El exabrupto racista del Consejero Presidente: tres reflexiones

La declaraciones de Lorenzo Córdova revelan, más allá de sus prejuicios racistas individuales, el fracaso de un modelo excluyente de democracia.

| Derechos Humanos

No cabe duda. Tal como señaló el propio Lorenzo Córdova en la única línea de defensa que ha presentado ante la difusión pública el martes 19 de mayo de su exabrupto racista, el telefonazo grabado era una conversación particular entre él y un colaborador. No tengo idea de quién lo esté espiando, ni voy a especular respecto a la lógica política tras la filtración.

Señalaré solamente que su defensa tiene una falla.

La conversación era solo entre el propio Córdova y Edmundo Jacobo Molina, pero concernía un asunto a todas luces público: una reunión entre el Consejero Presidente del INE y un líder indígena de Guanajuato. Seguramente se realizó a través de teléfonos oficiales del propio Instituto y los involucrados discutieron en ella únicamente asuntos de trabajo. No es, por lo tanto, una llamada relativa a su vida personal y a su esfera privada, sino la expresión de sus opiniones personales respecto a su actuación pública. Por ello prefiero decir que es “particular” más que “privada”.

En este sentido, es un ejemplo clásico de lo que el antropólogo estadounidense James C. Scott definió como “discursos ocultos” (hidden transcripts) en su libro clásico Los dominados y el arte de la resistencia. Estas son las maneras, generalmente despectivas o temerosas, con que los grupos dominantes (y también los grupos dominados) se refieren a los demás sectores de la sociedad cuando están en confianza y a puerta cerrada. Como tales difieren radicalmente de sus “discursos públicos” (public transcripts), que son las palabras y gestos que utilizan cuando se saben observados por los otros grupos sociales y quieren comunicarse con ellos. Estoy seguro de que el Consejero Presidente nunca se burlaría de manera pública de Mauricio Mata Soria, ni lo compararía en un discurso oficial con el “indio Toro”, pero eso no le quita un ápice de sinceridad y de valor a sus expresiones particulares.

Su bochornoso desliz se une, de esta manera, a una amplia galería de “exabruptos racistas”, en México, Estados Unidos y otros países, que han escapado recientemente de la esfera particular para convertirse en asuntos públicos. El teórico de origen sudafricano David Goldberg ha señalado que estos brotes, siempre indiscretos, no deben ser leídos únicamente como manifestaciones de prejuicios individuales, sino como indicios más amplios de las formas en que el racismo sigue articulando nuestras relaciones sociales.

Por esta razón me parece legítimo discutir públicamente este “discurso oculto”, pues nos permite conocer lo que realmente piensan nuestras élites políticas e intelectuales cuando bajan la guardia y se “sinceran” entre amigos.

Las formas de hablar

El exabrupto del Consejero Presidente fue desatado por lo que él consideraba una forma ridícula de hablar español por parte de un dirigente chichimeca de Guanajuato. En este punto, Córdova hizo eco de una actitud muy difundida en la sociedad mexicana que desprecia a los indígenas y a los extranjeros porque no “hablan bien”.

Detrás de esta postura se oculta un prejuicio y una negación.

El prejuicio es la identificación que se establece entre hablar español “correcto” y ser “verdaderamente mexicano”. Esta es producto de la ideología del mestizaje que se impuso en nuestro país en los últimos ciento treinta años y no refleja ni la historia lingüística de México ni su realidad actual. México es un país siempre plurilingüe que solo ha sido mayoritariamente hablante de español en este periodo reciente, y aún hoy no dejan de crecer los números de mexicanos que aprenden otras lenguas como idioma materno, sean las indígenas o el inglés.

Sin embargo, los hispanohablantes de clase media insisten en considerar su lengua como la única de los auténticos mexicanos, como expresó Germán Dehesa hace diez años en un exabrupto (público este sí) en que se negó a admitir que el empresario acusado de narcotráfico Zhenli Ye Gon (de origen chino) fuera realmente ciudadano mexicano porque: “Con oírlo hablar treinta segundos sale uno de dudas y se establece el diagnóstico: este no es mexicano, pero ni a mentadas de madre.”

La negación consiste en no reconocer que millones de ciudadanos mexicanos aprendieron a hablar el español como segunda lengua y que por esa razón tienen “acento” y cometen “errores”. Yo estoy seguro de que Córdova podría traducir su expresión favorita, “no mames”, a varios idiomas europeos con mayor o menor corrección, y que considera eso como un signo más de su cosmopolitismo democrático. En cambio, no se le ocurre siquiera que eso pueda ser equivalente a la manera en que Mauricio Mata Soria habla el español como un segundo idioma.

Ahora bien, viéndonos puristas, el habla del Consejero Presidente no es ningún ejemplo de manejo elocuente de la lengua de Cervantes. En una conversación de un minuto y medio repite “cabrón” quince veces, y “no mames”, nueve. De hecho, esta última frase se convierte en el alfa y el omega de su pensamiento. Termina por reiterarla de manera casi obsesiva porque ha llegado al estrecho límite de su capacidad intelectual para expresar y comprender la diferencia cultural con que se ha enfrentado.

Si a prejuicios nos vamos, se le podría aplicar a él mismo la “jocosidad” que adujo como justificación de su exabrupto en el noticiero de López Dóriga. Así como en su paupérrimo universo humorístico la forma en que usa el español un ciudadano mexicano de Guanajuato hablante de lengua indígena lo convierte en el “indio Toro” o en “Toro Sentado” (y me da la impresión que Córdova no logra distinguir claramente entre el personaje de ficción y el dirigente histórico de los sioux en el siglo XIX), mi humor igualmente mediocre no me alcanza más que para afirmar que su propio lenguaje lo convierte en una versión poco graciosa del payaso Brozo o en un aspirante fallido a locutor del Panda Show.

Entre Ciudadanos y ciudadanos

También se puede comparar el exabrupto de Córdova con otros “deslices” recientes de figuras del gobierno actual. Nuvia Mayorga, la directora general de la Comisión de Desarrollo de los Pueblos Indígenas, aceptó públicamente que tenía dificultades para pronunciar los nombres de los poblados indígenas que visitaba en sus funciones oficiales con esta frase: “es que luego sus nombres son medio raros”. Rosario Robles amenazó con quitar los apoyos gubernamentales a las mujeres indígenas que tuvieran más de tres hijos porque usan la procreación para obtener más dinero. En particular, me parece que el alma gemela de Córdova es la directora del Inmujer de Tijuana, bautizada como Lady Europa, quien se preguntó (de manera también “privada”) en su página de Facebook (con todo y faltas de ortografía): “Que tal si lo mio está en Europa y yo aquí sufriendo con estos indígenas”.

La diferencia radica en que todas ellas son funcionarias públicas que confirman, con su prepotencia, la abismal distancia que en nuestro país ha existido siempre entre los gobernantes y los gobernados. En contraste, Lorenzo Córdova ocupa una posición sui-generis: su puesto es de consejero “ciudadano” y como tal se supone que debe representar a sus pares ante los poderes públicos. En este sentido, el desprecio que exhibió hacia el dirigente chichimeca en su discurso oculto tuvo el efecto de establecer una diferencia radical entre él y un conciudadano que, de acuerdo con su discurso público, debería ser considerado y tratado como un igual.

Por ello me parece significativa su alusión al libro Crónicas marcianas de Ray Bradbury. En el contexto de su conversación particular utiliza esta referencia (confundida con The Matrix) para enfatizar la otredad radical, supuestamente extraterrestre, de los grupos con los que tiene que conversar como Consejero (ciudadano) Presidente: los “dramáticos” padres de los desaparecidos de Ayotzinapa y el dirigente indígena de Guanajuato. Sin embargo, la obra de Bradbury no trata tanto de la extrañeza de los marcianos en sí mismos como de los complejos ajustes psicológicos y existenciales que los terrícolas, simples clasemedieros norteamericanos del siglo XX, tienen que realizar para sobrevivir en la alteridad desconcertante de un planeta diferente al suyo.

Combinada con su confesión final, “o acabamos muy divertidos o acabamos en el psiquiatra de aquí”, la cita literaria se convierte en una cándida admisión de la propia incapacidad que siente Córdova para lidiar con las diferencias culturales y sociales que se ocultan tras la igualdad ciudadana que ha predicado y de la que se ha aprovechado en su fulgurante carrera de demócrata profesional. El extraviado en estas “crónicas marcianas” es él mismo, y su extravío interesa porque me parece sintomático de la desorientación más amplia y realmente dramática de nuestra vida política.

En efecto, desde su surgimiento en los años ochenta del siglo XX, nuestra cacareada “transición a la democracia” pretendió imponer un modelo muy restringido, y claramente excluyente, de lo que debe ser la ciudadanía y la política. Este modelo se centraba en los valores, las costumbres y las formas de pensar de las élites intelectuales urbanas y asumía que las formas de participación política que ellos predicaban (no las que realmente practicaban en sus promiscuos vínculos con el poder político y empresarial) eran las únicas que correspondían al ideal “universal” de la democracia.

En consecuencia, las otras formas de hacer política en nuestro país fueron rechazadas por ser “clientelares” o “corporativas”, “paternalistas” o “corruptas”. En dos inteligentes artículos en Horizontal, Antonio Álvarez  y Alejandra Leal  han señalado el carácter clasista y racista de estas distinciones políticas y la precariedad de las dicotomías que han construido, así como la ignorancia que revelan respecto a la manera real en que una buena parte de los mexicanos hace política, incluidos nuestros demócratas profesionales.

Ninguna figura encarna de manera más clara el carácter contradictorio y excluyente de la democracia mexicana contemporánea que la de los “consejeros ciudadanos” de los órganos electorales. El nombre de sus cargos afirma su origen igualitario, pero la manera en que son elegidos y las credenciales que ostentan enfatizan lo contrario: no son cualquier ciudadano, sino los “verdaderos” Ciudadanos (con mayúscula), aquellos que por su educación y su privilegio (por no hablar de sus compromisos políticos con los partidos) merecen ser distinguidos de los demás. En este sentido, son más Ciudadanos a la manera de las antiguas Atenas y Roma, una élite notable rodeada por bárbaros y esclavos, que ciudadanos a la manera de los rebeldes plebeyos de Francia en 1789 y de los esclavos sublevados de Haití en 1804. Por esa razón, en sus “discursos ocultos” no vacilan en llamar “marcianos” a sus conciudadanos y les parece gracioso burlarse de la manera en que hablan y de su “dramatismo”.

El fallido humor y la confesada desorientación del Consejero Presidente revelan, más allá de sus prejuicios racistas individuales, el fracaso de un modelo excluyente de democracia que ha sido incapaz de representar la realidad plural de nuestro país y de combatir su desigualdad lacerante.

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