El extraño caso del Dr. Vargas y el Sr. Llosa

Este es el curioso caso de Mario Vargas Llosa, el escritor que es, a la vez, el principal defensor de la Civilización y el favorito de los tabloides.

| Literatura

Desde que recibió el Premio Nobel, Mario Vargas Llosa no ha dejado de ser noticia. Ya sea por los galardones que sigue recibiendo, por sus polémicas declaraciones o por las novedades de su vida íntima, el novelista aparece tanto en la sección de espectáculos (su relación con Isabel Preysler), la de finanzas (su mención en los Panama Papers), la de política (su 80 aniversario rodeado por la derecha española), así como en la cultural. Si ya era una importante figura pública, el caprichoso premio europeo ha funcionado en el colonizado mundo hispanoparlante como una lupa que aumenta y distorsiona sus gestos convirtiéndolo en otro: una figura grotesca, casi monstruosa, que eclipsa sus novelas. Nostálgico del viejo Vargas Llosa, ese escritor serio y disciplinado al que siempre respeté –aunque no coincidiera con él ideológicamente–, decidí leer todos sus libros posteriores al Premio Nobel: el ensayo La civilización del espectáculo (2012) y las novelas El héroe discreto (2013) y Cinco esquinas (2016). Desgraciadamente aquí tampoco pude reconocerlo: sus páginas no solo denuncian la presencia de un novelista fácil y un pensador poco original, además delinean los contornos de una criatura esquizofrénica.


La estética del Sr. Llosa

Hasta ahora había mantenido la idea de que Vargas Llosa, a diferencia de su colega Carlos Fuentes, había envejecido con cierta dignidad. Pero fue un juicio prematuro; lo único que redimiría a sus dos últimas novelas es una buena –y probablemente ardua– adaptación para la pantalla chica. Solo un genio del culebrón podría transformar estas historias de patrones que se casan con sus empleadas domésticas, triángulos amorosos que rozan con el incesto y mirreyes que entablan demandas legales por inmensas fortunas, en telenovelas fársicas. Mientras tanto, en el papel y fuera de la “caja idiota”, estos dos melodramas asombran por su estructura fácil e inconsecuente, su lenguaje digerido y funcional, así como su falta de malicia.

Hace algunas décadas Vargas Llosa había experimentado con el género de la radionovela. En La tía Julia y el escribidor (1977) la mitad del libro está conformada por los episodios que escribe el libretista Pedrito Camacho para una radiodifusora. Los capítulos van del desconcierto a la hilaridad gracias a la ironía: se crea una distancia entre el lector y el melodrama que vuelve absurdo e hiperbólico todo lo que ahí sucede. Es una de las grandes novelas cómicas del peruano, quien probablemente aprendió a hacer reír leyendo a Manuel Puig, un experto en cultura popular así como en el tratamiento sofisticado de la misma. Pero 40 años más tarde la lección de Puig parece haber caído en el olvido. En El héroe discreto y en Cinco esquinas hay melodrama, pero sin distancia; y aunque el lector –siempre suspicaz e inconforme– se afane en descubrir el guiño irónico que justifique toda esa cursilería, solo encontrará diálogos como los siguientes, dichos con absoluta solemnidad:

No lo queríamos porque él tampoco nos quiso nunca. Que yo recuerde, jamás le oí una palabra cariñosa. Nunca jugó con nosotros, ni nos llevó al cine o al circo, como hacían los papás de todos nuestros amigos. Creo que ni siquiera se sentó jamás a conversar con nosotros. Apenas nos hablaba. Él no quería a nadie más que a su compañía y a su trabajo. (El héroe discreto, p. 337-8)

–Dímelo, Quique –le rogó–. Sea o que sea, cuéntamelo, corazón. Déjame compartirlo contigo, ayudarte. Yo te quiero.

–Yo también a ti, Marisa, amor mío –la abrazó él–. No me gusta alarmarte. Pero, bueno, ya que insistes tanto te lo voy a contar. (Cinco esquinas, p. 76)

Hacia el final de El héroe discreto Vargas Llosa descubre la ruta por la que ha transitado a lo largo de cientos de páginas y trata de justificarse; hace que uno de sus personajes exclame: “Dios mío, qué historias organizaba la vida cotidiana; no eran obras maestras, estaban más cerca de los culebrones venezolanos, brasileños, colombianos y mexicanos que de Cervantes y Tolstoi, sin duda. Pero no tan lejos de Alejandro Dumas, Émile Zola, Dickens o Pérez Galdós” (p. 286). Y, en efecto, estas dos últimas novelas de Vargas Llosa parecen de folletín, más no lo son. No estamos en el siglo XIX y no fueron publicadas de forma episódica –aunque hubiera sido un experimento interesante. Tristemente, sí rescatan lo peor del género: están hechas para entretener, diseñadas para un lector distraído, poco exigente, que no se extrañará por ciertos episodios que se quedan truncos y que agradecerá los resúmenes de la trama que reaparecen recurrentemente para que no se pierda. Cinco esquinas carece incluso del mínimo gesto autorreferencial de justificarse a sí misma como melodrama: sencillamente lo es, sin consciencia autocrítica.


Los principios del Dr. Vargas

Más que exhibir las deficiencias de las dos últimas novelas de un autor octogenario, lo que intento es explicarme una contradicción desconcertante que surgió tras la lectura de La civilización del espectáculo. Este libro consiste en una serie de reflexiones que tratan de argumentar que vivimos en un mundo sin cultura y que habitamos la época de la “poscultura” (p. 20). La poscultura, siguiendo al autor, se caracteriza principalmente por una carencia de parámetros que nos ayuden a establecer qué es lo civilizado y qué lo primitivo, qué es superior e inferior, qué vale la pena y qué no. Imposible saber. La poscultura, en su lento proceso homogeneizador, ha dado al traste con estas jerarquías y nos ha instalado en el infierno de la incertidumbre y la relatividad.

La civilización del espectáculo inaugura un género literario en la bibliografía de Vargas Llosa: el libro de opinión. No es una recopilación de sus colaboraciones en El país ni un ensayo en el sentido estricto, aunque colinde con él; se trata más bien de una columna de opinión hipertrofiada: 226 páginas. Al inicio se nos asegura que se discutirá con T. S. Eliot, George Steiner, Guy Debord, Gilles Lipovetsky y otros, pero pronto nos embarcamos en un monólogo –o más bien un sermón– donde una autoridad, por el solo hecho de serlo, se explaya en una exposición autocomplaciente de lo que considera correcto, incorrecto, oportuno o desechable. Es decir, se trata de las tentativas de un nuevo agrimensor obsesionado por restablecer los parámetros y jerarquías de antaño, necesarias “si no queremos progresar sin rumbo, a ciegas, como autómatas, hacia nuestra propia desintegración” (p. 73). Solo ellas podrán dejar claro, una vez más, qué es la verdadera alta cultura y en qué se diferencia de sus burdas imposturas: la contracultura, la cultura popular, la incultura, el entretenimiento y la propaganda. Aterrado del “hombre masa” casi cien años después de Ortega y Gasset, y con una visión “apocalíptica” cincuenta años después del libro de Eco, La civilización del espectáculo podría haber sido un título revelador en el mundo antes de Auschwitz.

Pero, más allá de sus ideas, la lectura en paralelo con sus novelas revela un misterio digno de un autor como Stevenson. Y es que Vargas Llosa asegura que

[l]a diferencia esencial entre aquella cultura del pasado y el entretenimiento de hoy es que los productos de aquella pretendían trascender el tiempo presente, durar, seguir vivos en las generaciones futuras, en tanto que los productos de éste son fabricados para ser consumidos al instante y desaparecer, como los bizcochos o el popcorn. Tolstoi, Thomas Mann, todavía Joyce y Faulkner escribían libros que pretendían derrotar a la muerte, sobrevivir a sus autores, seguir atrayendo y fascinando lectores en los tiempos futuros. Las telenovelas brasileñas y las películas de Bollywood, como los conciertos de Shakira, no pretenden durar más que el tiempo de su presentación, y desaparecer para dejar el espacio a otros productos igualmente exitosos y efímeros. (p. 31)

Siendo esto así, y concediéndole a Vargas Llosa que efectivamente vivimos en un periodo decadente e incapaz de mirar más allá de su propia mediocridad, ¿por qué entonces escribir y publicar novelas como El héroe discreto y Cinco esquinas? ¿Por qué escribir libros que están lejos de Tolstoi pero cerca de las telenovelas brasileñas?


Vargas Llosa vs Vargas Llosa

La primera respuesta sería pensar que el autor, incapaz de ver críticamente su propia obra, considera que sus últimas novelas son tan ambiciosas como las de Joyce, Faulkner, o como algunas de su juventud. Pero esta hipótesis es demasiado sencilla, y aunque fuera verdadera es poco proclive a la especulación y al debate. Prefiero hacer un ejercicio de interpretación y tratar de conciliar en una síntesis sus evidentes contradicciones.

Cualquier conclusión posible debe rondar el concepto de “progreso” al que aspiran los personajes de las novelas del Sr. Vargas. En El héroe discreto los acontecimientos se precipitan porque delincuentes anónimos quieren extorsionar a Felícito Yanaqué, uno de los protagonistas. Va con la policía para escuchar que “[é]stas son las consecuencias del progreso”: “Cuando Piura era una ciudad pobre, estas cosas no pasaban”, le dice el oficial, “[a]hora, como hay plata, los vivos sacan las uñas y quieren hacer su agosto.” “[P]areciera una desgracia que ahora a Piura le vaya bien las cosas”, contesta Felícito, para escuchar: “No he dicho eso… Solo que todo tiene su precio en esta vida. Y el del progreso es éste” (p. 15-16). En otro momento, hacia las páginas finales, vemos que el emblema del progreso que ha alcanzado Piura son las elegantes instalaciones del Centro Comercial Open Plaza:

–Es mucho mejor de lo que yo esperaba –exclamó doña Lucrecia–. Saga Falabella, Tottus, Pasarella, Deja Vu, etcétera. Vaya, vaya, ni más ni menos que los mejores Shoppings de la capital.

–¡Y seis cines! Todos con aire acondicionado –aplaudió Fonchito–. No puedes quejarte papá. (p. 333-334)

¿Será entonces que, cuando vivimos en una sociedad en que el progreso está representado por un supermercado, solo es posible escribir algo que aspire a ser vendible dentro de sus instalaciones? Aunque el Dr. Vargas ataque fieramente la masificación y la devaluación de la cultura, sus argumentos terminan también por padecer del mismo fenómeno mercantil. El libro de opinión es el ensayo para las masas, de ahí su ligereza filosófica, su anemia conceptual, su pereza teórica. La esquizofrenia entre las novelas del Sr. Vargas y las reflexiones del Dr. Llosa se explica entonces así: no importa en qué creamos, no importa cuáles son nuestros valores o principios, al final, dentro de la civilización del espectáculo, todo libro es absorbido por un sistema en el que no hay espacio para la disidencia y termina aspirando a proyectarse en una sala de cine climatizada. Todo tiene un precio, y el costo del progreso neoliberal es este.

Artículos relacionados