El despertar de la sociedad civil: sismo del 85 y neoliberalismo

Los 30 años del sismo del 85 también marcan el aniversario de la aparición de un nuevo concepto en la esfera pública mexicana: la “sociedad civil”.

| Sociedad Civil

Con motivo del 30 aniversario del sismo de 1985, en días recientes han aparecido en la prensa numerosas crónicas y artículos de opinión que rememoran el “despertar de la sociedad civil” como respuesta a aquella tragedia. [1] Las historias que hoy se narran son más o menos las mismas que se han invocado —año con año, en los últimos 29 años— en las conmemoraciones de ese evento: jóvenes (sobre todo jóvenes) de todas las clases sociales que arriesgaron sus vidas en las actividades de rescate; amas de casa que organizaron el acopio de víveres, medicinas, cobijas, ropa para las víctimas; miles de personas que salieron a las calles para ayudar, de cualquier manera posible, en lo que fuera necesario. Según la narrativa popular del sismo (conformada por esas historias de solidaridad y heroísmo), ante aquella tragedia sin precedentes, la sociedad capitalina descubrió su fuerza y autonomía —su capacidad de organización al margen de los aparatos estatales— y se trasformó en sociedad civil. Comenzó entonces el principio del fin del autoritario régimen posrevolucionario. De este modo, el sismo se volvió metáfora de un temblor político y social que transformó para siempre a la ciudad de México, si no es que a todo el país.

En los treinta años trascurridos desde entonces, el concepto sociedad civil se ha vuelto tan central y ubicuo en el discurso público del país, que hay pocas reflexiones sobre el porqué de su centralidad en el imaginario político contemporáneo; o sobre cómo y cuándo se comenzó a popularizar su uso (más allá de la filosofía política). Es como si sociedad civil fuera una idea neutral que hace referencia a una realidad sociológica incontrovertible, o como si fuera la única manera posible de nombrar a la organización social. No obstante, si uno revisa la prensa en los días posteriores al sismo, se encuentra con un universo discursivo fundamentalmente distinto al contemporáneo, en donde las incipientes referencias a la sociedad civil aparecen junto a otras formas de nombrar la movilización social, hoy prácticamente olvidadas, como la figura del pueblo.

A 30 años del sismo, vale la pena reflexionar sobre cómo se popularizó el uso del concepto sociedad civil en la esfera pública mexicana, y sobre cómo han cambiado sus significados. Esto no para sumarnos a las voces que celebran las heroicas hazaña de la sociedad civil en los días aciagos de septiembre de 1985, sino para analizar críticamente la transformación del discurso público mexicano en las últimas décadas. Pensar, por ejemplo, qué nos dice la desaparición de las referencias al pueblo como una figura legítima, y su reemplazo por la figura de la sociedad civil.  Es importante también recordar que esas transformaciones discursivas —que también son transformaciones políticas— no han sucedido exclusivamente en México, sino que forman parte de un proceso más amplio de dimensiones internacionales. A partir de estas cuestiones, presento algunas reflexiones que son el resultado de un análisis de la prensa capitalina (concretamente, de los periódicos El Universal, Excélsior, Unomásuno y La Jornada) tanto en los días y semanas que siguieron al sismo, como en sus conmemoraciones a los diez (1995) y veinte (2005) años (para las que también revisé el diario Reforma).[2]

Pero primero un poco de contexto y posicionamiento.


El sismo y la crisis de 1982

Al momento del sismo, México vivía las consecuencias de la crisis económica de 1982, así como de las políticas de austeridad implementadas por el gobierno de Miguel de la Madrid como respuesta a la misma. En efecto, la crisis marcó un hito en el proceso de neoliberalización en el país, es decir, en la paulatina transición de una economía proteccionista (de corte keynesiano) a una economía de libre mercado (incluyendo las políticas de austeridad), misma que sería profundizada en los años y décadas siguientes.

El análisis académico y político del neoliberalismo suele privilegiar su dimensión económica, explicándolo como una serie de reformas estructurales “impuestas” por organismos internacionales, como el Fondo Monetario Internacional. El problema con ese enfoque no es solo que piensa al neoliberalismo como un proceso que existe antes de su implementación en contextos locales, sino que pierde de vista otros cambios (políticos, ideológicos, sociales) que también se inscriben en los procesos de neoliberalización, mismos que son  necesariamente graduales, desordenados y discontinuos, y en los que convergen múltiples sitios y actores (como ha señalado Rafael Lemus en Horizontal). Entre estos cambios, destacan el surgimiento y propagación de nuevas técnicas de gobierno y nuevos vocabularios políticos que hoy aparecen como naturales o, en otras palabras, como un “sentido común” que predomina a escala internacional. Dicho sentido común incluye la idea de que la responsabilidad del bienestar recae sobre el propio individuo, quien solo puede desarrollarse plenamente sin la interferencia del Estado, sobre todo de un Estado benefactor, que lo convertiría en un ser pasivo y dependiente (Rose, 1999).

En el contexto de neoliberalización, y como sucedió a escala internacional, la década de los ochenta marcó una serie de cambios discursivos importantes en la opinión pública mexicana. Surgieron nuevos vocabularios que gradualmente reemplazaron a otras formas de pensar y hablar sobre el papel del Estado, la naturaleza de la sociedad y la relación entre ambos. Fernando Escalante, por ejemplo, ha argumentado que después de  la crisis económica de 1982 se popularizó en la esfera pública la idea de que los problemas del país, desde la hiperinflación hasta la corrupción, eran resultado del poder excesivo del Estado, mismo que tenía que ser acotado por la sociedad. En otras palabras, la crisis económica se vio acompañada por la crisis del “pacto” entre el Estado y la sociedad (es decir, el corporativismo) que había sostenido al régimen posrevolucionario durante décadas. Se comenzó a formar un espacio de opinión y debate académico, así como un discurso político, en el que la Revolución de 1910 dejó de ser una fuente de legitimidad para el Estado y sus políticas y se comenzó a representar como un lastre del pasado, que tendría que ser superado, y proliferaron así los discursos anti-estatistas (Lomnitz, 2008).

Lo que quiero proponer en este texto es que, al igual que la Revolución misma, el pueblo que había emergido de la misma como el sujeto nacional legítimo —y de manera crucial como el sujeto de los derechos sociales prometidos por el Estado—comenzó a ser paulatinamente reemplazado, como parte del proceso de neoliberalización, por la figura de la sociedad civil. En efecto, en los 20 años transcurridos entre el sismo de 1985 y su conmemoración en el 2005, el pueblo despareció como un actor central del discurso público. De haber sido el principal protagonista de las movilizaciones que siguieron a la tragedia, pasó a ser representado como el reducto de una izquierda corrupta, antidemocrática y anclada en el pasado, como veremos a continuación.


De pueblo a sociedad civil: el sismo en la prensa de 1985

Lo primero que revela una lectura de la prensa en los días posteriores al 19 de septiembre de 1985 es la ubicuidad de lo que podemos llamar un discurso de la solidaridad. La mayoría de los textos publicados entre el 20 de septiembre y los primeros días de octubre en los cuatros diarios analizados mencionan y celebran la solidaridad espontánea y desinteresada de los capitalinos: esta es una colectividad abstracta e imprecisa que se vuelca sobre las calles para ayudar en las labores de rescate. Después del 27 de septiembre, cuando alrededor de 3,000 personas afectadas directamente, sobre todo del centro de la ciudad, realizan una marcha para demandar la reconstrucción de sus viviendas, se comienza a delinear otro actor crucial del sismo: los damnificados que se movilizan.[3] Del discurso de la solidaridad, que va desapareciendo conforme la ciudad regresa a una incompleta normalidad, se pasa entonces al discurso de los damnificados.

Si bien es posible diferenciar a esos dos actores que se movilizan tras la tragedia, ambos son a su vez representados en la prensa como el pueblo, esa figura inherentemente ambigua y polisémica que ocupó un lugar central en el discurso político mexicano tras la Revolución de 1910. El concepto es movilizado de muy diversas maneras en reportajes, crónicas y artículos de opinión. En algunos casos, se presenta como una colectividad amorfa y difusa que reacciona de manera ejemplar ante la catástrofe: “el pueblo solidario”. En otros, es representado como un actor que encarna los sentimientos de la nación: “el pueblo de México”. Aparece también como la figura que ejerce la soberanía popular. En otros casos, se usa para designar a los pobres, sobre todo a los damnificados. En algunas fuentes coexisten multiplicidad de significados; en otras un significado se desliza hacia otros a lo largo de un mismo texto.

Lo que llama la atención es la omnipresencia del pueblo en los textos producidos después del sismo. El concepto no es únicamente movilizado por el presidente, los políticos  y los funcionarios públicos; también lo es por reporteros e intelectuales de diferentes posiciones políticas e ideológicas. La existencia y la fuerza moral del pueblo aparecen como incuestionables. Sugiero que es frente al concepto de pueblo y su vigencia en el discurso público de mediados de los ochenta que podemos entender el quiebre discursivo-político que implica la aparición y movilización del concepto de sociedad civil.

Desde los días posteriores al sismo, diversos textos usan el concepto sociedad civil para describir las manifestaciones solidarias de los capitalinos, es decir, lo usan como equivalente al pueblo solidario. Pero ya se pueden vislumbrar otros significados. Desde sus primeras crónicas, Carlos Monsiváis, por citar a uno de los artífices de la narrativa del despertar de la sociedad civil, intenta dar un significado político a la solidaridad:[4]

No ha sido únicamente, aunque por el momento todo se condense en esta palabra, un acto de solidaridad. La hazaña absolutamente consciente y decidida de un sector importante de la población que con su impulso desea restaurar armonía y principios vitales, es, moralmente, un hecho más vasto y significativo. La sociedad civil existe como gran necesidad latente en quienes desconocen incluso el término, y su primera y más insistente demanda es la redistribución de poderes.[5]

Aquí la sociedad civil aparece como una colectividad que se vislumbra de manera incipiente y que se caracteriza por la sed de un cambio político. En otras palabras, Monsiváis insiste en la emergencia de un nuevo actor que no es el pueblo posrevolucionario. Es precisamente por “no ser pueblo” que este actor puede demandar la democratización. Un editorialista de Unomásuno expresa más explícitamente la ruptura:

[En el contexto de la crisis económica] la gens mexicana comenzó a advertir en forma larvada, todo lo imprecisa que se quiera, los contornos del nuevo papel que le estaba tocando representar en la escena nacional. (…) Eso que empezó a surgir fue un estado de conciencia general que rebasaba los límites implícitos en una palabra como pueblo, o de conceptos como el de clase, y en general de todos los vocablos expresados de colectividad que, a lo largo de más de medio siglo, se han aplicado a los mexicanos. Y algunos creyeron captar el advenimiento de otra modalidad de estar juntos en el ámbito nacional, que apenas empieza a ser definida por medio de una expresión insólita para el lenguaje político nuestro, que apenas empezó a hacer su aparición en los últimos dos años, y que se presenta preñada de posibilidades para la reflexión, y la acción, política. Esa expresión es la de sociedad civil.[6]

Aquí se elabora con más detalle la transfiguración del pueblo en sociedad civil. Según el diagnóstico de este editorialista, el pueblo —así como la organización colectiva en torno a referentes como la clase social— ha perdido vigencia con la crisis de legitimidad del régimen posrevolucionario, exacerbada por la crisis económica. Sus significados específicos están aún por definirse, pero la sociedad civil se presenta como la colectividad de una nueva era política. Se comienza así a temporalizar la relación entre el pueblo y la sociedad civil, el primero ubicado como antecedente temporal de la segunda. Como veremos abajo, esta transformación se intensificará en años posteriores.


La conmemoración de 1995: la sociedad civil movilizada

Entre los sismos de 1985 y su conmemoración diez años después, el país fue escenario de cambios políticos, sociales e ideológicos significativos. Durante esta década, una serie de reformas estructurales fueron introducidas plenamente, intensificando la transición de una economía proteccionista a una economía de libre mercado. Estos cambios vinieron acompañados de la resurrección del discurso liberal de la ciudadanía y la democracia. Ya desde la primera mitad de los ochenta, Miguel De la Madrid anunciaba los vientos de cambio al insistir que su gobierno marcaba una ruptura con el “populismo” de sus antecesores, misma que sería profundizada durante la presidencia de Carlos Salinas de Gortari. Durante esta década, la “modernización” del país comenzó a significar una nueva relación entre Estado y sociedad, así como la formación de ciudadanos responsables de su propio destino (Rousseau, 2010: 263).

Cerca del 19 de septiembre de 1995, la prensa incluyó reportajes, crónicas, testimonios y artículos de opinión sobre el sismo,  especialmente en sus secciones metropolitanas. Un tema que dominó la cobertura fue la idea del sismo del 85 como parteaguas de la historia contemporánea. Es decir, para 1995 el sismo se había vuelto parte de una genealogía de eventos, como el movimiento estudiantil del 68, que han jugado un papel central en el camino hacia la democratización. Así lo expresa el periodista Jorge Ramos en Reforma:

Hay una serie de fechas en la historia moderna que dejan ver como los mexicanos le han ido perdiendo la confianza a su gobierno. Ahí está la masacre de más de 300 estudiantes, mujeres y niños en la plaza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968, el masivo fraude electoral del 2 de julio de 1988, el alzamiento rebelde-indígena del EZLN el primero de enero del 94 (…) Pero a estos momentos clave de la descomposición del sistema y en la fractura del poder en México, hay que añadir ese 19 de septiembre de 1985, después del terremoto, cuando los habitantes de la capital se dieron cuenta de que no podían dejarle al gobierno el control de los asuntos más importantes de sus vidas.[7]

Por su parte, el activista Marcos Rascón, quien jugó un papel importante en las movilizaciones populares tras los sismos, escribe en La Jornada:

El 19 de septiembre provocó cambios en la estructura social y política de la envergadura de las generadas por el movimiento de 1968 (…) y abrió paso a las grandes movilizaciones ciudadanas de estos últimos diez años.  (…) El auge democrático de 1988, no podría explicarse sin el 85. [El cardenismo fue] el catalizador democrático de esa nueva sociedad demandante de transformación, el cardenismo fue señal de que ese cambio debía ser progresista, justiciero en lo social, igualitario, democrático y nacionalista.[8]

Mientras que en ambos textos editoriales (identificados con posturas de “izquierda”) aparece la narrativa del sismo como parteaguas, encontramos diferencias importantes.[9] En el primero, el editorialista habla de una ciudadanía que despierta y toma las riendas de sus vidas, y su referente principal de la sociedad civil es la respuesta espontánea y solidaria de  los capitalinos que salieron a las calles a ayudar a sus conciudadanos. En la segunda, el autor hace referencia a un movimiento popular, de corte nacionalista, y su referente es el movimiento de los damnificados.

Lo que me interesa señalar aquí es que para 1995 el pueblo ha desaparecido del discurso público. El concepto de sociedad civil es movilizado por una izquierda en transición que se distancia del nacionalismo revolucionario y a la vez reproduce su retórica; una izquierda que, ante el desmantelamiento del llamado “socialismo real”, está en busca de nuevas coordenadas. Destaca en este sentido una contribución del historiador Antonio García de León en La Jornada, quien ubica el emerger de la sociedad civil en el “macro-sismo fundador”:

La vieja concepción marxiana de “conciencia de clase” queda rebasada por una movilización que atraviesa a todas las clases sociales, cuya vertebrada son las concepciones amplias inmediatas, imprescindibles de la sociedad mexicana: la transición a la democracia y un nuevo proyecto económico (demandas que unifican a un tan amplio espectro social como el que se despliega desde la guerrilla zapatista hasta las señoras de Polanco) (…) La nueva “conciencia revolucionaria” (por llamarla de alguna manera) se expresa además en la convicción de que los individuos emancipados están llamados a constituirse, conjuntamente, en autores de su propio destino.[10]

Para la izquierda del momento, la sociedad civil se inserta en una larga lucha de los sectores populares, pero al mismo tiempo marca una ruptura con discursos y formas de organización política que son vistos como obsoletos. El lenguaje de clases (de emancipación, revolución) va siendo sustituido por un lenguaje de derechos y de identidad. Se habla menos del movimiento popular y más de los movimientos sociales.

Pero si bien el concepto de sociedad civil sirve para nombrar una nueva cara de la izquierda, esta no es un concepto exclusivo de la misma. En un artículo publicado en el periódico Reforma el 20 de septiembre, el político panista Julio Faesler reflexiona sobre la importancia que atribuye el gobierno del entonces presidente Zedillo a “la participación ciudadana en los asuntos públicos”, esto a través de las declaraciones del subsecretario de gobernación Natividad González Parás. El editorialista celebra:

[Los] conceptos progresistas [de González Parás] coincidentes con lo que varias organizaciones de la sociedad civil hemos venido planteando (…) [Parás] sugirió que deben participar las organizaciones de la sociedad civil en una amplia gama de procesos de decisión y planeación social, económica y política y que se abrirán los cauces para que ellas intervengan en la confección y seguimiento de planes y programas de gobierno. (…) No debe seguir pensándose que en la ‘rectoría del Estado’ recae toda la carga de orientar y proveer el bienestar. Este es el resultado del esfuerzo coordinado y corresponsable de todos los miembros de la comunidad que se expresa en programas consensados, corresponsabilidades en su ejecución y exigibilidades recíprocas.[11]

Como se anunciaba ya diez años antes, el concepto de sociedad civil es movilizado más allá del espacio político de la izquierda. El discurso neoliberal que describe al Estado benefactor como una formación que limita la capacidad emprendedora de los individuos, haciéndolos dependientes por su carácter intervencionista, y que defiende la necesidad de un Estado adelgazado y de una sociedad co-responsable de su propio bienestar, se ha convertido en axioma para todo el espectro político (Rose 1999).


La conmemoración de 2005: la corrupción del pueblo

A 20 años del sismo, en septiembre de 2005, la ciudad de México tiene casi diez años de un gobierno electo y de ser gobernada por el Partido de la Revolución Democrática. En el plano nacional, el PRI ha perdido la presidencia ante el panista Vicente Fox y, en tan solo cinco años desde ese acontecimiento monumental, la opinión pública ha transitado de la celebración de la transición como un hecho consumado al desencanto con sus limitaciones.

En esta conmemoración del sismo, la prensa vuelve a reproducir la narrativa central: se celebra la solidaridad, el despertar de la sociedad civil y el derrumbe del autoritarismo. Sin embargo, hay un cambio significativo en la representación de los damnificados, que en ese momento están lejos de ser vistos como la emergente sociedad civil. Un texto en El Universal del escritor Rafael Pérez Gay, con la ironía que lo caracteriza, ilustra bien este cambio:

Somos maestros en paradojas. El movimiento civil del año de 1985 se integró o, si se quiere, se diluyó con el tiempo y al contacto con una red de organizaciones dedicada al coyotaje, al tráfico de la mentira. (…) Los polvos de aquellos lodos (no es metáfora sino alusión literaria) se han esparcido en la ardiente actualidad: en septiembre de 1985 surgió la Unión de Vecinos de la Colonia Centro, más tarde se llamó Unión Popular Nueva Tenochtitlán. Sus líderes fueron René Bejarano y Dolores Padierna. (…) Raíces y destinos similares compartieron la Coordinadora de Residentes de Tlatelolco, la Unión de Vecinos de la Colonia Doctores, Amanecer del Barrio de la Colonia Morelos, la Asamblea de Barrios de la Ciudad de México. Estas organizaciones han mostrado que todo camino es una desviación, y que todo origen puede ser borrado con la tinta indeleble de la trampa vendida como lucha social.[12]

De ser uno de los protagonistas de las movilizaciones sociales de 1985 —la emergente sociedad civil—, los damnificados se han convertido veinte años después en un legado corporativo y clientelar del régimen priista. Dicho de otro modo, en las conmemoraciones de septiembre de 2005 se expresa un “sentido común” en el que las organizaciones populares han sido expulsadas de la sociedad civil a la que supuestamente dieron origen. Aparecen como el residuo del Estado autoritario y antidemocrático al que contribuyeron a derrocar. En otras palabras, la sociedad civil es celebrada como el espacio de la ciudadanía organizada, pero ha sido evacuada de su contenido popular.


Resulta obvio que “sociedad civil” es un concepto polisémico reivindicado y movilizado por una multiplicidad de actores colectivos. Mi interés en este texto no es negar esos múltiples significados sino desnaturalizar —es decir historizar y pensar críticamente— el concepto de sociedad civil y su ubicuidad en el discurso público contemporáneo. Lo que propongo a partir del análisis de múltiples textos periodísticos en torno al “despertar de la sociedad civil” después del sismo es pensar el auge del concepto como parte de los procesos de neoliberalización de las últimas décadas (Comaroff y Comaroff, 1999). Estos han incluido la reconfiguración del Estado, la sociedad y la ciudadanía (y la relación entre ellos), así como el surgimiento y propagación de nuevas racionalidades de gobierno y de nuevos vocabularios políticos, mismos que aparecen hoy como “naturales” a escala internacional. Esos vocabularios constituyen un “sentido común” que critica y pretende sustituir formas de pertenencia y acción colectivas asociadas con el pasado autoritario, incluyendo aquellas estructuradas en torno a un lenguaje de clase social.

Como ha argumentado Paul Eiss, durante el siglo XX mexicano el concepto de pueblo fue movilizado por los más diversos actores para las más diversas causas. Fue un objeto de disputa en torno del cual entraron en conflicto “concepciones divergentes de la comunidad y la colectividad” (Eiss, 2010: 5). El pueblo era a la vez un sujeto político y un objeto de intervención por parte del Estado y sus políticas de modernización. Eiss destaca que la retórica pos-revolucionaria, así como la realidad de crecimiento económico, planteaban la futura inclusión del pueblo: si bien era necesario hacer sacrificios en el presente, el Estado lo elevaría a la categoría de ciudadanía, así como a un lugar de bienestar material y derechos sociales como la vivienda, la educación, la salud.

En contraste, en el momento contemporáneo el pueblo aparece como una formación residual en dos sentidos: primero, como aquellos que han quedado excluidos del nuevo panorama económico; segundo, como aquellos que carecen de legitimidad como sujetos políticos. Sugiero que es en este contexto que una sociedad civil domesticada, despojada de la politización que la caracterizó en la década de los noventa, así como de su contenido popular y compuesta por individuos autónomos, puede reclamar la posición del sujeto nacional legítimo.


Este texto es la adaptación de un artículo académico publicado, anteriormente, en la Revista Mexicana de Sociología.


Notas

[1] El argumento de este texto es una versión resumida del artículo: “De pueblo a sociedad civil: el discurso político después del sismo de 1985”, Revista Mexicana de Sociología, 76 (3): 441-469.

[2] En mi análisis me aproximo a los documentos seleccionados como textos en circulación en torno a los cuales se construyen diferentes públicos. Asimismo, los leo como artefactos culturales producidos en contextos sociales y políticos específicos que reflejan y la vez construyen un sentido común que se expresa en la opinión pública.

[3] Después de esta marcha, diferentes grupos de damnificados sostuvieron reuniones que culminaron con la creación de la Coordinadora Única de Damnificados (CUD), que aglutinó a más de 40 organizaciones y que demandó la expropiación de predios para la reconstrucción, lo que realizó el presidente Miguel de la Madrid, dando paso al  programa Renovación Habitacional Popular. Ligia Tavera (1998) ha argumentado que lejos de ser espontáneo, este movimiento utilizó las estructuras organizativas de movimientos populares con una larga trayectoria de lucha.

[4] Monsiváis, Carlos (1985), “La solidaridad de la población en realidad fue toma de poder”, Proceso 464 (23 de septiembre): 6-15.

[5] Monsiváis, Carlos (1985), “La solidaridad de la población en realidad fue toma de poder”, Proceso 464 (23 de septiembre): 6-15.

[6] Hernández Campos, Jorge (1985), “Poder de interpelación”, Unomásuno, 24 de septiembre.

[7] Ramos Avalos, Jorge (1995), “De terremoto en terremoto,” Reforma, 14 de septiembre.

[8] Rascón, Marco (1995), “La tragedia y la transición”, La Jornada, 19 de septiembre.

[9] A lo largo del siglo 20 ,la izquierda mexicana incluyó una pluralidad de corrientes, a menudo opuestas. Sigo a Carlos Illades (2012) para referirme a una corriente de la izquierda que tras el movimiento de 1968 profundizó su crítica del autoritarismo y enarboló a la democracia como su bandera de lucha.

[10] García de León, Antonio (1995), “¿Qué onda con la sociedad civil?”, La Jornada, 17 de septiembre. Ver también: Unzueta, Gerardo (1995), “Hace sólo diez años…”, El Universal, 18 de septiembre.

[11] Faesler, Julio (1995), “Participación ciudadana”, Reforma, 20 de septiembre.

[12] Pérez Gay, Rafael (2005), “Piedra sobre piedra: la leyenda y la historia”, El Universal, 18 de septiembre.


Referencias

Comaroff, Jean and John Comaroff (1999), “Introduction”, en Civil Society and the Political Imagination in Africa, compilado por Jean Comaroff and John Comaroff, 1-43, Chicago: The University of Chicago Press.

Eiss, Paul K. (2010), In the name of el Pueblo. Place, Community, and the Politics of History in Yucatán, Durham, NC: Duke University Press.

Escalante Gonzalbo, Fernando (2006), “México, fin de siglo, en Pensar en México, compilado por Héctor Aguilar Camín, 19-36, México, DF: Fondo de Cultura Económica.

Illades, Carlos, La inteligencia rebelde. La izquierda en el debate público en México, 1968-1989, México, DF, Océano, 2012.

Lomnitz, Claudio (2008), “Narrating the Neoliberal Moment: History, Journalism, Historicity”, Public Culture 20 (1): 39-56.

Rose, Nikolas S. (1999), Powers of freedom: reframing political thought, Cambridge, United Kingdom y New York, NY: Cambridge University Press.

Rousseau, Isabelle (2010), “Las nuevas élites y su proyecto modernizador”, en Del nacionalismo al neoliberalismo, 1940-1994 compilado por Elisa Servín, 242-294, México, D.F.: Fondo de Cultura Económica.

Tavera-Fenollosa, Ligia (1999), “Desafiando las bases simbólicas de la exclusión: movimientos sociales y sociedad civil”, Perfiles Latinoamericanos, 14: 129-147.

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