El contexto económico de México y China

¿Qué impacto puede tener en México la situación de la economía china?

| Macroeconomía

El inicio de 2016 ha traído la especulación sobre la economía China de vuelta: las fuertes pérdidas en la bolsa china, los malos resultados en su índice de producción manufacturera y un prospecto de crecimiento bajo para sus estándares (6.9%) han causado crecientes preocupaciones en la economía internacional, en especial después de que el gobierno chino decidiera devaluar el yuan renminbi –la moneda china– en 2015 para estimular el desempeño de su economía.

De este lado del Pacífico, la economía mexicana también se encuentra bajo cuestionamientos. Estos cuestionamientos se sustentan por una depreciación con respecto al dólar que ya supera el 20% y que ha llevado el tipo de cambio a más de 18 pesos por dólar; un pronóstico de crecimiento cuyo nivel de tendencia está alrededor de los 2.5%; un incremento de la deuda que se aproximará a 50% del PIB para fin de año, y un escenario de alzas de tasas de interés en Estados Unidos.

Tomando en cuenta estos escenarios para ambas economías, vale la pena plantear algunas preguntas: ¿qué está pasando en la economía china? ¿Cuál es el efecto de los sucesos en China sobre la economía internacional? ¿Qué impacto puede tener sobre la economía mexicana?


¿Qué está pasando en la economía china?

Durante las últimas cuatro décadas China ha empleado una estrategia de crecimiento que ha consistido en niveles elevados de inversión para generar infraestructura y promover un rápido proceso de industrialización pesada. El resultado de dicho proceso de industrialización fue la creación de una vasta base exportadora, en principio de manufacturas simples, que gradualmente se ha hecho más compleja a través de mejoras en tecnología y capital humano.[1]

El objetivo original de la rápida industrialización de China era la captura de la mayor cantidad de mercados de exportación para sus manufacturas. Con esta exitosa estrategia, China logró generar tasas de crecimiento sostenidas superiores a 10% por un periodo muy extendido de tiempo. Sin embargo, dicha estrategia de crecimiento requirió una constante inversión en infraestructura, desde el desarrollo de zonas urbanas hasta el proceso continuo de actualización industrial. Si bien los resultados son incuestionables, el crecimiento que depende de cada vez mayores niveles de inversión no es sostenible en el largo plazo.

El crecimiento impulsado por tasas de inversión tan elevadas presenta rendimientos marginales decrecientes, es decir, cada vez requiere más y más inversión para sostener las mismas tasas de crecimiento. Para finales de la primera década del siglo XXI China tenía una proporción de inversión como porcentaje del PIB superior al 35% y comenzaba a planear un cambio de estrategia de crecimiento enfocado en el mercado interno, que permitiera un mayor consumo. Cuando en 2008 la crisis financiera global se agudizó, disminuyendo drásticamente el comercio internacional al golpear la capacidad de consumo de los países occidentales –los principales consumidores de las exportaciones chinas–, China se vio obligada a aplicar una serie de estímulos económicos, incluido un incremento aún mayor en inversión, que terminó siendo empleado en toda clase de proyectos, de los cuales muchos no tenían rentabilidad e incrementaban la deuda local de regiones y empresas chinas sustancialmente.

Con el paso del tiempo y con un 50% de inversión como porcentaje del PIB, China ha tenido que enfrentar un clima económico internacional complicado. A casi diez años del comienzo de la gran recesión, la economía internacional no se ha recuperado del todo: han disminuido la demanda de manufacturas chinas y, a su vez, la demanda china de materias primas, afectando a muchas de las economías emergentes que tienen una gran dependencia de esta economía.

Los recientes sucesos en la economía china sugieren que existen muchas dudas sobre la solvencia de muchas de sus empresas y sus gobiernos subnacionales. Una crisis de deuda interna en China no tiene la capacidad de contagio como la de la gran recesión debido a que las instituciones financieras chinas no se encuentran tan conectadas al sistema financiero mundial, pero sí puede resultar en un fuerte golpe al crecimiento de esta economía y por tanto al de muchos otros mercados emergentes.

La preocupación en la mayor parte del mundo se deriva del temor de las medidas que pueda tomar el gobierno chino para tratar de estimular su economía. La medida más notoria es la devaluación de su moneda.


¿Cuál es el efecto de los sucesos en China sobre la economía internacional?

Una desaceleración en China sin duda tiene efectos en el resto de la economía, incluso una moderada, pues China es la segunda economía más grande del mundo, y dentro de muchas industrias es la principal “fábrica”. Sin embargo, el principal temor en casi todo el mundo –el cual ya ha mencionado el secretario de Hacienda Luis Videgaray– es el del inicio de una serie de devaluaciones competitivas.

Una fuerte devaluación del yuan renminbi podría traer una reacción semejante en otros países emergentes, ampliando las probabilidades de mayor inestabilidad en la economía internacional.

Para entender un poco el tipo de efectos de una serie de devaluaciones competitivas vale la pena regresar algunos años en el tiempo a la década de 1930, cuando frente a los sucesos de la gran depresión los países industrializados comenzaron una serie de devaluaciones de sus monedas con respecto a aquellos que se mantenían en el patrón oro.[2] El efecto de dichas devaluaciones competitivas fue mayor inflación, una disminución importante del comercio internacional y una profundización de la gran depresión, ya que bajó el comercio internacional y subieron los precios. Los sucesos de 1930 fueron un golpe simétrico a la economía mundial que resultó en una serie de políticas de “empobrecer al vecino”.[3]

Volviendo al futuro, las expectativas de una serie de devaluaciones competitivas son potencialmente peores, ya que no tendrían un efecto simétrico sobre todas las economías. Los países emergentes, como Brasil, se encuentran en medio de consolidaciones fiscales, esto es, contracciones en el gasto público, por lo que su preocupación es el control de sus déficits y de la inflación, mientras que países desarrollados, como los de la Unión Europea, Japón o Estados Unidos, están más preocupados por una deflación.

Lo anterior tiene al menos una implicación importante en términos de crecimiento: una serie de devaluaciones competitivas y el mayor proteccionismo que suele acompañarles impactaría de forma negativa el crecimiento de las economías asociadas, y si esto se combina en contextos de consolidación fiscal el efecto se multiplicaría alentando aún más el crecimiento. De esta forma economías dependientes de China, como las sudamericanas, enfrentarían el problema de la desaceleración de la economía china, de la pérdida de competitividad en un escenario de devaluaciones competitivas y de enfrentar un escenario de recesión con posibles precios más elevados (estanflación).

Por otro lado, pensando en los países europeos o en Estados Unidos, una serie de devaluaciones, sumada a la continuación de la política monetaria expansiva en la zona euro, tendrín el efecto de seguir fortaleciendo el dólar contra el resto de las monedas, haciendo que sea más complicado que Estados Unidos cierre sus enormes déficits.

Es importante recordar que en el mundo no todos los países pueden estar en déficit al mismo tiempo. Países como China (o Alemania a escala regional) tienen grandes superávits, y si estos no son “reciclados”, es decir, si no se vuelven inversiones (préstamos) para otras economías, y dichas economías no dan acceso a sus mercados para que otros países exporten con ellos, el balance en la economía internacional se ve afectado.

Dicho lo anterior, el efecto potencial de la economía china en el resto de las economías en este momento es el de producir una pérdida de balance y causar inestabilidad en los flujos comerciales.


¿Qué impacto puede tener sobre la economía mexicana?

Tomando en cuenta todo lo anterior, el efecto sobre la economía mexicana no es tan agudo como en otras economías emergentes. La economía mexicana no exporta materias primas a China; de hecho, la economía mexicana es netamente exportadora de manufacturas y su principal mercado es el de Estados Unidos.

Los efectos negativos para la economía mexicana vendrían más como producto de las devaluaciones competitivas que por una desaceleración en China. Las devaluaciones competitivas pueden producir un fortalecimiento mayor del dólar (pues se devalúa contra el dólar), haciendo que el tipo de cambio peso-dólar continúe deteriorándose.

La preocupación por la depreciación del peso frente al dólar se debe a la posibilidad de que esta traspase a los precios, y por tanto produzca inflación que a su vez obligue a una alza de tasas de interés más acelerada por parte de Banxico; si eso ocurriera el efecto sobre la economía mexicana podría ser menor crecimiento.

Por otro lado, el otro gran efecto que los sucesos en China pueden tener en México es en el precio de los energéticos. Una desaceleración de la economía china afecta el valor de las materias primas, particularmente del petróleo. China es una de las principales consumidores de petrolíferos y una disminución en el crecimiento hará que esta demanda disminuya, y con ella su precio. Un menor precio del petróleo para México es un problema serio. Si bien la economía mexicana es menos dependiente de la renta petrolera que antes y ha sustituido esos ingresos con una mezcla de mayor recaudación e impuestos especiales como el IEPS, el petróleo sigue cubriendo una parte importante del presupuesto.

Dada la complicada posición fiscal del país con la necesidad de aminorar el crecimiento de su deuda, el impacto en la economía mexicana propiciaría más recortes –principalmente en inversión pública–, y con ello se afectaría también aún más el crecimiento.

Menores recursos también podrían hacer optar al gobierno mexicano por continuar incrementando sus niveles de deuda, con los riesgos que esto implica en un clima de inestabilidad económica entre las economías emergentes y un contexto de bajo crecimiento crónico.

(Foto: cortesía de David Dennis.)


Referencias 

[1] Justin Yifu Lin, “China’s Integration with the World Development as a Process of Learning and Industrial Upgrading”, Policy Research Working Paper 4799, World Bank, 2008.

[2] Barry Eichengreen, “Currency War or International Policy Coordination?” (2013).

[3] Barry Eichengreen and Jeffrey Sachs, “Exchange Rates and Economic Recovery in the 1930s”, The Journal of Economic History, Vol. 45, No. 4 (Dec., 1985), pp. 925-946, Cambridge University Press.

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