¿El cambio está en uno mismo?

Este ensayo revisa el libro más reciente de la socióloga Sara Sefchovich, “¡Atrévete! Propuesta hereje contra la violencia en México”, para exponer los presupuestos de esa ideología que cree que el cambio está en uno mismo.

| Desigualdad

Nadie sabe a ciencia cierta cómo vamos a solucionar el problema de violencia e inseguridad que se vive en nuestro país. Las propuestas para lograrlo son varias, insuficientes y disímiles, síntoma de que ni siquiera existe un consenso sobre cómo llegamos aquí. Estoy pensando en diagnósticos como la “Sexta Declaración de la Selva Lacandona” (2005) del EZLN, que ubica en el capitalismo y el neoliberalismo la raíz del problema y demanda una nueva Carta Magna para su erradicación. Del otro lado del espectro ideológico podríamos ubicar las “Diez acciones en materia de justicia” (2014) que propuso Peña Nieto dos meses después de la tragedia de Iguala, que buscan enmendar la Constitución actual para prevenir el delito. En medio de estas dos propuestas se encuentran muchas otras, todas ellas aspirando a la reforma del Estado o su refundación: desde la guerra contra el narcotráfico a la manera de Calderón hasta el “Pacto Nacional por la Paz” (2011) elaborado por el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad; desde las “Diez batallas ciudadanas” (2015) surgidas de la iniciativa #YaMeCansé, por eso propongo hasta la nueva Constitución que impulsa la asociación civil Constituyente Ciudadana y Popular.

Hay una tercera vía que pareciera desconfiar de las soluciones que provienen tanto del gobierno como de las organizaciones que intentan transformarlo. No hablo de grupos anarquistas, antisistémicos por definición; más bien de ciudadanos bienintencionados convencidos de que el cambio social solo puede provenir de una revuelta pacífica e individual generalizada. Son aquellos que afirman que la única solución posible radica en uno mismo y que cualquier otra cosa resulta insuficiente o ilusoria. Es un contingente cívico que oscila entre el nihilismo más tenaz –el país no tiene solución porque el problema somos todos– y un espíritu evangelizador del tipo “querer es poder”. Es una ideología difícil de rastrear porque una apuesta tan individualista no requiere de plan ni de estrategia, incluso desconfía de estas. Pero el último libro de Sara Sefchovich, ¡Atrévete! Propuesta hereje contra la violencia en México (2014), podría echar luz sobre lo que anima a estos escépticos. ¿Qué existe detrás de este discurso?

En veinte breves capítulos, y haciendo uso de una amplísima bibliografía, Sara Sefchovich realiza un diagnóstico de la situación actual del país para después ofrecer un remedio. En la primera mitad del libro revisa las causas que según los especialistas provocan la delincuencia –y va de la pobreza al tipo de alimentación, de la violencia intrafamiliar a aspectos neuronales–; repasa las estrategias gubernamentales que se han utilizado para su disminución, así como las propuestas de distintas organizaciones sociales, y señala el evidente fracaso de las primeras y lo inviable que resultan las segundas. Por lo mismo asegura que necesitamos una nueva manera de entender las cosas, pensar desde la herejía, dice, y elaborar desde ahí una solución. En la segunda mitad del libro construye el concepto de una “nueva madre”: un sujeto político que utiliza su influencia “más allá de una relación al interior de la familia, para convertirla en fuerza social”. Esto con la finalidad de que las madres de los delincuentes se indignen por los actos que cometen sus hijos y los conminen a recapacitar y arrepentirse; de no lograrlo deben asumir el deber moral de denunciarlos ante las autoridades y la sociedad. Solo con una estrategia parecida, asegura, podremos superar la situación de violencia que nos asola.

Sefchovich es “socióloga e historiadora, investigadora y profesora en la Universidad Nacional Autónoma de México, articulista en el diario El Universal y escritora”, según reza la solapa de su libro. Y a pesar de su sofisticado currículum, la solución “hereje” que propone es de una ingenuidad sospechosa. Aunque base su argumento en la tenacidad de las madres de los desaparecidos –esas víctimas que “nos han enseñado que la madre puede ser fuente de un nuevo modo de ejercer la responsabilidad con la sociedad, sin perder su función como madres”–, lo que Sefchovich propone es la puerta falsa de que el cambio está en uno mismo. “Esto no es cosa de líderes ni de dirigentes”, afirma, “no es cosa del gobierno, de soldados y policías. Es cosa de cada familia, de cada ciudadano.” Cuando alcanzamos estas líneas, en la última página del libro, algo nos obliga a volver a leerlo y preguntarnos: ¿qué tipo de diagnóstico hace plausible una solución semejante?, ¿cómo llegó la autora hasta aquí?

Lo primero que llama mi atención en la relectura de ¡Atrévete! es el desdén que manifiesta Sefchovich ante las propuestas comunitarias. Estas son inviables “porque no puede ser que lo que se proponga implique y exija cambiar toda la realidad económica, social y política del país”, porque aseguran “que la única manera de terminar con la delincuencia y la violencia es haciendo cambios muy profundos en la forma de funcionar del gobierno y las instituciones”; eso requiere “de mucho tiempo para llevarse a cabo y sus resultados, si se las logra implementar, se verían en largo plazo”. No repara en que su convocatoria –hacer de todas las Marga López una suerte de María Félix– es tan o más ambiciosa que la de cualquier ONG. Pero lo que me interesa es otra cosa: lo que Sefchovich sugiere es que, si bien la postura individualista desconfía de la colectividad y del gobierno, no considera que el sistema político y económico estén mal. De hecho parece afirmar que funcionan muy bien; somos nosotros, sus ejecutantes, quienes somos falibles.

Al mismo tiempo no deja de ser intrigante la ausencia de conceptos que resultan clave en cualquier discusión sobre el crimen y la violencia. En sus más de doscientas páginas Sefchovich se da el lujo de eludir términos como “capitalismo” y “neoliberalismo”, y las palabras “desigualdad” e “injusticia” aparecen una sola vez. ¿Por qué? Tiene un argumento para minimizar el impacto que la pobreza ha tenido en la expansión del delito: dice que “si miramos para atrás a la historia de nuestro país, veremos que aunque siempre ha habido muchos pobres, no siempre se ha tenido el grado de criminalidad y violencia que hay en este momento”. Es decir, el problema no es económico, al parecer tampoco es social. ¿Qué pasó entonces? Desde la perspectiva individualista es un asunto estrictamente moral.

Finalmente, lo que deja muy claro la propuesta de ¡Atrévete! es que si el problema nacional no es sistémico y radica en una cuestión puramente moral, hay solo dos tipos de mexicanos: los buenos y los malos. Y el libro se dirige a las mamás de estos últimos y las exhorta a educar hijos que sean como los primeros. Dejando atrás el aberrante maniqueísmo de Sefchovich, lo que quiero subrayar es que para ella el problema radica siempre en el otro, en el criminal y su madre alcahueta, personajes que además siempre son representados como pobres. Aunque también generan violencia, el libro no alude a ningún delito de “cuello blanco” y solo ejemplifica con casos típicos de la marginalidad: “¿Cómo no lo van a saber las madres [que sus hijos delinquen] si ahora tienen esa televisión tan bonita que el hijo les llevó, ese suéter que le regaló a su hermana, esa casa que le mandó construir, esas vacaciones a la playa a donde los invitó con toda la parentela y todo pagado? ¿Cómo no lo va a saber si una señora que nunca tuvo ni en qué caerse muerta aparece de repente como dueña de un montón de propiedades en cuyas escrituras debe estampar su firma?”

Todavía no sabemos cómo vamos a solucionar el problema de violencia e inseguridad en el que vivimos, pero una propuesta como la de ¡Atrévete! solo lograría agravarlo. A final de cuentas estamos ante un discurso de clase, ya que lo que Sefchovich exige es disciplina y sumisión a los sectores más desprotegidos de la sociedad a través de la figura materna. Aunque la violencia y el crimen no sean exclusivos de una clase, el libro es un llamado a la reeducación política de aquellos pobres que, en su desesperación por no poder dejar de serlo, han recurrido a la delincuencia. Su “propuesta hereje” contra la violencia en México se reduce, entonces, a un argumento que intenta rescatar un statu quo que se volvió insostenible: volver al país que siempre ha tenido muchos pobres pero no este grado de criminalidad y violencia.

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