El clima está cambiando, ¿la izquierda mexicana también?

Asunto apremiante, el cambio climático no ha sido una prioridad para la izquierda mexicana. Es un tema que demanda el cuestionamiento profundo de nuestro sistema económico, nuestro concepto de desarrollo y nuestros hábitos de consumo.

| Cambio Climático

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La reciente experiencia del huracán Patricia nos demostró que el cambio climático es una realidad; una realidad que afectará enormemente el gasto público, pues después de cada desastre serán necesarias nuevas inversiones para reconstruir la infraestructura; que perturbará las relaciones productivas, pues los lugares con mayor vulnerabilidad deberán ofrecer más incentivos para atraer a la fuerza laboral, y que transformará nuestra manera de movilizarnos, pues las rutas deberán contemplar varias alternativas, entre  otras afectaciones.

Como se mencionó en una colaboración anterior, son varias las posibilidades para enfrentar estos desafíos. Están, por ejemplo, las visiones que insisten en que la mano invisible del mercado debe guiar tanto las estrategias de mitigación de emisiones de Gases de Efectos e Invernadero (GEI) como las estrategias de adaptación. Existen también visiones más radicales que incitan a transformar todos los hábitos de consumo, ya que en ellas se responsabiliza al capitalismo del desastre ecológico que se nos presenta.

Entre ambas posturas hay posiciones intermedias, como aquellas que combinan ambas visiones, poniendo más énfasis ya sea en la protección de las libertades o en la priorización de las consecuencias ambientales, dependiendo de la posición que se prefiera. Hasta ahora no hay soluciones definitivas ni generalizables, sino solamente posibilidades para elegir el rumbo. Si nos atenemos al caso de nuestro país, vemos que con respecto a este tema la izquierda mexicana ha optado por seguir atada a costumbres añejas, como el recurso a las explicaciones fáciles —la idea de que desde fuera “nos manipulan”—, en vez de situarse en un espectro auténticamente progresista, es decir, que favorece el cambio con perspectivas integrales, complejas y creativas.

El que a raíz del huracán Patricia los principales medios de izquierda se hayan dado a la tarea de difundir la noción de una supuesta operación del gobierno federal para, aprovechando el fenómeno meteorológico, desviar la atención de otros asuntos públicos más importantes, nos habla de una actitud que se viene desde hace tiempo replicando en la izquierda mexicana: la descalificación automática de cualquier acción de los gobiernos de signo contrario y el intento de explicarlo todo a través de teorías de la conspiración, teorías que terminan por tener el mismo efecto que pretendían contrarrestar: desviar la atención de los problemas centrales y, de paso, atribuir a sus adversarios políticos un poder sobrenatural para controlar todos los factores, incluso los fenómenos naturales.

Esa actitud se ha contagiado en muchos niveles y parece permear la identidad de la izquierda mexicana. Pero, mientras las voces que sospechan de conspiraciones se multiplican, nadie desde la izquierda está llamando a cuestionar el problema verdaderamente demostrable y decisivo: el pobre compromiso del gobierno mexicano en las negociaciones sobre el cambio climático y su indulgente postura hacia las empresas, postura que les permitir autorregularse en estos temas y limitarse solamente a informarnos de sus resultados a partir de sus propios datos y evaluaciones.

Es mucho lo que la izquierda puede hacer para transformar el tratamiento de estos asuntos ambientales. Por un lado, como integrante de los órganos legislativos, las fuerzas políticas de izquierda pueden presionar para modificar la postura oficial mexicana en las negociaciones climáticas, la cual se ha reducido, en esencia, a hacer llamados a la buena voluntad. Por otro, la izquierda partidista también es gobierno en muchas ciudades y municipios en los que puede impulsar acciones de reducción de emisiones, así como promover las adaptaciones necesarias los cambios.

El cambio climático, como muchos otros problemas, ha presentado una disyuntiva para las diferentes posturas políticas. Ha venido a remover un aspecto que parecía olvidado: la crítica al sistema económico, la necesidad de un cuestionamiento profundo de los ritmos de la industrialización, del concepto de desarrollo y de los hábitos de consumo. La izquierda mexicana en cualquiera de sus varias expresiones partidistas poco o nada retoma estos temas, y más grave: apenas menciona al propio cambio climático en sus estatutos y otros documentos fundacionales.

Tanto el PRD —quizás el partido que más ha hecho en este tema, aunque la crítica de la manera en que ha actuado, principalmente desde la Ciudad de México, es un tema que merece un tratamiento aparte— como el PT y, más recientemente, Morena, hacen referencia al cambio climático en sus declaraciones de principios, pero siempre de manera casi marginal. Habría que decir en defensa del PT que este fue en 2012 uno de los impulsores de la Ley de Cambio Climático 2012, junto con el PRI. Sin embargo, se trata de una ley que no impone metas obligatorias ni para los gobiernos ni para las empresas. Tampoco impone sanciones de ningún tipo, es decir, “no tiene dientes”. Para algunos, resulta mejor tener una ley que no tener nada. Sin embargo, si de algo padece la dinámica política mexicana es precisamente de un exceso de leyes, casi todas incumplidas o inviables. El hecho de que esta ley haya sido aprobada casi por consenso nos habla de la capacidad de los políticos mexicanos de privilegiar el acuerdo por encima del objetivo, o más bien de la falta de objetivo.

La izquierda parlamentaria mexicana ha caído entonces en el papel de plantear medidas que llevan a aparentar que se hace algo sin hacer realmente nada. Aprobar leyes ambientales, impulsar la creación de fondos para incentivar las industrias verdes o crear mercados de carbono no parecen ser medidas que respondan a la necesidad de un cambio profundo en la bases políticas y económicas de la sociedad, sino todo lo contrario: constituyen una reacción desde la misma perspectiva liberal que habría que cuestionar, esa perspectiva que no hace otra cosa sino esperar la llegada de la mano invisible para que reduzca las emisiones.

La izquierda mexicana, tanto desde sus posiciones como gobierno local como desde sus puestos legislativos y sus aparatos de partido, ha prestado al cambio climático una atención inversamente proporcional a la magnitud real del problema. Además de la Ciudad de México, ninguna otra entidad federativa gobernada por la izquierda cuenta con una legislación de cambio climático, cuando en cambio sí la tienen estados gobernados por el PRI y el PAN. Debe decirse que estas leyes también carecen de dientes —en general, todos los políticos mexicanos, de cualquier signo ideológico, se sienten amparados a legislar sin obligar realmente a la reducción de emisiones debido a la creencia de que México, al no ser un país desarrollado, no tiene por qué cumplir sus metas ambientales obligatorias.[1]

Las voces de la izquierda en nuestro país tampoco se han manifestado ante los recientes problemas con el maquillaje de emisiones en los motores de los coches producidos por la automotriz Volkswagen, un caso emblemático de los resultados producidos cuando se deja la regulación ambiental a la mano invisible del mercado. Pero en México hay mucho qué hablar sobre este tema. ¿Tiene nuestro país la capacidad de supervisar a empresas de este tamaño? ¿Debemos dejar que se engañe a la opinión pública mundial y nacional en el tema de la producción de emisiones? ¿Las empresas realmente se pueden regular a sí mismas y ser honestas por pura buena fe? Sería interesante conocer las propuestas que hay en los ámbitos parlamentarios y gubernamentales mexicanos para adecuar la legislación nacional en aras de evitar este tipo de problemas en el futuro.

El caso de Volkswagen, al igual que los recientes eventos climáticos como los huracanes de mayor intensidad, las sequías y las inundaciones, vienen a poner el tema de cambio climático dramáticamente sobre la mesa. Las posiciones progresistas tienen enfrente una veta para explorar nuevas opciones de gasto público y de desarrollo. No se trata de ver quién gasta más o quién es más austero, sino de que ese gasto sea coherente con las necesidades del futuro —por ejemplo, que el impulso a la investigación para resolver estos desafíos sea sistemático y no la excepción de la regla. Principalmente, se abre una enorme puerta para cuestionar las directrices del liberalismo ortodoxo en la forma de enfrentar el cambio climático.[2] Lo peor que podemos hacer ahora es desviar el tema con cortinas de humo.

Ni qué decir de la actitud de la izquierda ante las reformas del sector energético. Su atención se ha centrado en el asunto de la propiedad de los recursos, pero no se ha puesto en el centro del debate la capacidad de nuestro país para transitar a nuevas energías, la inversión en energías renovables o la obligatoriedad de reconvertir la industria nacional. Se prioriza el argumento nacionalista por encima de cualquier otro, como si una vez que se haya conservado la propiedad pública del petróleo nos pudiéramos olvidar del resto de los problemas.


Notas

[1] En la firma del Protocolo de Kioto, los gobiernos de los países desarrollados se comprometieron a reducir de manera obligatoria las emisiones de GEI. Esos países se agruparon en algo que se conoce como Anexo I. Se determinó que el resto de los países de desarrollo intermedio o bajo (China inclusive) no debían reducir las emisiones de manera obligatoria, sino solo voluntaria. A estos se les conoce como países No Anexo I.

[2] Claro que hay un partido que parece criticar abiertamente las directrices liberales: Morena, que da la impresión de tener en la mira al modelo liberal. Aunque si revisamos las acciones de sus principales dirigentes cuando estuvieron en puestos de gobierno, descubrimos que no hicieron nada muy diferente de la mercantilización de la protección al ambiente. No obstante, el análisis de las políticas climáticas de la Ciudad de México es un tema complejo y que merece un texto aparte.


(Foto: cortesía de shinobu sugiyama.)

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