The New York Review of Books me parecen ejemplares, sobre todo el primero. Esa escuela, que es la de por ejemplo Jon Lee Anderson, en la que se cuidan con tanto esmero los hechos, y se trata de que la historia llegue de la forma más nítida el lector, evitando que el estilo sea demasiado florido e interfiera, me atrae sobremanera. Pero disfruto con el juego de planos y miradas, el montaje, de Leila Guerriero, o la riqueza deslumbrante de un tipo como Salcedo Ramos.

3. En el libro aparecen Susan Sontag y Juan Goytisolo, intelectuales sobresalientes en cuanto a su interés por el sitio de Sarajevo durante la crisis. De manera más reciente ha adquirido mayor relevancia un sector crítico de la interpretación del conflicto. Me refiero sobre todo al documental The weight of chains (2010) de Boris Malagurski y al posicionamiento y militancia del escritor ruso Eduard Limónov, revalorados a partir de la biografía que le hizo Emmanuel Carrère (Limónov, 2011). ¿Cuál sería tu valoración actual de las guerras balcánicas?

Fueron una catástrofe de la que en algunos casos (como Bosnia) no han conseguido levantarse, y con heridas muy hondas que están muy lejos de haberse curado. Uno de los libros más tristes y hermosos que he leído sobre la posguerra lo ha escrito el reportero Wojciech L. Tochman, de la escuela polaca de reporterismo: Como si masticaras piedras. Sobreviviendo al pasado en Bosnia, en el que acompaña a una antropóloga forense que reconstruye a través de huesos biografías, identidades que habían querido borrar del mapa.

Lo paradójico es que la mayoría de las antiguas repúblicas que formaban Yugoslavia quieren ahora ingresar en la Unión Europea, como ya han hecho Eslovenia y Croacia. Lo mismo que pretende Cataluña (o una parte desquiciada de Cataluña): separarse de España para ingresar después en la Unión Europea. No aprendemos. No estudiamos la historia. Pensamos que esta democracia y esta paz que ahora disfrutamos son para siempre, sólidas, y no lo son en absoluto.

4. Por último me gustaría conocer tu perspectiva del futuro de los medios digitales a partir de tu experiencia como editor y director de FronteraD.

Si el cristal para juzgar le futuro de los medios es el de FronteraD mal vamos. En noviembre cumpliremos siete años en la red. Estamos estancados en unos 70.000 supuestos lectores mensuales. Sigue siendo deficitaria. Con lo poco que ganamos con la poca publicidad que tenemos, y con los libros (que ha sido nuestra mejor aventura, sobre todo la colección de filosofía de Maite Larrauri y Max), apenas cubrimos los costes de editar nuevos libros, el salario simbólico del webmaster, el servidor y la gestoría. Seguimos basándonos en la autoexplotación y el entusiasmo, dos vetas que no son inagotables.

Intentamos hacer buen periodismo con mimbres muy precarios. Hemos sacado historias extraordinarias, gracias a la generosidad de nuestros colaboradores. Ya son más de mil. Y mantenemos vivos una cuarentena de blogs. No tenemos agenda ni cubrimos la actualidad, porque nos aburre, y a menudo parece darse de bruces con la realidad. Pero nos gustaría poder algún día enviar a un reportero y a un fotógrafo a contar una buena historia con tiempo y recursos por delante, e implantar un verdadero departamento de verificación de datos. Porque seguimos pensando que el periodismo es no solo necesario, sino una de las mejores formas de estar en el mundo.

(Foto: cortesía de Josh Blair.)


Notas

[1] Roberto Bolaño, “Ocho segundos con Nicanor Parra”, Página 12, 4 de diciembre de 2011.

[2] Pero, como cuenta en la entrevista que sigue, posee los siete tomos de Rising up and rising down: some toughts on violence, freedom and urgent means (2003), Santo Grial de la biblioteca de cualquier vollmaniano.

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