Cuerpos precarios: Judith Butler y la violencia en México

Este ensayo revisa algunos de los conceptos clave de la teórica estadounidense a la vez que observa a través de ellos la precaria realidad mexicana.

| Teoría

El pasado 25 de marzo en una conferencia en la UNAM, titulada “Vulnerabilidad y resistencia revisitadas”, Judith Butler expresó que le era imposible venir a México sin participar en los actos de duelo colectivo por los 43 jóvenes normalistas de la Escuela Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa. “No hay manera de venir a México durante estos tiempos –dijo– sin participar en un movimiento colectivo de duelo y también de solidaridad con aquellos que demandan una explicación de lo que pasó con los estudiantes y que haya justicia completa, lo que significa detener a los responsables de lo que ocurrió y llevarlos ante la justicia.” En seguida añadió: “En el momento en que la gente ya no puede confiar en la ley, la ley ha emancipado a la gente para crear su propio futuro político. Cuando la ley es un régimen violento, uno tiene que oponerse a esa ley para oponerse, paradójicamente, a la violencia. No hay olvido, no hay fin a la demanda de justicia.”

Butler (Cleveland, Estados Unidos, 1956) ganó fama fuera y dentro de los círculos académicos de la filosofía con la publicación en 1990 de El género en disputa, obra que inauguró la teoría “queer”. Allí sostiene que el género se construye de manera performativa a través de las relaciones de poder y de las restricciones normativas del imperativo heterosexual. Estas últimas producen, según Butler, un terreno de cuerpos inteligibles, por estar dentro de la norma de género, pero también, como sostiene en Cuerpos que importan (1996), un dominio de cuerpos impensables, abyectos e incluso invivibles. En esta última obra Butler va un poco más lejos argumentando que aquellas personas cuya condición es vivir bajo el signo de lo “invivible” son necesarias para constituir la esfera de los sujetos, que se construyen así a partir de la exclusión. Dicho de otro modo, el campo de la abyección es esencial para que el ámbito de lo normativo y de lo normal se establezca. Los cuerpos abyectos y precarios se tienen que mantener con vida, o con una cierta vida, pues ese exterior que representan es constitutivo de las otras subjetividades a pesar de representar una amenaza.

Butler comenzó entonces a pensar la precariedad o, mejor dicho, la diferencia entre precaridad (precarity) y precariedad (precariousness). La primera, dotada de un sentido existencial, señala la condición ontológica de todo ser vivo: vivimos en precaridad no solo porque somos mortales y nuestros cuerpos son vulnerables, sino por el hecho de que dependemos de otros. La segunda subraya que ciertas necesidades –económicas, políticas y sociales– tienen que ser cubiertas para subsistir, y quienes no consiguen cubrirlas viven en un frágil estado de precariedad. (Isabell Lorey propone una tercera categoría: la precarización gubernamental, que contradice la idea hobbesiana de un Estado que brindaría seguridad y apunta a que en los gobiernos neoliberales, donde la precarización se encuentra en un proceso de normalización, se gobierna justamente mediante la inseguridad, tanto económica como laboral o vital.)

A partir de Vida precaria (2004) Butler plantea una ontología de la vulnerabilidad con base en el concepto de vida como vida digna de duelo. Esto implica, según Butler, pensar los marcos de reconocimiento, es decir, las convenciones y normas que permiten que una vida sea reconocida, y, a su vez, dar cuenta de las formas de distribución de la vulnerabilidad que hacen que algunas poblaciones estén más expuestas que otras a la violencia arbitraria. En Marcos de guerra (2006) Butler prosigue con esta reflexión y critica los contextos mediáticos y encuadres de la violencia que regulan las disposiciones afectivas y que provocan una selectividad diferencial del duelo, es decir, que ciertas vidas no se consideren perdidas o dignas de ser lloradas.

Para Butler, la teoría queer no solo es una manera de cuestionar el modo en que las normas nos constituyen como sujetos, sino también un movimiento para desestabilizar las instituciones que reproducen esas normas y la desigualdad que ellas provocan. De manera paralela, en sus últimos escritos y conferencias (la de la UNAM entre ellas), Butler ha señalado que la vulnerabilidad no es del todo pasiva: también puede ser pensada como una suerte de agencia, capaz de oponer resistencia. En este sentido, habría que dejar de creer que la subversión política –en México o en otras partes– solo puede venir de las clases medias universitarias e investigar qué otro tipo de manifestaciones surgen a partir de la precariedad económica y política.

Uno de los momentos más interesantes de la conferencia de Butler en la ciudad de México fue cuando señaló que la filosofía no es un lujo sino nuestro derecho a pensar, lo que sugiere que la filosofía es intrínseca a la democracia. Así como la democracia se pone en entredicho cuando jóvenes estudiantes no pueden manifestarse sin poner en riesgo su vida, sin la posibilidad de la reflexión no podríamos, por ejemplo, transformar la rabia o el duelo colectivo en demandas sociales y políticas concretas.

Dos meses después de la conferencia de Butler, esa es justamente una de las preguntas que surgen: ¿por qué la rabia, el duelo y la movilización social desatadas a partir de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa no se articularon en un movimiento político o al menos en demandas políticas más concretas? En vez de ello, parece que esta subversión se está transfiriendo hacia ciertos lugares del país en los que impedir las elecciones significa también una manera de manifestar que la democracia no tiene sentido si la protección a la vida no está garantizada por el poder político.

Para entender estas otras formas de subversión es necesario cuestionar, entre otras cosas, ese ideal del ciudadano liberal que opera en México como forma de exclusión de todos aquellos que no son considerados dignos de sumarse a la democracia, como lo mostró Alejandra Leal en un artículo reciente sobre la confrontación de un ciudadano moderno e ideal frente a un ciudadano supuestamente corrupto y premoderno en las discusiones sobre el espacio público. Las reflexiones y categorías de Butler pueden ayudarnos, también, a hacer que el grito de “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!” nos empuje a la crítica de las normas reguladoras de la hegemonía simbólica –fuertemente basadas en condiciones de clase y de raza, como lo ha demostrado en distintas ocasiones Federico Navarrete–, normas que determinan qué vidas vale la pena proteger y qué vidas merecen que se llore por su pérdida. Por último, habría que cuestionar de qué manera la precarización se ha convertido en un instrumento de la gobernabilidad. En este sentido, es imprescindible señalar los procesos de “acumulación por despojo” –como lo ha hecho Alejandro de Coss en su lectura de David Harvey– dentro de esta geografía de la vulnerabilidad.

No hay realidad más precaria que aquella en que no están dadas las condiciones mínimas para la protección de la vida.

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