Con Piglia en la distancia

El viernes 6 de enero falleció el escritor Ricardo Piglia, un clásico del idioma. Aquí un obituario a quien hizo del lenguaje su propia utopía.

| Literatura

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Como soy mexicano no tuve educación formal, y hasta 2004 que entré al doctorado en la Autónoma de Madrid conocí la academia. El segundo semestre me inscribí al curso “Cuento hispanoamericano contemporáneo” que dictaba Eduardo Becerra. A diferencia de mis compañeros, ya había leído Líneas aéreas (1997), la antología de Becerra que reunía a narradores hispanoamericanos nacidos a partir de 1960, y eso me hacía imaginar una especie de ventaja o distinción. En febrero Becerra anunció que Ricardo Piglia nos daría un curso de una semana y escuché un suspiro admirativo generalizado en el que yo había sido el único en no participar. No me hizo del todo humilde, pero escuchar a mis compañeros elogiar a un autor que yo no había leído y en el que ellos veían al experimentalista más riguroso de nuestra lengua reavivó el autoexamen de mis carencias.

El domingo previo al curso de Piglia fui a FNAC y compré Prisión perpetua en la edición de Lengua de Trapo, y comencé a leerlo en el RENFE y lo terminé en mi dormitorio. Recuerdo el silencio absoluto de la residencia universitaria cundo releí “La loca y el relato del crimen”. No tengo el cuento a mano, pero conozco el argumento: Emilio Renzi va a la procuraduría a cubrir el caso de un asesinato. El acusado niega los cargos y la única testigo es una loca que varía un discurso incomprensible. Renzi graba la declaración de la loca y cuando vuelve al periódico hace un análisis lingüístico que confirma la inocencia del acusado y arroja otro culpable. Se lo dice a su jefe y este le dice que se abstenga de publicar sus descubrimientos y apoye la hipótesis de la policía. Renzi contempla renunciar al periódico o entregarle al juez su investigación, y al final empieza a escribir “La loca y el relato del crimen”.

Más que la reflexión moral o la estructura, el cuento me impresionó por la hipótesis de un análisis lingüístico para develar enigmas. En esa época comenzaba a creer que la destrucción del yo escritural era el único modo de hacer literatura y que mi deber era detectarme y borrarme. Por eso me obsesioné con una frase que decía Renzi: “Lo que no entra en ese orden, lo que no se puede clasificar, lo que sobra, el desperdicio, es lo nuevo”. La repetí tanto que mi amigo Bernardo también la citaba constantemente. Un método lingüístico de ficción convertido en credo literario. Y al poco en frase multiusos en nuestras caminatas de madrugada por la Gran Vía que oscilaban entre las noticias de la mecánica cuántica y la metafísica. “Lo que sobra, el desperdicio, es lo nuevo”.


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En el taller Piglia habló de la ironía permanente de Borges, de los mecanismos narrativos de Arlt, del destino de la crítica literaria, de la vida académica en Estados Unidos. Y el tercer día, no recuerdo el contexto, Piglia contó que no entendía a su esposa cuando le contaba sus sueños. Y que cuando lo hacía esperaba, por lo menos, aparecer en el sueño; pues el relato de un sueño sólo le interesa a quien lo cuenta.

Levanté la mano y Piglia me dio la palabra. Le dije que en eso coincidía con Steve Ratliff, el protagonista de “Prisión perpetua”, y le pregunté si encontraba otros puntos biográficos de encuentro con el personaje. Piglia respondió que me equivocaba, pues había escrito “Prisión perpetua” pensando en Gombrowicz. Le dije que estaba seguro y Piglia me dijo que era imposible y preguntó si alguien tenía el libro a la mano. Como mis compañeros y profesores no se movieron, continuó la sesión del taller.

A la cuarta y penúltima sesión llevé mi ejemplar de Prisión perpetua con la frase en cuestión subrayada. Llegué temprano y solo estaban Piglia junto al escritorio que coronaba los mesabancos acomodados en U y dos de mis compañeras en silencio leyendo libros de Piglia. Me acerqué con el libro abierto y le dije a Piglia que yo tenía razón. Piglia se rió, agarró el libro y se acomodó los lentes para leer. Regresó una página para verificar la sección donde se encontraba la frase y luego metió la mano en su maletín de piel y sacó una pluma fuente y firmó el libro junto a mi subrayado. “Para Víctor, por fijarse en estas cosas”, escribió, o algo parecido.


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Los detractores de Piglia han tenido el tino de señalar que los entramados perfectos de sus ficciones podrían estar más vivos o mejor decorados, que es como pedirle a Walt Whitman que siga escribiendo, pero con mesura y en alejandrinos. Desde el inmediatismo procaz y el realismo ingenuo a là alt lit, las obsesiones formales de Piglia se traducen en distancia lectora y falta de estilo. Y eso, la distancia desde la que Piglia escribió cuentos perfectos y novelas sobresalientes, es el corazón de su legado. Si se está con Piglia (y se debe estar con Piglia), es en La Distancia. Piglia tenía clarísimo que es mejor pecar de robot, dejar que el estilo sea accidental, y que no hay gloria en el exhibicionismo de los cursis. Algo que dice a gritos su último proyecto: la edición de sus diarios.

Frente a Fogwill y Aira, Piglia representa el sentido común. La canonización que hizo de Arlt es el gesto más canónico y borgeano imaginable. Lo que da pie al segundo reproche: Piglia parecía conocer demasiado bien cuál era el lugar de su obra en el mapa literario argentino. Una acusación extraña que privilegia la mirada del testigo sobre el sujeto. Sin embargo, no fue lo único que comprendió, sino que entendió bien y explicó mejor los entresijos del arte narrativo. Por eso Formas breves es la mejor puerta de entrada a su obra. Sospecho que fue un hombre feliz, porque comprender la semántica de su biblioteca es la aspiración más elevada de cualquier escritor.

Primera tesis: todo escritor de verdad (de Marcel Proust a William S. Burroughs, de Franzen a Vollmann) es un gran filólogo (profesional o amateur).

(Foto: cortesía de Casa de América.)

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