Curaduría Smart: la crisis de los críticos

El modelo jerárquico de la crítica cultural tradicional se derrumba por toda partes. ¿Estamos frente a la “Gran Disrupción” de las jerarquías?

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Segunda de cinco entregas

Cuando entro con mi gafete al World Trade Center One (WTC 1), por el lado norte, sobre Vesey Street, el elevador me identifica y me conduce directamente sin paradas al piso de mi cita: el piso 34. Es ahí a donde se acaba de mudar en la primavera de 2015 el New Yorker y el conjunto del grupo Condé Nast (que maneja entre otros Vogue y Vanity Fair, GQ, Wired y el sitio Reddit).

Para acceder a la revista más famosa de Nueva York no es necesario subir escalón alguno, sino estar debidamente acreditado. Construido sobre las ruinas de las torres gemelas destruidas durante los atentados del 11 de septiembre, el World Trade Center One no está abierto al público. Todavía no terminan los trabajos. Se requiere presentar una identificación, pasar muchos controles y ser minuciosamente fotografiado.

“El problema de los medios es la ‘discoverability’”, exclama Henry Finder, mientras se encuentra sentado en la sala n°1, del piso 34, con una vista espectacular del monumento a las víctimas del World Trade Center y de la Estatua de la Libertad. Redactor en jefe del New Yorker, Finder encarna esta revista de élite que defiende una crítica cultural “con principios”. Estos periodistas conciben su misión como si se tratara de la de un gate-keeper, un transmisor de un saber o un árbitro. El mismo Finder es un intelectual un tanto raro, a la vez sofisticado y low key; su discreción estriba en un arte de vivir, aunque de pronto puede hacer gala de un humor hilarante y absurdo. En argot norteamericano se podría decir que es un book smart –un tipo inteligente y muy pero muy bien educado­–. No tiene cuenta de Twitter.

“¿Cómo se puede dar a conocer hoy en día un buen artículo? Esa es la cuestión de la discoverability”, repite Finder, empleando una palabra de moda. Frente a la abundancia de contenidos en la web, la cuestión de acceder y seleccionar parece esencial. Se puede por supuesto dejar que el azar juegue: es lo que se llama la serendipia o “afortunado azar”, el hecho de encontrar un contenido sin haberlo buscado. A la inversa, si se cree que el azar es raramente afortunado es posible fiarse de los algoritmos y sus recomendaciones. O finalmente si se teme a los algoritmos arbitrarios indizados a partir de la ley de la audiencia, se puede confiar en los críticos tradicionales como los del New Yorker.

A partir de los años 50, el New Yorker de William Shawn se dio a la tarea de defender el “Arte” y de proteger la “Cultura” –en mayúsculas–, es decir hacer frente a los “bárbaros” que querían abolir las jerarquías culturales entre la cultura Alta y la Baja, y debilitar a la vez la frontera que separa el buen gusto de la mediocridad, la élite de las masas, la cultura de lo que es el entretenimiento. El New Yorker de Pauline Kael, su célebre crítica de cine de 1960 y 1970, eligió después –según una receta contraintuitiva que se volvió el éxito del periódico– tomar en serio la cultura popular y escribir de una manera popular acerca de la “alta cultura”. El New Yorker de Tina Brown, su directora en 1990, se convenció del carácter sospechoso de todas las jerarquías culturales europeas y decidió barajar definitivamente las cartas. La mezcla de los géneros se volvió la regla: se hicieron críticas del Metropolitan Museum y de Star Wars, Shakespeare y Monty Python, las novelas de John Updike y, en veinte páginas, la fusión AOL-Time. “Publiqué una crónica titulada “Los anales de la comunicación” para seguir las transformaciones más importantes de los estudios, de la televisión y en particular de la industria del entretenimiento”, me explicó Tina Brown. “El New Yorker debía hablar de las cosas de las que hablaba la gente”, agregó con énfasis.

Para Henry Finder, quien encarna ahora el New Yorker, en tiempos de disrupción digital, los bárbaros se llaman el click, el blurb, el algoritmo, las recomendaciones de Amazon, Gawker y, quizás todavía más, ¡la Gawker Review of Books !

“Los sitios con mucho tráfico tienen cada vez menos críticas. Los sitios que tienen poca audiencia hacen críticas de nicho. Este es el motivo por el cual el New Yorker conserva su razón de ser”, comenta Finder. Cree en un periodismo duradero que se asemeja a una “long critical tail”, una crítica de “larga cola”, fuera de lo acelerado y de lo buzz, una recomendación que tiene larga vida. El modelo del New Yorker es virtuoso en el plan editorial y periodístico pero debe afrontar en internet dos problemas como los otros medios: el primero es que las economías de “larga cola” –pocas ventas a corto plazo y ventas durables y estables a largo plazo– no dejan a fin de cuentas nada de dinero; el segundo es que el costo de producción de un artículo del New Yorker es astronómico, más elevado que un post de Gawker, aun cuando tienen la misma audiencia en internet y generan ingresos por publicidad semejantes. (Los “editores” de Gawker son a menudo freelance, y se les paga cerca de 12 dólares por post, más un bono en función de las visitas que genere su artículo.)

“Cada vez hay menos críticos, menos suplementos literarios –se lamenta Finder. Debemos entonces enfocarnos sobre todo en la crítica.” Y agrega: “tenemos que seguir siendo lo que somos: es lo que nuestro lectores valoran. Nuestros artículos más leídos son a menudo los más largos. Eso no quita que también debemos participar en la conversación, lo que quiere decir estar presentes en todas las plataformas digitales. Debemos estar en todas partes pero sin dejar de ser el New Yorker.”

Los grandes editores tradicionales comparten esa forma de pensar. “¡Ningún algoritmo me da miedo! ¡Estoy listo para batirme en duelo con cualquier algoritmo cuando usted quiera!”, me lanza, con ganas de pelearse, Jonathan Karp, el CEO de Simon & Schuster, una de las principales casas editoriales de Estados Unidos. En sus amplias oficinas, en el 1230 de la Avenue of the Americas, en New York, Karp fanfarronea y muestra sus fortalezas. Aunque un poco después me confiesa haber dado indicaciones a sus editores y a sus autores de incrementar su presencia en las redes sociales. “Hemos constatado que es una herramienta muy eficaz para el boca a boca de un libro”, se asombra Karp, como si hubiera descubierto el hilo negro y me menciona novelas de su casa editorial que han sido promovidas casi exclusivamente en redes sociales (por ejemplo We Are Not Ourselves de Matthew Thomas). En el portal de Simon & Schuster, los botones para compartir, “likear” o “retwittear” las informaciones de los libros son tan visibles como en el sitio Gawker. En cuanto a YouTube, Jonathan Karp me confiesa que ya hay un equipo de su editorial que se dedica a eso. Simon & Schuster está listo para el duelo con internet.


La crisis de la función crítica

A pesar de que el New Yorker, que actualmente cuenta con 1.1 millones de suscriptores no parece estar en peligro a corto plazo, ni por los blogs y las redes sociales, ni tampoco por sitios como Gawker, no quita que la crisis de la función crítica sea una realidad.

La prescripción tradicional no ha desaparecido pero por todas partes los periodistas a los que he entrevistado desde hace 10 años por cincuenta países reconocen que “algo está pasando”. Por su naturaleza, Internet favorece el fin de las jerarquías, la desintermediación, la descentralización, la desaparición de las legitimidades elitistas –es decir muchos cambios que afectan inevitablemente a la crítica. Entramos en una cultura que se caracteriza por “conversaciones” y no por argumentos de autoridad, una cultura en donde la recomendación se ha vuelto central pero en donde los prescriptores se desmultiplican también al infinito. La legitimidad en internet no sólo depende del estatus social, de los diplomas o del conocimiento, como en el universo del papel, sino integra nuevos criterios como la e-reputación, la popularidad, la “comunidad” a la cual se pertenece, o la que se ha logrado reunir en torno a sí.

El modelo jerárquico “top-down” de la crítica cultural tradicional se derrumba en todas partes. Estamos frente a la gran “disrupción” de las jerarquías.

Una evolución que el bloguero Antonio Martínez Velázquez, entrevistado en México celebra: “Los medios tradicionales se han alejado de su misión y de su papel social tradicional. Dejaron de hablar con los ciudadanos. La crítica se volvió cínica, distante y opaca, casi mortífera. Pero la información busca ser verdaderamente libre. Y la explosión de las redes sociales, la creciente influencia de la cultura hacker y las alertas cambian la jugada. Une nueva crítica está emergiendo y va a poner en jaque al sistema mediático en su conjunto.” Patrick Beauduin, director general de Radio Canadá, entrevistado en Montreal, es menos radical y piensa también que el futuro de la crítica es la recomendación: “Un grupo audiovisual como el nuestro dejará de ser pronto un difusor para convertirse en un prescriptor: el que aconseja y da su opinión. Seremos curadores”. Antonio Martínez Velázquez cree incluso que el nuevo prescriptor es el hacker. El hacker desempeña, según él, el mismo papel que antes tenía para la cultura web el black kid o el gay cool en la música disco o la cultura pop. Inventa una nueva cibercultura de ruptura que fabrica él mismo dentro del código –trastocando a su vez los códigos–. El hacker se convierte en un influenciador y en un prescriptor. En pocas palabras: es un “hipster”.

Sucede que las críticas de las películas ya no parecen incidir en el éxito de la taquilla como antes pasaba, y los suplementos literarios tampoco hacen que se vendan los libros (varios estudios cualitativos sobre la lectura de la prensa muestran que entre 85% y 90% de los lectores no abren siquiera las páginas del suplemento cultural de un diario). En Estados Unidos, estos cuadernos críticos, a falta de apoyo de los editores tienden incluso a desaparecer, hacen poca publicidad y privilegian más bien acuerdos financieros con Amazon. Si los suplementos literarios del New York Times o del Wall Street Journal siguen siendo prescriptores no ocurre lo mismo con otras publicaciones. Book World, el suplemento del Washington Post, creado en 1967, dejó de ser un suplemento autónomo de fin de semana en 2009 (fue reintegrado en la sección “Style & Arts” del periódico impreso); la Book Review Section de Los Angeles Times se fusionó con la edición del periódico en 2007. En lo que respecta al San Francisco Chronicle, en 2006, la sección se redujo de seis a cuatro páginas.

En internet y en las redes sociales, “el populismo es el nuevo modelo de lo cool; los elitistas son los anticuados”, predijo la periodista Alexandra Molotkow en un artículo de New York Times. El problema es más profundo y de cierta manera más grave. Una serie de mutaciones fundamentales que están ocurriendo corren el riesgo de transformar, de forma duradera, la función de la crítica: la consagración de una cultura visual que disminuye el poder de lo escrito; la elaboración de formas precisas de medición de las audiencias develan la invisibilidad de la crítica; el exceso de internet que requiere de un “filtro”; el “largo click” que cambia la cuestión; por último las suscripciones culturales ilimitadas que se vuelven posibles gracias al poder creciente de la nube.

La primera mutación es la disminución de la diferenciación entre los medios, lo borroso de las fronteras. La aceleración digital se traduce por un cambio en la forma, en los formatos y en la temporalidad. Alistair Fairweather, director de la revista digital de Sudáfrica Mail & Guardian, me explicó esta transformación en una sola frase cuando lo entrevisté en Johannesburg: “Lo que me divierte es que somos una revista semanal pero en internet nos volvemos un diario”. Todos podemos constatar también que esta mutación y aceleramiento de los medios tiene múltiples y contradictorios efectos: los libros se transforman en ensayos cortos, los ensayos en tribunas libres, las tribunas en posts de blogs y los blogs en tweets. Impera la imagen y el sonido; la radio se ha vuelto podcast y el podcast streaming; la televisión ha evolucionado hacia la pantalla conectada a SVDO o a Netflix; en cuanto a MTV: ¡hoy en día tenemos YouTube!

Alistair Fairweather constata también que los sitios web de las cadenas de televisión, de las estaciones de radio y los periódicos se parecen en su formato web: tienen texto, imágenes y video. “Es como si todos los medios se fusionaran en su formato en internet”, resume Fairweather. En mi teléfono inteligente, el acercamiento es todavía más visible, lo que es representativo de una cultura “que se vuelve cada día más visual”. Según Fairweather, quien fue crítico de cine durante largo tiempo, estas evoluciones tienen consecuencias mayores para la crítica cultural. Primero el artículo “acabado” está desapareciendo: día con día se actualiza y corrige. Además el soporte de lectura cambia la lectura: el teléfono inteligente en el que leeremos la prensa transforma las críticas. Por último si los encabezados de referencia permanecen, los lectores se interesan más por los artículos que por un periódico en particular. “La llave es que eligen. Todavía confían en las marcas como el Mail & Guardian pero ya no les interesa leer un sólo periódico.” El poder de lo escrito se erosiona en internet porque compite con otros medios, otras formas de expresión, diferentes legitimidades.

La segunda mutación mayor es la posibilidad de conocer, a partir de ahora, la audiencia precisa de los artículos. “El cambio más relevante que Internet puede producir en los medios no es la inmediatez o los bajos costos sino la posibilidad de medir (measurability). Y no deja de asustar si se es un periodista tradicional”, explicaba Nick Denton, el fundador de Gawker (en una larga semblanza que le hizo…el New Yorker). Ahora bien la precisión en la medición de la audiencia confirma lo que se presentía, sin que se pueda probar todavía: que hay pocos lectores que se interesan por las críticas. De ahora en adelante de cada artículo que tiene estadísticas de lectura y número de páginas vistas podemos descubrir anonadados, en las redacciones, la audiencia infinidecimal de las críticas sobre danza, ópera y en general de las críticas culturales raramente leídas. Hay toda una nueva jerarquización de la información, desarrollándose, que excluye las críticas de las páginas de inicio, debido a su impopularidad y a que de golpe se vuelven más invisibles. (En Gawker y en numerosos sitios, los lectores pueden ver los números de vistas de un artículo.)

La tercera mutación en curso, ligada a la abundancia ilimitada de la web, a la saturación y a veces a la frustración que engendra, es la necesidad de “filtros”. En el antiguo mundo de la crítica, los periodistas culturales tenían que ver con productos culturales relativamente raros. Había pocos artistas, pocas novedades, y había que “dar con ellas”. Las salidas de las películas y de los documentales se limitaban a una decena por mes. Hoy en día el número se multiplica en YouTube, sin hablar de las series de televisión o juegos que están en el corazón de la innovación creativa. Las novedades en música son literalmente infinitas: iTunes, Spotify, Deezer, Apple Music, YouTube o Soundcloud, así como Taringa (Argentinea), Xiami (Chinea), MelOn (Corea), Saavn (India), Anghami (países árabes), o lo que queda de MySpace (en caída luego de haber sido comprado por Rupert Murdoch y por Justin Timberlake). Los programas televisivos se multiplicaron de manera exponencial mientras todo el mundo puede volverse su propio difusor de videos en vivo y en streaming en Meerkat o Periscope (que pertenece a Twitter). Por último aparecen nuevos autores que se autopublican con plataformas como Scribd el Kindle de Amazon –estos pueden ser los futuros YouTube del libro–. Antes incluso de ejercer su función de recomendación, el crítico debe hacer una selección dentro de esta oferta ilimitada.

Puede elegir, claro está, quedarse fuera de la cultura digital, sin embargo, se arriesga a que se le escape la mayoría de las obras actuales y de las que están por venir. Si se limita al “canon” occidental, elitista o académico, el crítico se priva de comentar partes esenciales de la cultura contemporánea. Y si decide migrar a lo digital, podrá recurrir a las funciones de “filtros” incluso antes de poder ejercer su misión de “recomendación”. Sin tecnología no es posible encontrar –y tampoco hay elección posible–. Pero el solo hecho de recurrir a las máquinas es ya entrar en la nueva función crítica.


Este artículo –publicado en cinco entregas en Horizontal– es parte de los trabajos de un programa de investigación sobre Smart Curation en la Escuela Superior de las Artes de Zurich (ZHdK). Complementa la publicación en español del libro Smart. Internet(s): una investigación (Penguin Random House, 2015).


Traducción del francés: Marcela González Durán.

Crédito de imagen: curiousflux.

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