¿Dónde quedaron los trabajadores?

En México desde hace tiempo los partidos políticos decidieron dejar de representar a los trabajadores (es decir, a los afectados por el capitalismo global). Si la organización política es la ruta del cambio, necesitamos recuperar categorías como la de clase.

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La clase obrera y los trabajadores monopolizaron toda estrategia y acción política de las narrativas de la izquierda del siglo XX. Fueron el centro de los anhelos, las esperanzas y las decepciones de cuatro generaciones de militantes, teóricos y simpatizantes. Poesía y manifiestos a los trabajadores florecieron en todos los lugares del planeta que la modernidad capitalista tocó. Sin embargo, desde los setenta, y con el colapso del socialismo real, los trabajadores y el proletariado perdieron su centralidad en el lenguaje político.[i] La izquierda descubrió nuevos sujetos revolucionarios o grupos olvidados que merecían un lugar más adelante en la fila y los antiguos héroes que romperían la cadena histórica de la opresión se mostraron como un grupo privilegiado.

En esos años la lucha de las mujeres y las luchas contra el racismo acabaron con el cerco que el marxismo y el movimiento obrero les habían puesto en el camino.[ii] Las brechas abiertas por la tormenta contestataria de los sesenta y setenta permitieron que los oprimidos tomaran algunas butacas reservadas en los puestos de representación y, desde principios de los noventa, un discurso (sobre todo, sentimental) en contra de las exclusiones se convirtió en lo hegemónicamente correcto. Para un sistema político reticente a cualquier propuesta de cambio radical, populista o anticapitalista, aceptar la política de la identidad y los derechos humanos no representaba ningún costo.

Claro: las generaciones pasadas fracasaron en sus intentos de transformar al mundo en uno más igualitario, pues se enfocaron en cambios institucionales que pretendían igualdad legal, que no material. Algunos de los militantes de la izquierda revolucionaria de origen obrero o campesino lograron abrirse paso a empujones hacia las clases medias. Otros, que provenían del estudiantado radicalizado en los setentas, regresaron a las cómodas trincheras del privilegio de donde habían salido para expiar su culpa de pertenecer a la clase media, a esa “pequeña burguesía” de la que tanto renegaron en su juventud. El balance de la derrota histórica de las fuerzas políticas de izquierda va más allá de lo discursivo y se refleja en el panorama desolador de la desigualdad en el mundo y en México. Como señala el informe sobre desigualdad extrema en México de OXFAM, “para el año 2014 los cuatro principales multimillonarios mexicanos podrían haber contratado hasta 3 millones de trabajadores mexicanos pagándoles el equivalente a un salario mínimo, sin perder un solo peso de su riqueza”.[iii] Nuestra generación creció aceptando de forma inconsciente el fin de la historia y naturalizando estas desigualdades, por más que una y otra vez intentáramos encender la pradera con cerillos viejos.

A pesar del estado de las cosas, no hace mucho en México se discutió, alegremente, nuestra conversión en un país de clases medias. Con cierta condescendencia se habló de los peligros del populismo o de las resistencias a la modernidad. Ante cualquier alternativa, incluso de lo más tibia, se asustaba a las siempre endebles “clases medias” diciéndoles que perderían todo… para, luego de unos años, introducirnos en una guerra contra el crimen organizado que representa, en todos los renglones, uno de los capítulos más negros de la historia de México. Dado el conjunto de discursos tan correctos, tan bien fundados en la (supuesta) defensa de la libertad, la diferencia o lo moderno, ¿qué lugar tenían el resto de los olvidados en ese proyecto político?

A cambio del abandono de un proyecto de transformación radical en beneficio de los trabajadores, se nos ofreció un proyecto de instituciones democráticas y de transparencia y un mar de posibilidades a quienes estuvieran dispuestos a tomarlas. Instituciones democráticas que pronto se convirtieron en el fin último de cansados activistas, tan atareados en su búsqueda de la siguiente diputación que nunca se dieron cuenta que la posibilidad real de tomar el poder les estaba vetada. Esta transparencia en su largo camino solo ha servido para producir engorrosas leyes, estructuras burocráticas y espacios de legitimación de un proyecto empresarial de lo correcto. Un mercado en el que pocos tienen la oportunidad de participar, entre otras cosas, porque los contubernios políticos y las persistencias oligárquicas hacen impracticable una participación efectiva de las mayorías en los órganos de representación. La nuestra fue una inusual transición democrática sin pueblo.

Pero, en este panorama, ¿dónde está la izquierda de las luchas históricas? Estamos abajo y a la izquierda, perdidos en las profundidades del abismo, invocando los fantasmas de la vía armada que nunca estuvo realmente conectada al pueblo. Estamos escondidos en los rincones de las universidades, rumiando pergaminos y memorias de grandes huelgas estudiantiles en el centro del país. Otros más estamos en la incomodidad dorada del puesto burocrático, en la sociedad civil cooptada o en nuestras casas esperando la próxima beca del CONACYT. En esas realidades poco heroicas, bastante grises, y sin embargo necesarias para conseguir avances, ahí estamos.

En el México de principios del siglo XXI, la izquierda vive bajo el peso de la narrativa de una transición política exitosa, de una modernización económica con beneficios reales y ese raro nacionalismo que pide a gritos la defensa de la apertura comercial. La transición política se construyó en el consenso de respeto a las instituciones autónomas, la obsesión por la gobernabilidad y el temor por el retorno a la deriva económica de los años ochenta. Ni siquiera las crisis de mediados de los noventa y el 2008 afectaron ese consenso entre un sector de los intelectuales, los políticos y los empresarios mexicanos. Sin embargo, más allá de los llamados a combatir la pobreza y la desigualdad, la realidad es que el establecimiento de una política social focalizada y el impulso de la sociedad civil a la organización comunitaria terminaron despolitizando el problema.

Lo concreto en esta transición fueron las victorias municipales, los puestos de elección popular o los novísimos puestos en los flamantes organismos autónomos.[iv] Hoy, cualquier intento por politizar el combate a la desigualdad topa con la pared de las reglas de operación de los programas sociales financiados por el Estado o la necesidad de concursar por los recursos de las agencias internacionales. Contradecir el discurso hegemónico se presenta como un juego propio de universitarios, pero sin demasiado eco entre la población general. Después de todo, las noticias que nos llegan del sur del continente no son como para ilusionarnos y, a diferencia del siglo pasado, no hay referencias internacionales en que cifrar las esperanzas de un cambio radical.

El actor que no aparece en este relato de la transición son los trabajadores. El porqué del olvido de la categoría de clase como un instrumento importante de organización se debe a una historia del fracaso de la resistencia ante el cambio del modelo económico y a la búsqueda exclusiva del poder por la vía electoral. Desde el inicio de siglo, el recuerdo de la campaña de cooptación y represión y la paulatina desmovilización de la militancia en sindicatos y organizaciones campesinas es en el imaginario político colectivo solo un recuerdo.[v] Iniciativa tras iniciativa, los restos de viejas o nuevas organizaciones siguen llenando las páginas interiores de La Jornada o de una que otra revista académica. Sin embargo, el lugar central de la imaginación política de las izquierdas está en otra parte: en las urnas, en las montañas del sureste o en los movimientos sociales. El clientelismo y la falta de autocrítica en los partidos políticos de izquierda han imposibilitado la presencia de los movimientos de los trabajadores del campo o la ciudad.[vi] Si es cierto que no son los héroes perfectos de nuestras viejas novelas, tampoco son los pérfidos villanos del relato neoliberal. En esos términos, la discusión política en la izquierda mejor decidió borrarlos para efectos prácticos. Nos ahorramos ansiedades, decepciones y la difícil tarea de preguntarnos si había alguna salida del laberinto de la política.

El asidero moral de una política de izquierdas no puede limitarse a una lucha por las libertades o la justicia en abstracto; tiene que tener una referencia concreta en los intereses sociales de los afectados por el capitalismo global y el sistema político que lo posibilita. Si vamos a tomarnos en serio a la democracia como sistema de vida (artículo 3° constitucional dixit), va siendo tiempo de replantearnos la recuperación no dogmática de categorías como la de clase, y otras como la de burguesía y oligarquía. Esta recuperación de términos tiene que pasar de manera obligada por el trabajo político, como se decía en ese pasado nebuloso, con “las masas”. Claro que es una tarea que se ve atajada por varios de los problemas que frustraron a los militantes universitarios de los setenta, que se agravan con la descomposición de las industrias y del entorno urbano. La fórmula es muy sencilla y universal: volver a representar a los excluidos. ¿No es acaso esta preocupación por la cuestión social lo único que nos ha llevado históricamente a oponernos a la desigualdad y la opresión?

(Foto: cortesía de Mike Steele.)


[i] Para una historia de la relación inestable y conflictiva entre el socialismo y el movimiento obrero véase: Donald Sassoon, Cien años de Socialismo, Ensayo Histórico (Editora y Distribuidora Hispano Americana, 2001).

[ii] Para una historia de la progresiva inserción de la lucha por el reconocimiento de los derechos de las mujeres y en contra del racismo véase: Geoff Ely, Un mundo que ganar: Historia de la izquierda en Europa, 1850-2000 (Crítica, 2003).

[iii] Gerardo Esquivel Hernández, “Desigualdad Extrema En México. Concentración Del Poder Económico Y Político” (OXFAM México, 2015).

[iv] Para una articulación de esta versión justificatoria rayana en una historia whig de la izquierda mexicana puede leerse: José Woldenberg, El Desencanto (Cal y Arena, 2009).

[v] Sobre el episodio prácticamente olvidado del asesinato de militantes campesinos del Partido de la Revolución Democrática durante el sexenio de Carlos Salinas véase: Sara Schatz, Murder and Politics in Mexico: Political Killings in the Partido de la Revolucion Democratica and its Consequences (Springer, 2011).

[vi] Las miradas externas suelen ver aquello que por momentos nos negamos ver. Para una mirada crítica de la evolución de la izquierda social véase: Paul Lawrance Haber, “La Migración Del Movimiento Urbano Popular a La Política de partido en el México contemporáneo”, Revista Mexicana de Sociología 71, no. 2 (2009).

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