Democracia y mito en la UNAM

Agustí­n Rodríguez, lí­der del STUNAM, está por cumplir veintiséis años al frente de este sindicato; siempre con elecciones que permiten su reelección indefinida. Aquí se exploran las razones de su permanencia en la UNAM.

| Clientelismo

El pasado miércoles 26 de abril, Agustín Rodríguez festejó haber conseguido una reelección más (apenas la octava), con la que alcanzará sus primeros veintiséis años al frente del Sindicato de Trabajadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (STUNAM). Un sindicato democrático que permite la reelección indefinida gracias a reformas estatutarias impulsadas por el mismo Agustín. ¿Cómo ha conseguido el líder tal nivel de legitimidad entre sus agremiados? Por medio de un mito.

Una mitificación de izquierdismo revolucionario (que, habría que agregar, también comparten otras organizaciones de la izquierda en nuestro país) es la base sobre la que se ha levantado la increíble legitimidad del líder, capaz de resistir prácticamente cualquier prueba, incluyendo la de los hechos, pues el principio democrático —elemento básico del mito— se contradice claramente con la práctica cotidiana de su estructura sindical, autocrática, dependiente del todo de la voluntad del líder máximo sobre cualquier decisión operativa.

El mito nació de la idealización del origen del sindicato, de la narrativización de su historia como un sindicato «clasista, combativo y democrático», opuesto al sindicalismo corporativo y opuesto también a los gobiernos “neoliberales”. En su origen, la construcción del sentido se hizo con base en la necesidad de transformar las formas corporativistas, patrimonialistas y clientelares del sindicalismo oficial del país, pero hoy la construcción de su sentido está más centrada en una supuesta confrontación con «el modelo neoliberal» y sus defensores: el gobierno federal y, en la UNAM, «la autoridad». El líder legitima la necesidad de su reelección ante la construcción de un «peligroso enemigo neoliberal» que quiere acabar con el sindicato y lo hará en cuanto este se muestre debilitado, es decir, en cuanto no sea Agustín su líder.

El STUNAM se formó por influencia del brazo sindical del Partido Comunista —la corriente Roja—, y del Consejo Sindical (de donde surgió el MAP), como su corriente académica. Sin embargo, desde su surgimiento y, ante el desarrollo de paralelismos en su funcionamiento interno con el sindicalismo corporativo, surgieron en su seno corrientes de oposición diversas, la mayoría de ellas escisiones de la misma corriente Roja, excepto por las maoístas (OIR-LM), que se crearon en torno al Bloque de Trabajadores Democráticos. (A pesar de que la oposición casi siempre ha estado cercana a 50% de la votación general del STUNAM, esta nunca se ha podido hacer del control de su secretaría general; en el SITUAM, en cambio, los grupos maoístas sí lograron el control del sindicato.)

Pero más allá del mito, el estilo de trabajo de las corrientes sindicales del STUNAM ya no responde, más que indirectamente, a sus bases ideológicas; puesto que sus prácticas corresponden a una dinámica más pragmática de participación electoral en la disputa por la representación de los agremiados; lo que por un lado reduce legitimidad a las corrientes de oposición y, por el otro, es una forma de legitimar el trabajo de gestión corporativa de la corriente hegemónica, lo que en la práctica genera una tendencia a la centralización de su estructura organizativa.

En el anterior proceso electoral del STUNAM participaron diecinueve corrientes de carácter general, agrupadas en tres planillas. La planilla oficial, de la corriente Roja; la planilla llamada Oposición Unida, con seis fuerzas reunidas en torno a la corriente Alianza Democrática de Adrián Pedrozo; y la tercera, la del Frente Sindical Incluyente, que conjuntó a doce más en torno al Bloque Democrático. El resultado de esta elección fue el más adverso para las corrientes de oposición en toda la historia del STUNAM, pues juntas obtuvieron únicamente 35.7% del total de la votación, lo que no les sirvió para acceder a una sola de las secretarías sindicales.

Se esperaba que entre el 28 de abril y este martes 2 de mayo, a lo largo del día, el Colegio Electoral Central del STUNAM anuncie los resultados oficiales de esta elección, sin embargo, es previsible que en este proceso electoral las planillas de oposición —sin incrementar su porcentaje de votación— sí logren conseguir unas cinco secretarías (de diecinueve), pues esta vez decidieron aliarse en un única fórmula (hay otras dos planillas, pero es la clásica oposición de «oropel», cuyo único objetivo es arañar 2% de la votación general). Y claro, se confirmará que el líder Agustín ha logrado reelegirse; no obstante, al Comité Ejecutivo del sindicato llegará, junto con José Castillo, un sindicalista de bajo perfil (José Palma Atlixqueño), con pocos reflectores, que nunca ha estado en la dirección del sindicato, pero que tiene un intenso trabajo de base, construido en el oriente de la ciudad como una especie de «democracia desde abajo».

Y construir una «democracia desde abajo» es lo que se necesita en la UNAM, cuyo principal problema es que la vida académica ha quedado subordinada a la burocratizada y oligarquizada vida política. Una burocratización generada por el STUNAM del perpetuo líder Agustín, pero no solo por él.

Son las altas esferas de la burocracia universitaria (conformada por esos personajes que van pasando de un puesto de alta dirección a otro, o al staff de rectoría o a alguna secretaría de Estado y cuyos nombres se consideran en la elección de candidaturas presidenciales), quienes han requerido de un líder sindical como Agustín Rodríguez para la contención de los conflictos internos y, por tanto, la reproducción de las condiciones que les permitan seguir ocupando las posiciones de aristocracia universitaria que han logrado alcanzar por medio de organizarse como camarillas (de médicos, abogados, ingenieros, químicos, científicos, humanistas, etcétera). Y todo esto con un discurso levantado sobre el misticismo democrático de la Universidad.

Para que la UNAM de verdad se democratice haría falta debilitar el poder de la alta burocracia universitaria, debilitar el poder de la alta burocracia sindical y debilitar el poder de «los poderes fácticos internos» (capital privado y partidos políticos). Y debilitar el poder de las altas esferas de la UNAM mediante el empoderamiento de los académicos y sus academias; esto es, construyendo la democracia desde abajo.

Lo mismo es cierto para el caso sindical; es necesario fortalecer los comités sindicales locales debilitando el poder de su líder máximo y haciendo algo aún más básico: reglamentar las relaciones laborales, porque gracias a una complicidad entre la élite sindical y la élite burocrática de la institución la UNAM tiene un contrato colectivo para sus trabajadores, pero no un reglamento interno de trabajo, lo que permite un manejo completamente discrecional y clientelar de prebendas por parte de la dirigencia sindical, factor determinante, por ejemplo, en los procesos electorales que terminan en la reelección de quien de manera permanente controla el manejo de esas prebendas.


Debates en torno a la democratización de la UNAM

Democracia, meritocracia y liberalismo en la UNAM

Hace un par de años, en este mismo espacio, la doctora  Mc. Manus escribió bajo el título «Democratizar a la UNAM: ¿Un significante vacío?» una crítica a los procedimientos de gobierno de la Universidad, en especial de la elección de rector mediante una Junta de Gobierno. Lo hizo sumándose al movimiento que se gestó alrededor de la exigencia de democratización y  mayor transparencia en el proceso de designación de rector, desarrollado en el contexto del proceso de elección de rector que terminó con la designación de Enrique Graue Weichers. La doctora Mc Manus atina al señalar que cuando un movimiento universitario utiliza la expresión “democratizar a la UNAM”, en realidad se están expresando una amplia variedad de posturas políticas, no necesariamente coincidentes, en eso que se puede entender como “democratización”, para enseguida afirmar que sí es posible identificar el tema que atraviesa toda la contienda: la pugna entre democracia y tecnocracia.

Me parece que esta idea es reduccionista y confunde dos ámbitos de discusión distintos. Confunde, porque una cosa es hablar sobre la forma de gobierno que debería tener la institución universitaria, y otra, sobre su sentido respecto a nuestra sociedad. Es decir, cuando en política se habla de “los tecnócratas”, se alude a un grupo político posicionado en diferentes instituciones que suele impulsar políticas públicas relacionadas con ideas provenientes de teorías neoliberales, productivistas, pero un “tecnócrata” puede llegar a ocupar posiciones de poder mediante mecanismos democráticos, meritocráticos o dictatoriales.

En la Universidad, en específico, los personajes que podrían identificarse con este grupo privilegiarían los conocimientos técnicos adecuados a la producción y el capital privado, propios de profesionales, en lugar de conocimientos liberales y humanistas, propios de intelectuales. Y aun cuando los funcionarios universitarios “tecnócratas” fueran votados en elecciones universales, directas y secretas (democráticas, en ese sentido), eso en nada modificaría su particular visión sobre el conocimiento que la Universidad debe producir y reproducir para la sociedad.

Entonces, si nos referimos a forma de gobierno de la institución, deberíamos hablar, en todo caso, de la pugna entre democracia y meritocracia como la pugna entre mecanismos que tienden a igualar el estatus de los actores que participan en la institución (estudiantes, académicos, trabajadores) al darles mayor injerencia y paridad en la toma de desiciones y la elección de representantes y directores, contra los mecanismos que tienden a mantener el control de las posiciones de decisión en aquellos de quienes se supone poseen una mayor capacidad de velar por el bien de la comunidad de conocimiento, en tanto que cuentan con más de este que los dirigidos (tal como el profesor poseedor de conocimiento dirige en el aula a los alumnos, supuestamente desposeídos del mismo).

Pero esta es solo la punta del iceberg de lo que en realidad es una espiral de contradicciones que atraviesan toda la construcción de la Universidad. Es decir, que la Universidad se ha logrado desarrollar incorporando en su estructura organizativa elementos contradictorios, que aparentemente no podrían estar juntos, pero que no solo están juntos en esta institución, sino que son funcionales.

Se trata de la incorporación de pugnas y contradicciones que han aparecido, como: democracia vs meritocracia; asambleísmo vs autoritarismo; masificación vs calidad;  burocratización vs academización; positivismo vs liberalismo; liberal vs socialista; liberal vs popular. Conformándose como una amalgama de meritocracia con procedimientos democráticos, muy tendientes al autoritarismo, que ha construido un modelo de masificación elitista (al separar a la masa del subsistema de docencia de la élite del subsistema de investigación) dirigida por un estrato de especialistas acadestrativos, burócratas permanentes.

Este núcleo contradictorio fue el que se hizo presente en las pugnas entre Alfonso Caso y Lombardo Toledano; Gómez Morín y Bassols-Cárdenas; Ignacio Chávez y los opositores que lo sacaron de rectoría; Carpizo y el CEU; la mitificación soberonista de una Universidad no política y la idea de una Universidad gobernada de manera política; los discursos de excelencia/calidad y los discursos de humanismo/capacidad crítica; la idea de eficacia que ve a la Universidad como la formadora de la élite profesional del país y la idea de democratización del acceso que ve a la Universidad con un compromiso social de este tipo.

Una versión de estas discusiones ha sido decisiva y lo sigue siendo hoy para la definición de la Universidad: la discusión entre Vicente Lombardo Toledano y Antonio Caso. Esta controversia es el sello de toda una época, fue un debate intelectual, pero fue ante todo un debate político. La disputa entre Toledano y Caso es central porque al mismo tiempo expresa muchos de los elementos de las discusiones desarrolladas durante los siglos XVIII y XIX, y los elementos que se habrían de seguir debatiendo durante el resto del XX.

En aquel Primer Congreso de Universitarios Mexicanos, celebrado en 1933, Antonio Caso defendía las posiciones conservadoras-idealistas de los liberales, mientras Vicente Lombardo Toledano —quien jugaría un papel central en el desarrollo del sindicalismo universitario que desembocó en la creación de la aún hoy hegemónica corriente Roja— defendía las posiciones de la izquierda socialista, acotada en ese momento por la influencia de la Unión Soviética.

Aunque el debate lo ganó Toledano, los liberales reaccionaron con una intensa campaña de ataques, desprestigio y expulsiones contra maestros y estudiantes que terminó con la propia expulsión de Toledano. Pero lo más interesante es que la Universidad no terminó por ser liberal, como el grupo triunfante, sino con una combinación de lo que podríamos llamar “liberalismo lombardista” como el núcleo del sistema político universitario.


Sistema político UNAMita

El sistema político de la Universidad, conformado a partir de la asimilación funcional de las discusiones que en su seno se han desarrollado, es fundamentalmente un tipo de corporativismo burocrático de tres dimensiones. Estas dimensiones de la burocratización de la UNAM son: académica, laboral y administrativa.

En el actual contexto de la Universidad es posible que el chofer de un funcionario medio gane más que un investigador o que un maestro de mediana trayectoria. Los profesores de asignatura y los trabajadores administrativos de base son los que, evidentemente, sufren más esta mala distribución de los recursos.

La burocratización administrativa tiene que ver con el círculo vicioso de rotación de direcciones y de miembros de la Junta de Gobierno, que se genera partir de la ley orgánica de 1945. Es, en los hechos, una vieja estructura prácticamente inamovible y con mucho poder, lo que genera esos grandes abismos en la distribución de los recursos.

La burocratización académica también está marcada por la falta de rotación del personal que, dados los esquemas de jubilación, llevan a que los maestros tarden muchos años en jubilarse y no permite el relevo, además de que la limitación de los recursos conduce a la proliferación de maestros por hora/clase o materia específica, lo que no ayuda a la formación de un personal académico que permita la investigación.

Por último, la burocratización laboral es mediada por la burocratización del STUNAM, un sindicato que formó parte de la vanguardia del movimiento que buscaba la democratización sindical en el país y que dio lugar al sindicalismo de nuevo tipo y que, sin embargo, no supo, no pudo o no quiso consolidar un proceso de vida democrática en su interior. Lo anterior tiene que ver con la centralización, la reelección indefinida y la protección de violaciones y excepciones al contrato colectivo de trabajo, para poder otorgar «favores» o «castigos» a los trabajadores de manera discrecional. Este problema será analizado con más atención en los siguientes apartados.

Siguiendo a Francisco Zapata, podríamos afirmar que si el corporativismo está vigente es porque ha resultado efectivo para los sectores que lo componen (de qué otra forma explicar el regreso del PRI al poder), porque —con independencia de los límites que le impone a una posible democratización— su capacidad de adaptación, sobre todo en tiempos de crisis, ha sido útil para la reproducción del sistema de poder. En otras palabras, para entender los mecanismos de reproducción del sistema de poder en México es necesario entender el corporativismo, el formado por Lombardo Toledano y Lázaro Cárdenas en el contexto ideológico del nacionalismo revolucionario, y el que, a partir de la existencia de una estructura corporativa, ha logrado adaptarse en circunstancias muy diferentes para ser usado con fines muy distintos de aquellos para los que fue originalmente creado.

Esta consideración es aplicable, así, a la explicación de la configuración del sistema superior de educación que representa la Universidad Nacional, contribuyendo a configurar un sistema de poder en su interior. Más específicamente: los mecanismos de reproducción del sistema de poder en la UNAM no son completamente novedosos, sino que todavía tienen vigencia las formas de organización conformadas en el contexto ideológico del nacionalismo revolucionario que vincularon de una manera particular a la Universidad y el Estado.

Y justo ahora que el STUNAM estaría por hacer el anuncio oficial de sus resultados electorales, sería interesante voltear a ver este botón de muestra del sistema corporativista tanto del sindicato como de la Universidad misma.


El corporativismo y el sindicalismo

En el artículo ya citado, la doctora Mc Manus agrega una reflexión acerca de las paupérrimas condiciones de trabajo de los profesores de asignatura, así como de los empleados universitarios, y tiene razón sobre todo al señalar que al académico de la UNAM (habría que ampliar y decir «al académico moderno») se le ha reducido a una suerte de máquina de eficiencia en una lógica de puntos vinculados al salario, lo que lo lleva a un ensimismamiento en el que se instrumentaliza a los sujetos con quienes produce el conocimiento —los alumnos, por ejemplo.

Sin embargo, una mala comprensión de las condiciones de trabajo y de organización política de los trabajadores de la universidad[1] la lleva a afirmar, de forma errónea, que incluso cuando la Universidad pudiera democratizarse, el sindicalismo sería el obstáculo más importante («En un escenario fortuito de democratización, ¿cómo evitar que un órgano corporativo poderoso y bien aceitado tome por asalto a la universidad así como ahora lo han hecho, bajo este modelo oligárquico, pequeños grupos de poder que están, eso sí, muy bien conectados?»).

No se trata aquí de que el sindicato corporativo de la UNAM haya tomado por asalto a la institución, sino que es el corporativismo de la institución y de cada una de las partes que la componen. La Universidad no ha sido tomada por asalto, sino que ha contribuido en la formación del corporativismo académico y administrativo de la institución.

La Universidad pareciera dejar en manos del STUNAM la regulación monopólica del ingreso, la promoción e inclusive las condiciones de trabajo, pero en la práctica ha establecido una relación de pacto y apoyo mutuo con la dirigencia sindical y la corriente hegemónica del sindicato, con base en la cual la estructura interna del sindicato ha tendido a desarrollar una creciente centralización para la toma de decisiones y gestión. Una relación que ha sido posible debido a que nunca se establecieron las condiciones generales de trabajo.

Estamos hablando de la inexistencia de unas condiciones generales de trabajo, pactadas de manera bilateral, así como de algún reglamento interno que las regulara. Pues si bien desde que se pactó el contrato colectivo de trabajo se estableció una cláusula bajo la cual la UNAM y el STUNAM se comprometían a generar estos documentos, estos no se han generado; aunque este compromiso sigue figurando en la cláusula 56, como «bases del reglamento interior del trabajo»

Tenemos conocimiento de que en distintos momentos sí se trabajó por el establecimiento de estas condiciones generales de trabajo, a pesar de lo cual no se llegó a un acuerdo y con el paso del tiempo los representantes sindicales comenzaron a considerar que el establecimiento de esta reglamentación sería contraproducente, pues, desde su punto de vista, significaría someterse a una doble reglamentación: contrato y reglamento.

Adicionalmente, se consideró que sería difícil establecer en ese reglamento criterios generales de aplicabilidad para todas las dependencias, ya que cada una presentaba condiciones muy particulares (por ejemplo, se consideraba que no se podía conceder el mismo tiempo para realizar el cobro del cheque de la quincena a los trabajadores cuya dependencias tenían bancos cercanos, de los que estaban en dependencias alejadas de este tipo de servicios). Después se trataron de establecer reglamentos internos en varias dependencias, pero los esfuerzos tampoco fructificaron. Entonces se impuso la necesidad de ir resolviendo los problemas más urgentes por medio del mismo contrato.

Por parte del sindicato parece no haber existido la disposición para pactar condiciones generales de trabajo o un reglamento interno, a partir de considerar que el establecimiento de estos documentos pondría a la organización bajo la sujeción de más normas. No obstante, la falta de regulación reglamentaria de los procedimientos, los mecanismos y las formas de ejercer las prestaciones y las condiciones generales de trabajo es una de las principales causas por las cuales el secretario general puede hacer uso y manipulación discrecional de ellas. Es a partir de esta manipulación de las condiciones generales de trabajo y las prestaciones que el secretario general construye su legitimidad, otorgando beneficios e imponiendo castigos a voluntad, práctica extensiva a las autoridades de la UNAM, que actúan de acuerdo solo con la corriente del dirigente —la corriente Roja.

En cuanto al espacio normativamente privilegiado de su acción, el sindicato puede ser definido como de «circulación», es decir: concentrado en la negociación de la compraventa de la fuerza de trabajo como mercancía (empleo, salario y prestaciones). Y ejerciendo algunas de esas facultades del secretario general de la institución, más que de manera bilateral de forma discrecional, en las condiciones en que los funcionarios de la UNAM lo permiten.

Con base en planteamientos ideológicos, el sindicato ha establecido una posición crítica frente a la UNAM señalándola como una institución que forma cuadros de la clase dominante para mantener y reproducir las condiciones de explotación que, en lo formal, el sindicato combate.  Pero esto no se traduce en una posición clara de enfrentamiento (que objetivamente se asumiría contra los funcionarios universitarios, a quienes se acusa de ser los representantes de la burguesía en la Universidad), sino en el establecimiento de una postura de «compromiso» con la transformación democrática y crítica de la institución, toda vez que también se reconoce que «en sus contradicciones» se ha permitido el surgimiento de propuestas académicas más acordes con las necesidades del proletariado

El STUNAM se autoconcibe como una organización de «resistencia», según se establece en el primer párrafo de la declaración de principios, debido a que reivindican que la función del sindicato es la creación de la «conciencia proletaria», como antagónica a los intereses de la burguesía:

EL SINDICATO DE TRABAJADORES DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO es la organización de resistencia de los asalariados de la UNAM, coligados unitaria y democráticamente para la defensa de sus intereses económicos, políticos y sociales sin distinción del tipo de trabajo que desempeñan en la Institución, ni creencias religiosas, concepciones filosóficas o militancias políticas.

El STUNAM se organiza por la libre decisión de sus agremiados y con la finalidad de garantizar el logro de las mejores condiciones de vida y de trabajo para todos sus miembros: la creación, fortalecimiento y elevación del nivel de su conciencia proletaria y la compresión de sus intereses de clase son antagónicos a los de la burguesía y el imperialismo.

De manera que, por medio de una consideración ideológica sumamente elemental, el sindicato establece una relación con el trabajo mediada por la necesidad de la «lucha de clases» y de la «transformación de las estructuras de la sociedad en beneficio de los verdaderos productores de la riqueza, los trabajadores», lo que lo lleva también a asumir una posición formal de poco compromiso respecto a la UNAM como institución de educación superior.

Así, el STUNAM ha planteado la necesidad de participar en la reorientación del sistema educativo de la institución, sin embargo, hasta donde tenemos conocimiento, este planteamiento nunca ha llegado a objetivarse en propuestas, proyectos o acciones emprendidas en este sentido por el sindicato.

Por último, a pesar de que el sindicato ha establecido de manera formal el «repudio a que las autoridades universitarias se inmiscuyan en los asuntos del sindicato», ha sido este mismo el que ha promovido una relación de apoyo en que la institución resulta indispensable para el mantenimiento del poder de las dirigencias sindicales y de la corriente Roja. Este es el caso de la instrumentación de la represión sindical mediante la sanción laboral instituida por la UNAM, como en el caso de las rescisiones laborales.


Democracia y burocracia en el STUNAM

El trabajador universitario es sumamente explotado, ya que se le suele exigir la realización de trabajos intensos o muy intensos a cambio del otorgamiento de salarios que no alcanzan para cubrir sus necesidades básicas. Además, la mayoría tiene bajos niveles de escolaridad, y están colocados en los rangos más bajos del nivel tabular, como muestra en el retrato sociodemográfico que expusimos en una investigación previa (Jaimez, 2012)[2]. Sin embargo, lo que define a este trabajador no es tanto la resistencia a estas condiciones de explotación como su sumisión. El trabajador de la UNAM se caracteriza por no protestar y no resistirse a la ejecución de los procesos de trabajo, a pesar de que algunos usan con relativa frecuencia formas de resistencia espontánea.

Es dable creer que estas formas de instrumentar respuestas espontáneas a la dominación no son simples válvulas de escape a la frustración de ser dominados, sino que en sí mismas constituyen una suerte de entrenamiento a partir del cual, en determinados momentos, es posible poner en acción formas de resistencia colectiva organizada. De allí que la investigación acerca de estas formas de resistencia es un elemento fundamental.

Algunos casos, por supuesto, contrastan, sobre todo en áreas donde las características propias del trabajo permiten que este se organice de maneras más horizontales. En la exposición se ha citado el caso de un departamento de intendencia en que la organización del trabajo se decidía por medio de asambleas, pero en estas pudimos constatar que las mujeres no tenían el mismo nivel de autoridad y participación que los hombres; en cambio, en un departamento de bibliotecarios este “verticalismo” sexual estuvo mucho menos presente.

El trabajador de la UNAM, no obstante, no es sumiso únicamente en su proceso de trabajo, lo es también en su forma de participación política: cuando se cumplen ciertas características el trabajador universitario está dispuesto a delegar su capacidad política a los líderes o delegados, o sea: está dispuesto a sujetarse a la voluntad omnipotente del líder. El líder, por su cuenta, debe mostrar no su capacidad de lucha, sino su capacidad de negociación, es decir, su capacidad para obtener pactos con la autoridad, a pesar de que estos apenas beneficien a los trabajadores. De lo que se trata es, en todo caso, de que el líder demuestre que cumple con un papel acorde al sindicalismo neocorporativo que se ejerce. Esto sucede en todos los niveles, desde las delegaciones sindicales de cada dependencia hasta los liderazgos del Comité Ejecutivo del STUNAM.

El discurso oficial del sindicato sostiene, sin embargo, que es un sindicato «independiente y democrático», lo cual se asume por el hecho de que se cumplen las «reglas formales» de la democracia, como la realización de elecciones, la posibilidad del cambio de la dirigencia y el apego a los estatutos. Aunque más allá de esta parte formal del proceso, lo cierto es que la democracia y la representatividad del STUNAM deberían ser entendidas con base en las reglas «no escritas», como las formas de control y dominio que Agustín Rodríguez Fuentes —el secretario general— mantiene en todas las asambleas, generales y de delegación, en las que se suele formar una especie de gueto, sumadas a la vigilancia constante, el fraude, la intimidación y la coacción que ejerce en cada proceso electoral.

La relación obrero-patronal en la UNAM está menos determinada por las condiciones generales de trabajo que por el líder del STUNAM. Agustín Rodríguez es quien verdaderamente dicta las reglas, a partir de lo que se ha construido como una relación autoritaria patrimonialista en la que el apoyo al líder se traduce en toda clase de favores, excepciones y violaciones a las condiciones generales de trabajo. Es común, por caso, que Agustín Rodríguez proteja a trabajadores que han cometido alguna falta para asegurarlos como personas políticamente incondicionales a sus posiciones.

La democracia en el STUNAM está determinada por estas reglas no escritas, de la misma manera en que la legitimidad de Rodríguez Fuentes depende de su poder para dictar tales reglas; un poder que no podría entenderse sin considerar que él forma parte de una corriente de derecha dentro de un partido de izquierda (Nueva Izquierda) y que su Comité Ejecutivo esta integrado por militantes de esa corriente y del PAN, partido que ocupa el poder y con el que Rodríguez Fuentes parece llevar una buena relación, al igual que con José Narro Robles, el rector de la UNAM.

La representatividad se construye también mediante el poder de Agustín Rodríguez, por medio de los «apoyos» que ofrece a discreción a algunos trabajadores, así como de la manipulación de las condiciones de trabajo para beneficiar a los trabajadores y delegados que simpatizan con él, de la misma manera que «amarra», limita o ataca a quienes piensan distinto.

Agustin Rodríguez encarna la figura del padre autoritario dentro del sindicato, su legitimidad no solo está constituida por la relación patrimonialista y corporativa que mantiene para con sus agremiados, su legitimidad es reforzada porque su personalidad autoritaria le permite a los universitarios sentir seguridad y confianza en él, una necesidad que se formó en la educación en la familia autoritaria.


[1] «…la inmensa mayoría de los trabajadores de la UNAM conforma una suerte de casta obrera olvidada y condenada a trabajos alienantes que en nada contribuyen a su calidad de vida. Este grupo es tristemente tratado como si estuviera integrado por un conjunto de zombies cuyas vidas mentales no figuraran dentro del esquema universitario. Son simples cuerpos que transitan por allí, limpiando, arreglando, manteniendo, etc. Habríamos de pensar en una forma de dignificar estos trabajos que no se enfrente a la disyuntiva de un despido vía una modernización tecnologizada o una permanencia burocratizada de dichas tareas».

[2] Jaimez, R. (2012). Género y falocentrismo en la UNAM. Poder, dominación y resistencia en el trabajo administrativo (Tesis para optar por el titulo de licenciado en Antropología Social con Mención Honorífica y Recomendación para Publicación). Escuela Nacional de Antropología e Historia, Ciudad de México. Recuperado a partir de https://www.academia.edu/21884697/G%C3%A9nero_y_falocentrismo_en_la_UNAM._Poder_dominaci%C3%B3n_y_resistencia_en_el_trabajo_administrativo

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