¿Pliego petitorio o manifestación permanente?

Las movilizaciones populares desatadas tras los crímenes en Iguala han conseguido sumir al gobierno federal en una profunda crisis política. ¿Es ahora el movimiento el que empieza a desgastarse?

y | Réplica

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Elisa Godínez

Mi respuesta es: pliego petitorio. Las vigorosas protestas por los crímenes cometidos en Iguala el pasado septiembre podrían ser el detonante para la construcción de un movimiento social amplio y plural capaz de aglutinar una buena parte de los agravios y demandas que padecen y reclaman vastos sectores de la sociedad mexicana. Hasta el momento, las infatigables marchas, tanto en la capital del país como en otras ciudades, han sido la forma más visible de protesta, y durante estos eventos la demanda prioritaria ha sido la lucha por la justicia y la verdad, enarbolada por los padres, familiares y compañeros de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos.

Sin embargo, estas manifestaciones, aunque masivas e incansables, todavía no se transforman en movimiento social. Esto sería lo deseable, y es perfectamente posible si, entre otras cosas, este gran conjunto de voces es capaz de acordar un pliego petitorio o plan de acción basado en una agenda que mantenga, en primer lugar, el tema de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa como punta de lanza para denunciar y exigir un golpe de timón que resuelva la gravísima crisis de justicia que padece México. Y como de la mano de la injusticia va la impunidad –que es la misma que auspicia la cada vez más visible y ofensiva corrupción de la “clase” política–, el combate a la impunidad y la corrupción también debería ser parte primordial de ese pliego. No sobra decir que la agenda se debe constituir al margen de los partidos políticos, que han expropiado la participación política por las vías institucionales solo para usufructo de las élites rancias de cada instituto, gracias al aval y el estímulo de un muy deficiente sistema electoral, producto de reformas políticas que bien podrían ser interpeladas en este plan.

Adicionalmente, para nadie es un secreto que la situación por la que atraviesa el país está lejos de ser el paraíso que prometía la aprobación del paquete de las flamantes “reformas estructurales”, según aseguraban el gobierno de Enrique Peña Nieto y sus aliados del Pacto por México. Estas reformas han beneficiado solamente a unos cuantos –los mismos monopolios de siempre en el sector telecomunicaciones, por ejemplo– y han sido profundamente lesivas para la mayoría, de modo que esta hipotética agenda bien podría considerar la exigencia de contra-reformarlas a partir de un auténtico debate.

Ahora, podríamos discutir largo y tendido también sobre la idea de la manifestación permanente, no necesariamente contrapuesta a la necesidad de que las protestas evolucionen hacia un pliego petitorio. Las protestas son un medio y no un fin en sí mismas, y evidentemente los fines no son homogéneos y múltiples afluentes nutren esta gran cuenca de protestas. Así, prefiero pensar la idea de la manifestación permanente como una metáfora de que la protesta, que nunca es un sustituto de la organización, siempre es necesaria, es un derecho elemental y un instrumento político esencial en cualquier sociedad.


Alberto Fernández

El amplio movimiento social que se manifestó por todo México a raíz de los crímenes de Iguala obtuvo un triunfo contundente desde el primer momento, el cual consistió en cancelar las vías para la legitimación del discurso oficial sobre la tragedia. Sin embargo, esa victoria indiscutible también ha marcado los límites para la expansión y mayor trascendencia del movimiento. El momento actual exige una transformación cualitativa tanto del discurso como de la táctica de la movilización social que ha acompañado el reclamo de justicia ante la desaparición forzada de los normalistas de Ayotzinapa. Es fundamental, entre otras cosas, definir las formas en que el movimiento materializará el discurso en una propuesta de transformaciones profundas para México, las cuales podrá luego decidir si asumen la forma de un pliego de demandas a negociar con el gobierno y los actores políticos o de un proceso de construcción autónoma al estilo del zapatismo a partir de 2003. El riesgo de no dar este paso cualitativo es enorme: el movimiento podría disiparse en las calles y quedar reducido a una serie de hashtags intrascendentes en las redes sociales.

Las victorias morales, quizá más que la represión gubernamental, suelen poner a prueba la capacidad de los activistas de ubicar su movimiento en la perspectiva histórica y percibir la mecánica de su propio devenir. El movimiento por Ayotzinapa, por ejemplo, comparte esa clara victoria en posicionar un discurso contrahegemónico con otras movilizaciones, como la del Movimiento M-15 de España y Occupy Wall Street de Nueva York.

En el caso de este último, que tuve la oportunidad de seguir en persona en el otoño de 2011, fue imposible no entusiasmarse por la rapidez y profundidad con que su simple discurso (“We are the 99%”) impactó a la opinión pública y se plantó en el centro de un debate público dominado por una cerrazón conservadora a todo lo que huela a crítica de la desigualdad socioeconómica. La presencia permanente de cientos de activistas en una pequeña plaza del Bajo Manhattan, las manifestaciones constantes y sus réplicas en varias ciudad de Estados Unidos constituyeron una ineludible denuncia ética de las prácticas del capitalismo financiero. Intelectuales simpatizantes, como Slavoj Zizek, destacaron la efectividad del puro performance moral y la ausencia de un programa definido que pudiera ser cooptado y asimilado por parte de los actores políticos.

Después de un par de meses de protesta pública, sin embargo, quedó claro que la materialidad del movimiento se reducía a una presencia física que no resistió la llegada del invierno. El movimiento se dispersó entre desplantes de pseudo-radicalidad e, irónicamente, la cooptación del mensaje del “99% versus Wall Street” por parte de todo tipo de actores oportunistas, desde cadenas de pizzerías hasta libertarians del Partido Republicano.

La lección de este y otros movimientos para la movilización mexicana por Ayotzinapa, desde mi punto de vista, no es privilegiar la articulación y promoción de demandas concretas por encima de la movilización permanente, sino afinar la conciencia del devenir del movimiento, junto con la capacidad de análisis táctico, para poder discernir sobre la marcha cuáles son los caminos para convertir las victorias morales en transformaciones tangibles y sustentables del sistema político que se cuestiona.

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