Contra el tiempo, de Luciano Concheiro

| Teoría


Luciano Concheiro, Contra el tiempo,

Barcelona, Anagrama, 2016, 176 pp.


Empezar destacando que este ensayo fue escrito por un joven veinteañero o que es la obra de un “niño genio”, como se ha hecho en varios artículos periodísticos, sería no tomar en serio al autor ni a su obra. Peor aún, sería hacerle un daño a quien lo escribió. Las adulaciones arruinan a las mal llamadas jóvenes promesas, que pueden así dormirse en sus laureles, tornarse incapaces de superar un primer éxito y convertirse en tristes realidades. En todo caso, hay que pedirles que trabajen más y cada vez mejor.

Más pertinente sería empezar por apuntar que después de leer Contra el tiempo, Filosofía práctica del instante (Anagrama 2016) uno tiene la impresión de que Luciano Concheiro no es necesariamente “lo mejor de su generación”, como a algunos les gusta decir sobre los jóvenes que admiran, sino un caso excepcional, sin duda notable, dentro de su propia generación. Un antimillenial por definición que ha sido capaz de definir, como ninguno de sus coterráneos contemporáneos, la frivolidad (y a veces la estupidez) de nuestra era.

Frivolidad que es resultado, en los ojos de Concheiro, de la aceleración perpetua en que vivimos. La misma frivolidad que nos lleva a celebrar con euforia cualquier innovación tecnológica, sin importar la relación humana que establecemos con ella y sus consecuencias; a vivir en el universo paralelo de las redes sociales y a suscribir de forma acrítica sus ventajas, sin vislumbrar sus riesgos o contradicciones; a pensar cada vez con menos profundidad; a llenarnos de mucha información y poco análisis; a saltar de un tema a otro sin llegar jamás a tesis alguna; a actuar con ligereza y poco raciocinio y a adorar la novedad por la novedad misma.

Concheiro es claro desde sus primeras líneas: “Si me viera obligado a subrayar un rasgo que describiera la época actual en su totalidad, no lo dudaría un segundo: elegiría la aceleración”. A partir de ahí el autor construye una crítica demoledora –y por momentos desmoralizante– del mundo que nos tocó vivir; crítica que parte de la lógica del capitalismo moderno, caracterizado por una búsqueda permanente de incrementar lucros a una velocidad cada vez mayor.

La obra no pretende ser un tratado filosófico. El autor está consciente –y lo afirma no sin un dejo de ironía– que los largos libros teóricos han caducado: nadie tiene el tiempo y la atención para consumirlos. Por eso escribe un libro que él mismo define como “acelerado”, cuyo estilo argumentativo está pensado para las mentes de hoy, abrumadas por la modernidad. A través de un texto de fácil lectura, escrito en pequeños fragmentos que van casi siempre al punto, sin digresiones innecesarias, y que pueden ser leídos “entre la llegada de un correo electrónico o un mensaje y el siguiente”.

El argumento de Concheiro se construye en torno a la idea de que la lógica capitalista, caracterizada por la obsesión permanente de aumentar ganancias de forma cada vez más veloz, está en la raíz de nuestra vertiginosa manera de vivir. La prioridad hoy ya no es simplemente que los individuos compren mucho, sino que lo hagan a una velocidad cada vez mayor. Esa lógica ha terminado por impactarlo todo: la política, la diplomacia, los medios de comunicación, los avances tecnológicos, el arte, la cultura y nuestras vidas personales.

Hoy no se produce para que los objetos duren, sino para que caduquen pronto y puedan ser desechados con prontitud. Esa “cultura del descarte” tan criticada por líderes excepcionales de nuestro tiempo, como el expresidente Mújica o el Papa Francisco. El dinero sirve para adquirir mercancías, que sirven a su vez para obtener más dinero a un ritmo cada vez más rápido. La imagen que mejor explica la forma en que experimentamos el tiempo moderno es una de esas ruedas donde se entretienen los roedores. Una que gira a gran velocidad, pero no se desplaza, y donde se corre cada vez más deprisa para correr todavía más deprisa.

En ese tiempo acelerado se nos va la vida, alejándonos de la posibilidad de disfrutar el instante, de realmente vivir en tiempo presente. La transición del capitalismo industrial al capitalismo financiero –en donde la producción de bienes se ha separado de lo físico– no ha hecho sino aumentar radicalmente esa velocidad. Los ejemplos del libro son ilustrativos: hemos creado supercomputadoras donde un movimiento financiero puede hacerse apenas en treinta milisegundos y el high-frequency trading logra llevar a cabo billones de operaciones en un solo segundo. Solo quienes logran adaptarse a esta realidad pueden sobrevivir en este “turbocapitalismo”, necesitado como nunca antes de la velocidad para mantener los ritmos de crecimiento y las exigencias de ganancia cada vez mayores.

Pero nuestro gran drama –y en esto no puedo estar más de acuerdo con Concheiro– es que en este mundo que nos tocó vivir nada logra escapar de esta lógica. Ni la economía, ni la política, ni las relaciones interpersonales –e incluso siquiera nuestro propio pensamiento cada vez menos pensado– logran sustraerse al vértigo de la velocidad; un ritmo que ha terminado por perdernos en una permanente fuga hacia delante, en un constante movimiento cuya dirección y sentido desconocemos nosotros mismos.

En el mundo de la política la lógica de la aceleración ha terminado por imponer un cortoplacismo caracterizado por la preferencia ante lo inmediato. El futuro ha dejado de importar. Predominan las soluciones improvisadas, sin perspectiva de futuro ni planes generalizantes. El objetivo es ganar las siguientes elecciones a partir de soluciones que puedan ser rápidamente visibles por el electorado. Las apuestas políticas de hoy han dejado de considerar el largo plazo porque los objetivos políticos se restringen a lo que permite dar respuesta a las necesidades más inmediatas de los votantes, sin importar los bandazos que puedan darse de un lado a otro del espectro ideológico.

Pero la lógica cortoplacista no sólo ha afectado a los partidos políticos –centrados especialmente en atraer al votante medio–, sino también a los movimientos sociales, cuyas acciones se limitan hoy a una sucesión de tormentas de indignación que se esfuman a la misma velocidad con la que surgieron, sin lograr unidad discursiva y cuyos repertorios de protesta se parecen a lo que Concheiro define como “el sonido de las consignas gritadas al unísono por las masas del siglo XX que el barullo de voces heterogéneas generado por las shitstorms”.

La forma en que hoy operan los medios de comunicación es también un ejemplo de la aceleración perpetua en que vivimos. Prácticamente todos los medios han tenido que sumarse a la tendencia de incrementar la producción de notas diarias, en detrimento de la calidad de la información y de la profundidad del análisis. La euforia por incrementar la información a la que tenemos acceso y por obtenerla a gran velocidad –incluso en tiempo real– ha terminado por generar una aguda desmemoria. Vivimos una era de “amnesia digital”. Pareciera que ya no necesitamos recordar, pues sabemos que podremos acceder a cualquier información en cualquier momento, convirtiéndonos en “sujetos sin memoria”, dependientes de una variedad de dispositivos que han acabado por funcionar mal como nuestra “memoria externa”.

Pero el problema no es que olvidemos detalles nimios a sabiendas de que toda la información está disponible en Google. El drama que enfrentamos es el asistir a una auténtica “erosión de la memoria” y, más grave aún, padecer una creciente incapacidad para “construir una narrativa que dé sentido a los hechos y los entreteja en un conjunto coherente”.

Vivimos inundados de información, pero no necesariamente somos más capaces de conectar hechos entre sí, explicarlos y dotarlos de sentido. Tenemos mucha información, pero poco pensamiento y escasa capacidad de recordar. Por eso, dice Concheiro, nuestra política es una política del olvido donde los compromisos son efímeros o inexistentes, los agravios y las luchas se olvidan con rapidez, ya que no hay nada que logre captar nuestra atención durante un periodo razonable de tiempo.

La falta de deliberación y debate –procesos lentos por naturaleza– son responsables de la precariedad del debate político actual. Gracias a lo que el autor todavía denomina “nuevas tecnologías” los mecanismos de la diplomacia para resolver conflictos han terminado por erosionarse. Y es que los intercambios modernos se producen a velocidades inauditas y frivolizan la discusión pública: simplemente no hay tiempo para razonar y discutir de forma pausada y racional.

Hoy el más poderoso es el más rápido, dice Concheiro con razón. Porque “el mandato de la velocidad es el mandato de la fuerza”. Gana el que tiene la información antes, el primero que manda un tuit altisonante; el presidente que madruga a otro diciéndole que si no viene dispuesto a pagar un muro mejor no venga; la periodista que saca una filtración aunque no pueda demostrar su fuente o hacerla creíble; la agencia de noticias que corrobora o desmiente esa información… Sobran los ejemplos de ese teatro permanente que está lejos de ofrecer una discusión política inteligente.

La velocidad ha cambiado la forma de gobernar. Se ha dicho que las comunicaciones actuales son democratizadoras en la medida en que amplían la voz (o el ruido) y generan mayor escrutinio de lo público, lo cual muy probablemente es cierto. Pero Concheiro nos presenta otra cara: la lógica de la aceleración también promueve gobiernos autoritarios, encabezados por figuras carismáticas que prometen eficacia antes que cualquier otra cosa; individuos capaces de responder velozmente, sin necesidad de consultar la toma de decisiones de forma deliberada o de llegar a consensos que requieren tiempo. Avanza así –dice Concheiro– una forma de gobernar arraigada en el “imperio de la discrecionalidad” donde, debido a la exigencia de velocidad, buena parte de los acuerdos deben hacerse entre las élites y debajo de la mesa (si es que alguna vez fueron de otra forma).


Por momentos, pareciera que el autor de Contra el tiempo pretende explicarlo todo a partir de una tesis –la aceleración–, estrechamente vinculada a la idea de la creciente acumulación del capital. En ese tenor, el análisis a veces parece forzado, especialmente porque el autor, en su propia aceleración discursiva y argumental –vaya paradoja– no pierde el tiempo en apuntar siquiera que hay explicaciones que compiten con su propia tesis ni discute con ellas.

Sobre las transformaciones de los partidos y su debilidad programática o sobre las tendencias al personalismo y al fortalecimiento de figuras carismáticas, por ejemplo, se ha derramado mucha tinta desde los cincuenta del siglo pasado, cuando Otto Kirchheimmer publicó su famoso ensayo sobre los partidos “atrapalotodo” o catch all. Lo mismo sobre los repertorios de protesta en la era de las redes sociales, un tema cada vez más recurrente en la literatura sobre movimientos sociales.

Donde quizás está la principal falla, sin embargo, es que los sistemas de pensamiento, filosofías y religiones orientales, que mucho podrían aportar a un análisis como éste, están ausentes. La concepción del tiempo que el autor critica es totalmente occidental, sin considerar siquiera a los pueblos originarios de América o contemplar la forma en que se entiende el tiempo desde el budismo, el taoísmo o el confucianismo. Concheiro no aborda, por ejemplo, la larga paciencia de esa clase dirigente china que se piensa a sí misma como heredera de una civilización con profundas líneas de continuidad histórica, y que reflexiona en términos de generaciones y siglos más que de años o décadas. Contra el tiempo está escrito desde nuestra realidad más cercana –occidental y moderna–.

Sin duda alguna, Concheiro logra construir una narrativa que conecta fenómenos muy distintos sobre los que no estamos acostumbrados a reflexionar de forma conjunta. Una de las contribuciones de este ensayo es explicar cómo el sistema económico en el que vivimos genera una concepción del tiempo que afecta nuestra propia vida cotidiana mucho más de lo que podríamos pensar. Para Concheiro “la velocidad termina por roer lo que sea”. Nadie es inmune en la medida que “todo es propenso a ser infestado por el ritmo acelerado del capital: ni los políticos ni los líderes sociales, ni las ideas ni la amistad”.

Como nuestros cuerpos y nuestras mentes jamás logran descansar, como nuestro pensamiento salta de un tema a otro en una condición de distracción total, hemos terminado sumidos en una condición de casi permanente estrés, padeciendo toda suerte de estragos en la salud física y mental.

Esta forma de vivir –dice Concheiro– repercute también en la duración de nuestras relaciones amorosas, que han disminuido notoriamente. Por momentos parece un conservador preocupado por la integridad familiar, aunque para bien o para mal no deja de expresar un dato de la realidad: los matrimonios duran apenas cada vez menos, mientras que los divorcios cada vez se suceden con mayor antelación. Ante el imperativo social de la novedad, “la aceleración maníaca del tiempo hace que la promesa amorosa del ‘para siempre’ se vea ridícula, ingenua e incluso estúpida y profundamente supersticiosa”.

Estamos mentalmente insanos porque nuestras vidas transcurren de una forma tan acelerada que hemos perdido el sentido de continuidad entre cada uno de sus elementos. Eso nos convierte en seres desubicados, deprimidos, mareados, que desconocen su lugar en la historia y no saben a dónde van. “En un mundo acelerado resulta imposible hilvanar una narrativa aglutinadora y coherente para nuestras vidas”, diagnostica el autor, “porque el sentido de nuestra existencia nos ha sido arrebatado por la celeridad”.


Las cien primeras páginas de Contra el tiempo son para mí las más valiosas. En la segunda parte, sin embargo, tengo la impresión de que Concheiro pierde el rumbo. En las últimas 60 páginas intenta ofrecer lo que el mismo llama una “filosofía práctica del instante”, proponiendo una alternativa a nuestra manera de vivir, e incluso ofreciendo ejemplos en primera persona. Concheiro propone una estrategia que denomina “Resistencia tangencial” (así, con mayúscula) que presenta como una forma de neutralizar a un enemigo poderoso sin enfrentarlo directamente, a la manera de El arte de la guerra de Sun Tzu.

La Resistencia tangencial no aspira a mejorar el mundo ni pretende ninguna transformación radical. Lo único que busca es “arrancarle unos momentos de respiro a la velocidad”, refugiándose en la cotidianidad. Es una “no acción” o “no intervención” donde se busca hacer lo menos posible. La propuesta no parece demasiado interesante y, aunque el autor lo niegue, no deja de parecer una actitud apolítica y pasiva. Concheiro incluso desconfía de la acción colectiva y propone concentrar su Resistencia tangencial a la esfera de lo privado, lo que a mi modo de ver estaría lejos de ofrecer una alternativa al mundo actual.

Concheiro nos propone aprender a vivir el momento y a dotar de contenido al instante. No esperar algo extraordinario ni excepcional, sino disfrutar la más sencilla cotidianidad. Su “filosofía práctica del instante” buscará fomentar la aparición de instantes dentro de nuestra vida diaria e instaurar momentos basados en otra experiencia temporal para escapar de la aceleración. La propuesta no es demasiado nueva y, sin un sustento teórico-filosófico sólido, pareciera la conclusión de libro de autoayuda.

Concheiro se arriesga a buscar un camino y una receta propias –algo valioso, e incluso valiente–. Pero a esa búsqueda le falta profundidad y se queda a mitad de camino. Resulta irónico, pero quizás el autor de Contra el tiempo, este enemigo de la velocidad, fue víctima de la misma aceleración que critica, al precipitarse a publicar un libro que –ingenioso y original, pulcro en su prosa y atinado en su diagnóstico– se quedó corto en su intento por desarrollar una “filosofía práctica” que termina por ser individualista, contradictoria con sus propios referentes teóricos, incapaz de inspirar cualquier transformación social y que probablemente el autor ni siquiera ponderó lo suficiente.

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