Dislocaciones. Respirar en los límites del deseo

La escritora argentina Ana Arzoumanian ha construido una obra literaria que camina en los límites de la memoria y la reflexión en torno a las prácticas genocidas en la que el deseo es un elemento clave.

| Reseña

Un hueso fuera de su lugar es una dislocación. Sacar un argumento de su sitio, ponerlo fuera de contexto, es una dislocación. Ensayar haciendo poesía es una dislocación. El trabajo, prolífico por lo demás, de la escritora Ana Arzoumanian es el esfuerzo por hacer de la dislocación una estrategia de pensamiento y un ejercicio de vital negatividad en la escritura.

Ana Arzoumanian (Buenos Aires, 1962) es una escritora, poeta, abogada e investigadora argentina especialista en estudios sobre genocidio; miembro de la International Association of Genocide Scholars. Su apellido ya le dice algo a quienes reconocen en esa terminación una huella identitaria: Arzoumanian es nieta de armenios en la diáspora por el genocidio cometido contra ellos en 1915. Es argentina y es armenia. Entonces, ser especialista en estudios sobre genocidio indicaría otra cosa más: estudia y trae al presente el genocidio que le da cuerpo a su genealogía. Esto, sin embargo, no la pone bajo sospecha, pues ha sabido equilibrar con inteligencia la subjetividad y la reflexión tanto en sus textos literarios como en aquellos más teóricos (e incluso académicos) en los que discurre acerca del cruce entre memoria, aniquilación, derecho y literatura. Y de este cruce ha conseguido hacer un estilo propio que tiene por seña no responder nunca a una única identidad y no hablar solo un idioma. Sus libros oscilan entre la poesía, el ensayo, la novela, la crónica y el derecho. En su más reciente libro, Infieles (Libros del Zorzal, 2017), una prosa poética rayana en el ensayo, el cuaderno de viaje y el diario, ha logrado llevar este ejercicio a su versión más pulida. Ahondaré.

Se podría decir que dos pisos fundamentales sostienen su obra: la muerte y el deseo. Los cuerpos que son aniquilados y los cuerpos que gozan. En Hacer violencia. El régimen insurrecto del arte (Nahuel Cerruti Carol, 2014), un libro de ensayos acerca de cómo el arte ha tratado las prácticas genocidas, y más en específico, cómo ha tratado las imágenes que produce el terror, Arzoumanian plantea una serie de tesis relativas al tratamiento de dichas imágenes, la narración testimonial, la memoria y el deseo. Allí, como Franco Berardi, “Bifo” sostiene en distintos lugares, también ella propone “re-erotizar” no los vínculos o los movimientos colectivos, sino los cuerpos asesinados, los relatos y las memorias relacionados con ellos.

En Hacer violencia, Arzoumanian sostiene que:

«Las prácticas genocidas con sus procesos concentracionarios y de exterminio despliegan sus acciones de cosificación, una lógica de nihilización y animalización. La ‘miseria estética’ en términos de Antelme no sucede por una pérdida de la belleza sino, fundamentalmente, por la desaparición de la singularidad de los cuerpos y de los rasgos de identidad personal. En un proceso de des-erotización del cuerpo, carentes de nombre y de identidad, se humilla de tal modo que la degradación moral lleva a distorsionar cualquier posibilidad de recuperar un lazo con el otro». (p. 97)

Es decir, el genocidio opera como una dislocación, y no bastaría, para tener conciencia de su dimensión y articularlo, presentar las imágenes de la «miseria estética»; será necesario, y este es el alma del pensamiento arzoumaniano, perturbar la memoria, y más aún: perturbar el hecho genocida re-erotizando al cuerpo victimado. O sea, si el genocidio es el ejercicio extremo de la destrucción del otro, es justo en él (en su relato, sus imágenes, su memoria) donde se volcará una potente fuerza erótica que agriete su propia estructura. Soplar aliento vital: despertar el deseo. Terapia de shock, incomodidad.

En el poema largo Káukasos (Activo Puente, 2013), una armenia que viaja a Nueva York, y se encuentra allí con un turco, no puede revelar su identidad enunciando la palabra-trauma: Armenia, y el encuentro deviene fractura:

I’m turkish and you?
No le digo
que soy de un país pequeño,
devenido pequeño,
de vecinos afectados
a la interrogación, al control.
¿Cómo no ser vulnerable?
No le digo
cómo no ser vulnerable
en el límite con Irán,
con Georgia.
No le digo
que busco entre la basura
trapos en sangre de mujeres…

Mientras que en Infieles la argentina-armenia viaja sin ocultamientos a Turquía a buscar al hijo de su abuela. Allí somos testigos de encuentros sexuales que constituyen en realidad un solo acto de re-erotización de la memoria entre un turco y esta descendiente de armenios en el exilio que busca «al hijo de su abuela», al tiempo que restituye a su abuela misma. Inscribir el goce allí en la frontera, en el lugar mismo del trauma. No ya la fractura del turco, de nuevo, sobre la armenia, sino la de ella sobre la de él. Dislocarlo.

En Infieles se responde la pregunta de Káukasos: «¿Cómo no ser vulnerable?», siéndolo. Volviendo a donde los abuelos tenían prohibido volver, hablar armenio, comprar una daga, recitar el Corán, decir palabras árabes y turcas, desnudarse con un turco, entregarse.

«Eso es el goce de la vida mundanal, pero junto a Dios está la hermosura del retorno.
El sello en el pasaporte de mi abuela: sin retorno posible. […]
Cierra los ojos, grita. Su grito parece de dolor, pero son todos los espartanos que saltan sobre un caballo que dicen es troyano pero está en Turquía». (Infieles, p. 24 y 26)

Es interesante cómo en Infieles Ana Arzoumanian logra poner en práctica su propia tesis, es decir, si en Hacer violencia dice «La supremacía del perpetrador en su extremo es una hiperdominación bajo la herramienta del sufrir. De manera que el sojuzgamiento se acelera hacia la destrucción total» (p. 118), en Infieles, el constante y repetido placer carnal ofrece a la protagonista (metonimia de la víctima) dislocar el eje y restituir la memoria por la vía del goce. Y no se trata de una reconciliación de los afectos, sino de una inscripción de la huella del dolor allí donde el orgasmo disuelve: el veneno es la medida. Coger, en Infieles, es una venganza, un aniquilamiento, una recuperación; un golpe devuelto donde nadie lo esperaba, coger es combatir. Caballo de Troya.

Dueña de su goce, esta mujer recupera el cuerpo de la abuela, eso que le fue arrebatado. Dueña de su goce, acuerpa la diferencia:

«No te vayas. Casi llorando, le suplico; no te vayas. Le quiero decir: cruzaré el límite, ya estoy del otro lado. Este deseo caníbal va por vos. Por vos.
[…]
Cada traidor debe saber que la tierra que fue regada de limpia sangre turca permanecerá siendo turca. Ese era el estandarte que apretaba el pecho de la madre sustituta del hijo de la abuela. Apretaba y el niño chupaba. Una leche de guarnición militar.
[…]
Anatolia como cuerpo único». (Infieles, pp. 57 y 115)

Si en su cuerpo se inscribe Armenia, la protagonista lo ha logrado simbólicamente; ha llevado a su país chiquito en ese Caballo de Troya-Anatolia y lo ha cruzado abriendo fuego en el vientre de su amante. Esta vez ha dicho en la aduana que es argentina, porque es verdad: sus verdades son complejas, dobles. No sin secuelas: Turquía se le ha metido, también, en la carne.

Con su bibliografía extensa, en especial la literaria, Ana Arzoumanian ha dado cuenta de la posibilidad de darle, por medio de la palabra poética, un lenguaje a lo que suponemos intransferible e inenarrable de la experiencia genocida. Dice Daniel Feierstein en El genocidio como práctica social, «Para el caso, Paul Celan demostró que podía escribirse poesía, e incluso intentar transformar el lenguaje para poder narrar lo supuestamente inenarrable» (p. 167) y agrega: «La visión de la inenarrabilidad, sin embargo, se ha constituido algunas veces en un serio obstáculo para la construcción de perspectivas contrahegemónicas de percepción de la experiencia genocida […] Es decir, la ‘intransmisibilidad’ filosófica se transmuta en ajenización política.» (pp. 168-169).

La palabra-deseo de Ana Arzoumanian es, pues, política. Y en ese sentido, su obra debería ser leída y estudiada como un importante testimonio y una necesaria reflexión en torno a la identidad armenia posgenocida (y posgenocida en general), muy particularmente de la diaspórica, y al mismo tiempo como muestra de la construcción de una ética-estética dislocada que respira en los límites del género literario y del lenguaje.

*Buena parte de los textos de Ana Arzoumanian están disponibles en su web: http://anaarzoumanian.com.ar/

*Imagen de portada: Estambul, Eloisa Sánchez de Alba©

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