El gran criminal

¿Por qué la figura de Joaquín “El Chapo” Guzmán despierta una secreta admiración? Este texto explora este fenómeno mediático-político a la luz del pensamiento de Walter Benjamin y Jacques Derrida.

| Seguridad

A estas alturas ya casi todos saben que la revista Rolling Stone publicó el 11 de enero una entrevista de Sean Penn a Joaquín Guzmán Loera, alias “El Chapo”, junto con un video en que el jefe del Cartel de Sinaloa parece buscar una suerte de redención mediática o la gracia del público. El artículo, a decir verdad, es bastante tedioso y superficial, engorroso por el lugar que se da Penn como aventurero, y para colmo las preguntas al Chapo son poco interesantes. Sin embargo, me parece importante pensar por qué El Chapo concedió esta entrevista, que se suma a otros intentos suyos por dar a conocer públicamente su vida, incluyendo el deseo de verse convertido en personaje de una ficción al estilo Hollywood. No es mi propósito analizar aquí la entrevista de Penn, ni su ética o su función social, como ya lo ha hecho Antonio Martínez Velázquez, sino aventurar un análisis del fenómeno mediático Sean Penn-Kate del Castillo-El Chapo a partir de la figura del “gran criminal” que encontramos en el ensayo “Para una crítica de la violencia” de Walter Benjamin, y, antes, en Nietzsche.

El gran criminal es aquel que desafía el monopolio de la violencia del Estado y despierta, en el proceso, la admiración del pueblo. En la segunda disertación de La genealogía de la moral, Nietzsche se refiere al criminal como Verbrecher, que en alemán significa también romper [brechen], puesto que el criminal rompe con el pacto social que exige el sacrificio de la propia violencia a cambio de la seguridad que el Estado o la comunidad le proporcionan. Nietzsche dice que el criminal es, así, un deudor que se burla del prestamista.

Benjamin, por su parte, se refiere al gran criminal [Der grosse Verbrecher] cuando explica que el derecho tiene como interés principal monopolizar la violencia, es decir, sustraer la violencia del individuo particular. El propósito del derecho no es asegurar a los individuos sino defender al derecho mismo de una violencia que lo ponga en peligro, puesto que para Benjamin el derecho no tiene más origen que una violencia fundadora. El gran criminal sería, de este modo, el individuo que recobra la violencia, apropiada por el Estado, y se convierte por lo tanto en una amenaza para la soberanía:

Esta presunción –escribe Benjamin– encuentra su expresión más drástica en el ejemplo concreto del “gran” criminal que, por más repugnantes que hayan sido sus fines, suscita la secreta admiración del pueblo. No por sus actos, sino solo por la voluntad de violencia que estos representan. En este caso irrumpe, amenazadora, esa misma violencia que el derecho actual intenta sustraer del comportamiento del individuo en todos los ámbitos, y que todavía provoca una simpatía subyacente en la multitud en contra del derecho[1].

Quizás sea un tanto aventurado pero, a mi parecer, se puede hacer un análisis del Chapo como el gran criminal, es decir, como aquel que ha desafiado al Estado –y cuya violencia ha puesto en peligro no solo el Estado de derecho sino la soberanía estatal misma– y que, al hacerlo, despierta una (no siempre tan) secreta admiración de las multitudes.

Parecería que Penn intuye esto cuando escribe, exagerando: “Es paradójico, porque actualmente México tiene, en efecto, dos presidentes.” La paradoja residiría, claro, en que México no puede tener dos presidentes sino solo uno, temporal por seis años, pero también en que la soberanía, que según la concepción tradicional es indivisible, se encontraría, según Penn, dividida entre dos personas, Enrique Peña Nieto y El Chapo Guzmán. El Chapo mismo se esfuerza en presentarse como presidente: como aquel que preside una empresa trasnacional que está por encima de los gobiernos. Como bien lo apuntó ya Jorge F. Hernández, lo que huele mal aquí –además del pedo que Penn confiesa haberse tirado mientras se despedía del Chapo– es la afirmación de Guzmán de que durante los meses en que estuvo preso el negocio siguió igual, como si tanto dentro como fuera de la cárcel él continuara presidiendo una suerte de Estado paralelo, como han llamado algunos al crimen organizado.

Pero lo que más me interesa es esa admiración que el gran criminal sabe que despierta. Según explica Jacques Derrida en uno de sus últimos seminarios (Séminaire La peine de mort. Volume II [2000-2001]), el gran criminal –a pesar de ser, o justo por ser, una excepción soberana al disputar el monopolio de la violencia– es alabado secretamente por el pueblo aun cuando públicamente se aplauda el castigo. Existe una amplia admiración por aquel que desafía a duelo al Estado que se ha hecho del monopolio de la violencia.  Por otra parte, la soberanía, según Derrida, construye su propia ficción, o mejor dicho: la soberanía es, en su fundamento, ficcional. A propósito de esto, El Chapo construye una contra-ficción en la que él es el soberano. Guzmán parecería jugar conscientemente con la figura del gran criminal y, por lo mismo, se presenta a sí mismo como un mexicano común y corriente que, desprovisto de oportunidades, se ve forzado a enfrentar al Estado que no le aseguró las condiciones mínimas de bienestar. Paradójicamente, aquel que ha estado en guerra contra el Estado se presenta también como el hombre que vende más droga en el mundo y presume sus aviones, submarinos, camiones y barcos. Es decir, se representa como el creador de su propio Estado, que él preside. De un modo u otro, es innegable la fascinación que la figura del gran criminal despierta, y que da pie, entre otras cosas, a un desatado voyerismo (no nos cansamos de ver las imágenes de sus casas, sus túneles, su captura), y de ahí que El Chapo tenga ya un lugar preponderante en la cultura popular mexicana.

Desde luego no se trata de justificar la violencia y el despliegue de crueldad que el narco ejerce para aumentar su poder. No se debe comprar de manera acrítica la ficción del gran criminal, tal como hace Penn, ni reproducir la patética exhortación de Kate del Castillo al Chapo para que se convierta en buen samaritano. Pero, además de condenar la representación del Chapo como héroe –representación que olvida tanto los efectos desastrosos de las drogas como el problema político de fondo: la ya incomprensible negativa de los gobiernos a legalizar las drogas–, es importante hacer un análisis del fenómeno mediático-político. Quizás la filosofía pueda sumar una perspectiva más a ese análisis.


Nota

[1] Benjamin escribe “Para una crítica de la violencia” entre diciembre de 1920 y enero de 1921, en medio de la crisis de la República de Weimar y en un momento en que se siente muy atraído tanto por el anarquismo como por los escritos de Carl Schmitt. Sobre la vida de Benjamin y la genealogía de este y otros de sus textos, ver la extraordinaria biografía que en 2014 publicaron Eiland & Jennings, Walter Benjamin: A Critical Life. Este texto de Benjamin es quizás uno de los ensayos que más se han discutido en la teoría crítica y la filosofía contemporánea; dos de los comentarios más célebres son el de Jacques Derrida, en Fuerza de ley, y el de Giorgio Agamben, en Estado de excepción.

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