El feminismo no es un fraude

El feminismo es un mosaico heterógeneo, construido a lo largo de una historia de crítica y disenso, en la cual la única constante ha sido la irrenunciable dimensión política del movimiento.

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No es un grupo de autoayuda que sesiona los martes para que las víctimas de los hombres expresen su rabia y su tristeza entre el café, las galletas y las miradas de lástima. No es una red criminal de mujeres estafadoras que roban trabajos a cambio de escotes ni chantajistas que consiguen mejores salarios a cambio de revolcones. El feminismo no es un baby shower, no es el 10 de mayo, ni una conserva que caducó en el siglo xx. El feminismo no es un fraude.

Las mujeres que no son feministas no son traidoras de su sexo ni disidentes de una hermandad que quiere consolarlas. Este ensayo no es una provocación contra ellas, tampoco es una reacción visceral. Es una respuesta a sus inquietudes, precisamente porque algunas, en sus desacuerdos, hacen del feminismo una caricatura, un disparate de la modernidad o una anciana que delira y grita necedades desde el asilo.


1. El feminismo no es un pasatiempo de mujeres de clase media

Cada vez que una autora pretende hacer pasar los problemas de un grupo particular como la experiencia de todas las mujeres, enseguida hay otras que le responden. Es lo que sucedió, por ejemplo, con la polémica alrededor de la obra de Betty Friedan. En The Feminine Mystique, Friedan describió la condición de las mujeres estadunidenses de clase media quienes, entre las décadas de 1950 y 1960, vivieron esas supuestas “vidas perfectas” en casas con techos de dos aguas y jardines recién podados, cercados por vallas pintadas de blanco. Esas mujeres, del sueño de convertirse en madres, esposas y amas de casa, despertaban a la monotonía, al desperdicio de lo que habían aprendido en la universidad, a la frustración de haber sacrificado su profesión por los hijos y al reproche de haber interrumpido sus estudios para contraer matrimonio. Para Friedan, el trabajo era el remedio a esa frustración, por eso narra la epifanía de una mujer que se atrevió a ser pintora, además de madre, esposa y ama de casa.[1]

The Feminine Mystique puso así sobre la mesa muchos temas que todavía hoy se discuten. Esta obra, sin embargo, adoleció de una enorme carencia: no tomó en cuenta la experiencia de las mujeres afroamericanas, que, a diferencia de las mujeres blancas de clase media, sí contaban con un trabajo en la economía formal. Contra Friedan, la autora y activista afroamericana bell hooks escribió que era el trabajo que desempeñaban, y no las tareas de hogar, lo que a las mujeres afroamericanas les parecía tedioso, pues muchas de ellas tenían empleos mal pagados y sin posibilidades de ascenso, parecidos más a un callejón sin salida que a una escalera de satisfacción profesional.[2] Muchas de ellas preferirían quedarse en casa pero, dados los salarios miserables de sus esposos, esa no era una opción al alcance de la mano.


2. El feminismo no se reduce a la afirmación de una “psicología femenina”

A finales de los años setenta, la socióloga y psicoanalista estadunidense Nancy Chodorow publicó The Reproduction of Mothering, una revisión del particular tipo de complejo de Edipo con el que lidian las mujeres en su infancia. Su propuesta era que la identidad de género, la heterosexualidad, y el anhelo de ser madres no eran solamente el producto de las instituciones, sino también el resultado de experiencias inconscientes formadas desde la infancia. La exploración psicoanalítica de Chodorow concluía que las mujeres solían ser más empáticas que los hombres, no por instinto, sino porque ese y otros rasgos de la personalidad femenina surgían de la convivencia tan cercana que las niñas —pero no los niños— tenían con sus madres.

De inmediato, otras feministas respondieron. ¿Cómo explicaba Chodorow las motivaciones psíquicas de las mujeres que no respondían a estos esquemas de intimidad y afectividad? ¿Cómo explicaba, por ejemplo, a las mujeres que no querían tener hijos? ¿Qué decir de las mujeres que sí deseaban tener hijos, pero que habían sido huérfanas o criadas por alguien distinto de sus madres? En palabras de Pauline Bart: “¿[Entonces] las mujeres que no quieren ser madres […] nacieron directamente de la cabeza de sus padres, como Atenea?”[3] Peor aún, ¿por qué Chodorow supuso que solo existían “los hombres” y “las mujeres”, en vez de reconocer las diferentes identidades, cuerpos y sexualidades? The Reproduction of Mothering fue acusado de confirmar el mito de la maternidad, en específico, la relación cercana entre madres e hijas. Las críticas denunciaron que no había una sola manera de ser madre ni una sola versión de la relación entre madres e hijas, sino varias y, sobre todo, que no existía una identidad feminina, sino muchas maneras de ser mujer. Todo esto para decir que el feminismo suele purgarse con la crítica y que no le pertenece a una clase o identidad social particular.


3. El feminismo no es un elogio de la maternidad

El feminismo, de manera similar, tampoco es un elogio de la maternidad. Por el contrario, esta ha sido entendida de diferentes maneras, y lo mismo defendida que criticada, dependiendo del feminismo específico que lidia con el tema. Para el feminismo anglosajón del siglo XIX, ser madre era la base para argumentar en favor de la educación de las mujeres. En ese momento, la vindicación de la maternidad era la única manera de articular ese derecho: las mujeres educadas serían mejores ejemplos para los niños varones, los futuros ciudadanos.[4] Al mismo tiempo, una corriente del feminismo afroamericano defendería el derecho de las mujeres de ese grupo a ser madres, pues la sociedad en la que vivían las imaginaba como mujeres lujuriosas y sexualmente disponibles, o bien, exclusivamente como las niñeras de los hijos de las mujeres blancas.[5] Más tarde, el feminismo exigiría guarderías, permisos con motivos de maternidad y apoyos económicos para las madres, en especial para las solteras.

Contra todas estas posturas y corrientes, a finales del siglo XX la activista estadunidense Ann Snitow cuestionó la medicalización del cuerpo de las mujeres implícita en el ejercicio de la maternidad. Después de haberse sometido ella misma a un tratamiento de fertilidad, Snitow hizo esta valiosa observación: “Las anécdotas acerca de las razones que tiene cada una para ser madre son útiles porque registran la diversidad, pero su compendio suele convertirse en un pluralismo sinsentido, ya que se presentan como ‘decisiones o estilos de vida’, y no como [reflexiones] políticas”.[6] Así, la maternidad conlleva diferentes ventajas y desventajas políticas y provoca distintas interpretaciones que dependen del ingreso, la raza, la religión, la nacionalidad, el estado civil, la sexualidad, la edad e, incluso, la generación a la que se pertenece. En vez de enviar invitaciones para el próximo baby shower, el feminismo analiza la maternidad en función de estas identidades, pues cada una cambia el significado y la circunstancia de tener hijos.


4. El feminismo no se identifica con una causa política particular, como la oposición a la pornografía

En la década de 1980 hubo una campaña feminista, muy combativa y excepcionalmente exitosa, contra la pornografía. De acuerdo con Andrea Dworkin, una de sus portavoces, lo que vemos en las imágenes pornográficas son “mujeres convertidas en subpersonas… en vaginas y partes del cuerpo, en genitales expuestos, en glúteos, senos, bocas abiertas y gargantas penetradas, cubiertas de semen, orinadas, defecadas”.[7] Junto a Catharine MacKinnon y en la línea de Kate Millett, Dworkin afirmó que el sexo es otra relación social donde el poder se distribuye de manera inequitativa —peor aún, que la desigualdad, la subordinación y la condición inferior de la mujer es de hecho lo que excita a los hombres.

En esta ocasión, una vez más, otros autores, desde otro feminismo, discutieron la postura feminista del movimiento antipornografía y se movilizaron en su contra. La autora individualista libertaria Wendy McElroy, por ejemplo, hizo una investigación de la industria porno que desmintió muchos de los prejuicios de Dworkin y sus partidarios. La académica Linda Williams, por su parte, escribió una historia de la pornografía cinematográfica del siglo xx que, en gran medida, inauguró los estudios feministas sobre el tema. Ahora hay mujeres que producen porno.

Los ejemplos anteriores no son excepciones: el feminismo es disenso. Son pocas las veces en que los grupos feministas se han puesto de acuerdo. Las alianzas entre ellos siempre han respondido a coyunturas y han sido, por lo tanto, temporales. Lo más frecuente en los ámbitos feministas es la discusión y la crítica. Así ocurre porque el feminismo no es una fraternidad a la que uno ingresa por ser mujer, sino un movimiento hecho de varias corrientes teóricas, de organizaciones que tienen diferentes objetivos (muchas veces contradictorios).


5. El feminismo no es una celebración de la mujer

Otra inquietud en boga asegura que el feminismo es una celebración de la mujer. Es verdad que una que otra escuela feminista valora las supuestas virtudes femeninas, entre ellas, la capacidad para cuidar de otros. También es cierto que otros feminismos no tienen esa bandera. Sobre todo, más que amar o detestar la condición de mujer, lo importante para el feminismo es lo político, esto es, identificar y denunciar las situaciones en las que se imponen arbitrariedades a las personas que son mujeres solo por ser mujeres.

¿Pero a qué se debe que algunos sectores de mujeres y hombres identifiquen al feminismo con la celebración de la Madre y la Mujer? Tal vez se debe al nuevo mercado de conferencias de motivación para las mujeres, esas que tienen títulos como Madre y empresaria, Soy esposa y amante o La bendición de ser mujer, que poco tienen que ver con el feminismo. También es posible que sea más popular una versión trivializada de esa parte del movimiento que exalta las virtudes de las mujeres. Puede ser que otros grupos no sean tan atractivos porque son más transgresores o porque, tal vez, no han tenido suficiente difusión. Por cierto, cada vez que se dice que “las feministas odian a los hombres” corremos el riesgo de diluir la dimensión política del movimiento. Esa frase despoja al feminismo de su crítica del poder para reducirlo a una pelea intrascendente provocada por la mezquindad de “esas mujeres que se dicen feministas”. Tener una causa política termina siendo visto como un defecto de carácter.


6. El feminismo no es una evidencia de que “las mujeres son débiles porque tienen que organizarse”

Se argumenta que las mujeres no deben formar agrupaciones porque hacerlo indica que siguen siendo débiles. Esta crítica parte de varios malentendidos. Primero, hay que decir que las organizaciones surgen cuando un grupo identifica una diferencia económica, política, social o jurídica que le parece injusta. Segundo, los miembros de estas agrupaciones no son víctimas: por el contrario, están integradas por quienes no quieren padecer una injusticia y deciden llevar a cabo diferentes estrategias para evitarlo, de modo que las quejas privadas se conviertan en posicionamientos públicos. En ello, hay un papel activo, y no uno pasivo o victimista. Por último, si fuera cierto que las agrupaciones no son más que reuniones de personas que no hacen más que lamentarse, entonces la política y la sociedad civil no tendrían sentido. Está claro que, en todo lo anterior, las organizaciones feministas no son diferentes de las otras.


7. El feminismo no es un grupo de autoayuda

Por lo anterior, el feminismo tampoco es un espacio de catarsis emocional, una sobremesa de mujeres que se compadecen entre ellas. Su slogan “lo personal es lo político” quiere desenmascarar los aspectos de lo privado que son consecuencia de relaciones de poder. Las experiencias, los recuerdos y la introspección son útiles cuando revelan una manifestación de la desigualdad entre hombres y mujeres. Lo que permanece como lamento, lo que no se interpreta en el marco de una relación de poder no es (todavía) feminista.[8] El feminismo no es entonces tampoco un anaquel de libros de motivación personal. Al respecto, vale la pena recuperar uno de los objetivos de fem, la revista feminista y mexicana que se publicó durante 29 años: “[apoyarse] en datos verificados y racionales y en argumentos que no sean solo emotivos”. El feminismo no es despecho, es una causa política que tiene más de 200 años.


¿“Solamente humanos”?

Este croquis rápido e incompleto del gran mapa del feminismo no es una apología desvergonzada: en su historia ha habido errores, malentendidos, limitaciones, exabruptos de intolerancia, alianzas comprometedoras, cursilerías, agresiones, concesiones poco exitosas, excesos y deficiencias. Sin embargo, los defraudados de todo pretenden extender la ignorancia de un autor, los fracasos de una marcha o las versiones edulcoradas, a todas las teorías, organizaciones y manifestaciones feministas. La parte no es el todo: el error de una escuela no desacredita a todo el feminismo.

Por último, debo decir que me inquieta escuchar a quienes se desentienden del movimiento porque, en el fondo, “todos somos seres humanos”. Quienes esto aducen pretenden ignorar que en las interacciones sociales una persona siempre está anclada en situaciones concretas: es mujer, transexual, gay, pobre, tarahumara, católica, intersexual, hombre, más o menos “moreno”, judía, mexicana, clasemediera, oaxaqueña, güera, atea… De modo que necesitamos denunciar que no somos “solamente humanos” para ir ganando igualdad, es decir, un piso más parejo para cada una de las identidades, y sus intersecciones, que al día de hoy siguen siendo marginadas, incluida la de mujer.[9]


Notas

[1] Betty Friedan, The Feminine Mystique (Nueva York: W.W. Norton and Company, 2013), 409.

[2] Ann Snitow, “Feminism and Motherhood: An American Reading”, Feminist Review 40 (1992), 35.

[3] Pauline Bart, Off Our Backs 11 (1981), 19.

[4] Estele B. Freedman, No Turning Back. The History of Feminism and the Future of Women, edición electrónica (Nueva York: Ballantine Books, 2002), posición 1014.

[5] Brittney Cooper, “A’n’t I a Lady? Race Women, Michelle Obama, and the Ever-Expanding Democratic Imagination”, MELUS 35 (2010), 39-57.

[6] Snitow, “Feminism and Motherhood: An American Reading”, 38.

[7] Andrea Dworkin, “Against the Male Flood”, en Drucilla Cornell (ed.),Feminism & Pornography (Nueva York: Oxford Univeristy Press, 2000), 26.

[8] Los piropos, esa forma del insulto que se disfraza de cumplido, han recibido mucha atención recientemente.

[9] Acerca de la igualdad de oportunidades se ha escrito, por ejemplo, que el criterio para conseguir un trabajo o una beca debería ser la capacidad, y no el género. No ignoro que hay mujeres que coquetean con sus jefes y se vuelven sus amantes. Sugiero que lo pensemos de otra manera: si las mujeres tuvieran las mismas oportunidades profesionales que los hombres, dejarían de encontrarse con sus superiores en un hotel para conseguir un aumento: lo harían por satisfacción sexual, no laboral.

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