El ambientalismo del futuro

El triunfo electoral del anticientificismo en los Estados Unidos representa la peor derrota del ambientalismo en la historia reciente. Éste debe encontrar un discurso más inclusivo con los trabajadores, pero igual de beligerante frente a los enemigos del planeta.

| Cambio Climático

En tiempos recientes pareciera que el movimiento ambientalista ha asumido que es más importante cuidar el ambiente que a los humanos y, en ese sentido, ha caído en las mismas contradicciones en que han caído otras perspectivas como la del libre mercado, que en la práctica ha privilegiado más la salud de los mercados que la de las personas o la del planeta. Las preguntas obligadas que debieran hacerse, en este momento, todos los ambientalistas, científicos, activistas y simpatizantes de este movimiento son las siguientes: ¿Qué hicimos o dejamos de hacer para que buena parte de la población no viera el discurso anticlimático de Donald Trump como una amenaza real? ¿Por qué las advertencias ambientalistas resultaron tan poco efectivas e, incluso, se vieron como una amenaza? ¿Cómo hemos llegado a este punto en la historia en que la defensa del medioambiente en el país más poderoso del mundo haya involucionado de tal manera que incluso se esté planteando la desaparición de dicha agencia?

El movimiento ambientalista y particularmente el del cambio climático habían logrado, luego de largos 30 años de negociaciones internacionales, que los gobiernos y la mayor parte de los actores involucrados alcanzaran un mínimo acuerdo que reconocía que este fenómeno era provocado por la actividad humana, especialmente por la quema de combustibles fósiles y que esto representa en la actualidad el mayor riesgo para la existencia de la humanidad. También se había logrado un consenso mínimo (el Acuerdo de París) sobre las acciones a seguir, la aceptación de la responsabilidad y el compromiso de tomar acciones por parte de los gobiernos y algunos de los actores económicos transnacionales más importantes. Si bien estos acuerdos eran insuficientes para las expectativas de muchos dentro del movimiento ambientalista, se aceptó que era un acuerdo importante y un gran logro para la diplomacia climática.

No tenía ni un año el acuerdo cuando, por los resultados electorales en Estados Unidos, parecía evidente que se debía dar marcha atrás a ese entusiasmo. Los hechos han demostrado que los esfuerzos de las últimas décadas están a punto de borrarse de un plumazo por las medidas adoptadas por el presidente Donald Trump: por ejemplo, ya se ha nombrado a negacionistas del cambio climático al frente de importantes agencias gubernamentales e, incluso, de la Agencia de Protección Ambiental; además, amenazas de Donald Trump de querer retirar a Estados Unidos del Acuerdo de París son constantes y el impulso a nuevos proyectos de explotación de hidrocarburos, como los oleoductos Dakota Access y el Keystone, parecen inevitables.

El triunfo de Donald Trump, así como el ascenso de líderes con un perfil y un discurso anticientífico similares, representan la derrota más grande del movimiento ambientalista en la historia reciente, pues no solo darán marcha atrás con las instituciones construidas durante todos estos años, sino que atacarán, de manera constante y efectiva, la legitimidad del discurso ambientalista. Donald Trump ya aprovechó los espacios para profundizar las divisiones entre este movimiento y los antiguos aliados, como lo fueron los sindicatos en tiempos de negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Todo esto significa la peor derrota: el movimiento ambientalista está contra las cuerdas y, en cierto sentido, aislado.

Si bien el actual es un momento complicado para el movimiento ambientalista, también es un momento ideal para analizar las equivocaciones y, sobre todo, para replantear nuevas estrategias, para retomar los principios originales y para emprender la contraofensiva con mayor vigor y entusiasmo político.


El ambientalismo se mercantiliza

En su libro Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima (Simon & Schuster, 2014), Naomi Klein plantea que la lucha contra el cambio climático debe pasar, primero, por combatir al modelo económico actual, ya que si no modificamos el modelo de acumulación y expansión de la producción y el consumo, a pesar de las tecnologías verdes y las energías renovables, no podremos frenar el cambio climático. Naomi Klein hace observaciones agudas sobre los mecanismos que hemos elegido para combatir el cambio climático, en particular aquellos que se dicen “voluntarios” o que en el argot climático se conocen como “de mercado”, según los cuales los actores involucrados requieren de incentivos materiales (dinero) para realizar modificaciones en sus patrones de consumo o en su modelo de producción. Esta estrategia parte del supuesto de que las empresas no pueden ser obligadas a reducir la contaminación si no obtienen un beneficio tangible y que el Estado no debiera obligarlas o intervenir, pues eso atenta contra “la libertad”.

Ni la sociedad ni el gobierno pueden forzar a las grandes empresas a emprender acciones en favor del clima si eso implica un costo a la producción, sigue la idea, pues ese costo se traducirá en la pérdida de la competitividad frente a los que no lo hacen y porque no es posible determinar qué tan responsable es la empresa objeto de las limitaciones. Debido a lo anterior se han creado mecanismos de incentivos que generan un estímulo; algunos de ellos son los Mecanismos de Desarrollo Limpio (MDL), mediante los que se generan acciones para reducir emisiones contaminantes, y que por cada tonelada de reducción se otorga un bono de carbono (carbon bonds) que puede ser vendido a otras empresas que no son capaces de reducir sus emisiones. Para llevar a cabo la transacción de bonos de carbono se han creado mercados de carbono al estilo de las bolsas de valores, con lo que se ha desatado la especulación sobre estos.

Sin embargo, las estrategias de reducción de emisiones a través de mecanismos de mercado han llegado al absurdo de permitir que en lugar de reforestaciones se permitan reducciones, que en lugar de esas reducciones se tengan bonos de carbono y que en lugar de esos bonos de carbono se genere dinero. Bajo ese esquema, la reparación del daño ambiental que han producido las grandes empresas se convierte en un nuevo negocio que concede ensuciar para luego cobrar por limpiar. Es como si un niño en casa recibiera dinero cada vez que limpia la leche que tiró del vaso; en poco tiempo el niño aprenderá que debe tirar la leche sistemáticamente para ganar dinero.

En este sentido va la crítica de Klein, al decir que la lucha contra el cambio climático no puede dejarse en manos de los mismos que provocaron la crisis y que es necesario buscar estrategias más inclusivas; sobre todo, necesitamos cambiar la mentalidad para ver en la protección al ambiente un beneficio colectivo, en lugar de esperar pasivamente a obtener un beneficio material para hacer algo.


El ambientalismo y el movimiento obrero

Las tecnologías verdes y las energías renovables tienen como finalidad desplazar del mercado a las tecnologías y energías fósiles. Esto ha provocado un relevo en las élites económicas, pero también ha provocado un desplazamiento en la fuerza laboral. Muchos trabajadores han perdido su empleo por el cambio energético y, en muchos casos, no han podido conseguir otro que les permita acceder al mismo nivel de vida. Esos trabajadores no piden un mecanismo de compensación para tener un ingreso; para ellos el cambio representó una amenaza económica y su manera de combatirla fue votando por un candidato que les garantizara volver a sus antiguos empleos. Pero para devolverles esos empleos debían quitarse las restricciones al consumo de carbón y petróleo y debía desmantelarse el entramado institucional que castigaba a los responsables de la contaminación.

En los últimos años la industria verde, contenta con ver a sus competidores sufrir, se regocijó en las nuevas ganancias y se olvidó del cambio de conciencias. Los obreros que fueron perdiendo sus empleos por el desplazamiento no resultaron ser una prioridad en la agenda ambientalista; por el contrario: en algunos casos se les señalaba como ignorantes por estar en contra del cambio climático. Esos trabajadores rezagados, por supuesto, votaron en Estados Unidos en contra del cambio climático y en otros países también apoyan a candidatos antiambientalistas que defienden, igual, posturas xenofóbicas.

Por momentos pareciera que el movimiento ambientalista se montó en una especie de autocomplacencia y superioridad moral que consideró a esos afectados como daños colaterales del cambio necesario. Por momentos pareciera que salvar al planeta y al medio ambiente es más importante que las vidas de otras personas. Expresiones como “entre más conozco a los hombres más quiero a mi perro” se hicieron realidad y aquellos considerados menos importantes que la vida de un árbol o un oso polar se defendieron políticamente. Por supuesto, se reconoce que este sentimiento fue perfectamente bien explotado por Donald Trump y por otros como él que han prometido lo que las personas quieren escuchar –y eso es grave pues fueron engañados. Sin embargo, en el lado opuesto a los que creían en las promesas de Trump se les tachó de idiotas, ignorantes o estúpidos sin hacer el trabajo necesario de información y de inclusión en el nuevo modelo de desarrollo sostenible.

El movimiento ambientalista necesita poner en el centro del debate la protección al ambiente como un deber humano, pero también al humano como una prioridad de la lucha de protección al ambiente. En la ecuación debe encontrarse el desarrollo económico, pero no como el centro intocable que se le ha considerado hasta ahora. Es importante que se empiecen a plantear modelos lo más democráticos posibles en la toma de decisiones para que se pueda considerar la mayor cantidad de visiones y, sobre todo, para generar las alternativas que se requieren en este complicado momento histórico.

(Fotos: cortesía de Mark Dixon y Stephen Melkisethian.)

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