El Día de Muertos como marketing

El desfile del Día de Muertos, propuesto por el gobierno a raíz de la saga de James Bond, es un pretexto para repensar el espacio público. ¿Es el inicio de una nueva tradición u otro evento en el proceso de branding de la #CDMX?

| Ciudad

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Al llegar al Ángel de la Independencia se podía sentir el fervor por el inicio de una nueva tradición. La cantidad de personas parecía superar cualquier expectativa, muchos extranjeros circulaban para capturar las imágenes de un desfile que les había sido anunciado desde la ficción en la película de James Bond. Genial estupidez de nuestros gobernantes: una película les reveló el sentir del pueblo al que desprecian constantemente. Ese golpe de vista, en una pantalla de cine, de pronto enfocó el nuevo relato mexicano: un carnaval de muertos.

El desfile responde al nuevo paradigma de la ciudad privada, la “marca ciudad”. Si lo que se vende es el producto más acabado de lo que significa el espacio público, este desfile entra en la línea de lujo de la marca. La utilización de lo público de esta forma, aunque puede dejar buenos dividendos a la ciudad, debe estar sujeto al mayor escrutinio público. Las autoridades tienen, en principio, que ser claros con las justificaciones, objetivos y estrategias de comercialización de la ciudad. El colorido desfile se convierte en una cuenta más en el rosario de improvisaciones del gobierno. El gobierno invierte para que una película se filme en México; en el guión hay una representación ficticia de la ciudad; se decide traer esa ficción a la realidad para no decepcionar a los turistas.

Aunque el origen del desfile es, en sí mismo, un disparate, resulta un pretexto para reflexionar sobre la manera en que el gobierno genera nuevas tradiciones. No se trata de rivalizar la vieja tradición contra la nueva sino de entender por qué las autoridades han decidido presentar este relato particular como nuestra marca. La invención de tradiciones no es ajena a la construcción de la nación. El Día de Muertos no se popularizó sino hasta la segunda mitad del siglo pasado. Como explica Claudio Lomnitz, “a partir de los años setenta el Día de Muertos comenzó a tomar fuerza política. En las tres décadas anteriores, que es la época en la que se folclorizó la muerte y que se comenzó a decir que esta fiesta era muy nuestra, fue también el momento en que las clases medias y altas comienzan a sustraerse de esta fiesta”. En los treinta, por ejemplo, el presidente Pascual Ortiz Rubio decretó que fuese Quetzalcoatl quien entregase juguetes a los niños en un magno evento en el teatro nacional aderezado con bailes típicos. Debut y despedida, Quetzalcoatl no volvió a las plazas a regalar juguetes y ropa. No parece que el desfile de la semana pasada tenga el mismo destino: al contrario, fue y probablemente será un éxito.

El paso del desfile hasta el Zócalo fue fluido y culminó con un buen espectáculo. En las marchas de protesta, por el otro lado, cada vez es más complicado llegar a la plancha del Zócalo. El trato desigual al espacio político no sería un problema si el gobierno tuviera un papel más activo en la movilización social en las calles, ya sea para conciertos o exposiciones o para destinar recursos que permitan que las protestas circulen con facilidad y protección.

Tanto marchar por los muertos, ahora que marchen ellos. Quizá lo que resulta más chocante del desfile sea no conocer los motivos para elegir esta movilización como la insigne de la Ciudad de México. El contexto importa: nos encontramos en uno de los momentos más sangrientos y violentos del país. El carnaval de muertos promovido por el Estado, parece un sedante más para no horrorizarnos ante el despojo y la violencia. El Estado, al mismo tiempo ausente y cruel, ha contribuido a acelerar los procesos de muerte en el país. Quizá sea una buena oportunidad para repensar nuestra supuesta fascinación con ésta. La tumultuosa información acerca de las muertes y las violencias en México ejercidas o promovidas por el Estado no deja lugar a la exageración: la muerte nos gobierna y no tenemos una buena relación con ella. Observar a los espectadores del desfile tomarse una selfie con su calaca favorita resultaba un ejercicio macabro de negación de la realidad. Hay cientos de miles de muertos en México, víctimas de un estado de guerra crónica, que no pueden celebrarse.

Mientras avanzaba el contingente con alegría no pude sino recordar el poema “Los Muertos”, de María Rivera:

Allá vienen/ los descabezados, / los mancos, / los descuartizados, / a las que les partieron el coxis, / a los que les aplastaron la cabeza, / los pequeñitos llorando / entre paredes oscuras / de minerales y arena. / Allá vienen / los que duermen en edificios / de tumbas clandestinas: / vienen con los ojos vendados, / atadas las manos, / baleados entre las sienes.

Las hermosas catrinas desfilando me deprimieron, en palabras de Rivera:

Se llaman / las muertas que nadie sabe nadie vio que mataran, / se llaman / las mujeres que salen de noche solas a los bares, / se llaman / mujeres que trabajan salen de sus casas en la madrugada, / se llaman / hermanas, / hijas, / madres, / tías, / desaparecidas, / violadas, / calcinadas, / aventadas, / se llaman carne, / se llaman carne.

Propongo un paro: no festejar la muerte si no podemos celebrar la vida.

(Foto: Sectur.)

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