De censura, diversidad y libros

"Inmorales" y "peligrosos", a los libros siempre los ha acompañado el fantasma de la censura. Hoy, en un mundo eminentemente digital, esta censura ha tomado nuevas formas y nuevos frentes que debemos combatir.

| Literatura

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Cuando producimos información se desarrolla un interés consciente e inconsciente por transmitirla y hacerla llegar a otras personas, ya sea de manera individual, institucional o colectiva. Este interés por transmitir la información se remonta a una de nuestras necesidades básicas: la necesidad por expresarnos. Sin embargo, en esta necesidad se esconden fuertes impulsos: de reconocimiento, de aceptación, de visibilidad e incluso de censurar. La censura (o en palabras de Coetzee, esta “pasión por silenciar”) se da tanto a nivel personal como en los distintos grupos del ser humano, desde la familia hasta la convivencia entre sociedad y gobierno. Al respecto, González Valerio y Martínez Ruiz[i] señalan que el término censura se aplica a diversos fenómenos que pueden ir desde lo psíquico hasta lo jurídico, y en este abanico de posibilidades la censura se transforma para acoplarse al objeto que se desea censurar, pues indican que no es lo mismo la censura que lleva a cabo el preconsciente sobre el deseo, que la que lleva a cabo el Estado en relación con las manifestaciones públicas.

La aparición de nuevos medios de comunicación ha traído como consecuencia el desarrollo de distintas amenazas y guerras por las libertades;[ii] los albores del libro impreso estaban rodeados por una lucha por la libertad religiosa en los siglos XV y XVI; la prensa estaba fuertemente involucrada en una batalla por la libertad política en los siglos XVII y XVIII; en la actualidad internet ha sido el reflejo de la lucha por los derechos humanos y digitales. En todos estos ámbitos la censura se ha ejercido como un mecanismo de poder y reivindicación.

En este sentido, el libro impreso ha circulado por numerosos canales y ha sido creado bajo distintas circunstancias y para diferentes propósitos, siempre con singular fuerza y significación. En este largo y sinuoso camino, la censura ha sido su fiel acompañante, como un satélite que lo vigila en todo momento, orbitando alrededor de él. Conviene mencionar que la censura se manifiesta como una prohibición que ataca el entusiasmo por aquello que se desea, en este caso el libro, tejiendo todo un mecanismo que busca aniquilar el material, quitarlo de un lugar visible, omitir su presencia.

De esta manera, el libro ha enfrentado las más grandes batallas para su supervivencia: se le ha quemado, enterrado, ahogado, mutilado y se le ha prohibido reproducirse, prestarse y exhibirse. Fernando Báez en Historia universal de la destrucción de libros nos ofrece una detallada crónica de los diferentes motivos que han influido en la completa eliminación de libros y otras manifestaciones informativas, la tesis principal de Báez es que el libro no es destruido como objeto físico sino como vínculo de memoria, es decir, como una de las bases de la identidad de un ser humano o de una comunidad, y recordemos que la memoria es un pilar en la lucha por la equidad y la libertad, de ahí que cuando un grupo, nación o incluso institución busca imponer o reconfigurar su presencia lo primero que intenta es borrar todo rastro de la memoria del otro.

Desde que se tienen registros sobre lo que es censurable, el centro de atención de la censura ha ido variando: se ha pasado de la sedición a la blasfemia, de las imágenes y textos obscenos a la opinión política y religiosa, de las manifestaciones de odio y guerra a las muestras de amor entre personas del mismo sexo y/o de diferentes nacionalidades. No obstante, a lo largo del tiempo se ha observado un vaivén en el malestar social, de pronto se regresa a prohibir la blasfemia, el cuerpo humano o las opiniones –con frecuencia el vehículo que carga este tipo de censura es la ofensa y la indignación.

En este sentido, desde 1982 en Estados Unidos se lleva a cabo la “Semana de los libros prohibidos”, la cual es una campaña que organiza la American Library Association (ALA) como parte de las celebraciones por “el derecho a leer”. Esta campaña surgió como consecuencia de la constante censura en los libros que imperaba por aquel entonces en las escuelas, librerías y bibliotecas. 34 años después y con la aparición de internet y el consecuente fervor tecnológico que dio pie a vaticinios sobre la extinción del libro, se podría pensar que la censura en los libros es obsoleta, que ha caído en desuso o que simplemente no hay quién se ocupe de censurar libros, pues todos los esfuerzos se encaminarían a internet.

Sin embargo, el libro impreso sigue y seguirá conviviendo con otras manifestaciones informativas, y la censura sigue prevaleciendo como un medio para ejercer poder, dominar conciencias y restringir libertades.

Según los registros de la ALA, en 2001 las razones de la censura en los libros se orientaban principalmente hacia el lenguaje ofensivo o sexualmente explícito y, en menor medida, hacia la violencia, satanismo y religión.

No obstante, en los últimos años, la censura se ha centrado en otro tipo de contenidos, en comunidades diversas en términos sexuales, geográficos, religiosos y de pensamiento, ya que, según los mismos registros de la ALA, en los últimos años los motivos que han dado pie a la censura han sido por temas sobre ateísmo, homosexualidad, educación sexual, comunidades religiosas, entre otras.

Por tal motivo, este año la semana de los libros prohibidos tuvo como estandarte la diversidad en los libros, es decir, libros que reflejen las distintas visiones del mundo, que incluyan personajes, protagonistas y experiencias que reflejen la pluralidad y diversidad de nuestras realidades. Conviene resaltar una campaña permanente conocida como “We Need Diverse Books”, la cual pone especial énfasis en la necesidad de tener personajes diferentes a los tradicionales en los libros para niños.

En este listado de la ALA, se destaca Tres con Tango, un libro para niños que ha encabezado la lista de los libros prohibidos en Estados Unidos por siete años por ser una historia sobre una pareja de pingüinos gays del zoologico de Central Park. Las razones por las que se ha censurado este libro en escuelas y bibliotecas: por ser “anti-familia”, tener un punto de vista político “no apto para menores de edad”, por ser inmoral y hasta por promover la “agenda homosexual”.

De manera similar, en Chile, el cuento infantil, “Nicolás tiene dos papás”, que aborda la situación de una familia homoparental, tuvo un rechazo por parte de sectores conservadores, sin embargo, eso no impidió su distribución ni su lectura.

Por otro lado, en 2012 las escuelas públicas de Tucson, Arizona, suspendieron un programa de estudios que abordaba cuestiones históricas entre la relación México-Estados Unidos; la suspensión también incluía la censura de libros relacionados con dicho programa, entre el material prohibido figuraban Pedagogía del oprimido de Paulo Freire y Chicano! The History of the Mexican American Civil Rights Movement de Arturo Rosales. Tras varias protestas e incluso una caravana que introducía los libros prohibidos de contrabando, el material fue reincorporado a las aulas y bibliotecas.

México ha tenido una larga tradición en censurar distintas obras, la cual se remonta a los primeros impresos mexicanos, recordemos la lamentable destrucción de códices durante la conquista española al ser considerados “demoniacos”.

Varios siglos después, lo “demoniaco” adopta la forma de impropio, inmoral o indecente. Conviene recordar un par de obras que en su momento hicieron eco de la susceptibilidad del gobierno y del privilegio político de nuestros funcionarios. En 1961 Oscar Lewis publicó Los hijos de Sánchez, una etnografía que relata la cotidianidad de una familia mexicana viviendo en una pequeña vecindad de Tepito en la Ciudad de México. En esta obra se retratan aspectos que hasta la fecha siguen prevaleciendo en nuestro país, como el machismo, la violencia de género y la pobreza. En palabras de Claudio Lomnitz, este libro le mostró al mundo que el México moderno, próspero y optimista que se presumía en aquel tiempo, el México del “milagro mexicano”, era, en parte, irreal. Y fue precisamente esta realidad mexicana escrita por un extranjero lo que incomodó al gobierno de Díaz Ordaz, lo cual dio pie a la censura y la persecución de los responsables de la publicación de dicha obra (tal vez hubiera bastado con ajustar el índice de pobreza para dar una mejor impresión de nuestra economía, como en nuestros tiempos).

En 2001, Aura de Carlos Fuentes fue objeto de censura debido a cuestiones morales y de apreciación personal por el entonces secretario de Trabajo del gobierno de Vicente Fox en 2001, Carlos Abascal, al cual se sumaron un grupo de padres de familia de la propia institución, así como la Unión Nacional de Padres de Familia, el cardenal Norberto Rivera Carrera, entre otros, quienes afirmaban que la obra “no era apta para estudiantes”. Cabe recalcar que dicha censura derivó en el despido de la profesora que proporcionó el material, acompañado del escándalo mediático y la consecuente fama de la obra, como suele suceder con el material que se censura. Como mero detalle inquietante, en 2009 este libro también fue censurado por autoridades educativas en Puerto Rico.

De igual forma, en países como el nuestro nos enfrentamos a una dicotomía en lo que representa la “quema de libros”. Por una parte, se asume como la práctica (avalada por las autoridades escolares) que simboliza la culminación de un ciclo escolar, en que los egresados celebran el fin de las exigencias académicas, entre éstas, las lecturas obligadas, y, aunque según la Encuesta Nacional de Lectura 2015 en los últimos años se ha ido fortaleciendo el fomento de lecturas diferentes a las escolares tanto por la familia como por los maestros, todavía estamos lejos de tener los niveles que se esperan para un país con las dimensiones económicas y sociales de México.

Pero del júbilo por el fin de un ciclo escolar pasamos a la indignación por lo que se enseña. La quema de libros como símbolo de la protesta pública con libros reales se está convirtiendo en el emblema de grupos conservadores que buscan censurar temas que son necesarios por razones de salud pública, justicia social y democracia, como sucedió en 2009 en Guanajuato, cuando un grupo de padres de familia y autoridades estatales, presa de la ofensa y la indignación por el contenido de los libros, comenzaron a mutilarlos y a lanzarlos al fuego públicamente, esperando calcinar los “demonios” de la equidad de género, la educación sexual y las imágenes del cuerpo humano que contenían esos libros.

En este tipo de actos, la censura se vuelve más agresiva. Al quemar el libro no solo se busca prohibir el deseo de tenerlo: se persigue su exterminio, todo esto en un país en donde pese al establecimiento de un programa nacional de lectura, nuestros índices en esta materia solo han tenido un tímido avance, en que la falta de tiempo y la ausencia de una biblioteca son parte de las razones principales para no leer más, en que el libro más común en los hogares es el de texto y el religioso. El fuego entonces parecería ser una respuesta rápida a los problemas que el gobierno y los grupos profundamente conservadores encuentran a su paso.

Esta veneración de la censura a través de la quema de libros es una inquietante radiografía de lo que sucede en nuestro país, y no es un tema menor: por el contrario, es una tarea que involucra a distintos sectores de la sociedad. Particularmente desde el sector bibliotecario se han realizado esfuerzos por promover la defensa de la diversidad en los libros y otras manifestaciones informativas. El Manifiesto IFLA / UNESCO por la Biblioteca multicultural enfatiza que todos los tipos de biblioteca deben reflejar, apoyar y promover la diversidad cultural y lingüística. En 2007, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, se celebró la infodiversidad y la biblioteca multicultural abogando por una mayor pluralidad en las colecciones y en los formatos. Este año la Feria Internacional del Libro Zócalo también celebró la diversidad; sin embargo, todos estos esfuerzos también deben de perseguir la formulación y establecimiento de políticas de información locales y nacionales encaminadas a promover la diversidad informativa en escuelas y bibliotecas, protegiéndola frente a cualquier acto de censura. Especialmente en estos tiempos de agitación política, con personajes como Donald Trump seduciendo al poder, cuya trayectoria ha sido marcada por el racismo, la misoginia y la xenofobia, o, por otro lado, con las calles tomadas por marchas corrompidas por el odio y la discriminación, en que la cúpula clerical pretende tomar decisiones en la vida política, social, educativa y sexual de nuestro país, necesitamos que los libros reflejen la pluralidad de ideas, pensamientos, comunidades y decisiones que el ser humano puede tomar.

Hoy los caminos que toma la censura son intrincados y azarosos y todos desembocan en el encarcelamiento de nuestra libertad de conciencia. El libro es solo una pequeña parte de lo que representa la institución de la censura. Tan solo en internet, una red con miles de posibilidades para el libre acceso a la información, la censura adopta diferentes formas; el bloqueo técnico, la eliminación de resultados de búsqueda, las censuras invisibles de algoritmos en los cuales se da lo que Sunstein[iii] llama “capullos de información”, en que los usuarios de internet sólo tienen acceso a la información y a las ideas basadas únicamente en sus intereses y no se ven confrontados con otros temas o perspectivas, o la propia censura de los grandes monopolios del libro electrónico como Amazon que ha sido acusado de censurar para obtener un mayor control del mercado editorial, y la más peligrosa de todas, quizá el mayor objetivo del censor: la autocensura, ya sea en nuestro comportamiento informativo o en el contenido que publicamos.

(Foto: cortesía de Jason Parrish.)


Referencias

[i] María Antonia González Valerio y Rosaura Martínez Ruiz, “Censura”, Revista de la Universidad de México 65, (México: Universidad Nacional Autónoma de Mexico, 2009).

[ii] Jean K. Chalaby, “New Media, New Freedoms, New Threats”, International Communication Gazette 62, no. 1 (Feb., 2000).

[iii] Cass R. Sunstein, Infotopia: How Many Minds Produce Knowledge, Oxford University Press, 2006.

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