Editando neoliberalismo: Vuelta en los ochenta

Este ensayo registra en cámara lenta el giro neoliberal al interior de la publicación fundada y dirigida por Octavio Paz.

| Literatura

1.

¿En qué momento arranca el neoliberalismo en México? De acuerdo con la versión más difundida, a finales de 1982, el primero de diciembre, el día en que José López Portillo abandona –en medio de una severa crisis económica– la presidencia de la República y Miguel de la Madrid –acompañado de una nueva generación de tecnócratas– asume el poder ejecutivo. Según otra versión, un poco antes, a finales de los setenta, menos por circunstancias internas que por presiones externas, una vez que el gobierno estadounidense y el Fondo Monetario Internacional deciden condicionar los préstamos a cambio de una serie de reformas de liberalización económica. Finalmente, y de acuerdo con otro relato más, el neoliberalismo no arranca en el país sino hasta finales de los ochenta, solo cuando los “ajustes estructurales” implementados por De la Madrid han tenido efecto y se inaugura, ya con Carlos Salinas, la etapa de las “reformas institucionales”.

Todas estas versiones comparten una misma idea: la noción de que el neoliberalismo pre-existe a su aplicación, la creencia de que el programa neoliberal está ya armado y solo debe ser instalado por un grupo de agentes previamente constituido. Lo cierto es que el neoliberalismo no está allí, listo para ser ejecutado, sino que se construye en el camino, conflictiva y accidentadamente, a través de las acciones de un amplio número de sujetos locales e internacionales que se identifican como grupo en la práctica. De esta forma, el giro neoliberal no sucede de pronto, como un repentino cambio de paradigma político y económico, sino de manera progresiva y agonista. Pierre Dardot y Christian Laval (La nueva razón del mundo: Ensayo sobre la sociedad neoliberal) proponen dividir ese giro –ese “gran giro”– en cuatro momentos: primero, el proceso de confluencia y apoyo mutuo entre los distintos grupos e instancias que más tarde conducirán la estrategia neoliberal; segundo, labatalla intelectual que precede y acompaña a las políticas de liberalización económica, consistente, sobre todo, en una crítica sistemática al Estado de bienestar practicada por políticos e intelectuales; tercero, la puesta en marcha de nuevas técnicas de disciplina y subjetivación, con el propósito de crear un homo economicus apto para la nueva competencia económica; y por último, la final y consecuente formación de una racionalidad neoliberal que se extiende a todos los órdenes de la vida social.

Uno de los frentes mexicanos de esa “batalla intelectual” es –qué duda cabe– la revista Vuelta, sin duda la publicación hegemónica en el campo cultural de la época. Se sabe: en diciembre de 1976 aparece el primer número de Vuelta. También se sabe: la revista sucede a otra, Plural, fundada en 1971 y desaparecida en 1976 a causa del golpe a Excélsior. Vuelta, como Plural, está dirigida por Octavio Paz y presume, al principio, el mismo consejo de redacción. Vuelta, sin embargo, no es Plural: es una publicación más polémica, más combativa, ideológicamente más definida. En términos del propio Paz, se transita de la “confusión Plural” –en la que cabían, a veces en un mismo dossier, autores de distinto signo político– a la “trinchera Vuelta”, sólida, compacta, ferozmente anticomunista. Parte de la contienda es interna: escritores de izquierda alguna vez cercanos a Plural –como Julio Cortázar o Carlos Fuentes– son cuestionados y, tarde o temprano, expulsados del círculo cercano. En paralelo con esa suerte de purga, el núcleo de la revista –constituido sobre todo por Paz, Gabriel Zaid, Enrique Krauze y, de manera intermitente, Mario Vargas Llosa– redefine la postura ideológica de la publicación y dirige su batería contra sus dos enemigos declarados: el Estado burocrático, no solo el mexicano, y el socialismo, tanto el “realmente existente” como la “doctrina” que –de acuerdo con Paz, tan dado a las metáforas clínicas– “intoxica” a buena parte de los intelectuales latinoamericanos.

Los primeros números de Vuelta continúan, e incluso radicalizan, la crítica de lo que entonces solía llamarse el sistema político mexicano ya comenzada enPlural. Como ha advertido Javier Contreras Alcántara, esa crítica era entonces relativamente nueva, un efecto del movimiento estudiantil de 1968, cuando “se produce el rompimiento con la idea de que el régimen mexicano era una ‘democracia social’ para avanzar hacia la idea de que la forma del régimen vigente era distinta a la democracia” (“Entre la celebración y el desencanto. Perspectivas intelectuales sobre la democracia y la sociedad al arribo del México bicentenario”, Cuadernos de Estudios Latinoamericanos 8, 2010). Es solo en las páginas de Vuelta, sin embargo, donde esa crítica adquiere hacia finales de la década una nueva dimensión: ya no solo crítica del sistema político mexicano sino también, y sobre todo, de lo que Foucault (Nacimiento de la biopolítica) llamaba “el principio de la razón de Estado”, esa racionalidad política según la cual gobernar significa “actuar de tal modo que el Estado pueda llegar a ser sólido”, obrar de tal manera que la acción del Estado tenga como principal efecto el fortalecimiento del Estado mismo. Dicho en otros términos: a la crítica, ya no tan infrecuente, del presidencialismo, la burocracia y el corporativismo del régimen se le suma en Vuelta otra más severa –la de la primacía del Estado. Son sobre todo dos las obras en las que esa operación tiene lugar: El progreso improductivo (1979), libro en que Zaid recoge los artículos que había venido publicando desde Plural, y “El ogro filantrópico” (Vuelta 21, agosto 1978), acaso el ensayo político más conocido de Paz.

Se acostumbra leer “El ogro…” como un análisis del sistema político mexicano. Es eso y algo más: una crítica de la idea del Estado. Ya en las primeras líneas Paz apunta que “los especialistas”, “obsesionados con el tema de la dependencia y el subdesarrollo”, han olvidado estudiar la realidad “ambigua, contradictoria y, en cierto modo, fascinante” del Estado en América Latina –falla que él, desde luego, se propone reparar. En México –advierte– el Estado ha adoptado una forma peculiar: la de un “ogro filantrópico”, a la vez temible y dadivoso. En otras naciones son otras sus formas pero no menor su peso y relevancia: lejos de ser superestructura, el Estado es todas partes “el modelo de las organizaciones económicas”; antes que servir a la sociedad, termina por absorberla. Al final es una, y terrible, su “naturaleza”: “El Estado en el siglo XX se ha revelado como una fuerza más poderosa que los antiguos imperios y como un amo más terrible que los viejos tiranos y déspotas. Un amo sin rostro, desalmado y que obra no como un demonio sino como una máquina”.

El neoliberalismo, se ha visto, no es solo un proceso destructivo. A la vez que desmantela una racionalidad, construye otra; antes que pretender desaparecer al Estado, lo reorganiza de acuerdo con criterios propios de las empresas; al tiempo que desalienta ciertas relaciones sociales, promueve nuevas, normalmente bajo el principio de la competencia, y se obstina en crear sujetos que, una vez desincorporados de las redes materiales del Estado de bienestar, se conciban a sí mismos como empresarios encargados de invertir, antes que cualquier otra cosa, su propio “capital humano”. Es más o menos sencillo detectar en “El ogro…” la potencia negativa de una cierta racionalidad neoliberal: ahí está la crítica del principio de la razón de Estado, de las relaciones sociales que produce y de algunos de sus subjetividades más representativas (el burócrata y el sujeto corporativizado, por ejemplo). Ahora: ¿es también visible la parte positiva? No en Paz, no todavía. Aunque su crítica del Estado raya a veces con el anatema, no plantea como alternativa una serie de medidas asociables al programa neoliberal que entonces empezaba a despuntar en ciertas élites latinoamericanas.


2.

Es justo entonces, justo cuando Vuelta termina de afinar su crítica al principio de la razón de Estado, que el Estado mexicano entra en una de sus crisis más severas. En el transcurso de 1982 la moneda se devalúa de 22 a 70 pesos por dólar, la inflación crece a una tasa de más de 100 por ciento anual y la deuda externa rebasa los 80 mil millones de dólares. El 1 de septiembre, en su último informe de gobierno, López Portillo achaca la crisis a la especulación financiera, responsabiliza a la burguesía nacional y anuncia la nacionalización de la banca.

A la larga ese anuncio será interpretado como el canto de cisne del modelo de desarrollo estatista. A la larga, también, terminará por formarse una suerte de consenso liberal contra la medida. Lo cierto es que en el momento, como ha mostrado Claudio Lomnitz (“Narrating the Neoliberal Moment: History, Journalism, Historicity”, Public Culture 20.1, 2008), la mayor parte de los intelectuales coincide en su análisis con el diagnóstico de López Portillo y aprueba –con más o menos entusiasmo– la decisión presidencial. Ejemplo de ello es “El timón y la tormenta”, el artículo que Krauze –entonces ya subdirector de Vuelta– publica en el número de octubre. “Lo que México vivió en este sexenio no fue un saqueo: fue una deserción nacional”, escribe Krauze líneas antes de lanzarse, previsiblemente, contra los sacadólares ya vapuleados en el informe. Aunque critica la “ilusión petrolera” de López Portillo, no deja de concederle el beneficio de la duda a la determinación de nacionalizar la banca: “Es imposible saber ahora si las decisiones anunciadas el 1º de septiembre serán la palanca que el país requiere para superar la crisis”. Sorprendentemente Krauze reserva las críticas más severas no a López Portillo sino a Miguel Alemán, no a las políticas económicas practicadas entre 1970 y 1982 sino al modelo de desarrollo implementado desde el sexenio alemanista. En sintonía con las ideas económicas de Zaid, anota: “El gran vuelco en la historia mexicana, la verdadera pérdida de paso, ocurrió en 1946. En ese año México comenzó a desandar”. Consecuentemente, lo que propone no es –no todavía– acelerar la modernización liberal sino “replantear el modelo de desarrollo” para forjar así, citando a Frank Tannenbaum, un México “modesto pero equilibrado, sano y feliz, que viva a tercias partes de su industria, su agricultura y su minería”. Más aún, sugiere –ahora en sintonía con Paz– una vuelta al pasado: “en una crisis como esta deberíamos volver naturalmente [al pasado]. Es nuestra fuente de sabiduría.”

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Si un discurso representa a la revista Vuelta de finales de los años setenta, principios de los ochenta, es el reflejado en este texto: esta combinación de las tesis económicas de Zaid y el relato histórico-cultural de Paz. De un lado, la crítica al modelo de desarrollo de los regímenes posrevolucionarios, modelo que, de acuerdo con Zaid, oprime a los pobres y campesinos y premia a los burócratas y universitarios que lo administran. Del otro, la idea, tan cara a Paz, de que México ocupa un espacio excéntrico en Occidente y precisa, por lo tanto, de una modernidad propia, abierta lo mismo al presente que a la tradición. Entre este discurso y el discurso liberal que la revista blandirá unos años más tarde media una distancia enorme. El texto que empieza a recortar esa distancia, y que de algún modo sirve a manera de puente entre ambas orillas, es “Por una democracia sin adjetivos”, también de Krauze.

Publicado en enero de 1984, este ensayo ofrece un dictamen de la crisis muy distinto al que ofrecía, meses antes, “El timón y la tormenta”. Aquí la crisis ya no es solo económica: es sistémica. Primero, porque el ogro, saqueado y endeudado, “no puede cumplir ya su proverbial función de dar”. Segundo, porque, con el ogro, se colapsa la ideología que lo acompañaba: “Todo por servir se acaba –escribe Krauze–: hasta la ideología de la Revolución Mexicana”. Lo que Krauze observa, así, es un país al borde de una situación post-hegemónica: el discurso del nacionalismo revolucionario no produce ya consentimiento, como tampoco lo hace –advierte– el discurso de austeridad que la nueva administración promueve. ¿Qué hacer? Algunos intelectuales han aprovechado coyunturas semejantes para atender los conflictos que se develan una vez que el relato ideológico que intentaba suprimirlos empieza a venirse abajo. Otros han llamado a ocupar el vacío con una ideología popular, contrahegemónica. La postura de Krauze es otra: hay que construir un nuevo relato hegemónico cuanto antes, y hay que construirlo desde el poder. Así, después de trazar un favorable perfil de De la Madrid, aconseja de este modo al presidente y sus ministros:

El presidente ha logrado transmitir una imagen de reciedumbre, sinceridad y limpieza. [… Pero] El mensaje no puede consistir solo en la frase de Séneca: ‘Soporta y renuncia.’ La gente, más responsable y adulta de lo que los políticos suelen creer, necesita horizontes. … El mensaje de De la Madrid ha sido fundamentalmente estoico, pero el mexicano, desde hace siglos, alimenta su estoicismo con un poco de fe. Nada se puede sin creencias.

Esas nuevas “creencias” –aclara Krauze– no deben ser ya las del nacionalismo revolucionario: ya no tanto igualdad y seguridad social como una democracia definida en términos estrictamente liberales. “El gobierno –escribe– tiene un as en la manga olvidado desde la presidencia de Madero: la democracia. Ha sido un ideal revolucionario relegado para otros fines”. Aunque Krauze nombra aquí a Madero y presenta la democracia como un “ideal revolucionario”, no es la Revolución la referencia histórica más relevante en el texto. Junto con el nacionalismo revolucionario, atrás quedan las figuras de Zapata, Cárdenas y Tannenbaum, tan importantes poco antes en el discurso político de Vuelta. Los nuevos héroes son los liberales del XIX, y el “horizonte”, la República Restaurada, esos nueve años –de 1867 a 1876– en los que, de acuerdo con Krauze, “[l]os hombres amaban la libertad política”. Como apunta Lomnitz, “lo que se propone aquí es una interpretación de la crisis que sitúa el principio de la caída en la construcción del Estado postrevolucionario, al grado de que el país debería volver a una idealizada República Restaurada”. Punto de inflexión: a partir de este momento Vuelta ya no solo realiza la crítica de la razón de Estado; empieza a construir una narrativa liberal que rima con la racionalidad neoliberal dentro de la cual el gobierno empieza a operar.

Cosa curiosa: el ensayo, que desde su título promueve fervientemente la democracia, apenas si define qué entiende por ella. En alguna parte se cita el conocido aforismo de Churchill (“La democracia es un mal sistema salvo en un sentido: todos los demás son peores”). En otra se advierte que “la democracia no es la solución de todos los problemas sino un mecanismo para resolverlos”. En otra más se recurre a un “espejo remoto y aleccionador”, la Inglaterra del siglo XVIII, para observar allí un proceso ejemplar de democratización. Esa –está claro– es la fuente democrática que Krauze elige: la Inglaterra liberal y no, digamos, la Atenas clásica, la Revolución francesa o la comuna de París. Ese es el tipo de democracia que suscribe: la democracia liberal y no otras formas democráticas más igualitarias, más populistas, más radicales. Acaso lo más interesante no sea, pues, el concepto de democracia –bastante restringido– que emplea sino el afán de hacer pasar esa democracia por la única democracia, la democracia en estado puro, sin adjetivos.

Al término democracia se le suelen dar dos usos contradictorios –la “paradoja democrática” de la que ha hablado Jacques Rancière (“Does Democracy Mean Something?”). Democracia es, en un sentido, un set de instituciones y procedimientos, una forma de gobierno en la que políticos y tecnócratas, en parte electos a través del voto popular, trabajan por el bien común. Democracia es, en otro sentido, una forma de vida social, un estado de antagonismo permanente en el que –a diferencia de lo que ocurre en las aristocracias o las oligarquías– ningún gobierno puede fijarse sólidamente puesto que nadie goza de privilegio alguno para gobernar sobre los otros. Una democracia atenta contra la otra: la democracia como forma de gobierno está siempre amenazada por la democracia como forma de vida social, y la segunda deja de existir si la primera se establece. Para prevalecer, la democracia como forma de gobierno debe reprimir, y hasta suprimir, el desorden democrático; para existir, la democracia como forma de vida social debe antagonizar incesantemente con todo orden fijo.

En este momento Vuelta reivindica febrilmente el primer uso: democracia como forma de gobierno. Apenas unos años más tarde, cuando el conflicto social se extienda por el país, militará activamente contra la segunda: contra la democracia como forma de vida social.


3.

Uno de los tópicos más manidos durante la lucha ideológica que acompaña al giro neoliberal –apuntan Dardot y Laval– es el que afirma que el Estado burocrático destruye las virtudes de la sociedad civil –honestidad, esfuerzo personal, satisfacción por el trabajo bien hecho. Esta idea está en la base del pensamiento de Zaid y su reivindicación de la iniciativa empresarial, en teoría oprimida por la casta de burócratas y universitarios que administran el Estado. Está también en Paz y su noción, un tanto esotérica, de que el pueblo mexicano conserva, en alguna parte de su intrahistoria, hábitos democráticos heredados desde la Colonia. Está, por último, en Krauze y su llamado a que el régimen comparta el poder con la gente, “más responsable y adulta de lo que los políticos suelen creer”.

Esa sociedad civil elogiada por Zaid, Paz y Krauze irrumpe, de golpe, el jueves 19 de septiembre de 1985 en la ciudad de México. Se sabe: a las 7:17 de la mañana un terremoto sacude la ciudad, derrumba casas y multifamiliares y provoca la muerte de miles de personas. También se sabe: ese mismo día miles salen a las calles y se organizan para asistir a los heridos y rescatar cuerpos y sobrevivientes de entre los escombros. Casi de inmediato, esos ciudadanos se vuelven símbolo de la “sociedad civil” de la que se venía hablando. También casi de inmediato escritores y periodistas se apuran a incorporar los sucesos en sus relatos ideológicos previamente armados. En un primer momento los intelectuales de Vuelta parecen coincidir en su apreciación de los hechos con, por ejemplo, Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska: también aplauden los esfuerzos ciudadanos, también vinculan esos esfuerzos con la irrupción de una democratizante “sociedad civil”. Con el paso del tiempo, sin embargo, divergirán radicalmente las posturas: unos y otros hablarán de distintas “sociedades civiles”, unos y otros encargarán distintas funciones a la ciudadanía.

“Los temblores del 19 y el 20 de septiembre –escribe Paz en “Escombros y semillas”– nos han redescubierto un pueblo que parecía oculto por los fracasos de los últimos años y por la erosión moral de nuestras élites. Un pueblo paciente, pobre, solidario, tenaz, realmente democrático y sabio”. “Acaso la revelación mayor –añade Krauze en “Revelación entre ruinas”– fue la actitud pronta, fraternal y solidaria de la ciudadanía sin distinción de clases”. Remata Paz: “La reacción del pueblo de la ciudad de México, sin distinción de clases, mostró que en las profundidades de la sociedad hay –enterrados pero vivos– muchos gérmenes democráticos. […] La enseñanza […] del sismo puede reducirse a esta frase: hay que devolverle a la sociedad lo que es de la sociedad.”

A primera vista, los textos de Paz y Krauze coinciden, en su dictamen y entusiasmo, con las crónicas que Monsiváis publicó en aquellos meses y que, ya recogidas en Entrada libre, terminarían por convertirse en el relato más influyente sobre el sismo y sus efectos. Hay, sin embargo, diferencias capitales. Primero: para Monsiváis la movilización ciudadana que sigue al terremoto, en vez de ser una anomalía, se inscribe en un continuo de movimientos y protestas populares. Segundo: de acuerdo con Monsiváis esa movilización, antes que muestra de una actitud “fraternal y solidaria”, supone un conflicto político y es, en rigor, un acto de desobediencia civil. Tercero: si para Paz y Krauze la lección del terremoto es que la sociedad mexicana es democrática y solidaria y por lo mismo el gobierno debe retraerse y devolverle “a la sociedad lo que es de la sociedad”, para Monsiváis la enseñanza es que la sociedad civil, potente y antagonista, solo forzará la democratización mediante lo que él mismo llama la “estrategia de la movilización permanente”.

Dos concepciones de la sociedad civil se oponen a partir de entonces: la de aquellos que, como Monsiváis, sostienen que la sociedad civil es un sujeto beligerante que actúa en una “zona de antagonismo” y cuya estrategia es el enfrentamiento permanente, y la de aquellos otros que, como Paz y Krauze, apuntan que la sociedad civil está conformada por grupos de “mexicanos que –palabras de Zaid– no son revoltosos ni dejados” (La nueva economía presidencial) actúan con objetivos específicos y se dispersan una vez que han conseguido sus objetivos o expresado su desacuerdo. Allá, sociedad civil comodisenso; acá, como una pieza más en la “caja de herramientas de la gubernamentalidad liberal” (Jon Beasley-Murray, Posthegemony: Political Theory and Latin America), un concepto tan acotado que funciona ante todo para excluir, para sancionar como antidemocráticas todas las prácticas que la rebasan.

Tras el sismo Monsiváis encontrará distintas representaciones de su sociedad civil en la misma ciudad de México. El grupo Vuelta tendrá que ir a buscar la suya a otra parte, ya no en la capital (según Paz, “una caldera que contiene esos elementos inflamables que son las masas urbanas, especialmente las de los jóvenes”), y menos en el sur, sino en el norte del país, liderado por empresarios y con una fuerte presencia del PAN. En junio de 1986, casi un año después del temblor y unos meses antes de las elecciones locales, Krauze publica “Chihuahua: ida y vuelta”, una suerte de réplica a las crónicas defeñas de Monsiváis. Lejos de la desordenada multitud de la ciudad de México, los protagonistas de la crónica de Krauze son empresarios, candidatos panistas, historiadores empeñados en trazar una genealogía liberal del norte y, al fondo, sin voz, una sociedad dispersa que participa solo a través de los partidos políticos. En el avión que lo lleva de vuelta a la ciudad de México, Krauze concluye: Chihuahua, y no el DF, “vive hoy la revolución de la democracia”; Chihuahua, y no el DF, “puede ser la cuna de los nuevos tiempos”.


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4.

La “revolución de la democracia” no vendrá, sin embargo, del norte ni tendrá los colores del PAN. El 30 de septiembre de 1986 el michoacano Cuauhtémoc Cárdenas y el defeño Porfirio Muñoz Ledo anuncian la creación de la Corriente Democrática al interior del PRI. El 14 de octubre de 1987 Cárdenas acepta la candidatura del Partido Auténtico de la Revolución Mexicana, y en cuestión de meses se constituye el Frente Democrático Nacional. Se conoce el resto de la historia: el 6 de julio de 1988 se celebran elecciones; después de la “caída del sistema”, el gobierno declara como ganador a Salinas de Gortari; la oposición desconoce los resultados y alega fraude; un largo e intenso conflicto post-electoral comienza.

Ya antes de las elecciones Vuelta concentra sus críticas en Cárdenas y el Frente Democrático Nacional apenas formado. Jaime Sánchez Susarrey –ganador de un concurso de ensayo político convocado por la revista y de ahí en adelante su analista político de cabecera– advierte, días antes de los comicios, que “la cultura política de izquierda carece de una tradición democrática”, sentencia que “de Cárdenas a los leninistas existe el acuerdo de que la democracia […] debe ser adjetivada” y desliza la idea de que la izquierda mexicana es “una suerte de emisario del pasado”. Esta noción –la de la izquierda como un fantasma del pasado– se cuela en prácticamente todos los textos que los autores de Vuelta dedican al conflicto post-electoral –y los acompañará desde entonces, lo mismo cuando cuestionen al Ejército Zapatista que, ya en los dos miles, a Andrés Manuel López Obrador. Aquí un notable giro ideológico ha concluido en la revista: si a principios de la década Paz, Zaid y Krauze prescribían una cierta vuelta al pasado, en 1988 acusan a sus adversarios de pretender justamente eso. Es ya otro el enemigo: no más la modernización liberal conducida por los gobiernos priistas sino las fuerzas políticas y sociales que se oponen, justamente, a la modernización neoliberal conducida, sí, por los gobiernos priistas.

Es a partir de este momento, entonces, que la revista empieza a dedicar la mayor parte de sus textos de opinión política a una misma tarea: representar a la izquierda mexicana –entonces todavía sin experiencia alguna de gobierno– como una amenaza para la democracia, democracia, por otra parte, todavía inexistente bajo cualquier criterio. En los artículos que preceden, acompañan y siguen a las elecciones del 6 de julio la izquierda partidista mexicana será descrita indistintamente como nostálgica, violenta, irracional, fundamentalista y, ya de plano, como fatal, genéticamente anti-democrática (“no sin dolor sostengo la impopularísima opinión de que la izquierda mexicana, espina intelectual del cardenismo, no es ni será ya nunca democrática”, Krauze, “Los obreros y el poder”, Vuelta 147, febrero 1989).

Una vez construido, ese enemigo cumple distintas funciones en beneficio de la revista. Para empezar, de algún modo justifica las nuevas alianzas intelectuales y materiales del grupo, lo mismo con el empresariado y sectores del PAN que con cierta parte de los escritores de Nexos: si coincidimos y nos aliamos con ellos –es el argumento– es porque debemos dejar las diferencias de lado para hacerle frente al peligro que representa la izquierda. También sirve para justificar la cercanía y el apoyo –a veces explícito– de la revista a las administraciones federales en curso: si coincidimos y avalamos, en lo general, sus políticas es sobre todo porque la otra opción, la izquierda mexicana, es temible.

La presencia de ese enemigo reporta, asimismo, un beneficio capital para los gobiernos neoliberales, tanto en México como fuera de México. Hay una contradicción en el liberalismo que el neoliberalismo hereda: de acuerdo con la racionalidad liberal, el Estado debería actuar lo menos posible, y sin embargo actúa y vigila y ordena y disciplina y reprime. En los regímenes neoliberales la paradoja se intensifica: a un mismo tiempo se expresa la necesidad de adelgazar y de fortalecer al Estado, de reducir sus funciones económicos y de robustecer su aparato de seguridad puesto que, se dice, son muchas y poderosas las amenazas. Al final, como apunta Foucault, “[n]o hay liberalismo sin cultura del peligro”: el Estado liberal necesita de un monstruo siempre acechante, siempre a punto de emerger de debajo de la cama, para justificar su propia acción. En otras partes del mundo gobiernos y grupos intelectuales gastan buena parte de los ochenta y noventa en la construcción de una amenaza fundamentalista. En México el monstruo –formado en parte con el esfuerzo de Vuelta– será casi exclusivamente La Izquierda –al menos hasta que, ya en el siglo XXI, emerja como competencia El Narco.

De regreso a 1988: mientras el Frente Democrático Nacional y numerosos intelectuales sospechan de los resultados electorales y exigen un recuento de las actas, la constante entre los autores de Vuelta es, como apunta Carlos Illades (La inteligencia rebelde. La izquierda en el debate público en México, 1968-1989), “evadir la discusión acerca de la inequidad de la contienda, la opacidad informativa y la manipulación de las cifras electorales”. Otra constante en los textos que publican entonces es la del tópico de la inestabilidad. En las últimas líneas de “Por una democracia sin adjetivos” Krauze llamaba a “no hacer un dios absoluto de la estabilidad” y, más aún, a pagar “el posible precio de inestabilidad” que la transición a la democracia podría implicar. Cinco años más tarde, a la mitad del conflicto postelectoral, la consigna es la contraria: asegurar la estabilidad, incluso si eso supone posponer, o hasta sacrificar, la “democracia sin adjetivos” tantas veces reclamada en la revista.

“Alba o crepúsculo” es el título de los tres artículos que Paz publica, entre el 10 y 12 de agosto, en La Jornada (y que se reproducen días más tarde en El País). Después de dedicar el primero de ellos a repasar algunas de sus tesis sobre la historia política de México, Paz reproduce en el segundo la distinción ya trazada en Vuelta entre modernos y anti-modernos. En un extremo, la izquierda cardenista: “El neocardenismo no es un movimiento político moderno, aunque sea otras muchas cosas, unas valiosas, otras deleznables y nocivas”. En el otro extremo, el priismo tecnocrático: “Una fracción del grupo dirigente –la más joven, inteligente y dinámica– se decidió por la modernización. … hay que continuarla, extenderla y profundizarla”. Partido de ese modo el escenario, la disyuntiva a la que el país se enfrenta, según Paz, no es ya entre un partido u otro, entre una u otra tendencia política, sino –un tanto melodramáticamente– entre modernidad o tradición, futuro o pasado, paz o violencia. Bajo esa misma luz, los candidatos de los partidos opositores aparecen menos como eso que como agentes del radicalismo revolucionario: “Lo que piden los dos candidatos –escribe Paz ya en el tercero de los artículos– es la rendición incondicional de sus adversarios. En un abrir y cerrar de ojos quieren desmantelar al PRI y poner de rodillas al gobierno. Otra vez: todo o nada. Poseídos por los fantasmas de nuestro pasado, los líderes de la oposición buscan la derrota total, la aniquilación política de sus antagonistas. No son partidarios de una transición sino de un cambio brusco, instantáneo”.

El artículo que Krauze dedica al conflicto post-electoral (“Oráculos de Tocqueville”, dividido en dos partes) sigue de cerca la lógica de Paz. El dilema es el mismo: estabilidad o caos. La solución propuesta es también la misma: la resignada aceptación de los resultados oficiales, que de un modo u otro reconocen la victoria de la oposición en numerosos distritos y suponen una significativa presencia de esta en las cámaras legislativas. “Si sabemos consolidar en México lo mucho que se ha ganado –escribe Krauze–, el 6 de julio puede ser todavía la fecha histórica de nuestro bautismo democrático. El triángulo es sinónimo de equilibrio, pero si lo tensamos demasiado podemos desgarrarlo. Hay que construir a partir de hoy la democracia. Podemos empezar a ejercer una auténtica división de poderes y un genuino federalismo. Estamos en el umbral, pero podemos volverlo un abismo.”

Ahora bien: quien exige con mayor claridad la inmediata claudicación de la oposición es, curiosamente, Gabriel Zaid. En un artículo publicado en Proceso(“País en curva”) Zaid empieza reconociendo tanto la suciedad de las elecciones federales, “torpes y tramposas”, como la falta de credibilidad de los resultados oficiales y concluye recomendado a los partidos opositores, no obstante, olvidar todo ello, aceptar lo concedido y “darle una tregua al país”: “No estaría de más saber quién ganó las elecciones, hasta por simple curiosidad. Pero una curva peligrosa no es el mejor lugar para ponerse tercos.”

No es necesario recordar que el 1 de diciembre de 1988 Salinas de Gortari asume la presidencia. Acaso sí lo sea apuntar que tres meses más tarde, el 2 de marzo de 1989, cuando su legitimidad es todavía escasa y el conflicto post-electoral aún persiste, este se hace acompañar de Paz en la ceremonia de fundación del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. En su turno al micrófono, sentado a un costado del presidente, Paz le manifiesta así su aprobación:

México vive un periodo de cambios. […] a la fecha no solo hemos presenciado actos de gobierno: Salinas de Gortari está creando las bases para un nuevo pacto político y social de largo alcance. Las transformaciones que se están operando son tan importantes como las que en su momento realizó Lázaro Cárdenas: tienen el sentido de actos de Estado y no solo de actos de gobierno. (“Fondo Nacional para la Cultura y las Artes”, Vuelta 149, abril 1989)

A principios de 1989, ya se ve, el giro está dado. Cancelada la retórica revolucionaria, la nueva administración expone abiertamente su estrategia neoliberal y radicaliza las políticas de liberalización económica. Cancelado el discurso que demandaba una modernidad particular para el país, Vueltacomienza a definirse, cada vez con más vigor, como una publicación de corte liberal y a priorizar, en sintonía con el gobierno, los reclamos de modernización económica sobre los de democratización. Está claro: en el momento en que el Estado mexicano adopta una gubernamentalidad neoliberal y Vuelta reclama como suyo el legado del liberalismo, el poder y la revista empiezan a operar dentro de una misma racionalidad política.

Para acabar de una vez, y recapitulando: a lo largo de los años ochenta acontece un radical giro ideológico en Vuelta, giro que a su vez acompaña al vuelco neoliberal que sacude a otras esferas del país. En términos económicos, la revista abandona aquel discurso que, aliando las tesis económicas de Zaid y el relato cultural de Paz, exigía una modernidad propia para demandar, en sintonía con las administraciones federales, la rápida inserción del país en el mercado financiero global. En términos políticos, al final de la década ya no es el Estado sino la sociedad la que aparece como peligro: el Estado, dirigido por tecnócratas, se torna de pronto racional mientras que la sociedad –supuestamente desordenada, nostálgica del populismo, débil ante la izquierda– adquiere una tonalidad negativa, amenazante. Como consecuencia, muta también la tarea política que la revista se asigna. La función del intelectual deja de ser “interpretar y dar forma a las confusas aspiraciones populares”, tal como había apuntado Paz a principios de la década (Tiempo nublado, 1983), y empieza a ser más bien la contraria: mantenerse aparte de las tendencias supuestamente populistas de la sociedad, proteger la democracia del pueblo mismo, ser demócratas sin demos.


Este texto es una versión del ensayo que aparecerá en el libro Aire en libertad: Octavio Paz y la crítica, memorias del coloquio del mismo nombre convocado por el CIDE, coordinado por José Antonio Aguilar Rivera y celebrado en la ciudad de México el 3 y 4 de noviembre de 2014.

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