El fin del ciudadano universal

El 2016 ha roto la idea del ciudadano cosmopolita. Hoy, en todo el globo, se está levantando regímenes de exclusión: los derechos ciudadanos, exigen, son de los hombres blancos.

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Lo que nos enseñan los resultados de las últimas elecciones en los países desarrollados, desde el Brexit hasta los avances de los conservadores nacionalistas en Alemania hasta el aterrador triunfo de Trump en Estados Unidos, es que el sujeto político central de los regímenes democráticos modernos, el ciudadano universal, ya no existe más.

Los ideólogos de la democracia en el siglo XVIII definieron a este sujeto en términos principalmente negativos: no debía ser identificado ni por su origen, ni por su religión, ni por su estamento, ni por su pertenencia a pequeñas comunidades, ni por su cultura, ni por sus afectos. En cambio, debía responder únicamente a valores universales: la racionalidad, la individualidad, la modernidad, la responsabilidad cívica. Esta definición reduccionista debía realizar la operación mágica de disolver las diferencias, de estamento, de cultura, de idioma, para imponer el ideal universal de la ciudadanía. Esta transformación milagrosa se presentaba como una renuncia voluntaria: para ser ciudadano debías dejar atrás tu patria chica, tu cultura particular, tu estamento social, tu “dialecto”, tus creencias religiosas, tus prejuicios; comportarte como un hombre moderno, racional y educado; votar de acuerdo a tus convicciones, no a tus pasiones; pensar en términos de tu deber abstracto hacia la patria, no de tus compromisos particulares con tu familia, tu barrio, tu comunidad; pensar en el futuro, no en el pasado. Esa comunidad de hombres libres y despojados de todos sus atributos particulares prometía, a cambio, una cadena de derechos universales: la libertad, la representación paritaria, la igualdad (si no de resultados, al menos de posibilidades), la justicia y la certidumbre del progreso.

El ideal resultó tan atractivo que sociedades y naciones en todos los continentes se adhirieron a él. Pero más allá de su gloriosa promesa universalista ocultaba e imponía nuevas maneras de diferenciar y separar a los seres humanos. Para empezar su universalidad misma era en realidad particular y parcial. El ideal comenzó siendo exclusivamente masculino, para empezar, por eso se hablaba de los ciudadanos y no de las ciudadanas; ellas lograrían existir mucho tiempo después y solo tras grandes luchas. También era culturalmente europeo y racialmente blanco, pues fue inventado por varones de ese origen que daban por sentado que ellos y nadie más eran los únicos y legítimos dueños de la razón y de la modernidad, no los chinos, ni los indígenas, ni los negros; sin embargo, cuando los esclavos de la colonia francesa de Haití se rebelaron en 1791 para demandar sus derechos ciudadanos, apenas dos años después de la revolución francesa, la idea de universalidad trascendió la frontera racial, para horror de sus creadores. El ideal era, asimismo, de clase alta y educada: la refinación de la individualidad, de la racionalidad, de la modernidad era una forma de privilegio ejercido por los varones blancos, y se le regateaba o negaba de plano a los otros hombres de extracción más humilde, a los obreros, a los campesinos, por no hablar de los esclavos y los peones; solo al cabo de grandes batallas se generalizó el sufragio universal.

La expansión del ideal universal de la ciudadanía a través de barreras de raza, género y clase, fue su gran éxito histórico a lo largo de los siglos XIX y XX y permitió que sus defensores proclamaran su validez universal, no sin razón. Sin embargo, esta flexibilidad ocultaba la rigidez de su núcleo esencial, el particularismo masculino, europeo, blanco y privilegiado. Para incorporarse a este modelo, cada uno de los diferentes grupos tuvo que pagar el alto precio de una renuncia: los haitianos no tuvieron más remedio que blanquearse culturalmente; los indígenas mexicanos fueron obligados a dejar de hablar sus idiomas para convertirse en ciudadanos hispanoparlantes; los obreros no tuvieron otra que aceptar las reglas del juego de las élites; las mujeres debieron demostrar que podían ser “tan” racionales como los varones. Muchos creyeron que la renuncia valía la pena pues la ciudadanía universal les ofrecía mucho más de lo que les quitaba.

En las últimas décadas, sin embargo, se ha hecho más y más evidente la tensión entre este ideal universal y las particularidades que soterra. Muchos grupos que difieren al ideal particularista, siguen excluidos de facto del ejercicio pleno de la ciudadanía, en Estados Unidos, por ejemplo, los negros no dejan de luchar por el pleno reconocimiento de sus derechos; en México, los indígenas todavía no consiguen que se les considera ciudadanos plenos sin tener que renunciar a su lengua o a su cultura; las mujeres cuestionan cada vez más los papeles de género que se les impusieron para convertirse en ciudadanas; las “minorias” sexuales no se reconocen en este modelo patriarcal. Todos a su manera, y todos al mismo tiempo, han seguido jalando la cuerda de la universalidad para acomodarse dentro de ella, o para abrirle puentes de comunicación con su particularidad. El multiculturalismo que se impuso en ciertos países, pero nunca realmente en México, fue en última instancia una variante más policromática del mismo ideal.

En nuestro horrible siglo XXI, sin embargo, la idea del ciudadano universal ha explotado desde su mismo centro histórico: los hombres blancos que se aferran a sus privilegios, reales o imaginarios. Los votantes del Brexit, del AfD y de Trump reclaman como exclusivamente suyo lo que los demás creíamos que ya nos pertenecía a todos. Su apuesta es quitarle lo universal a la ciudadanía para imponer una nueva definición descaradamente particularista, basada en su propia raza, su propio género y su propia superioridad. Esta premisa es igual pero inversa a la que imperó centurias anteriores: el letrero en la puerta de la ciudadanía decía antes: “para ser ciudadano tienes que parecerte a mí”, ahora dirá: “como no te pareces a mí, no te dejaré ser ciudadano”. Literal y metafóricamente, Trump y los suyos quieren construir un muro, tras el cual excluirán a todos aquellos que no sean como ellos. Hemos pasado de las políticas del universalismo y de la inclusión condicionada a las políticas de la exclusión incondicional, de la sociedad de la ciudadanía igualitaria a la “sociedad de la enemistad”, como ha propuesto recientemente Achille Mbembe (Mbembé, Achille, Politiques de l´inimitié, París, Éditions la Découverte, 2016). Y como señala él mismo, tal vez siempre fue así, en el corazón del universalismo ilustrado siempre se agazapó este particularismo feroz y racista que ahora ya no pretende disimularse más. Tal vez todos los seres humanos que no son, que no somos, varones, blancos, privilegiados y heterosexualess, siempre tuvimos prestada nuestra ciudadanía y ahora ha llegado el momento de que sus verdaderos y únicos dueños nos la decomisen.

En todo caso, queda claro que lo que entendíamos por política hasta hace unos años ya no opera más.

(Foto: Adrian Hu.)

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