Dos imágenes: implosión social y violencia de la transparencia

La implosión social pulveriza los vínculos sociales y las formas de organización. El concepto “violencia de la transparencia” del filósofo coreano Byung-Chul Han puede dar pautas para comprender esta época.

| Ensayo

I

Una implosión arquitectónica inicia cuando ingenieros activan explosivos instalados al interior de un edificio para hacerlo colapsar de adentro hacia afuera, y tras un momento de aparente calma la estructura cae sobre sí misma levantando grandes cúmulos de polvo y escombros. Este ensayo explora la idea de implosión social que, de manera similar a una implosión arquitectónica, ocurre con estallidos internos e invisibles que pulverizan los vínculos sociales y las formas de organización. El propósito es identificar algunos rastros de la implosión social en el contexto mexicano, para luego hacer una conexión con la noción de “violencia de la transparencia” del filósofo coreano Byung-Chul Han, la cual define una forma de control contemporáneo que surge del consenso del mercado y la hipercompetencia, y que provoca el colapso del sistema mediante un exceso de actividad incapaz de cualquier detenimiento.

México, año 2012. El fantasma de un estallido social merodea ante la posibilidad de que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) regrese a la presidencia de la República en las próximas elecciones, junto con la creciente efervescencia del caleidoscopio emocional del movimiento #YoSoy132 y la llamada Primavera mexicana. Una lejana reverberación, ensalzada con el ilusorio boom selfieactivista de la época en las redes sociales, de las Primaveras árabes, los indignados españoles del movimiento 15-M y el movimiento Occupy Wall Street, a los que Zygmunt Bauman criticó como carentes de pensamiento estratégico (Petersen, 2013).

Tres años antes, Roger Bartra publicó el ensayo La sombra del futuro en el que habla sobre la imposibilidad humana de pronosticar y estudiar el futuro, el cual solo podemos vislumbrar a través de las sombras que el presente proyecta hacia adelante, que se tornan más oscuras si vemos en ellas males, síntomas de decadencia y crisis cultural. Un ejemplo al respecto: hasta hace unos meses era difícil creer que Donald Trump, aquel personaje que en un inicio apareció como un meme, se convertiría en el presidente de los Estados Unidos. Marta Peirano (2016), explica cómo esto ha significado un golpe para la gran maquinaria tecnológica: “un pinchazo a la burbuja del big data” que fue inútil para predecir los resultados electorales frente al acontecimiento imprevisto de que el Colegio Electoral le diera la victoria a Trump a pesar de haber perdido por alrededor de tres millones de votos populares.

Durante aquella presentación, a Bartra le preguntaron su opinión con respecto a las posibilidades de que un estallido social se volviera realidad en México. Respondió que más bien lo que veía era una implosión social, en la que la gente está más preocupada por sobrevivir y resolver sus problemas cotidianos que por involucrarse en asuntos políticos.

Al respecto, en el libro La tiranía del sentido común. La reconversión neoliberal de México, Irmgard Emmelhainz (2016) describe cómo desde hace décadas el país vive una reconfiguración total de la vida social en la que las identidades colectivas se vacían hacia la incertidumbre y se vive bajo una nueva “normalidad” caracterizada por estados de shock, miedo, precariedad e indignación permanentes; todos ellos administrados por el Estado desde una soberanía calculada[1] entre los distintos tipos de poblaciones para permitir el flujo legal e ilegal de mercancías, recursos y personas.

La autora enmarca el panorama como neoliberalismo llevado al límite: necrocapitalismo.[2] Y pone el ejemplo de las fosas comunes como una técnica que evoca el desecho del excedente de mano de obra. En particular, habla de las fosas de San Fernando: “mano de obra redundante a la cual las bandas criminales tampoco pudieron sacarles plusvalía uniéndolos a sus filas o extorsionándolos”.

En este contexto, vivimos bajo un frenético ritmo de hiperestimulación que nos vuelve inmunes al horror cotidiano gracias a una pirotecnia digital que satura la cotidianidad por medio de un mosaico dopamínico de imágenes que saltan entre accidentes de tráfico, mascotas, asaltos, paraísos turísticos, asesinatos, bromas, etcétera. Lo cual es parte ya de una pornocultura que, como explica Naief Yehya (2013), proviene del desplazamiento del sentido de transgresión de imágenes de contenido sexual hacia imágenes de ejecuciones, decapitaciones, torturas y mutilaciones; consecuencia, según el autor, de la libertad de expresión en los medios tecnológicos y el vacío político en el ciberespacio.

 


Byung-Chul Han, @Alchetron, 2017

II

En sus últimos cursos, Michel Foucault (1979) observó el devenir de una sociedad diferente a la sociedad disciplinaria a la que antes había estudiado. Habló de un nuevo régimen de verdad, un nuevo arte de gobierno, consecuencia de la política neoliberal que pone como unidad básica de la sociedad a la empresa, donde más allá del flujo e intercambio de mercancías, lo que importa es instaurar mecanismos de competencia con el mayor espesor y superficie posibles.

Hablamos entonces de una sociedad sometida no al efecto de la mercancía, sino al efecto de la competencia: “el homoeconomicus que se intenta reconstruir no es el hombre del intercambio, no es el hombre consumidor, es el hombre empresa y la producción”. A partir de este punto la sociedad se ajustará a la multiplicidad empresarial y el gobierno cumplirá la función de administrador y mediador jurídico.

Siguiendo esta línea, desde los años setenta vivimos un desborde de la formas de control que antes moldeaban a la sociedad, y se presentan mediante diferentes dispositivos[3]. La forma que nos interesa seguir y esbozar aquí es la violencia de la transparencia, que tiene que ver con cómo el control ya no se presenta como un ataque a la libertad, sino como coincidencia de la misma.

Javier Toscano (2014) explica la existencia de una estructura cultural contemporánea donde “uno ya no consume objetos, sino, sistemas de signos y universos de fantasías homologadas”. Dicha estructura funciona gracias a un nuevo polo de control que opera por medio del narcisismo:

Bajo las condiciones competitivas del neoliberalismo, el Narcisismo en realidad no es una solución al problema edípico de vieja escuela en que la represión, la disciplina y el castigo han quedado desacreditados; se trata más bien de un traslado del centro de comando hacia un Súper-Yo que resulta ahora más exigente y poderoso. Y es que cuando Edipo recibía órdenes de un patriarca, de los padres, los superiores y las figuras de autoridad, parecía que la forma de deshacerse de su influencia era eliminarlos y convertirse en padre o autoridad uno mismo. Sin embargo, el Narciso es su propio jefe, su propia autoridad, su propio maestro, y no existen los escenarios en que uno pueda deshacerse de esa figura de comando en que deviene uno mismo. La autoevaluación, tan presente como ritual en los sectores “progresistas” de la nueva economía, no es otra cosa que una vía pública y visible de organizar el narcisismo como una forma de represión más sofisticada. La trampa es clara, pero el proceso también más complejo (Toscano, 2014).

En esta lógica, el trabajo se confunde entre la obligación, la obediencia; y el cumplimiento del deber con la libertad, el placer y el entretenimiento. Un punto de emergencia de subjetividades que rinden culto al emprendimiento, la pasión, la inspiración, la proactividad, la innovación, la actitud, la autoestima, etcétera. Moviéndose al ritmo de la flexibilidad laboral que aumenta la producción y disminuye costos; y el autoalumbramiento digital que maximiza la eficacia personal. Se trata de “un mundo en el que todo está expuesto, cada sujeto es su propio objeto publicitario y todo se mide en su valor de exposición. Un mundo obsceno en el que todo tiene precio” (Han, 2013).

“Desfronterízate, la única frontera que tienes eres tú”, dice el actor Diego Luna mientras se mueve como Spiderman al atardecer por las azoteas de edificios cercanos al centro de la supercontaminada Ciudad de México. Se trata de un comercial para la campaña publicitaria de una cerveza, con el que busca seducir e inspirar a los habitantes del “México emergente”. Al inicio del comercial advierte que además de preocuparnos por “el muro que quiere construir el loco ese”, refiriéndose a Donald Trump, deberíamos preocuparnos por los muros que tenemos dentro de nuestra cabeza y felicita a un tipo que persigue un montón de trofeos con un “muy bien, güey”. Otro comercial de la misma campaña llamado “Ex novio”, utiliza a una chica que no puede superar a su ex, pero decide “moverse”: va al salón de belleza, hace yoga, estudia, da una charla tipo TED Talks y se convierte en una persona “interesante” capaz de encontrar una pareja a la que pintan igual de optimizada, que para colmo se trata de un actor español. Al final la protagonista triunfa porque el ex novio se ha enterado de su transformación por medio de la televisión.

De entrada, llama la atención que el mensaje provenga de una compañía de cerveza que fomenta el hiperconsumo de alcohol, que como Mario Vargas Llosa (2013) explicó, junto con el consumo de otras sustancias, ha perdido todo el sentido de transgresión que en algún momento servía como búsqueda de alternativas existenciales. Más bien, “responde a un entorno cultural que empuja a hombres y mujeres a la búsqueda de placeres fáciles y rápidos, que los inmunicen contra la preocupación y la responsabilidad, en lugar del encuentro consigo mismos a través de la reflexión y la introspección”.

Por otra parte, ambos spots publicitarios corresponden al ilusorio mundo “abierto” del sujeto de rendimiento que se mueve bajo el imaginario de poder hacerlo todo en medio de la marea del consumo democratizado que ofrece múltiples posibilidades ajustadas a las necesidades del consumidor para las que debe trabajar cada vez más para poseerlas. Y resuenan con el eslogan de Barack Obama: #YesWeCan, al que Eliane Brum (2016) dio un giró para denunciar cómo el ir —exhaustos, corriendo y dopados— se ha convertido en la nueva condición humana, diciéndonos que no todo es posible y que es necesario detenerse y escuchar, aceptar el malestar propio y el de los demás.

Siguiendo esta idea, la competencia anunciada por Foucault se ha convertido en hipercompetencia introyectada en lo más profundo de cada uno. Este es el punto donde surge la violencia de la transparencia, que en el ámbito individual se desarrolla desde el interior del sujeto de rendimiento, competidor compulsivo consigo mismo, en una lucha individual entre el yo ideal y el yo real de la que surge un abismo de autoagresividad ante la frustración y el exceso de actividad hasta llegar al colapso físico, mental y emocional. Y que a nivel colectivo se traduce en un gran vacío ético con altos niveles de desconfianza social y en una crisis ambiental sistemática.

Al igual que un edificio que colapsa y cae sobre su propia estructura, la implosión social se manifiesta con la atrofia de la hiperactividad (donde no es posible concluir nada) y el autoalumbramiento narcisista que destruye los vínculos sociales imposibilitando toda actuación común. La ultraproximidad digital elimina las distancias convirtiéndolas en indiferencia, mientras cada uno ve por sus propios intereses y busca la atención del otro. Egos aislados encerrados en sí mismos con un débil vínculo para formar un nosotros, más allá de una brand community en intensa relación comercial, de competencia; en una guerra donde se hace cada vez más difícil distinguir al enemigo externo.

Así, la hipercomunicación, hiperinformación e hipervisibilidad despojan a la vida de toda negatividad: pausa, demora o vacilación, convirtiéndose en una dictadura de lo idéntico que suprime la otredad, en una sociedad de superficies y fragmentación vital donde cada vez es más difícil procesar la información y vivir experiencias profundas, mientras nuestras conversaciones cotidianas entran en modo spam y abundan por las calles los peatones en soliloquio con auriculares.

Siguiendo a Han (2013), la violencia de la transparencia se desarrolla por medio de una normalidad acelerada que convierte los impulsos que daban forma al progreso en impulsos destructivos, y todo crece por encima de sus determinaciones. Esto lleva a la adiposidad y a la obstrucción del sistema, pues “se han producido y acumulado tantas cosas que ya no tendrán jamás ocasión de servir. Se han producido tantos mensajes y señales que ya no tendrán jamás ocasión de ser leídos. El crecimiento acelerado ya no es crecimiento sino excrecencia”.

Al respecto encontramos resonancia con la obra de Teresa Margolles La Promesa, que muestra la acumulación convertida en destrucción. La artista contempló cómo en Ciudad Juárez los fraccionamientos de interés social construidos por empresas (que, como sabemos, no les parecen rentables los espacios públicos) poco a poco fueron abandonados ante la escalada de violencia. En el 2013, la artista compró una casa en uno de estos fraccionamientos y la trituró para presentarla como una escultura en forma de diagonal en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) de la Ciudad de México. La casa representa el estado de abandono y destrucción en el que se encuentran muchos de estos fraccionamientos a lo largo y ancho del país (que hasta el día de hoy siguen siendo construidos), en un estado que Rossana Reguillo definió como: “la casa vaciada, sola, es el itinerario de una creciente y densa acumulación de muchos en su devenir nada, nadie”.


La sociedad del espectáculo, Guy Debord, 1974

III

En medio de un clima de implosión social, ¿es posible hacer frente a la violencia de la transparencia, sus ritmos y dispositivos? Quizás; una salida al respecto la encontramos en varios capítulos de la serie británica Black Mirror, cuando los personajes entran en situaciones fuera de control en las que pierden prótesis tecnológicas (como injertos de máscaras, chips o dispositivos oculares) en sus cuerpos y vuelven a percibir el mundo por medio de los sentidos, por ejemplo: oler el pasto, mirar el polvo a través de la luz, reconocer a los seres humanos o recuperar el olvido ante la imposibilidad de borrar los recuerdos.

En ese sentido, cuestionar a la tecnología no solamente tiene que ver con los dispositivos y las pantallas que utilizamos todos los días, sino con la forma en que nos hacen estar en el mundo y relacionarnos con los otros y con nosotros mismos. Según Lipovetsky (2016), se trata de una ironía de nuestros tiempos que “anuncia un nuevo tipo de pesadez, nuestro mundo ha dado a luz deseos de felicidad imposibles de satisfacer, de aquí la proliferación de las decepciones relativas a una vida que nunca es suficientemente ligera ni divertida ni móvil”.

Vale la pena revisar como antecedente de todo esto a la telefísica que Heriberto Yépez (2008) definió como “una fábrica de autoimagen en que las idealizaciones del sí mismo —es decir, las estructuras ya dirigentes— devienen modo de co-existencia donde la Otredad es negada”, donde los procesos se han vuelto cosas y las cosas imágenes; donde lo lejano es cercano y lo cercano distante y nuestras relaciones se dan a través de fantasías, pues ya no aspiramos a otra vida (metafísica), sino que aspiramos a convertirnos en imagen entre otras imágenes que parecen auténticas (telefísica). Y fue así como el televisor funcionó como el dispositivo precario que inauguró la visión pantópica de la historia donde todo co-existe en un mismo ahora, una utopía sin futuro “que distrae del sí mismo para ocuparnos de la otredad-que-no-lo-es”.

En este contexto, ¿es posible resignificar al otro propiciando una cultura del encuentro? Quién sabe, quizás algún modelo de corte innovador empresarial o de coaching ya tenga la “respuesta”. Esto no debe sorprendernos, pues como explica Achille Mbembe (2016), el inicio del siglo XXI anuncia un nuevo mundo donde el conocimiento será definido principalmente por el mercado, convertido cada vez más en estructuras y tecnologías algorítmicas; lo cual conlleva el riesgo de que la transformación de lo político en negocio elimine toda posibilidad misma de la política: “si la civilización puede dar lugar a alguna forma de vida política, tal es el problema del siglo XXI”.

Han (2009) traza una apuesta que no a pocos les sonará romántica: una política de la amistad frente a la política de la tolerancia, capaz de generar cohesión y confianza. Donde lo primero es detenerse: crear un equilibrio entre la vita contemplativa (que sin acción está ciega) y la vita activa (que sin contemplación está vacía). Un ritmo intermedio entre la aceleración y la parálisis. Salir del tiempo y espacio lineal de la red que salta de un acontecimiento a otro, para recuperar el tiempo y el espacio a través de la demora, el sentido, la experiencia y la duración frente a la urgencia del consumo. Recuperar lo bello mediante la observación. Resignificar al ocio que, como en la schola aristotélica, consistía en educarlo más allá del trabajo y de la inactividad: “una capacidad especial que debe ser educada, que no es una práctica de ‘relajación’ o de ‘desconexión’. El ocio remite al pensar como theorein, como contemplación de la verdad”.

Finalmente, vuelve a nosotros la consigna de Diego Luna en el comercial de la cerveza de desfronterizarnos y preocuparnos por los muros en nuestras cabezas antes que por el muro de la frontera. Habrá que decirle que esos muros son tele-fantasías. Una trampa absurda en una época hecha de puras imágenes, donde:

Es innecesario resolver la ilusión telefísica. No podemos salir de esta época. Nunca hemos entrado en ella. Y en eso consiste esta época: en no poder cumplirse, en prolongar su autoengaño porque no puede ser logrado. La época telefísica consiste en un ser humano dándose de topes contra un muro, intentando abrir un boquete en el muro para poder pasar al otro lado. El hombre tele-vital, el ser telefísico, es necedad pura. El muro contra el que se da topes ni siquiera existe. Se trata de un muro imaginario. El muro es otra más de sus imágenes (Yépez, 2008).

Quizás lo más trágico de esta campaña publicitaria es que sea una muestra del vacío político de nuestros tiempos, como marketing lanzando ficciones individuales de autoestima y ficciones colectivas de unidad política contaminando a todo el espectro de la imaginación colectiva y por tanto de la capacidad de creación de alternativas políticas. En un mundo de tele-fantasías en el que también flotan dos imágenes, como la implosión social y la violencia de la transparencia empleadas en este ensayo.


[1] Emmelhainz toma del término soberanía calculada de Aihwa Ong, quien lo define como la forma en que los gobiernos neoliberales manejan diferencialmente a sus poblaciones, creando una diversidad de zonas, entre ellas algunas conducidas bajo regímenes de excepción. A partir de ello, Emmelhainz argumenta que la violencia en México no es el resultado de un funcionamiento anómalo o fallido del Estado, sino que es una de las múltiples expresiones del orden mundial que resulta de una forma de gobernar de las democracias regidas por la economía política neoliberal.

[2] De acuerdo con Falomir (2011), la necropolítica es un término acuñado por Achille Mbembe que alude a la cosificación del ser humano propia del capitalismo, explora las formas mediante las cuales las fuerzas económicas e ideológicas del mundo moderno mercantilizan y reifican el cuerpo: se estudia de qué manera este se convierte en una mercancía más, susceptible de ser desechada y contribuyendo a aniquilar la integridad moral de las poblaciones.

[3] Raúl Zibechi (2016) afirma que en México el narcotráfico y los feminicidios son nuevas formas de control social que van más allá de las sociedades urbanas, al adoptar nuevos modos de control a cielo abierto.


Referencias

Bartra, Roger (2012). La sombre del futuro. Reflexiones sobre la transición mexicana. México: Fondo de Cultura Económica.

Brum, Eliane (2016). Exhaustos-y-corriendo-y-dopados. Recuperado el 4 de diciembre de 2016: http://internacional.elpais.com/internacional/2016/07/05/america/1467744562_472863.html

Emmelhainz, Irmgard (2016). La Tiranía del Sentido Común. La reconversión neoliberal de México. México: Paradiso Ediciones.

Foucault, Michel (1978). Nacimiento de la Biopolítica. [2007] Argentina: Fondo de Cultura Económica..

—– (1979). Nacimiento de la biopolítica. Curso en el Collège de France. [2007] Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Han, Byung-Chul. (2009). El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. [2015] Barcelona: Editorial Herder..

—– (2013). Topología de la Violencia. [2015] Barcelona: Editorial Herder.

Lipovetsky, Gilles (2016). De la ligereza. México: Anagrama.

Margolles, Teresa (2013). La Promesa. Museo Universitario de Arte Contemporáneo. México.

Mbembe, Achille (2016). La era del humanismo está terminando. Recuperado el 4 de enero de 2017: http://contemporaneafilosofia.blogspot.mx/2016/12/achille-mbembe-la-era-del-humanismo.html?spref=tw

—– (2011). Necropolítica. Tenerife: Editorial Melusina.

Peirano, Marta (2016). Lo que Trump significa para la tecnología, la innovación y el estado de la vigilancia. Recuperado el 21 de diciembre de 2016: http://www.eldiario.es/cultura/tecnologia/privacidad/Trump-significa-tecnologia-innovacion-vigilancia_0_580242549.html

Petersen, German. (2013). La evanescencia de #YoSoy132. La estrategia, la puerta y la ventana. Recuperado el 20 de diciembre de 2016: http://revistareplicante.com/la-evanescencia-de-yosoy132/

Toscano, Javier (2014). Contra el Arte Contemporáneo. México: Tumbona Ediciones.

Vargas Llosa, Mario (2013). La civilización del espectáculo. México: Punto de Lectura.

Yehya, Naief. (2013). Pornocultura. El espectro de la violencia sexualizada en los medios. México: Tusquets Editores.

Yépez, Heriberto (2008). Contra la Tele-Visión. México: Tumbona Ediciones.

Zibechi, Raúl (2016). Los feminicidios y el narco son una forma de control social. Recuperado el 23 de diciembre de 2016: http://ladobe.com.mx/2016/12/los-feminicidios-y-el-narco-son-una-forma-de-control-social-zibechi/

 

 

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