El Brexit como síntoma: sobre el populismo de derecha radical

La cerrazón democrática de la Unión Europea y la desigualdad económica están potenciando un fenómeno al menos discursivamente peligroso: el populismo de derecha.

| Internacional

Ante el triunfo del Brexit, periódicos, usuarios de las redes sociales e, incluso, algunos políticos mexicanos –como Ricardo Anaya y Margarita Zavala– mencionaron que este se debía a la “enfermedad” del populismo y a la intolerancia que surge de él. Otros analistas, menos oportunistas, señalaron como responsable a un tipo específico de populismo que se ha extendido por Europa, Oceanía y Estados Unidos y que se caracteriza por su xenofobia y/o nacionalismo exacerbado, al que Cas Mudde y George Betz[1] llaman “populismo de derecha radical”. ¿A qué se refieren con esto?

El populismo de derecha radical tiene las características mínimas de cualquier otro populismo: hace un reclamo a la democracia existente mediante un discurso moral sostenido por un líder carismático –como Nigel Farage o Marine Le Pen– que construye una identidad-otredad basada en “el pueblo” y “los otros”, con la que se busca desplazar a las élites existentes, y que entiende que las políticas deben ser el resultado de la voluntad general del pueblo y no del interés particular de una minoría privilegiada. Sin embargo, como ya se ha constatado en otros espacios, no todos los populismos son iguales y la característica principal de este tipo de populismo es el “nativismo”, según el cual “el Estado debe ser habitado y dirigido en favor de los nativos originarios y que los no-nativos atentan en contra de sus costumbres, identidad y vida cotidiana”.[2] Este populismo construye simbólicamente al “pueblo” como un conjunto compacto, histórico y homogéneo –unificado por la lengua, la raza o la religión–, que actualmente está siendo afectado por el neoliberalismo y la globalización y, sobre todo, por las élites que han permitido que minorías ajenas a los nativos tengan privilegios en detrimento de los suyos.

En Europa hay muchos ejemplos de populistas nativistas, como pueden ser Jean Marie Le Pen y su hija Marine Le Pen (del Frente Nacional francés), Jan Slota (del Partido Nacional Eslovaco), Oleh Thyahnybok (de la Unión Pan-ucraniana “Svoboda”), Nigel Farage (del UKIP inglés), Víctor Orbán (del Fidesz-Unión Cívica Húngara), entre otros. Estos partidos y líderes han propuesto los límites simbólicos entre el verdadero “pueblo” (los nativos) y los otros mediante una polarización nacionalista –y, en algunos casos, altamente xenófoba–, en la que sus principales enemigos, antes que cualquier estructura, son los musulmanes, los judíos, los gitanos y todo migrante que amenace contra la supuesta estabilidad de sus países. Dicha construcción se ha elaborado a partir de cuatro niveles.

a) Con el Estado y con la nación.

En este nivel los populismos caracterizan a la élite que dirige al Estado como corrupta y “traidora” de los valores tradicionales. Por ejemplo, la Unión Nacional Ataque (Bulgarian Partija Ataka) acusa a la élite de estar compuesta por “traidores nacionales” que atentan contra “los honorables patriotas búlgaros”. De igual forma el Partido de la Gran Rumania (PRM) usa el eslogan “¡Con la patria, muerte a la Mafia!” (Sus Patria, Moarte la Mafia!) caracterizando a la élite como deshonesta y “antinacional”. Por otra parte, la élite, según estos partidos, también es la causante de los problemas de la inmigración –a la que no le han puesto un alto–, que ha afectado a los “habitantes patriotas, comunes y corrientes” y privilegiado a los migrantes “invasores”.[3]

b) Fuera del Estado y con la nación.

Este nivel se centra en los referentes contrarios a los nativos (como los intelectuales, los deportistas, los artistas, los políticos e incluso los ciudadanos cualquiera) que viven fuera del Estado y son parte de la nación. Estos son caracterizados como “traidores corruptos” que confabulan en contra de los “nativos honorables” para favorecer a las minorías externas. Un ejemplo de ello es como el Vlaams Belang, de Bélgica, apela a que hay un “ahistórico progreso de ciudadanos holandeses que han frenado la reunificación de los Países Bajos”.[4]

c) Fuera del Estado y fuera de la nación.

Aquí se hace referencia a los políticos, organizaciones internacionales y distintas fuerzas políticas que no viven en el Estado ni son parte de la nación, pero atentan contra los intereses de los nativos. Los principales enemigos, para esta narrativa, son la Unión Europea (UE), los Estados Unidos y los países de Medio Oriente. Al respecto hay muchos ejemplos, entre los que destacan el UKIP inglés y el Frente Nacional francés, con su crítica hacia la Unión Europea, por la que son considerados como euroescépticos.[5]

d) En el Estado y fuera de la nación.

Este último nivel se refiere al típico enemigo de los populistas de derecha radical: los refugiados, los migrantes, los islamistas, los afro-descendientes, etcétera, que viven en el Estado pero que no forman parte de la nación. Por ejemplo, Jan Slota y Miroslav Sládek se refieren a los gitanos como mafiosos, criminales y ladrones que solo traen catástrofe, violencia y crimen para “su gente”, a pesar de vivir por años en el mismo territorio.[6]

Ahora bien, en el contexto de la Unión Europea, estos populismos surgen en la brecha que se ha abierto entre las élites y la ciudadanía porque la democracia se ha mostrado ausente. La desconfianza en la UE,[7] los recortes económicos, los refugiados y los altos niveles de inmigración son el caldo de cultivo perfecto para su surgimiento. Para estos movimientos, la UE ha traicionado sus principios básicos: en un comienzo la alianza política se basaba en la relación de civilizaciones vecinas con niveles de desarrollo económico similar y se regía bajo el principio de preferencia comunitaria, pero hoy en día, según su tesis, estos ideales están totalmente “pervertidos” y la UE se ha convertido en una élite antidemocrática que le ha dado la espalda a los pueblos nativos.

Un ejemplo de ello[8] es que, para poder garantizar la integración de todos los países y, al mismo tiempo, evitar que el pueblo lograse imponer su voluntad en detrimento de la élite, se estableció que la Comisión Europea, que es un “órgano no electo”, tuviese el monopolio legislativo de la UE. “¿Cómo es posible que el 80 % de las leyes y reglamentos nacionales se deriven de este órgano anquilosado y poco democrático?”, se preguntan los líderes de estos populismos. Además, la élite se rodea de lobbys tecnocráticos que representan a sus propios intereses, convirtiendo “a nuestra Europa en su Europa”, la de unos cuantos. Al respecto, basta con ver cómo el Parlamento Europeo no tiene capacidades legislativas y solo es colegislador junto al Consejo Europeo o la llamada Iniciativa Ciudadana Europea (ICE), que permite hacer una petición de ley bajo la condición de recoger un millón de firmas, pero de la cual la Comisión se reserva la facultad de tomarla en cuenta o no.

Otro ejemplo de esto es el argumento en contra de la integración económica. Para estos movimientos, la UE se ha encargado de atar de manos a los países en detrimento de su gente, esclavizándolos con la deuda y usando el euro como un instrumento ideológico ultra-liberal que favorece a los intereses del sector financiero (UKIP, por ejemplo, surgió como  oposición al Tratado de Maastricht y a la adopción del euro como moneda). De igual forma, la apertura de las fronteras ha derivado en una competencia desleal que ha destruido millones de puestos industriales, pues el Banco Central Europeo (BCE) lucha contra la inflación a costa del pleno empleo. Así pues, los gobiernos, obligados o cómplices de la Unión, han tenido que mantenerse estables mediante la deuda masiva, la cual, por supuesto, recae en los mismos individuos marginados por el mercado global.

Según estos partidos, la inmigración ha sido utilizada por la élite y las grandes empresas para poner presión a la baja de salarios y disminuir los derechos de los trabajadores nacionales; además, al no ponerle límites a la inmigración, han generado tensiones en los países, haciendo que pierdan la “identidad” de los nativos. Al respecto, el Frente Nacional francés señala que “los conflictos entre los grupos étnicos y las provocaciones político-religiosas son las consecuencias directas de la inmigración masiva que está socavando nuestra identidad nacional y que, además, trae consigo una islamización cada vez más visible: el comunitarismo es un veneno contra la cohesión nacional.” [9]

Para solucionar esto, proponen que, en virtud del artículo 50 del Tratado de Lisboa, se retiren de la UE, con “el fin de romper con la construcción europea dogmática que ha sido un fracaso total”. Con esto, los Estados recuperarían “el control sobre sus fronteras, se terminará el espacio Schengen y los inmigrantes ilegales serán expulsados de sus países, así como los legales que ya no puedan justificar su estancia en ellos.”

Como se puede ver, estos populismos hacen un reclamo a la democracia existente y elaboran un diagnóstico puntual de la coyuntura actual. Sin embargo, el problema es que para resolver los problemas identificados proponen caminos deleznables, sobre todo para aquellos que creemos que el camino a seguir es el del igualitarismo (que no uniformidad), en el entendido de que, aunque somos diferentes, todos podemos ser iguales y vivir en un campo de no-dominación. No obstante, los principales responsables del crecimiento y el fortalecimiento de estos grupos son las élites mundiales, quienes con su ineptitud y cerrazón (su mano dura, corrupción, la imposición de métodos de participación y la forma en la que abrazan al capitalismo más voraz) han acrecentado la crisis de la democracia liberal. Algunos ante esto proponen salidas más democráticas y justas, mientras que otros, en nombre de la democracia, pretenden detener sus avances, tal y como sucedió con el Brexit. Ambas posturas son caras de la misma moneda, pero abordan la realidad de distinta forma. Al final, lo que está en disputa hoy en día es el contenido de la democracia: ¿qué es y con qué se come? Porque, como dirían los indignados: “A esto le llaman democracia ¡y no lo es!”

(Foto: cortesía de Theophilos Papadopoulos.)


Notas y referencias

[1] Cas Mudde, Populist Radical Right parties, (United Kingdom: University Cabridge, 2007); George Betz, Radical Right-Wing Populism in Western Europe (New York: S´T Martins Press, 1994).

[2] Mudde, Populist Radical.

[3] Íbid.

[4] Íbid.

[5] Cesáreo Rodríguez, Euroescepticismo, eurofobia y eurocriticismo: los partidos radicales de la derecha y la izquierda ante la Unión Europea (España: Huygens editorial, 2012).

[6] Mudde, Populist Radical.

[7] Al respecto, se sugiere revisar el último eurobarómetro disponible en esta página web. Ahí se podrá ver como solo el 40% de los ciudadanos europeos confían en la Unión Europea.

[8] A partir de aquí se ejemplifica a través de los programas disponibles en la web del Frente Nacional Francés y en la web de UKIP.

[9] Revisar en el programa oficial del Frente Nacional, el apartado que lleva por nombre  “Une Europea au service des peuples libres”.

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