El futuro de Europa: una conversación entre Slavoj Žižek y Yanis Varoufakis

Un filósofo y un político reflexionan sobre la situación de Europa, la democracia y la izquierda.

| Internacional

Yanis Varoufakis levanta la mano. El aplauso del público se convierte, en ese instante, en un grito. Estoy en un evento político diseñado para atraer a la clase media de izquierda de Londres –los boletos más baratos costaban 10 libras esterlinas– que parece un concierto de pop. A unos pasos de Varoufakis camina Slavoj Žižek. El paso de uno contrasta con el del otro. El griego porta en cada movimiento la seguridad de saberse pleno en el estrellato; el esloveno destila ironía. Ambos son, a pesar de esas diferencias, comunicadores: hombres que saben dar un espectáculo. Dos hombres blancos, afluentes, de los márgenes de Europa, que se disponen a hablar sobre la muerte de esta y su posible renacimiento.

Yanis Varoufakis fue ministro de finanzas del primer gobierno de Syriza, en Grecia. La coalición de izquierdas llegó al poder con la promesa de terminar con los paquetes de austeridad que habían sumido, de acuerdo a su diagnóstico, a Grecia en una espiral de desempleo, nulo crecimiento y creciente desigualdad. Aunque estuvo en el puesto solamente seis meses, de enero a julio de 2015, pronto pasó de ser un desconocido profesor de economía a una de las voces más notorias en la crítica contra las políticas de austeridad en Europa y el mundo.

El drama se desenvolvió pronto. El gobierno encabezado por Alexis Tsipras entró a un duro juego de negociaciones. Varoufakis no cedía. Siendo la voz más activa del gobierno griego, desafiaba una y otra vez las propuestas del Eurogrupo: no a más austeridad, no a más privatizaciones. Los ministros de finanzas, encabezados por el alemán Wolfgang Schäuble, no hacían mucho por esconder su molestia hacia Varoufakis. Mientras las negociaciones se extendían, el gobierno griego perdía poder de maniobra. El sur europeo, geográfico y simbólico, siendo acorralado por un norte intransigente. La última salida fue celebrar un referéndum: sí o no al paquete de austeridad solicitado por la Troika. Por escasa mayoría, ganó el sí. Varoufakis votó en contra. Su crítica no se detuvo. En julio dejó su puesto ministerial y en septiembre salió del Parlamento Heleno.

Žižek probablemente necesita menos presentación. Es un reconocido académico esloveno que trabaja las intersecciones entre Hegel, Marx y el psicoanálisis lacaniano. Siempre dispuesto a ofrecer opiniones controversiales sobre temas de actualidad, al margen de sus libros que discuten el rol de la ideología, el discurso liberal y las características psicológicas y sociales del sistema capitalista contemporáneo. Enemigo de la corrección política. Una colección de tics nerviosos. Un hombre que sabe hacer de sus peculiares formas comunicativas una parte de un performance bien articulado, que genera interés más allá de los acuerdos o desacuerdos de la audiencia.

No sorprende el lleno total del foro, el Royal Festival Hall. No sorprende el precio que se cobra. Hay una relevancia innegable en mirar a estos dos hombres, sentados en el mismo foro, mientras en Inglaterra se debate el futuro de su cada vez más pequeño estado de bienestar, de la desigualdad, la exclusión, la riqueza desmedida y la salida de la Unión Europa (alimentada esta por un creciente discurso xenófobo). Hay una avidez de respuestas a preguntas imprescindibles: ¿a dónde vamos?, ¿a dónde queremos ir?, ¿cómo podemos llegar ahí?

La conferencia lleva de título “Europa ha muerto; larga vida a Europa”. En ella, durante las próximas dos horas y media, Žižek y Varoufakis hablarán sobre la tarea de reconstruir Europa; sobre el entonces reciente atentado en el Bataclán de París, y sobre la respuesta que la izquierda puede tener, aquí y ahora, frente a esa multiplicidad de crisis. A continuación, desarrollaré una reseña que, contrario al caos de la discusión, separará los temas tratados por Žižek y Varoufakis, buscando responder una pregunta: ¿cómo pueden nuevas izquierdas dar muerte a esta Europa para, al fin, poder crear una Europa renovada?


2340906835_9b6025161a_b (2)

París, Europa y la tragedia

El horror parisino no es sino una muestra de lo que en otros lugares es la normalidad, comienza Žižek. En Turquía, Líbano, Siria, Libia, Egipto, Jordania, Nigeria y muchos otros territorios, el terrorismo ligado al Islam es una amenaza que se cumple diariamente. Europa, a pesar de ser instrumental en su creación, permanecía alejada de esa violencia cotidiana. Lo que se rasgó con los ataques en las calles de la capital francesa, dice, fue la cúpula europea, que permitía confundir su situación excepcional con el estado común de las cosas.

Pienso en Walter Benjamin: el estado de excepción, para el oprimido y su historia, no es una excepción sino la regla (Estética y política 2009). El privilegio de Europa es el de quienes se encuentran en la cúspide de un sistema colonial de dominación. Sin embargo, ese privilegio no se reparte de forma idéntica. Dentro de Europa hay divisiones profundas, atravesadas por la clase, la raza y el género. Hay divisiones que determinan qué es la normalidad y cómo se sostiene. Ésta ilusión rota, agregaría yo, siempre ha sido para algunos, aun dentro las fronteras de la Unión Europea.

Lo que llama la atención de las respuestas políticas y sociales a los ataques es que no hay respuesta articulada de una izquierda con mentalidad europea. Es más: este tipo de izquierda ni siquiera existe. La última, dice Žižek, fue la que representó el Syriza de Varoufakis. Enfrentándose públicamente al consenso de la austeridad y las privatizaciones, el breve momento en el que Syriza fue un partido consecuente con su plataforma política fue el último respiro de una plataforma europea popular. Volveré más adelante a este punto, cuando analice las críticas y propuestas de ambos panelistas para un nuevo proyecto europeo.

Varoufakis siempre será más concreto. Frente al caos creativo de Žižek, Varoufakis presenta un pensamiento ordenado, articulado, con objetivos claros. En este tema, está de acuerdo con Žižek. La cúpula se rompe y no hay respuestas de izquierda al reto del radicalismo islámico y del ascenso de una voluntad fascista. La crítica, además, se concentra muchas veces en el cinismo europeo: valen más las vidas parisinas que las libanesas o las sirias. Varoufakis cree que se debe ir más lejos. La izquierda no sólo debe señalar el cinismo, sino que debe demandar que se pongan en el centro el valor concreto de todas las vidas humanas.

Žižek se suma. Es verdad lo que dice Varoufakis. Es lamentable que sea verdad, porque Žižek quería una discusión violenta. Sin embargo, no es posible estar en desacuerdo en ese momento. Lo que está en juego no es la supremacía de una u otra lucha. No es momento de señalar el cinismo sólo para decir que es más importante lo que ocurre en Medio Oriente. La unidad de la lucha, en la diversidad de las condiciones que ocurre, es la postura que Žižek promueve. Una que no ve más valor en la vida de los que huyen de la zona de guerra por el mero hecho de su sufrimiento; una que no cree superiores las vidas europeas por existir en un espacio de supuesta democracia.

A lo mucho, dice Žižek, las respuestas se centran en un humanismo profundamente equivocado. La cuestión de los refugiados no se trata de aceptarlos y recibirlos porque han sufrido mucho. El sufrimiento es el fundamento para una política fallida. No es una cuestión de ser empáticos con el dolor, de ser amorosos o caritativos. Se trata de aceptar que occidente, en cierto sentido, es responsable del surgimiento de ISIS, de la crisis de los refugiados y de su incesante reproducción. Si Europa creó la crisis, es ella quien debe estar empeñada en resolverla –una solución que debe contemplar, por supuesto, la entrada de refugiados por sus fronteras.

La responsabilidad europea surge no sólo de las políticas exteriores belicosas de algunos de sus miembros. También se deben a lo que algunos llaman, dice Žižek, el déficit democrático de la Unión. No profundiza demasiado, pero se refiere a la poca representatividad del sistema europeo, a lo opaco de su toma de decisiones, al fracaso de las políticas de integración y asimilación de las minorías musulmanas y a la creciente limitación de las libertades individuales en un contexto de profunda desigualdad. El punto es que este déficit democrático no es un problema que la Unión enfrenta, sino una condición necesaria de su estructura actual. Si Europa es artífice de la crisis global de violencia, desigualdad y migración forzada no es a pesar de sus mejores intenciones, sino gracias a ellas.

Esta visión unitaria va en contra de las respuestas que Europa ha dado en materia de migración y seguridad frente a la crisis de los refugiados. En la frontera entre México y Estados Unidos, en la franja de Gaza y, ahora, en el sur de Europa, los muros sólo sirven para crear más desigualdad. Varoufakis insiste en el peligro de esta respuesta ya que, buscando reconstruir una cúpula rota, Europa sólo reproduce las condiciones que han dado pie a las múltiples crisis que enfrenta. No renovándose, la Unión Europea acelera su propia muerte.


22183778691_3c4a4a918f_b (2)

La Unión Europea: presente y otros futuros

La admiración del esloveno por el griego es clara. Le dice que fueron su gobierno y su figura los últimos que encarnaron la esperanza de una Europa unida y con potencial de transformar las condiciones estructurales de la región. Las otras izquierdas se refugian en una solución nacionalista o regionalista, lo mismo que muchas derechas. El gran mérito de Syriza, argumenta, fue pararse en medio de la tormenta y afirmar que la única salida para Europa era permanecer unida, pero transformándose.

Mantener la Unión Europea (UE), pero cambiar por completo la actual estructura institucional y monetaria. Responder unidos como única salida frente al ascenso de las políticas autoritarias que cada vez cobran más fuerza en Europa: el nacionalismo de corte fascista que aparece en los regímenes demócrata-liberales, y su contraparte, el radicalismo islámico que existe no en las lejanas tierras sirias, sino en los vecindarios marginados de las capitales europeas. Estas respuestas se alimentan mutuamente y no hay discursos y prácticas políticas europeas que señalen ese hecho y hagan una crítica profunda del modelo económico, político y social de la integración.

Varoufakis conoce el tema. Su breve tránsito por los pasillos del poder le permitió ver de cerca, dice, la forma en la cual los supuestos representantes electos de los países miembros de la UE traicionan todos los mandatos a los que afirman estar sujetos. Una cámara en las sesiones del Eurogrupo, bromea, haría más por la democracia que el juego electoral. La UE, en su forma actual, va en contra de los europeos. Sin embargo, su ruptura haría las cosas peores: una vuelta a políticas nacionalistas, chauvinistas, de esencialismo, intolerancia y cada vez más marginación.

En lugar de ello, Varoufakis propone la democratización de la UE como una salida a sus múltiples crisis. Esta salida tiene tres aristas: transparencia, rediseñar las instituciones para crear un Estado de Bienestar pan-europeo y  una constitución popular. La transparencia se refiere a abrir la deliberación política a los europeos, haciendo efectivo el principio de representación y permitiendo a los ciudadanos saber qué sucede dentro de la UE y qué decisiones se están tomando. En esto, Varoufakis observa un potencial revolucionario. Tiene fe en el poder de la tecnología para fomentar la democracia participativa.

En lugar de continuar con las pugnas por presupuestos nacionales y controles políticos ejecutados a través de medidas de austeridad y pauperización de países enteros, Varoufakis propone como segunda medida luchar por una Europa socialdemócrata. Para ello, no es necesario transformar en su totalidad el diseño institucional actual. En todo caso, lo que se requiere es redefinir las funciones de las instituciones existentes. Así, por ejemplo, el Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera (MEEF) podría pasar de ser un instrumento de desestabilización a través de políticas económicas neoliberales, a una forma de transferir riqueza para detonar procesos de crecimiento equitativo en territorios europeos que se encuentren en crisis. La solución es consistente con el Varoufakis que fue Ministro de Finanzas. Sigue creyendo, a pesar de la experiencia, en que es posible construir una Europa unida, que trabaje para sus ciudadanos y no para sus élites industriales, políticas y financieras.

Finalmente, la constitución popular terminaría por transformar el panorama de la UE. En esta, se consultaría directamente a los europeos –musulmanes, católicos, cristianos, ateos– para preguntarles qué tipo de Unión quieren. Incluiría mecanismos para elección de representantes parlamentarios con poderes reales, que no sean, dice Varoufakis, estos anti-europeos que viven a través del presupuesto europeo. El comentario levanta aplausos, que son constantes intervenciones en la plática de los dos hombres en el escenario. La constitución popular afianzaría la estructura de la Unión Europea como una fuerza que trabaje para la emancipación. Es el sueño de Yanis Varoufakis: una Europa para los europeos y no para las corporaciones transnacionales. Una utopía en la que él decide creer.


ARS ELECTRONICA 2009 Ð HUMAN NATURE: Prix Forum: Digital Communities. ??? Foto: rubra

Un nuevo invitado: vigilancia, libertad y ciudadanía

A este panel de hombres blancos y educados se une un cuarto: Julian Assange. Comento con una amiga con la que fui a la plática que le falta diversidad al panel. Nos reímos. Estos dos latinos escuchando a cuatro hombres privilegiados hablar de cómo construir una Europa para todos. Es una contradicción común: resulta difícil escuchar la voz de los que están siendo aplastados por la desigualdad económica, política y social en foros que se dedican a criticar la situación y pensar cómo combatirla.

Hablando frente a un fondo negro, proyectado en una pantalla gigante detrás de los tres ponentes, Assange intenta cubrir todos los puntos discutidos hasta ese momento. Žižek se burla de su encierro; recuerda a la audiencia que debemos terminar la plática temprano para que Julian pudiera salir a caminar: el cáustico humor utilizado como una forma de recordarnos que Assange sigue encerrado y que esto ha sido, a los ojos de los expositores, por su actividad política.

El principal punto trabajado por Assange se refiere al diseño que existe detrás de las guerras que destruyen, otra vez, el Medio Oriente. Assad era un enemigo de Estados Unidos y sus aliados suníes, que fue desestabilizado de forma orquestada y bajo órdenes claras. La política exterior estadounidense, de esta forma, sigue derrocando gobiernos seculares. Los vacíos que éstos dejan están siendo ocupados por grupos radicales, a menudo armados por occidente. Otro ejemplo dado por Assange es Libia, la guerra de Hillary Clinton. Su llegada a la presidencia, dice, aseguraría que esta política exterior tendría continuidad.

Ante la volatilidad de la situación, Daesh –que es como Assange se refiere al Estado Islámico– tiene una estrategia concreta. Se trata de fomentar las tensiones raciales y religiosas en Europa a través de atentados terroristas. El objetivo del grupo es crear la situación propicia para que los musulmanes europeos, marginados por políticas fallidas de integración económica y social, se radicalicen. La respuesta belicosa de Francia y sus aliados es utilísima para Daesh: continúa reproduciendo el vacío ideológico que existe para las poblaciones musulmanas en Europa. La izquierda ha sido incapaz de crear un discurso que les incluya en la diferencia. El mercado o el radicalismo, dice Assange, son los únicos caminos presentes.

Žižek se rehúsa a asignar toda la responsabilidad a las potencias occidentales aunque, como ya mencioné, también rechaza negarla. Arabia Saudita, Turquía y los Emiratos Árabes Unidos son igualmente culpables en el nacimiento de ISIS. También lo son los propios musulmanes. Žižek alega de nuevo contra la corrección política. En una entrevista que dio en 2015, Žižek argumentaba que su problema con ella es que “no es sólo una forma de auto-disciplina que te permite superar el racismo. Es solamente racismo oprimido y controlado.” Este es el mismo punto que Žižek defiende en su libro En defensa de la intolerancia (2007). Frente al capitalismo que reduce lo multicultural al mercado, la intolerancia muestra el conflicto inherente al quehacer político y económico.

No se trata de prohibir cualquier crítica al Islam alegando que es islamofóbica. Es necesario criticarlos. Es necesario tomar las ideas del radicalismo religioso de forma seria. Asignar toda la responsabilidad a agentes externos anula esta posibilidad. Hay que reconocerles la capacidad de decidir por el terror. Este reconocimiento lleva consigo la necesidad de escuchar a quienes desde dentro del Islam critican el pensamiento conservador y reaccionario del wahabismo saudí y otras expresiones autoritarias y afines a la política del terror. El aliado natural de una izquierda anti-autoritaria y anti-capitalista europea son ellos. La verdadera respuesta anti-racista a la crisis es aliarse a esta crítica del Islam, sabiéndolos también responsables de la situación actual.

Varoufakis cambia de tema. En Wikileaks observa una muestra del poder de la tecnología. Ahora, concluye, ésta está en manos de los poderosos que la utilizan para ocultar lo que ocurre en el mundo. Un futuro más justo, para él, incluye utilizar las conexiones de forma subversiva y popular. Wikileaks ha hecho esto. Los ejemplos son el Acuerdo Transpacífico de Cooperación (TPP) y los instrumentos análogos para Europa y Asia. Son parte de una nueva arquitectura global que coloca al poder económico de las corporaciones definitivamente encima de las capacidades del Estado, reduciendo aún más el espacio de acción de la democracia. Assange y su equipo han sido los responsables de que podamos conocer esto. Ahí, Varoufakis ve una razón para el optimismo.

Žižek es la contraparte pesimista. No mira la posibilidad de un cambio total pronto. Dudo mucho que vea la posibilidad de cualquier cambio como algo inminente. El camino, sin embargo, no es hacer demandas abstractas y totales: el fin del sistema, el cambio absoluto de todo, la expulsión generalizada de toda injusticia y todo mal del mundo. Las demandas concretas son las que ponen nerviosos a los que detentan el poder. Demandas pequeñas que tengan la posibilidad de desencadenar grandes cambios. Wikileaks es un ejemplo de algo que tiende a ese ideal. Las grandes exigencias no causan temor alguno. Žižek cuenta una anécdota. En los últimos días de los regímenes comunistas, los gobiernos enviaban a los académicos disidentes a participar en conferencias anti-comunistas con todos los gastos cubiertos.

Estoy seguro de que la ironía de decir esto en un foro que tiene dentro de sus donantes a grandes bancos globales no se le escapa. Permanece el sabor agridulce de hablar de la izquierda en una sala al lado del Támesis, con boletos que se encuentran 20 veces arriba del dólar diario que representa la pobreza extrema global, con un panel conformado por hombres privilegiados. Este es un mundo de paradojas.

(Fotos: cortesía de Marc LozanoAndy Miah y Ars Electronica.)


Artículos relacionados