¿Debe ser la literatura políticamente correcta?

¿Hasta qué punto el escritor contemporáneo tiene la libertad de decir todo lo que quiere? ¿Tiene el mismo peso ético lo que un escritor dice en una columna, firmada con su nombre, que uno de sus personajes de ficción?

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Se dice que Walter Pater, el gran crítico inglés de la segunda mitad del siglo XIX, fue quien instó a Oscar Wilde a escribir una novela. “¿Por qué siempre escribes poesía? ¿Por qué no escribes prosa? La prosa es mucho más difícil”, le dijo Pater. Años más tarde, Wilde escribió su única novela, El retrato de Dorian Grey. Lo que no se imaginaba era que esta novela, que surgió como un riesgo estético, acabó con su reputación y lo obligó a pasar sus últimos años en el exilio. Cuando en 1895 recibió una tarjeta de salutación del Marqués de Queensberry en que lo acusaba de sodomita, Wilde, por alguna necedad de la que sus más cercanos amigos lo intentaron disuadir, decidió demandarlo por difamación. El Marqués fue arrestado y para salir en libertad debía probar que, en efecto, sus declaraciones eran ciertas: probar que Wilde era homosexual. Para demostrar la culpabilidad de Wilde el abogado del Marqués de Queensberry recurrió al análisis de su obra, especialmente la recién publicada El retrato de Dorian Grey. Esto, más que tratarse de una argucia legal, debe entenderse de la misma manera que las previas demandas contra Baudelaire y Flaubert: son la verdadera prueba de que la literatura, en realidad, pone en jaque una de las instituciones más preciadas de la democracia moderna: la libertad de expresión.

Los juicios de estos tres escritores fueron el principio de una larga tradición de juicios contra ciertas obras que, según la moral de cada época, atentaban contra las manoseadas buenas costumbres y, por tanto, rebasaban los límites de la libertad de expresión para caer en el libertinaje. Los libros de Joyce, Lawrence, Nabokov, Burroughs, Miller, Durrell, Vonnegut y Ginsberg fueron leídos en la corte y prohibidos en varios países, en su mayoría angloparlantes. En México, está el caso reciente de Aura de Carlos Fuentes, la cual fue calificada de “inapropiada” para lectores adolescentes por el entonces Secretario del Trabajo, Carlos Abascal, durante el sexenio panista de Vicente Fox.

Recordé el juicio de Oscar Wilde hace unas semanas cuando murió Juan Gabriel. Apenas pasadas unas horas de la conmoción popular, el conductor de televisión, periodista, funcionario público y escritor Nicolás Alvarado publicó una aciaga columna en el periódico Milenio en la que expresaba su disgusto por el Divo de Juárez. No pienso traer a la memoria del lector su argumento, pues ya lo sabemos: Alvarado se descubre a sí mismo clasista. Las redes sociales ardieron. Las columnas de opinión a favor y en contra adornaron las páginas de los periódicos y blogs. Dentro de todo lo dicho, lo que me llamó más la atención fueron los argumentos de sus defensores: Raúl Trejo Delarbre, por ejemplo, se alarmó por la forma de actuar del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED), por parecerle que las recomendaciones emitidas al servidor público en realidad “vulneraban” y “discriminaban” sus derechos –no me deja de sorprender que este argumento sea un tanto similar al de la Iglesia y los miembros del Frente de la Familia, quienes acusan a la misma institución de “represora” y “cooptada” por la comunidad LGBT–; otros alzaron la voz por las amenazas a la libertad de expresión que representa la corrección política, y muchos otros, críticos agudos, se preocuparon en las corbatas de corazoncitos de Alvarado –debo admitir que yo también–.

Luego de la publicación de juicios a su favor, tomando de aquí y de allá lo que le convenía, entre esto una truculenta –por no decir pésima– traducción del concepto camp por “joto”, Alvarado apareció en varios medios para defenderse. Dijo que prefiere ser un escritor y no un funcionario, que prefiere decir las cosas como las ve y no restringirse al momento de expresarse, que le preocupa la intolerancia de las redes sociales y finalmente se declaró víctima de lo mismo que repugnan los seguidores de Donald Trump: la corrección política. Cito una última forma de nota bene: Alvarado se dijo víctima del clasismo inverso, olvidando que –como el reverse racism– tal cosa no existe porque el clasismo como el racismo son instituciones sociales, no opiniones. Un afroamericano o una persona pobre pueden tener una mala opinión de un rico o una persona de piel blanca, pero esa opinión –que en realidad es un prejuicio– no tiene ninguna repercusión institucional en la vida de los últimos, quiero decir, no atenta contra ninguno de sus privilegios, mientras que las opiniones de los privilegiados sobre un pobre o una persona morena validan las instituciones en que están fundados el racismo y el clasismo y que impiden, por ejemplo, el acceso a un sueldo bien pagado o a la no discriminación por vestir de cierta manera y escuchar cierta música.

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Independientemente de que estemos o no estemos de acuerdo con Alvarado, lo destacado de su defensa –la propia y la de sus aliados– es la libertad del escritor para hablar/escribir. Al renunciar a su cargo público, Alvarado decidió ser un escritor y con este acto, en su razonamiento, recuperar su libertad de decir, provocar y también ¿de ser clasista? No me propongo aquí responder esa pregunta –como dijo Juan Gabriel, “lo que se ve no se pregunta”– sino otras que, me parece, han sido ignoradas y que, sin embargo, definen todo el trasfondo de la controversia. ¿Hasta qué punto el escritor contemporáneo tiene la libertad de decir todo lo que quiere? ¿Tiene el mismo peso ético lo que un escritor dice en una columna, firmada con su nombre legal, que uno de sus personajes de ficción? ¿Hay una responsabilidad ética que lo limita?

Si apelamos al planteamiento de Wilde, no: el escritor es incapaz de crear moralidad o inmoralidad, lo único que puede hacer de acuerdo a sus facultades y talento es crear una obra bien o mal escrita, y debe ser juzgado solamente en esos términos: “No hay tal cosa como moralidad o inmoralidad en un libro. Los libros o están bien escritos o están mal escritos. Punto.” En su ensayo “El alma del hombre bajo el socialismo” completa la idea: cuando la gente es confrontada por una nueva belleza, siempre recurre a dos juicios: uno, que la obra es terriblemente ininteligible, y dos, que es groseramente inmoral. Lo primero significa que el artista ha expresado algo novedosamente bello que es incomprensible; lo segundo, que ha expresado algo bello que resulta en una verdad. “La primera expresión –concluye– tiene que ver con el estilo; la segunda, con el contenido”.

Si Alvarado es juzgado bajo esta premisa, no sale bien librado: en su carrera como escritor, al menos hasta ahorita, ha sido incapaz de crear una pieza de trascendencia literaria. Además de una pobre manera de ejercer el periodismo cultural (sigamos con el mismo ejemplo: no abordó la obra de Juan Gabriel con originalidad o con categorías más complejas y eficientes que el “naco”), si lo comparamos con los grandes columnistas de la tradición mexicana, entre ellos Novo, Pacheco, Poniatowska o Monsiváis, su nombre se desvanece en el horizonte desde el momento en que queda reducido a un comentador y no a un ensayista o analista profundo de la cultura nacional. Sus libros, por otro lado, parecen que no corren mejor suerte: no ha hecho mella en la literatura contemporánea y la atención que han recibido se reduce a la que acoge por sus proyectos de comunicador y divulgador, no como creador, y que por lo demás es un fenómeno muy común en la vida de los funcionarios y periodistas culturales: sus relaciones públicas son tan extensas que de vez en cuando conocen a un editor valiente que se anima publicar su libro. Es autor de dos libros de ensayos, Con M de México (2007) y La ley Lavoiser (2008), que han tenido una relativa atención mediática pero muy poca tinta por parte de la crítica mexicana.

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Para Maurice Blanchot este tipo de fenómenos, lejos de pertenecer a un campo ajeno a la literatura, lo que hacen es definirla, mas no desde la clásica, por no decir conservadora, pregunta de “¿Qué es la literatura?” Para Blanchot, lo importante es, más bien, ¿cómo sucede la literatura? ¿Qué procesos biográficos, históricos, políticos e incluso jurídicos definen lo que llamamos literatura? Jacques Derrida definió la literatura como esa “extraña institución que permite decir todo”, una institución que le otorga al escritor una cierta libertad de decir todo lo que quiere o puede sin ninguna repercusión censora, sea esta religiosa o política. Porque el lenguaje literario es ambiguo y ficcional no puede asirse ni restringirse de la misma manera que otros lenguajes que circulan en la sociedad y, siendo así, se convierte tanto en una poderosa arma política como en una forma de irresponsabilidad. El escritor, al exigir su derecho de decir todo, reclama una irresponsabilidad. “Escribir es comprometerse con uno mismo”, escribió Blanchot en La parte del fuego (1949), “pero también es eximirse de uno mismo, comprometerse con una irresponsabilidad.” Según Derrida, esta actitud no niega ningún compromiso político: muy al contrario, lo asume desde el momento en que apela a la libertad del decir –lo que los griegos llamaban parrhesía– en la que está fundada la democracia moderna. Literatura y democracia no pueden existir una ni la otra porque se limitan una a otra, se contienen.

Por supuesto, la postura de Blanchot debe entenderse como la del crítico literario conservador que fue, católico y reacio al marxismo de la época. Sin embargo, sus ideas han tenido repercusiones en la formación del intelectual moderno. Cuando un intelectual publica en un medio periodístico tiene la responsabilidad de informar y de ofrecer opiniones rigurosas. Para Norberto Bobbio el intelectual pasó del compromiso a la responsabilidad, de la política a la ética, y esto no quiere decir que renuncie a su estilo o retórica, sino que las pone al servicio de una funcionalidad. Tampoco significa que deba ser aburrido; el humor –sobre todo el mexicano, como ha constatado el “Alfabeto racista mexicano” de Federico Navarrete– está enraizado en la burla y la ofensa de personas vulnerables: de los amanerados, de las mujeres, de los nacos, del mal gusto, de los discapacitados, etc. Humoristas contemporáneos como John Oliver, John Stewart y Samantha Bee –la primera mujer en debutar en este género televisivo– han demostrado que el humor contemporáneo consiste, por el contrario, en ridiculizar estas prácticas generadas por los discursos hegemónicos.

Esto tampoco amenaza en absoluto la libertad de expresión del escritor. Tanto Alvarado como Céline, por hacer una comparación un tanto desaforada, están en su derecho de ser escritores y creer que este título les otorga el derecho de ser clasistas o racistas, pero si lo hacen de una mala manera, si no logran realmente con su literatura hacer una crítica de la condición humana tanto en su lado amable como atroz, si fracasan en su irresponsabilidad, entonces son malos escritores, y como tales debe juzgárseles: en la tribuna pública y no bajo términos literarios. Con esto no quiero decir que el clasismo o racismo estetizados sean válidos, sino que, apelando a Wilde y a Derrida, trascienden su categoría cuando entran en el ámbito de la literatura, y como tal demandan un nivel de lectura o contemplación en el que la complejidad de los valores y la moral se confirman o colapsan.

(Ilustraciones: 50 Watts.)

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