El agua en la Ciudad de México: la crisis ecológica del mañana

La infraestructura hídrica de la Ciudad de México reproduce los esquemas de desigualdad del capitalismo urbano. De seguir así, prontamente la capital enfrentará una terrible crisis ambiental.

| Medio ambiente

En México, el abastecimiento del agua produce y reproduce la desigualdad urbana. Su presencia o ausencia moldea las formas de habitar una ciudad. En la Ciudad de México, las pipas, las formas manuales de acarreo de agua y las tuberías por las que el líquido siempre fluye son la forma material de esta inequidad. La pobreza y la riqueza están íntimamente relacionadas con el agua ya que sus usos múltiples: limpieza, recreación, alimentación, etcétera.

Al mismo tiempo, el agua es parte fundamental de la sustentabilidad no solo de las ciudades, sino del planeta entero. En la capital mexicana, su ausencia y su uso excesivo son motivo de preocupaciones alarmantes. Como reporta The New York Times, la Ciudad de México está al borde de una crisis profunda de agua, que se deriva de su conflictiva historia hídrica. Esta crisis, expresada en inundaciones, en la subsidencia del suelo y en una contaminación creciente, pende permanentemente sobre la Ciudad de México.

La forma actual de producir el agua urbana es, además de desigual, insostenible. Por un lado, depende de una expansión constante sobre el espacio en busca de nuevas fuentes de agua. Por otro, la distribuye desigualmente de acuerdo a las condiciones geográficas del espacio urbano, creando y reforzando dinámicas de desigualdad espacial: la abundancia del agua construye la riqueza y la riqueza garantiza la abundancia hídrica. Sucede lo mismo de forma inversa.


El agua finita: la apropiación de los mantos en Lerma

El Sistema Lerma de abastecimiento de agua es crucial para la Ciudad de México. Fue construido entre 1942 y 1951 para capturar el agua de las hoy casi inexistentes lagunas de Lerma y llevarlas a la capital. Actualmente, aporta 3,832 litros por segundo, que equivalen al 12% del total. Junto con el Sistema Cutzamala, con el cual se conecta en varios puntos del Estado de México y de la ciudad, aporta el 42% del total del agua urbanizada.

Pero el agua es cada vez más escasa. Las lagunas han dejado de existir casi en su totalidad. Algunos pozos han sido clausurados definitivamente. Y las laderas de los cerros han perdido los bosques que favorecían la filtración del agua. En su lugar, hay espacios abiertos, casas precarias y fraccionamientos de lujo. Lerma se ha transformado profundamente en las últimas décadas: antes era un espacio lacustre relevante, hoy es un corredor industrial que está vinculado a Toluca y la Ciudad de México.

A pesar de esta transformación radical, el agua de Lerma sigue siendo apropiada. Los trabajadores del Sistema de Aguas de la Ciudad de México (SACMEX) siguen dando mantenimiento y operando los más de trescientos pozos que existen en la zona. Aunque buena parte del agua permanece en Lerma –en muchos casos abastecida de forma gratuita a pueblos ribereños al acueducto–, el destino de alrededor del 60% sigue siendo la ciudad, según los cálculos de algunos funcionarios del Sistema.

El fin del agua en Lerma es provocado por un cúmulo de factores. La urbanización de la zona ha disminuido las filtraciones de agua, al tiempo que ha aumentado la demanda local de agua; la construcción del Sistema Lerma agotó numerosos manantiales, secando las lagunas de la zona, y la ciudad ha sido incapaz de asegurar nuevas fuentes, como se estipulaba en el plan original. Esta situación muestra que los problemas ambientales son generados por la acción humana sobre el espacio.

Si bien toda acción humana modifica el espacio en el que se realiza, no toda es capaz de transformar paisajes como el de Lerma en periodos cortos de tiempo. No es, entonces, la humanidad en abstracto la que está detrás de este cambio: es el capitalismo, que transforma el espacio de formas violentas y veloces, el abstracto que nos ayuda a entender cómo el Sistema Lerma está llegando a su fin. La industrialización; la transformación de la tierra en una mercancía que puede desarrollarse; la deforestación provocada por la ampliación de carreteras y viviendas y la apropiación del agua por una urbanización expansiva son todas facetas distintas del proceso de acumulación y reproducción del capital.

Un ejemplo puede ser útil. En 1942 las obras del Sistema Lerma comenzaron. Beatriz Albores señala que, desde entonces, la ciénega de Lerma comenzó a desecarse (Tules y sirenas: el impacto ecológico y cultural de la industriación del Alto Lerma, 1995). En un inicio, el uso de explosivos para la captura de aguas subterráneas agotó varios manantiales, disminuyendo el nivel del agua. Para 1951, con el inicio del bombeo de agua a la ciudad, la cantidad de líquido decreció aún más. En 1960, la ciénega estaba casi seca. Los antiguos trabajadores lacustres ahora se desempeñaban como obreros en el corredor industrial Toluca-Lerma, como artesanos o como pequeños comerciantes. El capitalismo impulsado por la expansión urbana en esos años y sus necesidades ecológicas están, así, detrás de la transformación radical de Lerma.

La Ciudad de México no termina en sus límites políticos, sino que se extiende a través de su infraestructura. Las causas del agotamiento del agua en Lerma se encuentran en este vínculo entre ciudad y un espacio rural en transformación. Una ciudad sedienta agotó las lagunas, sustento económico de miles de personas, y aceleró la creación de un corredor industrial en la zona. Este corredor, junto con la ciudad y los nuevos desarrollos inmobiliarios en Lerma, demandaron cada vez más agua, un recurso que, sin los espacios de recuperación que le daban los bosques y campos de la zona, seguirá volviéndose cada vez más escaso. La crisis del agua en Lerma significa la crisis del agua en la Ciudad de México. Son dos caras de una misma moneda: la de la apropiación de la naturaleza para la reproducción del capital, como ha explicado Jason W. Moore.


Fugas, tomas ilegales y desigualdad: el agua de Lerma en la Ciudad de México

El agua del Lerma entra por el poniente de la capital. Después de atravesar la Sierra de las Cruces, cae por el Río Borracho, y va encontrando su camino hasta el Cárcamo del Río Lerma, en Chapultepec. Para ese momento, ha pasado por Cuajimalpa, Las Lomas y Huixquilucan, entre otras zonas de la ciudad. En su camino, ha perdido volumen. Se estima que el 30% del agua potable en la Ciudad de México se pierde en fugas. Es una cifra brutal, que equivale a toda el agua que aporta el Sistema Cutzamala.

En los últimos meses, he recorrido las tuberías, bombas y cárcamos de la zona poniente de la Ciudad de México. Un día, mientras los trabajadores de SACMEX arreglaban una fuga en el cruce de Palmas y Periférico, uno de sus compañeros me contó una historia.

Me dijo que hacía algunos meses su cuadrilla había ido a trabajar en una fuga en alguna de las barrancas que rodean Santa Fe. Vecinos de la zona habían reportado un derrumbe.

Al llegar a la zona, se dieron cuenta que una fuga había reblandecido el suelo. La revisión mostró que las raíces de un árbol se habían enredado en las tuberías, perforándolas. Una fuga pequeña y constante había impregnado el suelo de la zona, al margen de una barranca. El trabajador con el que hablaba, de apellido Chavarría, calculaba que la fuga tenía unos 15 años de haber comenzado.

15 años que representan la marginalidad de una comunidad pobre en una zona de riesgo de la Ciudad de México.

En contraste, la fuga que atendíamos en Palmas y Periférico tenía tres días de haber comenzado. El agua se filtraba al subsuelo y llegaba a las oficinas de una empresa. Un empleado de seguridad del edificio me contó que hace un año había pasado lo mismo. Los obreros lo reconocían, pero aseguraban que era otra fuga. Al cabo de unas horas de trabajo, la encontramos. La nueva fuga estaba dos metros por delante de la vieja. La compostura delataba el lugar donde aquélla había ocurrido. Un brazalete de metal, unido por cuatro tuercas, hacía presión sobre la tubería que aún estaba rota debajo. Los trabajadores colocaron una compostura idéntica en el nuevo sitio, una hendidura provocada por la presión del agua, que siempre busca el lugar más débil para salir.

La celeridad con la que fuga fue reparada, si bien de forma parcial, se debe a más cosas que al cruce de dos avenidas principales al poniente de la Ciudad de México. Las avenidas son la materialización de enormes flujos de capital en el espacio. Las oficinas, casas y negocios que ahí se han establecido hacen de la zona una de central importancia para la economía política urbana. Su acceso al agua así lo muestra. El que el tiempo de reparación de una fuga se relacione con la pobreza y la riqueza no es fortuito. El poder se construye también a través de la infraestructura y sus exclusiones e inclusiones.

Siguiendo Paseo de las Palmas al sur-poniente aparece Santa Fe. El viejo basurero reconvertido en zona de oficinas y casas lujosas es notorio en el paisaje urbano. Edificios altísimos están siendo siempre construidos. Uno al lado de otro, son erigidos en cuestión de meses. Circulo por debajo de estos colosos en una camioneta del Sistema de Aguas. Vengo conversando con dos empleados. En varios puntos de la zona observamos grandes pipas de agua cargando edificios de lujo. Uno de los tanques de Santa Fe, cada vez sometidos a más presión, se ha quedado sin agua. Nuestro objetivo esa mañana es restablecer el servicio.

Las pipas son una parte normal del paisaje urbano de la ciudad. Pueden ser vistas en las zonas marginadas del oriente y sur capitalino, así como en esta zona exclusiva del poniente. La falta de agua impacta a todos, aunque pocos tienen la capacidad económica de responder a la carencia con rapidez. Ahí también el agua forma parte de la desigualdad que se vive en la Ciudad de México. Son quienes cuentan con recursos materiales abundantes quienes pueden responder a las crisis ecológicas con mayor facilidad. En situaciones de escasez, la distribución desigual no solo se hace manifiesta, sino que se agudiza.

Lo mismo sucede con las tomas ilegales en la red hidráulica. En Santa Fe, numerosos edificios están conectados ilegalmente al acueducto de Lerma. Trabajadores de distintas áreas del Sistema de Aguas y vecinos así me lo han dicho en muchas ocasiones. Las historias difieren en los detalles, pero todas coinciden en un hecho: el dinero que los desarrolladores inmobiliarios de la zona tienen les permite comprar funcionarios que permiten la construcción de tomas ilegales. Éstas extraen el agua antes que llegue a los tanques de distribución. Así, terminan siendo contabilizadas como fugas, abonando a ese escandaloso 30% que mencioné antes. Al mismo tiempo, impiden que el agua llegue a otras zonas de la ciudad, fortaleciendo la dinámica de exclusión que caracteriza al sistema de agua potable.


Una ciudad insostenible

La crisis hídrica de la Ciudad de México es múltiple. Se observa en el hundimiento del suelo, en las inundaciones que ocurren en el Bordo de Xochiaca y en la carencia que cada vez impacta a más pobladores. Sus límites no terminan donde el poder administrativo de la Jefatura de Gobierno acaba. Las tuberías que abastecen agua potable y las que descargan agua residual unen a la capital con otros espacios. Lerma es uno de ellos, en el cual el impacto de las necesidades hídricas de la Ciudad ha contribuido a la transformación radical del espacio y al creciente agotamiento del agua. En otros espacios, como Tula, donde el agua residual es descargada, las consecuencias son distintas: contaminación, enfermedad y marginación. Así existen otros lugares, que no menciono aquí, pero que están íntimamente ligados al agua urbana, aun cuando se encuentren distantes de la Ciudad de México.

La estructura hídrica de la capital es insostenible. Los muchos factores que componen la crisis compleja del agua están siendo empujados a un límite. En el corazón de esta dinámica está la imposibilidad de continuar apropiándose de la naturaleza a un bajo costo. Extraer agua se vuelve más complejo en distintas geografías: el suelo se hunde, los pueblos donde el agua nace se rebelan y los acuíferos se agotan. Deshacerse de ella también es cada vez más difícil: la contaminación aumenta, las resistencias crecen y las enfermedades no paran. A ello se suma la frontera más clara del capitalismo. Su acción sobre el planeta está transformando el clima. En la Ciudad de México, ello implicará sequías más largas, lluvias más fuertes y una presión mayor sobre el sistema de aguas. El futuro no es halagüeño.

Las dinámicas de apropiación de la naturaleza, de distribución desigual de recursos y riesgos y las consecuencias del cambio climático llevan a pensar que una solución es casi imposible. Esto, sin embargo, no impide la acción. En primer lugar, se deben repensar los límites de la ciudad. Sus infraestructuras la ligan inexorablemente a espacios lejanos, en donde la vida y la muerte de sus habitantes están conectadas con la capital. Lerma es un ejemplo de ello, pero sin duda no es el único.

En segundo lugar, es necesario reconocer que el acceso al agua es un componente central de la desigualdad. Aquí también es posible pensar en esquemas de redistribución, en los cuales los grandes consumidores subsidien las mejoras que las poblaciones marginadas requieren. De igual forma, es necesario combatir la connivencia entre las élites y el gobierno, que en la Ciudad de México garantiza que el agua llega a quienes tienen más, a menudo mediante tratos ilegales que profundizan la crisis ecológica, social y económica.

En tercer lugar, es imperativo encontrar formas de reducir el uso, el desperdicio y la contaminación del agua. Los esfuerzos a pequeña escala, como la captación de agua pluvial, la reutilización de agua potable y la introducción de tecnologías de ahorro son deseables. Sin embargo, la dimensión del problema del agua en la ciudad demanda soluciones colectivas a gran escala. Entre ellas están la construcción de plantas de tratamiento de agua; el rescate de cuerpos de agua y la introducción de infraestructura moderna en la red de abastecimiento, distribución y desagüe, entre otras posibilidades.

Finalmente, creo que en el centro de cualquier plan y acción sobre el agua en la ciudad debe haber una pregunta: ¿cómo reconstruir la vida urbana para un presente y futuro igualitarios y sustentables?

(Fotos: cortesía de Eneas De TroyaUlises Mexicano y Omar Eduardo.)

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