Después de Ayotzinapa 10. Discriminación y racismo

El miércoles 18 de marzo, en el marco del ciclo “Después de Ayotzinapa: Conversaciones para repensar México”, Federico Navarrete habló acerca del racismo y sus consecuencias sociales en México. Estos son algunos fragmentos de lo dicho en el encuentro.

| Después de Ayotzinapa

La invisibilidad de las víctimas

La relación entre Ayotzinapa y el racismo es muy interesante porque no es directa o causal. Yo no afirmaría que los 43 estudiantes fueron atacados y secuestrados porque tenían cierto tipo racial. Sin embargo, sí hay información de que al menos once de ellos eran hablantes maternos de una lengua indígena, es decir, la cuarta parte de los normalistas, una proporción mucho mayor a la nacional (alrededor de un 6%). Era un grupo más indígena que el común de la población, pero en ningún momento sostendría que fueron víctimas de la violencia por esa razón.

La gran ruptura que causó Ayotzinapa en la conciencia social de amplios sectores de la población mexicana tuvo que ver con el hecho de que quebró una barrera de invisibilidad que había caído sobre la mayoría de las víctimas de la violencia en México en los últimos diez años. Rompió una barrera de indiferencia, de impotencia, y convocó a amplios sectores de la población a hacer algo por esos 43 cuando no habíamos hecho nada por muchos que habían desaparecido antes. Esa visibilidad de Ayotzinapa fue una situación anómala porque los estudiantes eran muy visibles y, a la vez, estaban desaparecidos. De hecho, todos los rituales para invocarlos en las movilizaciones pretendían hacer visible la desaparición de los normalistas sin caer en la invisibilidad.

Una de las razones que hacen invisibles a las víctimas de la violencia criminal y estatal en México –creo que es imposible hacer una distinción entre una y otra– es que esas personas ya eran invisibles antes de ser víctimas. Ahí es donde aparece el racismo: eran invisibles porque uno de los efectos más perniciosos del racismo en nuestro país es hacer visibles a unos e invisibles a otros.

El México de fantasía de los medios de comunicación es blanco, y todos los que no corresponden a esa idea de blancura simplemente no existen, no merecen ser representados o vistos. El hecho de que esas mayorías mexicanas que no corresponden al ideal mediático sean invisibles en nuestra esfera social, económica, política y cultural los vuelve más vulnerables en todos los aspectos; produce que los crímenes cometidos contra ellos nos importen menos o nos resulten menos escandalosos de lo que nos resultarían de otra manera.

Si hiciéramos el esfuerzo de estudiar a los muertos, a los desaparecidos, a las víctimas y aún a los perpetradores de los crímenes de los últimos años en México, estoy seguro de que encontraríamos que la mayoría de ellos ya eran víctimas de invisibilizaciones por razones raciales.


La ideología del mestizaje y los mitos históricos

Las leyendas que hablan de la Conquista, de Cortés y la Malinche, para explicar el racismo en México no tienen nada que ver, en términos históricos de causalidad, con los dos fenómenos contemporáneos más relevantes: la cuestión del mestizaje y el racismo mediático. El racismo que vive la sociedad mexicana hoy es producto de fines del siglo XIX y tiene que ver, sobre todo, con la construcción del mestizaje como ideología. En los tiempos del régimen porfirista y de los gobiernos post-revolucionarios, la ideología del mestizaje fue promovida por el Estado. Con la entrada del neoliberalismo hubo una privatización de la definición de las identidades, tarea que quedó en manos de los agentes de los medios de comunicación. Basta con ver el color de piel del 99% de las personas en la televisión para comprobarlo.

Un primer mito: se presenta una dicotomía absolutamente simplista cuando se dice que los españoles nos conquistaron a los mexicanos, una división totalmente maniquea (conquistador blanco, conquistado indígena) que no se corresponde con lo que fue la guerra entre españoles e indígenas en el siglo XVI. Solo por citar un ejemplo: el ejército que tomó México-Tenochtitlan el 13 de agosto de 1521 estaba compuesto por alrededor de un 95% de soldados indígenas de Tlaxcala, Texcoco, Xochimilco, Coyoacán, Chalco, dado que todos los pueblos estaban del lado de los españoles y los mexicas estaban solos. La mayoría de los indígenas durante el periodo colonial no se sentía conquistada ni derrotada. Si uno lee los textos históricos producidos por los indígenas durante esa época, nunca hablan de sí mismos como “nosotros los conquistados”. Eso es una construcción ideológica del México independiente, del siglo XIX en adelante.

Otro mito: había una fantasía acerca de una guerra de razas que había empezado con la conquista y acabaría, supuestamente, con los conquistados derrotando a los conquistadores. Por eso en el siglo XIX, cada vez que había una reunión indígena, o en el XX, cuando los zapatistas llegan a la ciudad de México, se decía que las hordas bárbaras de indios venían a matar a los blancos para vengarse de la conquista.

La única solución ante tal escenario era el mestizaje, es decir, que desaparecieran las diferencias. En algún momento esta idea del mestizaje se termina retrotrayendo a la Conquista. Allí los arquetipos son papá Cortés y mamá Malinche. Octavio Paz tiene unos pasajes muy elocuentes sobre cómo Cortés violó a la Malinche y cómo ella es, por eso, la chingada, una basura que merece nuestro desprecio y ser execrada. Supuestamente también por eso estamos traumados, y odiamos a nuestra madre porque es la chingada, la violada la penetrada, tesis que exhibe una misoginia aterradora. Me impresiona que alguien haya tomado esto en serio. No son más que prejuicios machistas sin ningún sustento.

De este modo, todas esas teorías que hablan sobre el trauma de la conquista, y de cómo los mexicanos estamos tan traumatizados desde 1521 que por eso no podemos meter goles en el fútbol, son tonterías, una producción de la ideología del mestizaje.


El racismo y el clasismo se retroalimentan

Es muy frecuente que me hagan la objeción de que el problema en México es de clases políticas y de ciudadanía pero no de raza. La primera respuesta a eso es que en ningún sistema racista del mundo –ni siquiera en la Sudáfrica del apartheid o en el Estados Unidos de la segregación– las diferencias de raza son únicamente raciales. El racismo químicamente puro no existe; la discriminación siempre se vincula con la desigualdad económica, el acceso a los derechos políticos y otras formas de diferenciación. El racismo siempre se suma a, y sirve para justificar o naturalizar, las diferencias de tipo socioeconómico o político.

Se podría decir que el régimen del apartheid en Sudáfrica buscaba la explotación de la mano de obra negra, y la manera más sencilla de lograrlo era discriminando sistemáticamente a esa raza y quitándole sus derechos políticos. Era, a final de cuentas, un sistema económico. De hecho, buena parte de la explicación de por qué el apartheid pudo disolverse de una manera relativamente incruenta es porque ya no le convenía a un país de desarrollo mediano como Sudáfrica, parecido a México, mantener una diferencia tan brutal; le convenía desarrollar clases medias negras y crear un mercado interno, entre otras cosas.

Decir que el racismo en México no existe, solo el clasismo, es un argumento débil. Claro que el racismo mexicano también es clasismo, pero hay que ver cómo se encabalga una cosa con la otra y aquí es donde entra la dicotomía visibilidad/invisibilidad.


La discriminación racial: un caso

Una niña blanca fue encontrada pidiendo limosna en Guadalajara en noviembre de 2013. Un señor, muy sorprendido, puso una fotografía de ella en Facebook con una nota que decía: “Seguro que esta chica fue secuestrada; por favor repartan esto entre sus conocidos para que sus familiares sepan.” La foto se hizo viral y fue reposteada sesenta mil veces ese fin de semana. Los comentarios eran del tipo “Mira, se ve bien alimentada, eso significa que fue secuestrada hace poco”. Desde luego a nadie se le ocurrió que sus padres podrían estar en la misma situación de indigencia.

La procuraduría intervino, secuestró a la niña y a sus hermanos, que eran más morenitos, y ordenó pruebas de ADN para comprobar si la señora era su madre biológica. Eso se confirmó legalmente casi de inmediato porque la señora presentó el acta de nacimiento en que constaba que la niña era su hija –eso es una prueba de filiación totalmente legal en este país. Días después las pruebas de ADN lo reconfirmaron. Lo impresionante es que las autoridades tardaron nueve meses en regresar a la niña a su madre, quien tuvo que pelear para que la dejaran visitara a su hija en el albergue donde estaba. Ahí quedó evidenciada la visión racial de las autoridades y de la sociedad: nos sorprende que una persona de fenotipo europeo pida limosna en la calle, mientras que nos parece natural que una niña de rasgos morenos e indígenas lo haga.


(Selección y transcripción de Albinson Linares.)

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