Ecuador: la vuelta (o no) del neoliberalismo

En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Ecuador se competirá por algo más que un puesto: se pondrá en juego el futuro de todo un modelo económico y político.

| Internacional

Después de tres días de incertidumbre y tensión en Ecuador, el Consejo Nacional Electoral de Ecuador ha confirmado que el vicepresidente Lenin Moreno, candidato de la fuerza gobernante Alianza País (AP), salió ganador en la primera ronda de las elecciones presidenciales, con 39.36% de los votos. Su principal rival, el banquero Guillermo Lasso del partido derechista CREO, llegó a 28,09.

Este resultado asegura que habrá una segunda vuelta pues ningún candidato obtuvo el requerido 40% de los votos, con 10% de diferencia con su inmediato seguidor, para ser proclamado presidente.

A Moreno le faltó tan solo 0.64% para alcanzar ese resultado, situación que generó una enorme tensión política en el país. El conteo de votos duró tres días y tanto AP como la oposición llegaron a hablar de la posibilidad de un fraude. CREO presionó para que se proclame la segunda vuelta antes del fin del recuento de votos y el propio Lasso desconoció la legitimidad del Consejo Nacional Electoral en Twitter.


Hacia la des-correización

El presidente actual, Rafael Correa, es el líder político más popular desde el retorno a la democracia en 1979. Fue elegido casi sin competencia tres veces (en 2006, 2009 y 2013) y AP es la primera fuerza del parlamento. Estas elecciones han sido vistas a nivel global como decisivas para determinar la continuidad de su legado izquierdista en un continente donde la derecha ha avanzado con fuerza últimamente.

Sin figurar ya en ninguna papeleta, Correa estuvo omnipresente a lo largo de la campaña. En las elecciones del 19 de febrero se enfrentaron dos grandes fórmulas políticas: la “des-correización”, representada por Moreno, y el anti-correísmo de prácticamente todo el resto de candidatos.

Guillermo Lasso. Avanzar al balotaje fue un triunfo para la oposición. Foto: Henry Romero/Reuters.

Aunque AP aspiraba a ganar sin balotaje, los resultados generales reflejan que el movimiento fundado por Correa sigue siendo el partido más importante del Ecuador. Obtuvo nuevamente la mayoría legislativa y ganó la pionera consulta popular (55,07%) sobre la prohibición de que los servidores públicos tengan capitales en paraísos fiscales.

Correa es aún popular como gobernante –con tasas de aprobación cercanas al 55%– pero la caída de los precios del petróleo así como las denuncias de corrupción en altas esferas del gobierno han extendido la fatiga de ciertos sectores de la población con su figura.

En tal entorno Moreno esbozó la fórmula de la des-correización como un modo de presentar ante la sociedad una oferta política que articule cambio con continuidad. Se trataba de arrebatar a las fuerzas de oposición el monopolio de la explotación electoral del cansancio con el liderazgo político actual y de situar al candidato oficilista bajo el significante del cambio.

Desde el día en que se postuló como candidato de AP en octubre 2016, Moreno enfatizó que él es un político conciliador y dialogante.

“Yo sé escuchar, tengo la mano tendida para todos”, suele repetir, colocándose en las antípodas del estilo confrontacional del ‘gran líder’ del movimiento gobernante.

Además de mostrarse renuente a la polarización como lógica de gestión política, Moreno habló de la necesidad de “refrescar las relaciones internacionales del país”, lo que significaría tomar distancia del eje bolivariano promovido por Hugo Chávez entre Venezuela, Bolivia y Cuba, entre otros.

Prometió también flexibilizar algunos de los núcleos duros de la agenda post-neoliberal implementada por Correa, para responder a las demandas de diversos sectores económicos. Ha hablado, por ejemplo, de eliminar el anticipo al impuesto a la renta y poner fin a las salvaguardas a las importaciones, entre otros aspectos.

No obstante, hacia el fin de la campaña Moreno se aproximó al tradicional discurso de la “Revolución Ciudadana” de Correa, cuyas políticas inclusivas de salud y educación pública, incremento del salario real y combate a la pobreza son bastante apreciadas por buena parte de la población. El voto duro de AP nunca ha sido menor a 30 puntos.

Así, en las últimas semanas de campaña Moreno presentó el “Plan para todo una vida” que enfatiza en un fuerte programa de lucha contra la pobreza y en el fortalecimiento de los sistemas de protección social para grupos sociales vulnerables como los niños, gente sin vivienda y adultos mayores.

Su falta de claridad programática y los giros de timón en la campaña no pasaron sin efectos: el mensaje del candidato de AP fue confuso y dejó muchas lagunas. Incluso bastiones duros de AP confesaron su desconcierto con un candidato que dejó de hablar, al estilo correista, de “revolución”, “soberanía nacional” y de “poner al ser humano sobre el capital”.

Correa sigue siendo popular, pero algunos ecuatorianos se han cansado de su estilo agresivo de liderazgo. Foto: Mariana Bazo/Reuters.

La vuelta (o no) del neoliberalismo

Este malabarismo es clave en la Sudamérica de ahora.

A raíz de las derrotas electorales recenientes del kirchnerismo en Argentina, del chavismo en la legislativas en Venezuela, de la reelección de Evo Morales en Bolivia (2016) y del golpe institucional en Brasil, diversos sectores de la academia empezaron a hablar de un “fin de ciclo” de la hegemonía izquierdista populista en la región.

En Ecuador, el anti-correísmo de derechas estuvo bien representado en estas elecciones. Entre Lasso y la ex asambleísta Cynthia Viteri dicha tendencia política alcanzó 44% de los votos. Al contrario de Moreno, este sector político no tuvo problemas en posicionar su mensaje. Su gran bandera ha sido, desde tiempo atrás, borrar de la sociedad toda huella de la revolución ciudadana.

Cynthia Viteri, candidata del Partido Social Cristiano.

Para lograr tal efecto, han enfocado sus críticas en el carácter decisionista de la gestión de Correa, a quien califican de “autoritario” y de estar “contra la libertad de expresión”. También siguen la linea recurrente del conjunto de la derecha global, diciendo que el “socialismo del siglo XXI ha fracasado”. Apuntan a las deficiencias de un modelo de desarrollo centrado en la inversión pública, la regulación del mercado, la protección de la producción interna y la redistribución de la riqueza.

No obstante, en Ecuador hasta 2015 dicha estrategia combinó un buen ritmo de crecimiento económico (promedio de 4.38) con caída de la pobreza (que bajó 12.5% entre 2006 y 2015), y la reducción de brechas sociales (el Coeficiente de Gini pasó de 0,551 a 0,458 en el mismo periodo).

Pero en los dos últimos años Ecuador experimentó un enfriamiento de la economía. El país, dolarizado y petrolero, ha sufrido un importante descenso de su principal producto de exportación y la sobre-apreciación del dólar. Estos elementos hicieron tambalear el modelo de Correa.

En tal contexto, en campaña recobraron fuerza las recetas neoliberales que predominaron en la región desde inicios de la década de 1980. También ha sucedido así en Argentina y Brasil.

Aunque el anti-correísmo había crecido en los dos últimos años, su mayor problema fue la fragmentación de la tendencia. Las dos grandes formaciones de la derecha ecuatoriana –una encabezada por Lasso y la otra por el poderoso alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot, quien respaldó a Viteri– no pudieron llegar a un acuerdo para postular una candidatura conjunta.

En estas condiciones, el balotaje entre Moreno y Lasso, previsto para el 2 de abril, luce bastante reñido. Se pondrán a prueba la solidez de las instituciones democráticas y el legado del contradictorio proyecto de transformación social más ambicioso que ha tenido el Ecuador desde el retorno democrático. ¿Quién saldrá victorioso?The Conversation


Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation y luego traducido.

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Foto: Mariana Bazo/Reuters.

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