Después de Ayotzinapa 5. ¿Fue el Estado?

El pasado miércoles, en el marco del ciclo “Después de Ayotzinapa: conversaciones para repensar México”, José Merino y Carlos Bravo Regidor debatieron, moderados por Guillermo Osorno, sobre la responsabilidad del Estado en los crímenes de Iguala, sus fallas, sus obligaciones. Estos son algunos fragmentos de lo dicho en el encuentro.

y | Después de Ayotzinapa

Visiones del Estado

José Merino: Conforme iba pensando en la consigna “Fue el Estado”, me di cuenta de que tenemos una idea muy rígida del Estado, muy poco dinámica. Pensamos en el Estado como una estructura institucional, y pensamos que esas estructuras son intocables. Creemos que cuestionarlas o moverlas puede afectar algo que nos tomó años construir: la democracia mexicana.

Cuando se empieza a pensar en el Estado de una forma más dinámica, cobra más sentido aquella consigna. De hecho, tiene mayor resonancia y razón si pensamos que lo que le compete al Estado es, básicamente, tutelar lo público. Eso implica el tema de la seguridad, que está en la raíz misma del Estado y es su justificación elemental; es la parte que, en términos de Hobbes, es alienable de nuestra libertad y nuestros derechos: yo estoy dispuesto a no defenderme ni a abusar de los otros y a permitir que sea el Estado el que tutele los límites de mi relación con los otros.

Carlos Bravo Regidor: “Fue el Estado” es una extraordinaria consigna política: es sustantiva, adversarial, directa. Sirve, sobre todo, para ayudarnos a saber adónde dirigir el reclamo, a quién formularle demandas, en qué dirección exigir responsabilidades. Pero hay una pregunta para la cual la categoría “Estado” no sirve y, de hecho, podría convertirse en un obstáculo para responderla. Esa pregunta es: ¿qué pasó en Ayotzinapa? O ¿cómo podemos explicar concretamente lo que sucedió allí?

En primer lugar, el Estado, como categoría analítica, es una abstracción. No es un persona que piensa y tiene voluntad o conciencia. Por lo mismo me parece complicado atribuirle una fuerza causal dentro del fenómeno que tratamos de explicar. Creo que no es un actor ni un aparato monolítico. Muchas veces usamos la categoría “Estado” como una suerte de atajo mental para no referirnos a una cosa que parece muy complicada y tiene una distinción de competencias con una serie de oficinas. En el sentido más teórico y tradicional, en la experiencia cotidiana de la gente, el policía que te para porque te pasaste un alto, el burócrata al que le pasas una mordida después de que haces un trámite o el granadero que te pega en una marcha son manifestaciones que hacen concreta esa idea abstracta de lo que llamamos Estado.

Creo que culpar al Estado [de lo ocurrido en Iguala] es una estrategia susceptible de conducir la discusión en una dirección muy problemática que puede servir como coartada para el juego de los deslindes y las irresponsabilidades al que es muy dada la clase política.


Iguala como anomalía

José Merino: Mi gran problema con tu respuesta es que invita a pensar a Iguala como una anomalía, a pensarla solo a partir de variables de contexto, que no digo que sean irrelevantes. Pero Iguala no es una anomalía: es anómala solo en la resonancia y en el acceso a detalles informativos que tuvimos del episodio.

Si el caso de Iguala fuera una anomalía, sería solo porque allí confluyen todas nuestras terribles regularidades. Allí no ves nada que no hayas visto en otro lugar, solo que nunca se habían mostrado con tanta claridad en un solo caso. Hay colusión de autoridades y criminales. Hay policías municipales trabajando para criminales. Hay un operativo conjunto de ocho años que no funcionó y atrofió las capacidades locales para combatir el crimen. Hay un candidato de quien ya conocíamos sus antecedentes y que igual se lo pelearon dos partidos, lo postularon y ganó la elección. Hay un modo brutal de desaparecer, matar y tratar de borrar toda la evidencia.

Carlos Bravo Regidor: Dices que Iguala no es una anomalía porque desaparecen 43 personas cada tres o cuatro días, y es cierto, pero precisamente por eso es que Ayotzinapa es una anomalía: por el efecto que tuvo. Llevamos años acumulando desaparecidos y no habíamos visto una reacción como esta. Una pregunta que no nos hemos hecho lo suficiente es por qué Ayotzinapa sí tuvo un impacto en la conciencia pública que no habían tenido tantos otros episodios.

Un factor que podría explicarlo es que la escuela rural de Ayotzinapa es un lugar que históricamente ha estado muy vinculado a centros de defensa de los derechos humanos y a movimientos sociales de la región, además de que tuvo vínculos con la guerrilla. Es muy posible que todo eso haya ayudado a darle difusión.

Otra cosa que podría ayudarnos a explicarlo es el peso que tiene la figura del estudiante en el lenguaje mexicano, y eso me remite a la importancia del proyecto de las escuelas normales rurales durante la época postrevolucionaria. Es muy interesante pensar en esa imagen del maestro como un apóstol de la nación que tenía Vanconcelos y en la imagen que tenemos hoy, cuando en los periódicos y la televisión se presenta a los maestros como vándalos.


La anulación política, judicial y económica de los ciudadanos

José Merino: Creo que una herencia de la autocracia más exitosa que el mundo ha visto es que, en el discurso público, entendemos los derechos de quienes no tienen como necesidades. Entonces el Estado provee necesidades políticas, sociales, educación y salud, pero no entendemos esa provisión como el ejercicio de derechos por parte de los receptores, sino como algo a lo que accedes porque es un acto medio voluntario de quienes ocupan el aparato estatal. Y entendemos los privilegios de pocos como derechos.

El acceso al Estado mexicano es muy desigual. Hay quienes por razón de su clase social o sus vínculos y conexiones pueden protegerse de manera eficaz contra el Estado, pero eso no es un ejercicio de derechos sino más bien una privatización de lo público. Tampoco tenemos mecanismos claros de acceso para defendernos de autoridades o para proveernos de condiciones mínimas de bienestar. Hay un segmento amplísimo de la población mexicana cuyos derechos están anulados porque no hay puntos de contacto con el Estado y con quienes lo ocupan para defenderlos y hacerlos accionables o ejercerlos.

Los jóvenes realizan todos los días manifestaciones y protestas cada vez más extremas, como tomar casetas o secuestrar camiones, porque no encuentran en el camino de lo público el acceso a los bienes a los que tienen derecho. Si el argumento es que parte de la configuración del Estado hizo posible Ayotzinapa, entonces tenemos que resolver tres cosas elementales:

  1. La anulación política de los ciudadanos. Es decir, necesitamos generar un sistema de reglas que haga de esto una democracia representativa, que no lo es.
  1. La anulación judicial de los ciudadanos. El sistema de justicia penal debe mejorarse, junto al sistema de derechos humanos, y garantizar la autonomía del procurador o fiscal respecto al Poder Ejecutivo.
  1. La anulación económica de los ciudadanos. Es decir, los mexicanos no encontramos en el mercado laboral un mecanismo para traducir nuestras capacidades en ingresos y bienestar. Tenemos un salario mínimo por debajo del nivel de pobreza, lo que implica que el Estado debe compensar y resolver esa diferencia, quitándole así presión a la iniciativa privada.

El Estado: ¿Leviatán o huachinango?

Carlos Bravo Regidor: Me importa mucho la clase política que funge como intermediaria entre la sociedad y eso que llamamos Estado porque muchas de las patologías que mencionas tienen que ver más con la lógica de cómo se comportan los políticos. Esta clase parásita al Estado podría explicar, en parte, por qué no obtenemos la respuesta que esperamos del Estado.

Comparemos las grandes expectativas que genera –por la carga normativa que tiene– la idea del Estado y la experiencia del Estado existente. Cuando alguien, por ejemplo, va a hacer un trámite para abrir un negocio y pagar impuestos, lo primero que se encuentra en la oficina pública es un burócrata comiéndose una torta: allí hay una disonancia cognitiva.

Con todas estas fallas y distorsiones ¿vale la pena llamar Estado a esta cosa? Alan Knight, historiador de la Revolución Mexicana, tiene un texto en que dice que por mucho tiempo tuvimos la idea de que el Estado postrevolucionario en México era un gran Leviatán, una maquinaria imparable, una aplanadora, pero que cuando los historiadores se pusieron a estudiar ese Estado vieron que, más que un Leviatán, era un huachinango.

(Selección y transcripción de Albinson Linares.)

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